Capítulo 14 La Arena Parte final
Primera parte: Los cien años comienzan a correr
León siguió contando los días.
A pesar de la advertencia del Guardián.
Una marca.
Otra.
Otra más.
Al principio todavía podía recordar exactamente cuándo había hecho cada grupo sobre la pared. Podía mirar una línea y pensar en el combate de aquel día, en una conversación con Thrombin o en un nuevo intento de escape.
Después dejaron de ser recuerdos.
Se convirtieron simplemente en números.
Pasó un año.
León continuaba teniendo veinticinco años.
Al menos por fuera.
Su cabello crecía. Su barba también. Las heridas aparecían y cicatrizaban. Sentía hambre, cansancio y dolor.
Pero su rostro no envejecía.
El de Thrombin tampoco.
—Un año —murmuró León frente a las marcas.
Thrombin miró la pared.
—Te dije que dejaras de contar.
—Eso lo dijo el Guardián.
—Por una vez estoy de acuerdo con él.
León hizo otra marca.
—Entonces definitivamente seguiré contando.
Thrombin negó con la cabeza.
—Presumido.
León se quedó inmóvil.
Aquella palabra todavía pertenecía a otra voz.
Lysander.
Durante unos segundos regresó al bosque.
A sus brazos.
A su última sonrisa.
León bajó la mirada.
—Sí...
Thromin comprendió.
No dijo nada.
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Los años comenzaron a correr.
Cinco.
Diez.
Veinte.
León y Thrombin siguieron buscando una salida, pero dejaron de repetir los mismos errores.
Exploran túneles.
Siguieron carretas.
Estudiaron la niebla.
Memorizaron puertas.
Intentaron incluso permanecer cerca de los accesos cuando llegaban nuevos prisioneros.
Siempre ocurría lo mismo.
La Arena encontraba una forma de devolverlos.
Con los años, León comprendió que no estaban luchando contra una muralla.
Estaban luchando contra las reglas mismas de aquel lugar.
Y todavía no las entendían.
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Treinta años.
León había dejado de contar sus combates.
Eran demasiados.
Los espectadores ya no necesitaban escuchar su nombre.
Cuando aparecía por una de las puertas, la Arena rugía.
—¡LEÓN!
Algunos luchadores nuevos lo reconocían antes de enfrentarlo.
Otros creían que las historias eran exageradas.
Hasta que comenzó el combate.
Décadas peleando habían cambiado su forma de luchar.
Ya no desperdiciaba movimientos.
No necesitaba demostrar nada.
Aznar le había enseñado a manejar una espada.
Valerion le había enseñado cuándo utilizarla.
Lysander le había enseñado cuánto podía decidir una batalla antes de comenzar.
La Arena hizo el resto.
León seguía evitando matar cuando podía.
Había aprendido que muchos de quienes estaban frente a él tampoco habían elegido estar allí.
Pero cuando no tenía alternativa...
terminaba rápido.
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Cincuenta años.
Una noche, León despertó sobresaltado.
—Lysariel.
Thromin abrió los ojos desde el otro lado de la celda.
León estaba sentado.
Respiraba con dificultad.
—¿Otra vez? —preguntó el enano.
León tardó en responder.
—No recuerdo qué soñé.
Thrombin permaneció callado.
León se tocó el rostro.
—Pero estaba ella.
Eso era suficiente.
Seguía recordando su cabello.
Su sonrisa.
El tacto de su mano.
La flor que le había regalado con su primer pago como aventurero.
La última noche bajo las estrellas.
Te amo.
Cincuenta años.
Y todavía dolía.
León había descubierto que el tiempo no curaba todas las heridas.
Algunas simplemente aprendían a vivir contigo.
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Setenta años.
Los guardias cambiaron.
Los comerciantes cambiaron.
Los luchadores cambian.
Las personas que León había conocido envejecen de maneras extrañas o simplemente desaparecen.
Llegaban otras.
Algunos permanecían décadas sin cambiar.
Otros parecían marchitarse.
Nadie sabía explicar por qué.
El Guardián seguía allí.
Exactamente igual.
León lo veía algunas veces desde la Arena.
Arriba.
Observando.
Siempre observando.
Una vez León levantó su espada hacia él.
No como saludo.
Como promesa.
Voy a salir.
El Guardián simplemente permaneció inmóvil.
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Ochenta y nueve años.
Otro intento.
Otra niebla.
Otro fracaso.
León y Thrombin despertaron nuevamente dentro de su celda.
Thromin abrió los ojos.
Miró el techo.
—Estoy empezando a pensar que tu plan tiene algunos defectos.
León, tumbado junto a él, respondió:
—Solo llevamos intentándolo ochenta años.
—Eso no mejora tu argumento.
—Todavía estamos aprendiendo.
Thromin giró hacia él.
—¿Cuándo admitimos que no sabes cómo salir?
León pensó.
—Cuando lleve cien años.
Thrombin cerró los ojos.
—Odio haberte conocido.
León sonrió.
—Yo también te quiero.
—No somos amigos.
—Después de ochenta años esa mentira empieza a dar pena.
Thromin no respondió.
León rio.
Incluso allí, todavía podía hacerlo.
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Y finalmente llegó la última marca.
León permaneció frente a la pared.
Había tenido que cambiar de sección varias veces porque ya no quedaba espacio.
Thrombin estaba detrás.
León levantó el pequeño trozo de metal.
Raspó la piedra.
Una línea más.
Se quedó contemplándose.
—Cien años —dijo.
Las palabras resultaban absurdas.
Había pasado un siglo allí.
Cien años desde Grindel.
Cien años desde Lysander.
Cien años desde aquella última noche bajo las estrellas con Lysariel.
Y León seguía pareciendo el hombre de veinticinco años que había entrado encadenado en una carreta.
Thromin se colocó a su lado.
—¿Vas a dejar de contar ahora?
León contempló las paredes cubiertas de marcas.
Después dejó caer el pedazo de metal.
—Sí.
Thromin arqueó una ceja.
—¿En serio?
León asintió.
—El Guardián tenía razón.
—Voy a recordar este momento para siempre.
León lo miró.
—Ya llevas casi un siglo recordando mis estupideces.
—Y tengo material para otro.
León sonrió.
Después volvió a mirar las marcas.
Había pasado cien años intentando regresar.
Durante décadas había pensado que cada día lo acercaba a una salida.
Ahora comprendía algo distinto.
La Arena no tenía prisa.
Podía esperar.
Por lo tanto, él también tendría que aprender a hacerlo.
León cerró los ojos.
Recordó una última vez la cascada.
La bofetada.
La sonrisa de Lys Ariel.
El abrazo de Lysander.
La voz de Valerion.
Las enseñanzas de Aznar.
Después abrió los ojos.
Seguían rojos.
Seguían siendo los mismos.
Cien años no habían conseguido arrebatarlos.
León se alejó de la pared.
Desde aquel momento dejó de contar los días.
Y sin las marcas para separarlos, los años comenzaron a confundirse unos con otros.
Décadas.
Generaciones.
Recuerdos.
La Arena había esperado cien años para enseñarle aquella lección.
Y aquello era apenas el principio.
Segunda parte: Los siglos
Después de cien años, León dejó de contar.
Y entonces el tiempo perdió su forma.
Ya no existían semanas ni meses. Solo combates, descansos, conversaciones con Thrombin y nuevos intentos de escapar.
Pasó otro siglo.
Luego otro.
Los rostros alrededor de León cambiaban constantemente.
Llegaban nuevos prisioneros. Algunos se convierten en gladiadores. Otros desaparecen. Los nombres que una vez habían hecho rugir las gradas terminaban olvidados y eran reemplazados por otros.
Pero había dos nombres que permanecían.
León.
Thromin.
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Doscientos años.
León ya conocía prácticamente cada corredor de la Arena.
Había luchado con espadas, lanzas, hachas y armas que jamás había visto antes de llegar allí.
Su cuerpo apenas había cambiado.
Su forma de luchar sí.
Ya no combatía como el joven aventurero que había entrado encadenado.
Dos siglos de enfrentamientos habían eliminado movimientos innecesarios.
Thromin lo observó regresar una vez de un combate especialmente corto.
—Antes presumías más.
León se sentó.
—Antes tenía público que impresionar.
Thromin señaló hacia las miles de personas que todavía gritaban su nombre.
—¿Y eso qué es?
León pensó unos segundos.
—Ruido.
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Los siglos continuaron.
Trescientos.
Cuatrocientos.
Quinientos.
La Arena se convirtió en el único paisaje que León veía al despertar.
Incluso sus recuerdos del exterior comenzaron a sentirse lejanos.
Y eso sí le dio miedo.
Una vez intentó recordar la voz de Lys Ariel.
Recordaba perfectamente su rostro.
Sus ojos.
Su sonrisa.
La forma en que se enfadaba con él.
Pero durante unos segundos...
no consiguió recordar cómo sonaba su voz.
León se quedó inmóvil.
—Lysariel —murmuró.
Thromin levantó la cabeza.
León repitió:
—Lysariel.
Cerró los ojos.
La cascada.
La noche bajo las estrellas.
Te amo.
Entonces regresó.
Su voz.
León abrió los ojos y soltó lentamente el aire.
Desde aquella noche empezó a repetir su nombre de vez en cuando.
No como una oración.
Como una promesa.
Podrían pasar siglos.
Pero no permitiría que la Arena se la arrebatara también.
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Seiscientos años.
Los intentos de escape continuaron.
Ya no estaban desesperados.
León y Thromin estudiaban cada anomalía, cada nueva puerta y cada aparición de la niebla.
Fracasaban.
Aprendían.
Volvían a intentarlo.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó Thrombin una vez.
—¿Qué?
—Que después de tantos siglos todavía no me caes bien.
León sonrió.
—Y sigues aquí.
—No encuentro la salida.
—Excusas.
Thrombin negó con la cabeza.
—Presumido.
León rio.
Aquella palabra ya no dolía igual.
Ahora también le recordaba que alguna vez había tenido un padre, un maestro, un rey que lo quiso como a un hijo y una mujer a la que había amado más que a su propia vida.
La Arena podía quedarse con los siglos.
Los recuerdos seguían siendo suyos.
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Cuando habían transcurrido tantos siglos que León ya no podía decir con seguridad cuántos eran, ocurrió algo curioso.
Un gladiador recién llegado lo vio entrar al coliseo y bajó inmediatamente su arma.
—No.
León se detuvo.
—¿Qué?
El hombre retrocedió.
—No voy a luchar contra ti.
Las gradas comenzaron a abuchear.
—¿Por qué?
El gladiador lo miró como si la respuesta fuera evidente.
—Porque tú eres León.
León guardó silencio.
Había pasado tanto tiempo encerrado allí que no había notado cuándo dejó de ser simplemente otro luchador.
Su nombre se había convertido en una historia dentro de aquellas paredes.
Una leyenda que llevaba siglos caminando por la misma arena.
León bajó su espada.
No sentía orgullo.
Solo cansancio.
Muy arriba, desde el mismo balcón desde el que lo había observado el día de su llegada, el Guardián seguía allí.
Sin haber envejecido.
León levantó la mirada.
Después de tantos siglos todavía tenía preguntas.