Leon Del Norte Capítulo 13 La Arena #2
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Capítulo 13 La Arena #2

Cada vez que cerraba los ojos regresaba al bosque.

Lysariel corría hacia su padre.

Lysander la abrazaba.

Mi niña.

Después él mismo abrazando a Lysander.

Cuida de ella.

Hazlo tú.

Presumido hasta el final.

Después la lanza.

León abrió los ojos.

Respiraba rápidamente.

Miró alrededor.

Oscuridad.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

Entonces escuchó la voz de Thromin.

—¿Pesadilla?

León no respondió.

—No tienes que hablar.

Silencio.

—Pero tampoco tienes que fingir que duermes.

León miró hacia donde estaba el enano.

—La vi por última vez luchando.

Thromin guardó silencio.

—Lysariel.

—Lo sé.

—Le prometí a su padre que la cuidaría.

León tragó saliva.

—Y ni siquiera sé dónde está su cuerpo.

Thrombin tardó en responder.

—No podías salvar a todos.

—Tenía que salvarla a ella.

—¿Por qué era princesa?

León negó en la oscuridad.

—Porque era ella.

Thromin no respondió.

León cerró los ojos.

Esta vez dejó que el recuerdo llegara.

La cascada.

Una muchacha enfadada.

Una bofetada.

Él está llorando de rodillas.

No me dejes.

Después de aquel primer beso.

Años después, las estrellas.

La flor sobre su pecho.

Te amo.

León apretó los párpados.

—No quiero olvidarla.

Thromin frunció el ceño en la oscuridad.

—¿Por qué ibas a olvidarla?

León no supo responder.

No sabía por qué había dicho aquello.

Quizá por las historias absurdas de aquel lugar.

Ochenta años.

Ciento cuatro.

Miles de días.

—No lo sé.

Thrombin permaneció despierto unos minutos más.

—Entonces no la olvides.

León abrió los ojos.

—Qué gran consejo.

—Soy enano, no poeta.

León respiró profundamente.

—Buenas noches, Thromin.

—Aquí esa frase no significa nada.

—Cállate.

—Eso intento.

León consiguió dormir.

Cuando despertó, la luz había regresado.

Exactamente la misma.

No sabía cuánto había pasado.

Thrombin ya estaba despierto.

—Buenos días, princesa.

León se incorporó.

—¿Ya decidiste aceptar que somos amigos?

—Prefiero volver a pelear.

—Eso es un sí.

—No.

Un guardia apareció.

Golpeó los barrotes.

—León.

León levantó la cabeza.

—Otra vez.

Thromin frunció el ceño.

—Acaba de pelear.

El guardia miró al enano.

—¿Y?

—Está herido.

—Entonces morirá más rápido.

León se puso de pie.

Thromin también.

—No tienes que...

León levantó una mano.

—Estoy bien.

—Ayer casi dejaste que te mataran.

León lo miró.

—Ayer fue ayer.

Thrombin estudió sus ojos.

Había algo distinto.

Muy pequeño.

Pero allí estaba.

El guardia abrió la celda.

León salió.

Antes de marcharse miró al enano.

—Cuando vuelva, buscamos la salida.

Thromin suspiró.

—Sigues con eso.

—Siempre hay una salida.

La puerta se cerró.

Thromin lo observó alejarse.

—Eso espero, muchacho.

---

Muy por encima de las celdas, en una habitación silenciosa, el hombre que había observado la llegada de León permanecía frente a una ventana.

Desde allí podía ver casi toda la Arena.

El cielo seguía inmóvil.

Sobre una mesa había varios libros.

Algunos parecían nuevos.

Otros eran tan antiguos que el cuero de sus cubiertas se había convertido casi en polvo.

Uno estaba abierto.

El hombre pasó lentamente una página.

Nombres.

Miles.

Fechas.

Lugares.

Algunos nombres estaban tachados.

Otros acompañados por símbolos.

Un guardia entró.

—Volverá a luchar.

El hombre no levantó la cabeza.

—Lo sé.

—Mató a Darvan.

—También lo sé.

El guardia permaneció junto a la puerta.

—¿Por qué es importante?

La mano del hombre se detuvo sobre el libro.

—No he dicho que lo sea.

—Ordenó que le avisamos cuando llegara.

Silencio.

—Y llegó.

El guardia observó el libro.

—¿Lo conocía?

El hombre cerró lentamente la cubierta.

—No.

—Entonces...

El hombre levantó la mirada.

—Puedes retirarte.

El guardia inclinó la cabeza.

—Sí, Guardián.

La puerta se cerró.

El Guardián permaneció solo.

Durante unos segundos no hizo nada.

Después caminó hacia la ventana.

Muy abajo, una pequeña puerta se abrió.

León apareció acompañado por dos guardias.

El Guardián lo siguió con la mirada.

Esta vez León levantó casualmente la cabeza.

Por un instante sus miradas parecieron encontrarse a través de la enorme distancia.

León frunció el ceño.

El Guardián no se movió.

Después León desapareció bajo otro arco.

El hombre regresó hacia la mesa.

Abrió un cajón.

Dentro había un objeto envuelto en tela.

No lo sacó.

Simplemente permaneció observando.

Finalmente cerró el cajón.

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León caminaba hacia su segundo combate cuando escuchó algo detrás de una de las puertas.

Dos guardias conversaban.

—¿Cuánto lleva el viejo de la sección siete?

—¿Cuál?

—El de las cicatrices.

—Doscientos... quizá doscientos veinte.

León disminuyó el paso.

El guardia que lo escoltaba tiró de la cadena.

—Sigue.

León obedeció.

—¿Doscientos veinte qué?

El guardia lo miró.

—¿Qué?

—El hombre.

—No es asunto tuyo.

—¿Doscientos veinte combates?

El guardia río.

—Años.

León se detuvo.

El guardia volvió a tirar.

—He dicho que camines.

León no se movió.

—Eso es imposible.

El hombre se acercó.

—Aquí escucharás esa palabra muchas veces.

León sostuvo su mirada.

—¿Cuánto tiempo puede vivir una persona aquí?

El guardia sonrió.

—Buena pregunta.

—Respóndela.

—No lo sé.

León frunció el ceño.

—¿No trabajas aquí?

—Sí.

—Entonces deberías saberlo.

El guardia se acercó un poco más.

—Muchacho, hay personas dentro de estas paredes que estaban aquí mucho antes de que naciera mi abuelo.

León sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Y nadie sabe por qué?

El guardia comenzó a caminar.

—Bienvenido a la Arena.

León permaneció quieto un segundo.

Después continuó.

Al final del corredor esperaba otra puerta.

Detrás de ella, miles de personas gritaban.

León miró sus manos.

Pensó en los ocho mil días de Thromin.

La mujer que afirmaba llevar ciento cuatro años.

En el hombre de doscientos veinte.

En la niebla.

En aquel cielo sin sol.

En las puertas que permitían entrar pero aparentemente no salir.

Y por primera vez comprendió que quizá el verdadero peligro de aquel lugar no era morir en la Arena.

Quizá era exactamente lo contrario.

La puerta comenzó a elevarse.

La multitud rugió.

León levantó la cabeza.

Esta vez no permaneció inmóvil.

Caminó hacia la luz por voluntad propia.

Todavía no quería vivir.

Todavía no sabía qué quedaba de él fuera de aquellas paredes.

Pero Thrombin tenía razón en una cosa.

Grindel seguía respirando.

Y mientras eso fuera cierto, León no podía permitirse morir.

Aunque tuviera que atravesar cada maldito combate de aquel lugar.

Aunque tuviera que encontrar con sus propias manos una puerta que nadie más había encontrado.

Aunque tardara años.

León entró en la Arena.

Todavía no comprendía la crueldad de aquel pensamiento.

Porque en aquel lugar...

los años eran lo único que sobraba.

La Arena Segunda parte Final