Capítulo 13 La Arena
Tercera parte
Cuando León regresó al corredor, nadie lo recibió con felicitaciones.
Dos guardias esperaban junto a la puerta.
Uno recogió la espada que León había dejado caer sobre la arena. El otro volvió a colocarle los grilletes alrededor de las muñecas.
León no opuso resistencia.
Todavía sentía el golpe de la maza en las costillas.
Cada respiración le recordaba que seguía vivo.
No sabía si aquello le molestaba o le aliviaba.
Quizá ambas cosas.
El rugido de la multitud permanecía detrás de él.
Al principio gritaban el nombre de Darvan.
Ahora gritaban otra cosa.
León.
Alguien debía haberles dicho su nombre.
—¡LEÓN!
El grito atravesó las paredes.
—¡LEÓN!
Otro sector de las gradas respondió.
—¡LEÓN!
El guardia que ajustaba sus cadenas levantó la mirada hacia el techo.
—Rápido.
León no respondió.
—Normalmente tardan más en aprenderse el nombre de un nuevo luchador.
León miró hacia la puerta.
—Qué suerte la mía.
El guardia soltó una pequeña risa.
—Así que sí sabes hablar.
Tiró de la cadena.
—Camina.
León obedeció.
Atravesaron nuevamente los corredores.
La adrenalina desaparecía lentamente y con ella regresaba el dolor.
Pero había algo más.
Durante unos segundos en aquella arena, cuando Darvan estuvo a punto de matarlo, había escuchado las voces de quienes lo habían entrenado.
Valerion.
Aznar.
Lysander.
No había voces reales.
Lo sabía.
Eran recuerdos.
Y, sin embargo, habían conseguido algo que ni las cadenas ni los golpes habían logrado.
Habían hecho que se moviera.
León miró sus manos esposadas.
Todavía no sabía si quería vivir.
Pero su cuerpo parecía haber tomado una decisión diferente.
Llegaron a la celda.
Thrombin estaba de pie junto a los barrotes.
Cuando vio aparecer a León, soltó aire.
—Qué decepción.
León levantó la mirada.
—¿Qué?
—Aposté a que regresarías más feo.
Uno de los guardias abrió la puerta.
León entró.
—Perdiste.
—No estoy tan seguro.
Thrombin miró el golpe que comenzaba a oscurecerse en su rostro.
—Tienes potencial.
La puerta se cerró.
León caminó hasta la pared y se sentó.
Thromin lo siguió.
—¿Ganaste?
León lo miró.
—Estoy aquí.
—Podrían haberte matado y traer el cadáver.
—Entonces estarías hablando con un muerto.
Thromin se encogió de hombros.
—He conocido personas más interesantes.
León negó ligeramente con la cabeza.
Thromin sonrió.
Esta vez sí lo había conseguido.
No una sonrisa.
Pero al menos aquella pequeña expresión de fastidio que recordaba.
El enano se sentó a su lado.
—¿Quién era?
—Un hombre grande.
—Excelente descripción.
—Tenía una maza.
—Cada vez mejor.
—Ahora está muerto.
Thromin giró la cabeza.
—Eso sí fue útil.
León apoyó la espalda contra la piedra.
Las costillas protestaron.
—¿Todos los días son así?
—No.
—Bien.
—Algunos son peores.
León cerró los ojos.
—Perfecto.
Durante un rato ninguno habló.
Los demás prisioneros de la celda observaban a León de forma diferente.
Antes era simplemente otro recién llegado.
Ahora algunos parecían interesados.
Uno de ellos finalmente preguntó:
—¿Mataste a Darvan?
León abrió los ojos.
Era un hombre delgado sentado al otro lado de la celda.
—Eso parece.
El hombre soltó una risa incrédula.
—Darvan llevaba cuarenta y tres victorias.
León miró a Thrombin.
—¿Eso es mucho?
—Para alguien que acaba de matarlo, supongo que no.
El prisionero negó con la cabeza.
—No entiendes. Cuarenta y tres aquí es mucho.
León volvió a mirar al hombre.
—¿Cuánto tiempo llevaba peleando?
—Treinta y siete años.
León permaneció en silencio.
Después soltó una pequeña risa.
—Claro.
El hombre frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
—¿No me crees?
—No.
—Entonces pregúntale a cualquiera.
León miró alrededor.
Nadie se rio.
El hombre sentado junto a él asintió.
—Treinta y siete.
León miró a Thrombin.
El enano se rascó la barba.
—Te dije que este lugar era raro.
—Treinta y siete años.
—Eso dijo.
—Ese hombre tendría unos cuarenta.
—También pensé lo mismo.
León observó nuevamente al prisionero.
—¿Cuánto tiempo llevas tú aquí?
El hombre respondió sin dudar.
—Sesenta y dos años.
León lo estudió.
No parecía tener más de treinta.
—¿Y tú?
Señaló a otro.
—Diecinueve.
—¿Tú?
Una mujer respondió desde el fondo.
—Ciento cuatro.
León soltó aire por la nariz.
—Muy bien.
Thromin lo miró.
—¿Qué?
—Todos están locos.
La mujer río.
—Eso también lo dijimos nosotros.
León apoyó nuevamente la cabeza contra la pared.
—¿Hay algún requisito para entrar aquí aparte de perder la razón?
—Respirar —respondió ella.
—Estoy empezando a arrepentirme de cumplirlo.
Thrombin le dio un pequeño golpe con el hombro.
—No empieces otra vez.
León no respondió.
Pero aquella vez no volvió a encerrarse completamente en sí mismo.
La conversación que había escuchado al entrar en la ciudad regresó a su memoria.
Ardel cayó hace trescientos años.
Trescientos doce.
Después los comerciantes.
Varell ya no existe.
Pues cuando salí de allí existía perfectamente.
León abrió los ojos.
—Thromin.
—¿Qué?
—¿Conoces Ardel?
El enano pensó.
—No.
—¿Varell?
—Tampoco.
León miró hacia los otros prisioneros.
La mujer que afirmaba llevar allí ciento cuatro años levantó la cabeza.
—Yo conozco a Varell.
León la observó.
—¿Dónde está?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Al norte del mar de Narel.
León frunció el ceño.
—No existe ningún mar de Narel.
La mujer sonrió tristemente.
—Ahora quizá no.
León permaneció inmóvil.
Thromin dejó de sonreír.
—¿Qué quieres decir?
La mujer se acomodó contra la pared.
—Exactamente lo que dije.
—¿De qué continente eres? —preguntó León.
Ella dijo un nombre.
León no lo reconoció.
Thrombin tampoco.
—Nunca he oído hablar de ese lugar —dijo León.
—Y yo nunca había oído hablar de Costa Dragón hasta que llegó un hombre de allí.
León se enderezó.
—¿Un hombre de Costa Dragón?
La mujer asintió.
—Hace mucho.
—¿Cuánto?
Ella pensó.
—Tal vez ochenta años.
León sintió que algo se tensaba en su pecho.
—¿Cómo se llamaba?
—No lo recuerdo.
—¿Qué edad tenía?
—Viejo.
—¿Qué rey gobernaba?
La mujer negó con la cabeza.
—No hablábamos mucho.
León apretó la mandíbula.
—¿Está aquí?
La expresión de la mujer respondió antes que sus palabras.
—Murió.
León bajó la mirada.
Thromin observó a la mujer.
—¿Ochenta años?
—Más o menos.
—¿Y tú llevas ciento cuatro?
—Sí.
Thromin señaló su rostro.
—No pareces tener ciento veinte años.
Ella rio.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
León miró a Thrombin.
—¿Cuánto tiempo llevas tú aquí?
El enano volvió a quedarse callado.
León recordó que había evitado responder antes. —Thromin.
—No empieces.
—¿Cuánto?
—No estoy seguro.
—¿Cómo puedes no estar seguro?
—Porque aquí no hay estaciones.
León miró hacia arriba.
No había ventanas.
Thromin continuó:
—No hay verano. No hay invierno. No he visto lluvia desde que llegué. El cielo siempre parece igual. Duermes, despiertas, peleas, comes, vuelves a dormir. Al principio cuentas.
—¿Y después?
—Después pierdes la cuenta.
León recordó el cielo.
La luz sin sol.
Las sombras débiles.
—¿Cuánto calculas?
Thromin respiró profundamente.
—Cuando llegué intenté marcar cada día.
—¿Cuántos?
—Dejé de hacerlo después de ocho mil.
León lo miró.
La celda quedó en silencio.
—¿Ocho mil días?
—Más o menos.
León hizo el cálculo mentalmente.
Más de veinte años.
Miró al enano de arriba abajo.
—Nos separamos hace...
Se detuvo.
No sabía cuánto había pasado desde la ciudad dracónida.
Pero desde luego no habían sido veinte años.
Thromin asintió lentamente.
—Ahora entiendes por qué no quería hablar de eso.
León negó con la cabeza.
—No.
—Yo tampoco.
—Eso es imposible.
—Bienvenido a mi conclusión.
—Nos separamos hace poco.
—Para ti.
León se quedó quieto.
—¿Qué significa eso?
—No tengo idea.
León se puso de pie.
Las costillas protestaron.
Caminó hasta los barrotes.
—¡Guardia!
Nadie respondió.
—¡GUARDIA!
Thromin se levantó.
—No sirve.
—Quiero saber dónde estamos.
—Todos queremos.
León golpeó los barrotes.
—¡EH!
Un guardia apareció al fondo del corredor.
—¿Qué quieres?
—¿Dónde estamos?
El hombre continuó caminando.
—En la Arena.
—Eso ya lo sé.
—Entonces deja de molestar.
—¿En qué continente?
El guardia se detuvo.
Lo miró.
Después sonrió.
—Ninguno.
León frunció el ceño.
—¿Qué?
El hombre continuó caminando.
—¡Espera!
No se detuvo.
León agarró los barrotes.
—¡¿QUÉ SIGNIFICA NINGUNO?!
La voz del guardia llegó desde lejos.
—Exactamente eso.
León permaneció allí.
Thromin se colocó junto a él.
—¿Ves?
—No.
—Yo tampoco.
León giró.
—Entramos por algún sitio.
—Sí.
—Entonces existe un camino.
—De entrada.
—Y de salida.
Thromin señaló a los corredores.
—Encuéntralo.
—Lo haré.
—Eso dije yo.
León lo miró.
—Tú eres baja. Se te habrá pasado alguna puerta.
Thromin abrió la boca.
León lo miró.
El enano levantó un dedo.
—Acabas de salir de una depresión y ya estás buscando que te mate.
Por primera vez desde la caída del reino élfico, León soltó una risa.
Era pequeña.
Apenas duró un segundo.
Pero fue una risa.
Después desapareció.
Thromin sonrió.
—Bien.
León volvió a mirar hacia el corredor.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás sonriendo.
—No.
—Sí.
—Cállate.
León regresó lentamente hacia la pared.
Se sentó.
—Mañana buscaremos la salida.
Thrombin también se sentó.
—¿Mañana?
—O lo que sea que tengan aquí en lugar de mañana.
—Ya intenté escapar tres veces.
—Lo hiciste sin mí.
—Eso normalmente aumenta las posibilidades de éxito.
León cerró los ojos.
—Mañana.
Thromin comprendió que no conseguiría convencer.
—Bien.
Pasaron horas.
O eso supuso León.
No podía saberlo.
Les llevaron comida.
Después retiraron los platos.
Algunos prisioneros durmieron.
Otros fueron llamados para combatir.
Dos regresaron.
Uno no.
León despertó varias veces esperando encontrar oscuridad.
Nunca llegó.
Desde una pequeña abertura situada cerca del techo entraba siempre la misma luz pálida.
—¿Nunca anochece? —preguntó.
Thromin, tumbado a pocos metros, respondió sin abrir los ojos.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando se apagan las lámparas.
León levantó la cabeza.
—Eso no es la noche.
—Díselo al cielo.
León volvió a tumbarse.
Mucho después, los guardias recorrieron el corredor apagando antorchas y lámparas.
La celda quedó oscura.
León no consiguió dormir.