Capítulo 13 La Arena #4
—Sigues siendo un idiota —murmuró León.
—Y tú sigues siendo una princesa.
León apoyó nuevamente la cabeza contra la pared.
Esta vez, sin embargo, no cerró completamente los ojos.
—¿Qué es este lugar?
Thrombin miró alrededor.
—Eso llevo intentando averiguar desde que llegué.
—¿Una arena?
—Gracias, León. Sin ti jamás habría resuelto esa parte.
León lo miró de reojo.
Thromin levantó una mano.
—Tiene una arena, peleamos dentro y la gente apuesta. Hasta ahí llega mi brillante investigación.
—¿Quién gobierna?
—No lo sé.
—¿Dónde estamos?
—No lo sé.
—¿Cómo salimos?
Thrombin permaneció callado.
León lo miró.
—Thromin.
—Esa es la parte divertida.
—¿Cómo salimos?
El enano apoyó la espalda contra la pared.
—No salimos.
León frunció el ceño.
—Siempre hay una salida.
—Yo también dije eso.
—¿Y?
—Me rompieron dos costillas.
León miró hacia los barrotes.
—Entonces lo intentaste.
—Tres veces.
—¿Tres?
—La tercera fue por orgullo.
León volvió a observar al corredor.
—Tiene que haber alguna puerta.
—Hay muchas.
—Entonces...
—Ninguna lleva afuera.
León giró hacia él.
—Entramos por una.
—Sí.
—Pues salimos por esa.
Thromin sonrió sin humor.
—Ve a buscarla.
León guardó silencio.
—No está —continuó Thromin.
—La vi.
—Yo también vi la mía.
—¿Tuya?
Thromin lo miró.
—No llegamos todos al mismo lugar.
Eso consiguió captar completamente la atención de León.
—¿Qué quieres decir?
Thromin iba a responder.
Un estruendo recorrió el corredor.
Una puerta metálica se abrió al fondo.
Varios guardias aparecieron.
—¡EN PIE!
Los prisioneros comenzaron a levantarse.
Thrombin hizo lo mismo.
León permaneció sentado.
—¿Qué pasa?
El enano miró hacia los guardias.
—Parece que vas a conocer la parte que sí entiendo.
Un guardia caminó por el corredor leyendo una tablilla.
Nombre tras nombre.
Algunos prisioneros salían de sus celdas.
Finalmente se detuvo frente a ellos.
Miró la tablilla.
Después levantó la cabeza.
Sus ojos se clavaron en León.
—Nuevo.
León no se movió.
—Tú.
Thrombin miró al guardia.
—Acaba de llegar.
—Precisamente.
El guardia abrió la celda.
—En pie.
León continuó sentado.
Thromin se inclinó hacia él.
—León.
Nada.
—Muchacho.
León lo miró.
Thromin bajó la voz.
—No sé qué quieres hacer con tu vida.
Después señaló con la cabeza hacia el guardia.
—Pero si vas a morir, por lo menos no le des el gusto a algún desconocido de hacerlo por ti.
León sostuvo su mirada.
Entonces pensó en Grindel.
En Valerion.
En Lysander.
En L & s Ariel.
Se puso de pie.
El guardia colocó una cadena alrededor de sus muñecas y tiró de ella.
—Camina.
León salió.
Thrombin se quedó junto a los barrotes.
—¡León!
Él se detuvo.
—¿Qué?
—No mueras.
León lo miró.
Thromin sonrió.
—Todavía me debes una bebida.
León permaneció serio durante un segundo.
—Tú me debes una.
—¡Mentira!
El guardia tiró de la cadena.
León siguió caminando.
Thromin lo vio desaparecer por el corredor.
Y solo cuando dejó de verlo permitió que la preocupación apareciera en su rostro.
León fue conducido por varios pasillos.
El ruido aumentaba con cada paso.
Primero un murmullo.
Después voces.
Después miles de personas.
Atravesaron una sala llena de armas.
Un hombre señaló varias.
—Elige.
León miró.
Espadas.
Hachas.
Lanzas.
Mazas.
Su mirada se detuvo en una espada.
No era la de su madre.
Apartó los ojos.
—Cualquiera.
El hombre lo observó extrañado.
—¿Cualquiera?
—Sí.
Le entregó una espada.
León la sostuvo.
Probó el peso.
Demasiado ligera.
El equilibrio era mediocre.
El filo había sido reparado demasiadas veces.
Aznar habría insultado al herrero durante una hora.
León cerró los dedos alrededor de la empuñadura.
El recuerdo me dolió.
Una enorme puerta se alzaba frente a él.
Del otro lado rugía la multitud.
El guardia retiró sus cadenas.
—Cuando se abra, entras.
León no respondió.
—Si ganas, vuelves.
—¿Y si pierdo?
El guardia sonrió.
—No vuelvas.
León miró la puerta.
—Entiendo.
El hombre pareció decepcionado por su reacción.
Un mecanismo comenzó a moverse.
Cadenas.
Engranajes.
La puerta empezó a elevarse.
Una línea de luz apareció bajo ella.
Después arena.
León pudo ver los pies.
Después las piernas.
Después las gradas.
Miles de personas.
El rugido cayó sobre él.
León salió.
La luz sin sol bañaba la arena.
Las gradas estaban llenas.
Miles de rostros.
Miles de voces.
Apuestas.
Gritos.
Insultos.
El suelo estaba manchado de sangre.
León avanzó hasta el centro.
Al otro lado se abrió otra puerta.
Salió un hombre enorme.
Humano.
Casi dos cabezas más alto que León.
Llevaba una maza pesada y un escudo.
El público rugió al reconocerlo.
—¡DARVAN!
—¡DARVAN!
—¡DARVAN!
León lo observó.
Darvan levantó la maza.
Sonrió.
—¿Primera vez?
León no respondió.
—Siempre me dan los nuevos.
Nada.
—No te preocupes. Será rápido.
León bajó la espada.
El público comenzó a gritar.
Una campana sonó.
Darvan corrió.
León no se movió.
El hombre levantó la maza.
León lo vio acercarse.
Un paso.
Dos.
Tres.
Podía esquivarlo.
Lo sabía.
Su cuerpo conocía exactamente la distancia.
Podía girar hacia la izquierda.
Cortar detrás de la rodilla.
Aprovechar el peso de la maza.
Había hecho cosas más difíciles cientos de veces.
Pero no se movió.
Darvan llegó hasta él.
La maza golpeó.
León apenas levantó la espada.
El impacto lo lanzó al suelo.
El público rugió.
León rodó varios metros.
Sintió sangre en la boca.
Darvan comenzó a reír.
—¿Eso es todo?
León apoyó una mano sobre la arena.
Se levantó lentamente.
La multitud gritaba.
Darvan volvió a cargar.
León permaneció quieto.
Esta vez la maza golpeó su costado.
Dolor.
El aire abandonó sus pulmones.
Cayó de rodillas.
Podía escuchar a la multitud.
Le parecía muy lejana.
Darvan caminó hacia él.
León miró la arena.
Una gota de sangre cayó entre sus manos.
Después otra.
¿Qué importaba?
Lysander estaba muerto.
Lysariel estaba muerta.
Su padre estaba muerto.
Su reino pertenecía al hombre que había destruido todo.
Quizá aquello era más sencillo.
Darvan se colocó frente a él.
—Nada personal.
León no levantó la cabeza.
La maza subió.
Entonces escuchó algo.
No una voz de la multitud.
Otra voz.
En su memoria.
La valentía también consiste en saber cuándo luchar.
Su padre.
Después otra.
Siempre termina el combate.
Aznar.
Y otra.
Débil.
Agotada.
Presumido...
Lysander.
León cerró los ojos.
Darvan descargó la maza.
Y el cuerpo de León decidió por él.
Se movió.
La maza golpeó la arena.
León rodó hacia un lado.
Darvan apenas tuvo tiempo de girarse.
León ya estaba de pie.
El público cambió.
El rugido se convirtió en sorpresa.
Darvan atacó horizontalmente.
León retrocedió exactamente lo necesario.
La maza pasó frente a su rostro.
Un paso adelante.
Espada contra muñeca.
Darvan gruñó.
León golpeó el borde del escudo con la empuñadura.
El hombre perdió el equilibrio.
Rodilla contra abdomen.
Darvan retrocedió.
León lo observó.
Algo había regresado a sus ojos.
No alegría.
No todavía.
Pero sí fuego.
Darvan rugió y cargó.
León suspiró.
—Muy lento.
La maza descendió.
León giró.
El arma pasó junto a él.
La espada cortó.
Darvan se detuvo.
Su maza cayó al suelo.
Después cayó él.
Silencio.
Durante un segundo, toda la Arena quedó callada.
León permaneció detrás del cuerpo.
Respiraba con dificultad.
Miró la espada.
Después a Darvan.
El público explotó.
Miles de personas comenzaron a gritar.
León no levantó la espada.
No sonrió.
No celebró.
Simplemente la dejó caer sobre la arena.
Se dio la vuelta.
Y caminó hacia la puerta por la que había entrado.
Muy arriba, lejos de las gradas principales, había un balcón de piedra.
Una figura observaba.
El mismo hombre que había visto llegar la carreta.
Uno de los guardias se acercó a él.
—Es él.
El hombre no respondió.
Sus ojos siguieron a León hasta que desapareció bajo la puerta.
—¿Qué hacemos? —preguntó el guardia.
Silencio.
Finalmente, la figura habló.
—Nada.
—Pero...
—Todavía no.
El guardia inclinó la cabeza y se retiró.
El hombre permaneció solo.
Abajo, miles de personas continuaban gritando por el desconocido que acababa de derribar a uno de sus luchadores.
Pero él no miraba a la multitud.
Miraba la puerta por la que León había desaparecido.
Y murmuró algo tan bajo que nadie pudo escucharlo.
—Así que finalmente llegaste.