Leon Del Norte Capítulo 17 Primera parte Tío y sobrino #5
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Capítulo 17 Primera parte Tío y sobrino #5

El mismo hombre que durante siglos había observado desde lo alto de la Arena.

El hombre que había sabido su nombre.

El hombre que había sabido sobre Grindel.

El hombre que le había dicho que dejara de contar los días.

El Guardián.

León quedó inmóvil.

Por un instante volvió a sentir aquel cielo sin sol.

Los corredores.

Las celdas.

La multitud gritando su nombre.

La niebla.

Casi mil años regresaron de golpe.

Su mano fue instintivamente hacia la espada.

El Guardián lo notó.

—No he venido a luchar.

—Tú.

El hombre sonrió ligeramente.

León dio un paso.

—¿Cómo llegaste aquí?

—Caminando.

León lo miró con incredulidad.

—No empieces.

La sonrisa del Guardián creció.

—Sigues teniendo poca paciencia.

—Viví casi mil años encerrado en tu Arena. Creo que tuve suficiente paciencia.

El Guardián inclinó ligeramente la cabeza.

—No era mi Arena.

León se detuvo.

Aquello era nuevo.

—Entonces ¿qué era?

—No he venido a hablar de la Arena.

—Pues yo sí.

El Guardián caminó lentamente por el salón.

León lo siguió con la mirada.

—Me dijiste que algún día tendría que descubrir qué era.

—Y todavía tendrás que hacerlo.

—¿Por qué yo?

El Guardián se detuvo.

—Porque sobreviviste.

—Muchos sobrevivieron.

—No como tú.

León apretó la mandíbula.

—Sabías que llegaría.

—Sí.

—Sabías quién era Grindel.

—Sí.

—Sabías que podía salir.

—Sí.

León dio un paso hacia él.

—¿Y conocías a Aznar?

El Guardián guardó silencio.

Eso bastó.

León soltó una risa sin humor.

—Por supuesto.

Miró hacia las puertas.

—¿Cuántas cosas llevan ocultándose?

—Más de las que imaginas.

—Magnífico.

León volvió a mirarlo.

—Entonces empieza por una.

El Guardián lo observó.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después caminó hacia la luz que entraba por las ventanas.

Y fue entonces cuando León lo vio.

Se quedó completamente inmóvil.

Nunca lo había notado dentro de la Arena.

Quizá por aquella extraña luz.

Quizá porque el Guardián siempre había mantenido suficiente distancia.

Pero allí, bajo la luz del atardecer, era imposible no verlo.

Sus ojos.

Rojos.

León dejó de respirar.

No eran parecidos.

No eran simplemente rojizos bajo la luz.

Eran rojos.

Como los suyos.

El Guardián sonrió.

León llevó lentamente una mano hacia su propio rostro.

Durante toda su vida aquellos ojos lo habían distinguido.

Habían permitido reconocerlo incluso cuando intentaba ocultar quién era.

—Tus ojos...

—Sí.

León se acercó.

—¿Quién eres?

El Guardián no respondió.

—¿Eres de mi familia?

Silencio.

—¿De dónde?

El hombre miró hacia las ventanas.

Costa Dragón se extendía al otro lado.

—Tu familia es mucho más antigua de lo que te enseñaron.

León frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

El Guardián volvió a mirarlo.

—Valerion fue tu padre.

León endureció la expresión.

—Eso ya lo sé.

—Y antes de Valerio estuvo tu abuelo.

León recordó las historias de Thorgaard.

—También lo sé.

—Y antes de él hubo otros.

—¿Adónde quieres llegar?

El Guardián permaneció inmóvil.

Después dijo:

—A mí.

León sintió un escalofrío.

—¿Qué?

El Guardián se acercó.

Sus ojos rojos parecían aún más intensos bajo la última luz del día.

—Preguntaste quién soy.

León no respondió.

El hombre se detuvo frente a él.

—Soy el primero de la familia.

Silencio.

León intentó comprender aquellas palabras.

No pudo.

—¿El primero?

—Sí.

—Eso es imposible.

—Han pasado casi mil años dentro de un lugar que no pertenece a ningún continente y donde treinta años transcurrieron fuera mientras tú vivías siglos.

El Guardián levantó una ceja.

—Tu definición de imposible debería ser un poco más flexible.

León no encontró una respuesta.

Por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente perdido.

—¿Qué eres?

El Guardián sonrió.

—Esa es la mejor pregunta.

—Entonces respóndeme.

—Todavía no.

León cerró los ojos.

—Definitivamente conoces a Aznar.

El Guardián río.

León abrió los ojos.

—¿Por qué ahora?

La sonrisa desapareció.

—Porque algo ha cambiado.

—¿Qué?

El Guardián miró hacia el exterior.

El sol estaba desapareciendo detrás de las montañas.

Las últimas luces cubrían las torres de Costa Dragón.

—Durante mucho tiempo este mundo estuvo dormido.

León recordó algo.

Una conversación de hace una eternidad.

Thorgaard.

Las viejas historias.

Los rumores sobre aquello que alguna vez había existido y prácticamente había desaparecido.

Magia.

León sintió que el aire del salón parecía diferente.

Quizá era imaginación.

Quizá no.

—¿Qué está pasando?

El Guardián volvió hacia él.

Por primera vez, León no vio tranquilidad en su rostro.

Vio preocupación.

Y aquello le dio más miedo que cualquier otra cosa que hubiera dicho.

—León...

El Guardián hizo una pausa.

Sus ojos rojos brillaron bajo la última luz del día.

—La magia ha vuelto.

León quedó inmóvil.

Afuera, las campanas de Costa Dragón comenzaron a sonar.

Una.

Después otra.

Y otra.

El viento atravesó las ventanas del castillo.

En algún lugar lejano, más allá de las montañas, más allá de los reinos conocidos, algo que llevaba incontables años en silencio despertó.

León miró al primero de su familia.

Y comprendió que recuperar Costa Dragón nunca había sido el final de su historia.

Solo el final de la primera.

FIN