Capítulo 13 La Arena #2
O al menos eso creyó León.
El cielo no cambió.
Aquello empezó a molestarlo.
No porque tuviera interés en conocer la hora.
Era simplemente una costumbre.
Un viajero aprendía a medir el día casi sin pensarlo. La posición del sol, la longitud de las sombras, el color del cielo.
Allí no podía hacerlo.
León miró varias veces hacia arriba.
La luz parecía exactamente igual.
Intentó calcular cuánto habían avanzado.
No pudo.
Intentó recordar cuánto tiempo llevaba despierto.
Tampoco.
Cerró los ojos durante un momento.
Lysariel apareció inmediatamente.
Los abrió.
Respiró profundamente.
Entonces escucharon un sonido.
Esta vez todos.
Un murmullo.
Al principio parecía viento.
Después se hizo más fuerte.
Miles de voces.
León levantó la cabeza.
El camino ascendía por una pequeña colina.
Los guardias continuaron adelante.
Los caballos llegaron a la cima.
La carreta los siguió.
Y cuando finalmente alcanzaron la parte más alta...
todos los prisioneros guardaron silencio.
Incluso León.
A varios kilómetros de distancia se levantaba una muralla.
No.
León tardó unos segundos en comprender la escala.
No era una simple muralla.
Era una construcción gigantesca que atravesaba buena parte del horizonte.
Torres enormes se alzaban a intervalos regulares. Algunas parecían fortalezas completas. Había edificios detrás de ellas, tantos que aquello podía compararse con una ciudad.
Pero todo estaba construido alrededor de algo mucho mayor.
En el centro se elevaba una estructura circular.
León entrecerró los ojos.
Incluso desde aquella distancia podía verla.
Gradas.
Torres.
Muros.
Arcos gigantescos.
Una arena.
Había visto arenas antes.
Ninguna como aquella.
Parecía una ciudad construida alrededor de un único propósito.
Y aquel murmullo que habían escuchado...
provenía de allí.
Miles de voces.
Quizá decenas de miles.
León contempló la estructura.
Edric se puso pálido.
—No...
Otro prisionero comenzó a negar con la cabeza.
—No, no, no...
León volvió a mirar hacia el cielo.
Después al desfiladero detrás de ellos.
La entrada ya no era visible desde aquella distancia.
Por alguna razón, eso le produjo una sensación desagradable.
Uno de los guardias giró su caballo.
Era la primera vez que alguno de ellos se dirigía a los prisioneros desde que atravesaron la niebla.
—De pie.
Nadie obedeció inmediatamente.
El guardia golpeó el lateral de la carreta con una vara.
—¡He dicho de pie!
Los prisioneros comenzaron a levantarse como pudieron.
León permaneció sentado.
El guardia lo vio.
—Tú también.
León ni siquiera lo miró.
El hombre acercó el caballo.
—¿Estás sordo?
Nada.
El guardia extendió la vara y golpeó la madera junto a la cabeza de León.
Edric se apartó.
León levantó lentamente los ojos.
No había rabia en ellos.
Eso pareció desconcertar al guardia.
Tampoco miedo.
Ni desafío.
Nada.
Aquellos ojos rojos estaban completamente vacíos.
El guardia mantuvo la mirada unos segundos.
Después señaló la estructura del horizonte.
—Será mejor que empieces a obedecer.
León siguió mirándolo.
—¿Por qué?
La pregunta fue tan tranquila que el hombre tardó en responder.
Finalmente sonrió.
—Porque a partir de ahora tu vida les pertenece a ellos.
Señaló hacia la enorme arena.
León miró en aquella dirección.
El rugido de la multitud volvió a escucharse.
Esta vez más fuerte.
Y por primera vez pudo distinguir algo dentro de aquel ruido.
Un nombre.
Miles de personas gritaban el mismo nombre.
León no lo reconoció.
El guardia golpeó el costado de la carreta.
—Bienvenidos.
Las puertas de la muralla comenzaron a abrirse.
León observó el enorme espacio negro que apareció entre ellas.
Por un instante tuvo la absurda sensación de que no estaban entrando en una ciudad.
Estaban entrando en la boca de algo.
La carreta comenzó a descender por la colina.
Nadie volvió a hablar.
Conforme se acercaban, la verdadera magnitud del lugar se hacía evidente.
Había personas sobre las murallas.
Carretas entrando.
Otras saliendo.
Prisioneros.
Mercaderes.
Guerreros.
Criaturas y razas que León reconocía.
Otras que no alcanzaba a distinguir desde aquella distancia.
Banderas desconocidas colgaban de las torres.
No llevaban el emblema de ningún reino que León conociera.
León buscó instintivamente un símbolo.
Una corona.
Un dragón.
Un árbol élfico.
Cualquier cosa.
Nada.
Entonces ocurrió algo pequeño.
Tan pequeño que ninguno de los demás pareció notarlo.
La carreta cruzó bajo la enorme puerta.
León sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No por miedo.
Fue una sensación física.
Un frío breve que comenzó en la nuca y bajó por la columna.
Giró la cabeza.
Sobre el arco de entrada había una figura.
Un hombre.
No llevaba la armadura de los guardias.
Tampoco parecía un soldado.
Estaba completamente quieto, observando las carretas entrar desde lo alto.
León apenas pudo distinguir su rostro debido a la distancia.
Pero durante un instante...
tuvo la extraña impresión de que aquel hombre no observaba a los prisioneros.
Lo observaba a él.
León sostuvo la mirada.
La carreta siguió avanzando.
Una torre se interpuso entre ambos.
El hombre desapareció de su vista.
León continuó mirando hacia atrás unos segundos.
No volvió a verlo.
Bajó la cabeza.
En otro momento había sentido curiosidad.
Habría hecho preguntas.
Probablemente habría soltado alguna estupidez solo para irritar a los guardias.
Pero aquel León parecía haber muerto en el bosque junto a los elfos.
Así que volvió a mirar sus manos.
Y dejó que la carreta lo llevara.
Todavía no sabía dónde estaba.
No sabía quién gobernaba aquel lugar.
No sabía por qué el sol no aparecía en el cielo.
No sabía qué había ocurrido dentro de la niebla.
Y tampoco sabía por qué, entre cientos de prisioneros que atraviesan aquellas puertas...
alguien había estado esperando su llegada.
La Arena
Segunda parte
La carreta atravesó las puertas.
El ruido cambió de inmediato.
Desde fuera, la Arena había parecido una fortaleza gigantesca construida alrededor de un coliseo. Desde dentro, León comprendió que aquello era mucho más difícil de definir.
Era una ciudad.
O algo que había aprendido a parecerse a una.
Las calles estaban construidas con grandes bloques de piedra oscura desgastados por incontables pasos.
Edificios de tres y cuatro plantas se apretaban unos contra otros.
Había tabernas, puestos de comida, herrerías, establos, almacenes y pequeños mercados donde cientos de personas discutían precios como si aquel fuera cualquier otro lugar del mundo.
Pero sobre todo había armas.
Espadas.
Hachas.
Lanzas.
Escudos.
Armaduras.
Las vendían, las reparaban, las cargaban.
Todo parecía girar alrededor del enorme coliseo que se levantaba en el centro.
León lo observó mientras la carreta avanzaba.
Desde allí podía apreciar mejor su tamaño.
Las paredes exteriores se elevaban muy por encima de los edificios cercanos. Grandes estatuas de guerreros adornaban algunos accesos, aunque León no reconoció a ninguno. Algunas estaban tan erosionadas que apenas conservaban rostro.
Miles de personas caminaban por las calles.
Humanos.
Enanos.
Elfos.
Dracónidos.
León incluso distinguió varios orcos.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Los dedos se cerraron alrededor de las cadenas.
Por un instante vio fuego.
Bosques ardiendo.
Cadáveres.
Una lanza atravesando a Lysander.
El anciano cayendo.
León respiró por la nariz.
Los orcos pasaron junto a la carreta sin siquiera mirarlo.
Sus dedos se relajaron.
Todavía no.
Ni siquiera sabía dónde estaba.
La carreta continuó.
Un grupo de niños corrió entre dos puestos.
León los siguió con la mirada.
Eso sí le pareció extraño.
No eran esclavos.
No tenían cadenas.
Uno llevaba una pequeña espada de madera. Otro lo perseguía fingiendo ser algún tipo de monstruo mientras una mujer les gritaba desde la entrada de una casa.
Había familias allí.
Personas que parecían vivir normalmente.
Edric también lo notó.
—Pensé que sería una prisión.
El hombre sentado a su lado negó lentamente.
—Lo es.
Edric lo miró.
—Esto es una ciudad.
El otro hombre soltó una risa seca.
—Una cosa no impide la otra.
La carreta giró.
Apareció una plaza enorme.
En el centro había una estatua.
León levantó la mirada.
Representaba a un guerrero sosteniendo una espada rota.
No había inscripción visible desde donde estaban.
Alrededor de la plaza, varios hombres discutían frente a tablones llenos de nombres y números.
—Treinta por el dracónido.
—Cuarenta.
—No llega vivo al cuarto combate.
—¿Cuarenta a que sí?
—Hecho.
León comprendió.
Apuestas.
Uno de aquellos hombres se acercó a la carreta y comenzó a observar a los nuevos prisioneros.
—Ese.
Señaló a Edric.
—Muy flaco.
Después miró a otro.
—Ese podría servir.
Continuó hasta León.
Se detuvo.
Sus ojos bajaron hacia las cadenas.
Después regresaron al rostro.
—¿Y este?
Uno de los guardias respondió desde el caballo.
—Nuevo.
—Eso ya lo veo.
El hombre se acercó un poco más.
León lo ignoró.
—Levanta la cabeza.
Nada.
El apostador sonrió.
—Parece muerto.
—Todavía respira.
—Eso aquí no significa demasiado.
El hombre se alejó riendo.
La carreta continuó.
León observó nuevamente las calles.
Algo empezó a incomodar.
No era únicamente el cielo.
Eran conversaciones.
Pasaron junto a una taberna.
Un anciano estaba sentado fuera con una jarra entre las manos.
—Te digo que yo estaba allí cuando cayó Ardel.
Su compañero soltó una carcajada.
—Otra vez esa historia.
—Porque ocurrió.
—Ardel cayó hace trescientos años.
El anciano bebió.
—Trescientos doce.
La carreta siguió avanzando antes de que León pudiera escuchar más.
No reaccionó.
Probablemente un borracho.
Unos metros después escuchó a dos comerciantes discutir.
—Es una pieza auténtica.
—No lo es.
—La traje de Varell.
—Varell ya no existe.
—¿Y?
—Que dejó de existir hace doscientos años.
El comerciante se encogió de hombros.
—Pues cuando salí de allí existía perfectamente.
León giró ligeramente la cabeza.
La carreta siguió adelante.
Una coincidencia.
Una ciudad llena de locos.
Había conocido lugares peores.
Aunque no muchos.
Llegaron finalmente a un edificio enorme conectado directamente con el coliseo.
Las puertas se cerraron detrás de ellos.