Capítulo 13 La Arena
Primera parte
La carreta continuó avanzando.
Las ruedas de madera crujían cada vez que atravesaban una piedra, un desnivel o uno de los innumerables agujeros del camino. A veces el golpe era tan fuerte que los prisioneros saltaban unos centímetros del suelo antes de caer nuevamente sobre las tablas húmedas.
Nadie protestaba.
Nadie preguntaba cuánto faltaba.
Algunos porque ya conocían la respuesta.
Otros porque habían aprendido que preguntar solo servía para recibir un golpe.
León pertenecía a un tercer grupo.
Simplemente no le importaba.
Permanecía sentado contra uno de los costados de la carreta, con las piernas encogidas y las manos unidas por una gruesa cadena de hierro. Otros grilletes rodeaban sus tobillos. Tenía barro seco en el rostro, sangre entre el cabello y varias heridas que nadie se había molestado en limpiar.
La lluvia había terminado hacía horas.
O quizá días.
León ya no estaba seguro.
Desde que despertó allí, el tiempo se había convertido en una sucesión de caminos, ruedas y silencios.
No había vuelto a preguntar adónde iban.
Al principio sí lo había hecho.
Nadie respondió.
Después dejó de importarle.
Mantenía los ojos clavados en sus propias manos.
Eran las mismas manos que habían sostenido la espada de su madre.
Ahora estaban vacías.
Movió lentamente un dedo.
Después otro.
Por alguna razón, aquello le hizo recordar el peso de la empuñadura.
Cerró los ojos.
Y la vio.
No la espada.
A ella.
Lysariel.
Bajo las estrellas.
El pequeño colgante con forma de flor descansando sobre su pecho.
Su sonrisa.
Su voz.
Su cabello se movía con el viento.
Abrió los ojos de inmediato.
El interior de la carreta regresó.
Madera.
Hierro.
Suciedad.
Prisioneros.
León respiró lentamente.
No quería volver a cerrar los ojos.
Cada vez que lo hacía, alguien regresaba.
Su padre.
Lysander.
Lysariel.
Y cada vez tenía que perderlos otra vez al despertar.
Uno de los hombres sentados frente a él llevaba horas observándose.
Era un humano de barba espesa, probablemente unos veinte años mayor que León. Tenía un ojo hinchado y una venda sucia alrededor del hombro.
Finalmente habló.
—¿Cómo te llamas?
León no respondió.
El hombre esperó.
—Yo soy Edric.
Nada.
—¿Sabes adónde nos llevan?
León continuó mirando sus manos.
Edric dejó escapar una pequeña risa sin humor.
—Sí. Yo tampoco.
Uno de los demás prisioneros levantó la cabeza.
—Cállate.
Edric lo miró.
—Solo intento hablar.
—Pues no lo hagas.
—¿Por qué?
El otro hombre miró hacia la parte delantera de la carreta.
Dos guardias cabalgaban varios metros por delante.
—Porque todavía tenemos dientes.
Edric entendió.
Se acomodó contra la madera y guardó silencio.
León ni siquiera había levantado la cabeza.
La carreta siguió avanzando.
Durante mucho tiempo, el único sonido volvió a ser el de las ruedas.
Hasta que León notó algo.
No fue suficiente para devolverle interés por lo que ocurría.
Pero sí para hacer que levantara ligeramente la mirada.
El camino había cambiado.
Hasta entonces habían viajado entre colinas, bosques y caminos de tierra. León reconocía aquel tipo de paisaje. Durante nueve años había recorrido territorios humanos, bosques élficos, caminos comerciales y tierras donde un viajero podía pasar días enteros sin encontrarse con una aldea.
Pero aquello era diferente.
Los árboles habían desaparecido.
No poco a poco.
Simplemente...
habían desaparecido.
León miró hacia atrás.
A lo lejos todavía podía distinguir la línea oscura del bosque.
Frente a ellos se levantaban dos enormes paredes de roca que formaban un desfiladero.
El camino conducía directamente hacia él.
Había algo extraño en aquellas montañas.
León entrecerró los ojos.
No reconocía la piedra.
Eso no significaba demasiado por sí mismo. Había viajado mucho, pero no conocía cada rincón del mundo.
Sin embargo, había algo más.
No había vegetación.
Ni árboles.
Ni arbustos.
Ni siquiera pequeñas plantas creciendo entre las grietas.
Solo roca.
Uno de los prisioneros se puso de pie para mirar.
La cadena que conectaba sus tobillos chocó contra el suelo.
—Siéntate.
La voz llegó desde fuera.
El prisionero obedeció inmediatamente.
León miró hacia el cielo.
Estaba nublado.
No era particularmente extraño.
Lo extraño era que no había viento.
Ni siquiera una brisa.
Y, aun así, las nubes parecían desplazarse.
Muy lentamente.
León frunció ligeramente el ceño.
Fue la primera expresión distinta que apareció en su rostro desde hacía mucho tiempo.
Edric lo vio.
—¿Qué pasa?
León no respondió.
La carreta llegó al desfiladero.
Las paredes de roca comenzaron a elevarse a ambos lados.
Diez metros.
Veinte.
Treinta.
Cada vez más.
El camino se estrechó.
El sonido de las ruedas comenzó a rebotar entre las paredes.
Crac.
Crac.
Crac.
Cada vuelta producía un eco.
León miró hacia arriba.
El cielo se había convertido en una franja estrecha entre las montañas.
Entonces apareció la niebla.
Al principio era apenas una capa blanca pegada al suelo.
Uno de los caballos entró en ella.
Después el otro.
La carreta avanzó.
La niebla llegó hasta las ruedas.
Luego hasta las tablas.
Edric bajó la mano y la atravesó con los dedos.
—¿Qué demonios...?
El hombre que antes le había ordenado callarse volvió a hacerlo.
—Cállate.
Pero esta vez su voz tembló.
La niebla siguió subiendo.
León observó cómo envolvía sus botas.
Después sus piernas.
En cuestión de segundos alcanzó su cintura.
Uno de los prisioneros comenzó a rezar en voz baja.
Otro se acercó todo lo posible al borde de la carreta.
—¡Guardia!
Nadie respondió.
—¡Guardia!
Silencio.
El hombre golpeó la madera.
—¡¿Adónde nos llevan?!
Nada.
León giró la cabeza hacia la parte delantera.
Ya no podía ver a los guardias.
Tampoco podía ver los caballos.
Solo distinguía la silueta de la parte delantera de la carreta.
Después ni siquiera eso.
La niebla los cubrió completamente.
—No veo nada —dijo Edric.
Alguien respiraba demasiado rápido.
—No veo nada.
—Ya te escuchamos.
—¡No veo nada!
—¡Cállate!
La carreta siguió moviéndose.
Eso era lo único que demostraba que todavía avanzaban.
Las ruedas continuaban girando.
Pero su sonido...
León levantó la cabeza.
Había desaparecido.
Miró hacia abajo.
Sintió el movimiento de la carreta bajo su cuerpo.
Podía sentir cada vibración de las tablas.
Pero no escuchaba las ruedas.
Ni los cascos de los caballos.
Ni las cadenas de los demás prisioneros.
León movió ligeramente las manos.
Los eslabones chocaron.
No había sonido.
Sus ojos se abrieron un poco más.
Edric gritó algo.
León vio cómo movía la boca.
No escuchó nada.
Otro prisionero también gritó.
Nada.
El silencio era absoluto.
León levantó lentamente la mano encadenada y golpeó con los nudillos la pared de madera.
Sintió el impacto.
No escuchó el golpe.
Por primera vez desde que despertó en aquella carreta, olvidó durante unos segundos su dolor.
Miró alrededor.
Todos habían comprendido lo mismo.
Un hombre estaba llorando.
Otro rezaba frenéticamente.
Uno intentaba llamar a los guardias.
Edric continuaba hablando, pero ninguna palabra llegaba hasta León.
Entonces la carreta se detuvo.
Nadie se movió.
León esperó.
Un segundo.
Dos.
Tres.
La niebla era tan espesa que apenas podía distinguir al hombre sentado frente a él.
Y entonces...
un sonido.
León giró la cabeza.
Había escuchado algo.
Muy lejos.
No supo identificarlo.
Parecía un golpe.
Después otro.
Y otro.
Lentos.
Profundos.
Separados por varios segundos.
León permaneció inmóvil.
Los demás también parecían escucharlos.
El siguiente fue más fuerte.
León sintió una ligera vibración bajo los pies.
Después silencio.
La carreta volvió a avanzar.
Y el mundo recuperó el sonido de golpe.
Los caballos.
Las ruedas.
Las cadenas.
Los gritos.
—¡¿QUÉ FUE ESO?!
—¡QUIERO SALIR!
—¡GUARDIAS!
Edric miraba desesperadamente alrededor.
—¿Escuchaste eso? —preguntó León—. ¡¿Lo escuchaste?! León no contestó.
La niebla comenzó a bajar.
Primero apareció el rostro de Edric.
Después las paredes de la carreta.
Luego las piernas de los prisioneros.
Finalmente desapareció por completo.
Habían salido del desfiladero.
León levantó la mirada.
Y durante varios segundos no hizo absolutamente nada.
El cielo seguía allí.
Pero algo estaba mal.
No podía explicar qué.
Había luz.
Una luz clara, suficiente para iluminar todo el paisaje.
Sin embargo, León buscó el sol.
No lo encontró.
Miró hacia un lado.
Después hacia el otro.
Las nubes cubrían buena parte del cielo, pero no parecían lo suficientemente densas para ocultarlo completamente.
No había ningún punto más brillante.
Ninguna dirección de la que pareciera proceder la luz.
Simplemente...
había luz.
Edric también miró hacia arriba.
—¿Dónde está el sol?
Nadie respondió.
León observó las sombras.
La carreta tenía una.
Los prisioneros también.
Pero eran débiles.
Extrañas.
León levantó una mano.
Miró la sombra proyectada sobre la madera.
Después volvió a mirar el cielo.
Nada.
—No me gusta este lugar —susurró alguien.
La carreta siguió adelante.
El paisaje que se extendía ante ellos era enorme.
Una llanura gris atravesada por un único camino.
A ambos lados se alzaban formaciones rocosas que León jamás había visto.
Algunas eran demasiado altas y delgadas, como columnas naturales.
Otras parecían montañas partidas por la mitad.
No había bosques.
No había aldeas.
No había cultivos.
León buscó algún punto reconocible.
Nada.
Había pasado años recorriendo el mundo.
Había escuchado cientos de historias en tabernas.
Había hablado con mercaderes, aventureros y viajeros provenientes de tierras que él jamás había visitado.
Nunca había oído describir aquel lugar.
Edric volvió a mirar a León.
—Tú eres aventurero, ¿verdad?
León lo miró por primera vez.
El hombre señaló su ropa destrozada.
—Lo pareces.
León apartó la mirada.
—¿Reconoces esto?
Silencio.
Edric insistió.
—¿Sabes dónde estamos?
Esta vez León respondió.
Su voz salió baja y áspera.
—No.
Fue una sola palabra.
La primera que pronunciaba desde hacía quién sabía cuánto.
Edric pareció todavía más preocupado.
Porque había esperado que el hombre que parecía haber recorrido medio mundo tuviera alguna respuesta.
No la tenía.
Continuaron durante horas.