Capítulo 12 Primera parte El bosque espera #4
Lysander no había intentado escapar de su cerco.
Había permitido que lo rodearan.
Después retrocedió.
Había mostrado soldados.
Había permitido persecuciones.
Había entregado pequeñas victorias.
Todo para conseguir una sola cosa.
Separarlos.
Grindel apretó los dientes.
—Reúnan las tropas.
—Tomará tiempo.
—¡ENTONCES HÁGANLO!
—Los elfos atacarán mientras nos movemos.
Grindel golpeó la mesa nuevamente.
—¡QUE LO INTENTEN!
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Lysander recibió la noticia poco después.
—Está ordenando reagruparse.
El rey asintió.
No sonrió.
No celebró.
Simplemente movió algunas piezas.
León regresó cubierto de tierra y hojas.
—¿Cuántos grupos?
—Doce confirmados —respondió un comandante—. Probablemente más.
León se acercó al mapa.
—¿Atacamos?
—No todos.
Lysander señaló cuatro.
—Estos.
León frunció el ceño.
—¿Por qué esos?
—Están demasiado lejos de Grindel.
Señaló otros tres.
—Estos creen que todavía nos persiguen.
Después dos más.
—Y estos están intentando encontrar el camino de regreso.
León comenzó a sonreír.
—No saben dónde están.
—Exactamente.
Lysander levantó la mirada hacia los árboles.
—El bosque sí.
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La noche comenzó a caer.
Eso fue todavía peor para los orcos.
Para ellos, el bosque se convirtió en una masa negra.
Para los elfos, seguía siendo su hogar.
No necesitaban antorchas.
Conocían los caminos.
Conocían las estrellas visibles entre las ramas.
Conocían el sonido de los ríos.
Sabían qué árboles crecían cerca de las montañas y cuáles aparecían junto a las zonas húmedas.
Los orcos necesitaban fuego.
Y cada antorcha era una señal.
Una pequeña luz diciendo:
Aquí estoy.
Los elfos las observaban desde la oscuridad.
Un grupo de treinta orcos avanzaba intentando encontrar el campamento principal.
—Manténganse juntos.
Una rama crujió.
Todos se volvieron.
Nada.
Continuaron.
Otro ruido.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
Uno levantó la antorcha.
Solo árboles.
Continuaron.
Entonces la antorcha del último soldado desapareció.
Los demás se detuvieron.
—¿Dónde está?
Nada.
Uno regresó.
Encontró la antorcha en el suelo.
No había nadie.
—¿Dónde demonios...?
Una flecha apagó otra antorcha.
Oscuridad.
Los orcos levantaron sus armas.
Escucharon movimientos.
Uno a la izquierda.
Otro detrás.
Otro arriba.
—¡SALGAN!
Nadie respondió.
Entonces una voz apareció desde algún lugar.
—¿Para qué?
Los orcos giraron.
No vieron nada.
Otra voz, desde el lado contrario:
—Estamos bastante cómodos aquí.
Los soldados comenzaron a retroceder.
Una tercera voz:
—Ustedes son los que parecen perdidos.
Y entonces las flechas comenzaron.
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León caminaba junto a Lysander varias horas después.
A lo lejos podían verse pequeños puntos de luz.
Campamentos orcos dispersos.
—Ahora entiendo —dijo León.
—¿Qué cosa?
—Por qué nunca pudieron conquistar estas tierras.
Lysander continuó caminando.
—Los elfos no somos invencibles.
—Hoy podrías haberme engañado.
Lysander sonrió ligeramente.
—Ese pensamiento es peligroso.
León lo miró.
—¿Por qué?
Lysander se detuvo.
—Porque el momento en que crees que eres invencible es el momento en que comienzas a cometer errores.
León recordó inmediatamente a Grindel entrando en el bosque.
Lysander señaló las luces.
—Hoy nosotros conocimos el terreno.
—Sí.
—Nosotros elegimos dónde pelear.
—Sí.
—Nosotros decidimos cuándo atacar y cuándo retirarse.
León comenzó a comprender lo que quería decir.
—Todas las ventajas eran nuestras.
—Exactamente.
Lysander lo miró.
—Mañana quizá no lo sean.
León observó nuevamente el bosque.
La victoria del día había sido enorme.
Pero Lysander no parecía feliz.
Eso comenzó a preocuparse.
—¿Qué crees que hará Grindel?
El rey tardó en responder.
—Aprender.
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Grindel permanecía frente a una fogata.
Ya no reía.
A su alrededor, los soldados supervivientes de diferentes unidades regresaban poco a poco.
Algunos sin armas.
Otros heridos.
Muchos preguntaban por compañeros que nunca volvieron.
Grindel observaba cada rostro.
Cada grupo incompleto.
Cada estandarte que faltaba.
Uno de sus generales se acercó.
—Las unidades que logramos recuperar están concentrándose.
—¿Cuántas faltan?
El general guardó silencio.
Grindel levantó la mirada.
—¿Cuántas?
El hombre dio la cifra.
Grindel no respondió.
Miró hacia el bosque.
Oscuro.
Silencioso.
Ya no veía árboles.
Veía ojos.
Miles.
Observándose.
Esperando.
—No volveremos a perseguirlos —dijo finalmente.
El general asintió.
—¿Retrocedemos?
Grindel giró lentamente hacia él.
—No.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Hasta ahora hemos estado jugando el juego de Lysander.
Miró hacia la entrada del bosque.
—Mañana jugaremos al mío.
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Muy lejos de allí, un explorador elfo observaba el campamento enemigo desde una colina.
Vio movimiento en la retaguardia.
Algo enorme avanzaba entre las sombras.
Después otro.
Y otro.
La tierra vibró ligeramente bajo sus pies.
El elfo dejó de respirar por un instante.
Los gigantes.
Grindel los estaba movilizando.
El explorador se dio la vuelta y desapareció entre los árboles.
Todavía no había terminado la guerra.
En realidad...
apenas estaba comenzando.
La arena