Leon Del Norte Capítulo 12 Primera parte El bosque espera #3
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Capítulo 12 Primera parte El bosque espera #3

—Entonces nos movemos.

Lysander asintió.

—Ahora comienza la parte difícil.

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Abajo, Grindel también lo había notado.

Las flechas dejaron de caer.

Esperó.

Nada.

Un general levantó lentamente la cabeza.

—Se detuvieron.

Grindel salió de detrás de los escudos.

Miró hacia las copas de los árboles.

Silencio.

—¿Cuántos?

Un oficial tardó unos segundos en responder.

—Todavía no lo sabemos.

Grindel observó el camino.

Había cuerpos.

Caballos muertos.

Carros abandonados.

Heridos.

Pero la mayor parte de su ejército seguía en pie.

La sorpresa había sido terrible.

No definitiva.

Grindel sonrió.

—Eso es todo.

El general lo miró.

—¿Mi rey?

—Su gran estrategia.

Grindel señaló hacia los árboles.

—Esconderse y disparar.

El general no compartía su confianza.

—Nos hicieron daño.

—Porque los dejamos sorprendernos.

Grindel tomó la espada de un soldado caído.

—Ahora sabemos dónde están.

Miró hacia ambos lados del camino.

—Rodé Los.

El general comprendió.

—Podemos enviar tropas por ambos lados.

—Exactamente.

Grindel señaló el bosque.

—Quieren esconderse entre los árboles.

Sonrió.

—Entonces llenaremos el bosque de orcos.

Las órdenes comenzaron a extenderse.

La columna dejó de avanzar únicamente por el camino principal.

Miles de soldados se separaron.

Un grupo hacia el norte.

Otro hacia el sur.

Otros avanzaron directamente.

La intención era sencilla.

Encerrar a los elfos.

Presionarlos desde diferentes direcciones.

Obligarlos a salir.

Grindel se montó nuevamente.

—Corre, Lysander.

Miró hacia la oscuridad del bosque.

—Veamos cuánto bosque necesitas para esconder un reino entero.

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El primer grupo de orcos encontró a los elfos veinte minutos después.

Esta vez los vieron.

Cientos de soldados elfos atraviesan rápidamente el bosque.

—¡AHÍ ESTÁN!

Los orcos cargaron.

Los elfos miraron hacia atrás.

Y huyeron.

El capitán orco comenzó a reír.

—¡CORREN!

La noticia se extendió.

—¡LOS TENEMOS!

Los orcos aumentaron el ritmo.

Los elfos continuaron retrocediendo.

Algunos disparaban mientras corrían, pero eran pocos.

Uno cayó.

Después otro.

Los orcos comenzaron a gritar.

Por primera vez desde la emboscada sentían que tenían el control.

El capitán levantó su espada.

—¡NO DEJEN QUE ESCAPEN!

Los siguieron.

Y los siguieron.

Y los siguieron.

Hasta que el camino comenzó a estrecharse.

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León corría junto a varios soldados elfos.

Miró hacia atrás.

—Están demasiado cerca.

Uno de los comandantes respondió:

—Eso queremos.

—Lo sé. Sigue sin gustarme.

Una flecha orca pasó junto a ellos.

León agachó la cabeza.

—¡Definitivamente no me gusta!

El comandante soltó una pequeña risa.

—Pensé que el gran León no tenía miedo.

—El gran León aprecia muchísimo no tener una flecha atravesándolo el culo.

Algunos soldados rieron mientras continuaban corriendo.

—¡Sigan!

Frente a ellos apareció una división del camino.

Tres senderos.

El comandante levantó la mano.

Los elfos se separaron inmediatamente.

León tomó el camino central con varias decenas.

Otros giraron a la izquierda.

El resto, a la derecha.

Los orcos llegaron segundos después.

Su capitán se detuvo.

—¡Se dividieron!

—¿Qué hacemos?

El capitán miró las tres rutas.

—¡Nosotros también!

Los orcos se separaron.

Exactamente como Lysander esperaba.

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A varios kilómetros de distancia, el rey elfo escuchó los informes.

—La columna norte se dividió.

Movió tres pequeñas piezas sobre un mapa improvisado.

—¿El sur?

—Persiguiendo a la segunda unidad.

—¿Cuántos?

El mensajero dio una cifra.

Lysander negó con la cabeza.

—Demasiados.

Uno de los comandantes lo miró.

—¿Demasiados enemigos?

—Demasiados juntos.

Movió otra pieza.

—Llévalos hacia el río.

—Sí, mi rey.

—Que los vean.

El comandante comprendió.

—¿Una retirada visible?

—Muy visible.

Lysander señaló otra ruta.

—Quiero que Grindel crea que nuestras unidades están intentando reunirse aquí.

—Pero no lo harán.

Lysander sonrió.

—No.

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Grindel recibió exactamente la información que Lysander quería.

Un explorador llegó galopando.

—¡Mi rey!

—Habla.

—Los elfos están retrocediendo hacia el este.

—¿Todos?

—Varias unidades.

Otro explorador apareció.

—¡Los del norte también están huyendo!

Grindel sonrió.

—Se están reuniendo.

Su general observó el mapa.

—Podría ser.

—Lo es.

Grindel señaló un punto.

—Lysander quiere reagruparlos.

—¿Ordenamos detener la persecución y reunir nuestras propias tropas?

Grindel lo miró como si hubiera dicho una estupidez.

—¿Detenernos?

—Nuestras unidades están demasiado separadas.

—Precisamente por eso debemos continuar.

El general frunció el ceño.

—No entiendo.

Grindel señaló hacia el este.

—Si les damos tiempo, volverán a organizarse.

Golpeó el mapa con el dedo.

—No se lo daremos.

El general seguía inquieto.

—Mi rey...

—¡PER SÍGANLOS!

La orden salió.

Y las tropas orcas continuaron internándose en el bosque.

Separándose cada vez más.

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León dejó de correr.

Los otros elfos hicieron lo mismo.

Detrás de ellos ya no podían escuchar a todos los perseguidores.

Solo una parte.

León respiró profundamente.

—¿Cuántos?

Un explorador apareció desde un árbol.

—Aproximadamente doscientos.

León miró a su alrededor.

—¿Y nosotros?

—Setenta y tres.

León sonrió.

—Eso suena más divertido.

El comandante levantó la mano.

Los setenta y tres desaparecieron.

Algunos detrás de los árboles.

Otros entre las rocas.

Otros treparon.

León se ocultó detrás de un tronco enorme.

Esperaron.

Los orcos aparecieron.

Estaban cansados.

Desorganizados.

Habían corrido durante demasiado tiempo.

Su capitán levantó una mano.

—Se detuvieron.

Miró alrededor.

—¿Dónde están?

Nadie respondió.

Uno de los soldados respiró con dificultad.

—No me gusta esto.

Una flecha salió de alguna parte.

El capitán cayó.

Los demás levantaron los escudos.

—¡CONTACTO!

Otra flecha.

Después otra.

Pero esta vez los elfos no dispararon todos a la vez.

Uno desde la izquierda.

Otro desde la derecha.

Uno desde arriba.

Otro desde atrás.

Los orcos giraban constantemente.

—¡¿DÓNDE ESTÁN?!

León salió detrás de uno de los árboles.

Golpeó al primer soldado antes de que pudiera reaccionar.

Otro cargó contra él.

León bloqueó el golpe, giró y lo derribó.

Un tercero apareció.

León sonrió.

—Hola.

El orco rugió.

León se apartó de su hacha.

—Adiós.

Lo golpeó.

Después volvió a desaparecer entre los árboles.

Aquello no era una batalla convencional.

Era una cacería.

Los elfos aparecían.

Atacaban.

Desaparecen.

Los orcos intentaban formar líneas, pero no había espacio suficiente.

Los árboles rompían sus formaciones.

Las raíces dificultan sus movimientos.

Sus armaduras pesadas comenzaban a convertirse en una carga.

Un soldado elfo silbó.

Todos los elfos retrocedieron.

León también.

Los orcos supervivientes los vieron marcharse.

—¡HUYEN OTRA VEZ!

Algunos intentaron perseguirlos.

Otro oficial gritó:

—¡NO!

Demasiado tarde.

La mitad ya había salido corriendo.

León escuchó los pasos detrás.

Sonrió.

—Otra vez.

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En otra parte del bosque ocurría exactamente lo mismo.

Una fuerza orca de quinientos hombres perseguía a menos de cien elfos. Los elfos cruzaron un pequeño río.

Los orcos fueron detrás.

Cuando la mitad se había cruzado, los elfos dejaron de huir.

Flechas desde la orilla.

Flechas desde los árboles.

Los orcos que todavía no habían cruzado intentaron ayudar.

No podían disparar sin arriesgarse a alcanzar a los suyos.

Los que estaban en el agua no podían utilizar correctamente sus escudos.

Los que habían cruzado estaban solos.

En cuestión de minutos, una fuerza de quinientos se había convertido en tres grupos aislados.

Los elfos atacaron únicamente a uno.

Después desaparecieron.

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Al norte, otra columna encontró un camino bloqueado por árboles caídos.

—¡RETÍRENSE!

Los soldados dejaron sus escudos.

Comenzaron a mover los troncos.

Entonces llegaron las flechas.

Cuando volvieron a levantar los escudos, los elfos ya se habían ido.

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Al sur, los orcos consiguieron alcanzar a una unidad elfa.

La superan cuatro a uno.

Por primera vez parecía que el plan de Grindel funcionaba.

Los elfos retrocedieron.

Los orcos los rodearon.

Su capitán sonrió.

—Se acabó.

Entonces escucharon un cuerno.

Los elfos dejaron de retroceder.

Otro cuerno respondió desde detrás de los orcos.

Después otro.

Y otro.

El capitán perdió la sonrisa.

No habían rodeado a los elfos.

Los elfos los habían llevado hasta el centro de otras cuatro unidades.

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Pasaron las horas.

Grindel esperaba informes.

Al principio fueron buenos.

Los elfos retroceden.

Los estamos persiguiendo.

Se están dividiendo.

Después comenzaron a cambiar.

Perdimos contacto con la tercera unidad.

La quinta solicita refuerzos.

La columna norte no responde.

No encontramos al enemigo.

Nos atacan desde varias direcciones.

Grindel observaba el mapa.

Sus tropas aparecían dispersas por todo el bosque.

Pequeñas unidades.

Separadas por kilómetros.

—¿Dónde está Lysander?

Nadie respondió.

—¡PREGUNTÉ DÓNDE ESTÁ!

Un oficial miró el mapa.

—No lo sabemos.

Grindel golpeó la mesa.

—¡TENEMOS MILES DE HOMbrES DENTRO DE ESE BOSQUE!

El general que había intentado advertirle permanecía cerca.

—Ese es el problema.

Grindel lo miró.

—¿Qué?

El general señaló el mapa.

—Tenemos miles.

Después señaló las diferentes rutas.

—Pero ya no tenemos un ejército.

Grindel guardó silencio.

El general continuó:

—Tenemos cientos de grupos pequeños que no pueden ayudarse entre sí. Grindel observó las piezas.

Por primera vez entendió lo que había ocurrido.