Leon Del Norte Capítulo 12 Primera parte El bosque espera #2
55%

Capítulo 12 Primera parte El bosque espera #2

Grindel frunció el ceño.

—¿Vacía?

—Sí, mi rey.

—Revísala otra vez.

Lo hicieron.

No encontraron nada.

Ni soldados.

Ni cadáveres.

Ni trampas.

Simplemente una torre abandonada.

Grindel continuó avanzando.

Horas después encontraron otra posición.

También vacía.

Después una pequeña fortificación.

Vacía.

Un campamento.

Vacío.

Una aldea.

Vacía.

Las puertas de las casas estaban abiertas.

Una mesa todavía tenía platos encima.

En una vivienda encontraron juguetes.

En otra, una cama sin hacer.

Pero no había nadie.

Uno de los generales de Grindel comenzó a inquietarse.

—Mi rey...

Grindel desmontó.

Entró en una de las casas.

Miró alrededor.

Después comenzó a reír.

El general permaneció serio.

—¿Qué ocurre?

Grindel salió.

—Tiene miedo.

—¿Lysander?

—¿Quién más?

Grindel abrió los brazos.

—Mira esto.

Señaló la aldea.

—Ha evacuado todo.

—Podría ser una estrategia.

Grindel lo miró.

—Lysander es viejo.

—Sigue siendo Lysander.

La sonrisa de Grindel desapareció ligeramente.

El general continuó:

—No deberíamos subestimar.

Grindel se acercó.

—Yo maté a Valerion.

El general guardó silencio.

—Tomé la Costa Dragón.

Otro paso.

—Unifiqué a los orcos y los gigantes.

Grindel señaló hacia el bosque que aparecía en el horizonte.

—Y ahora un viejo elfo está huyendo porque sabe que voy a destruirlo.

El general no respondió.

Grindel se montó nuevamente.

—Avanzamos.

---

Desde lo alto de una colina, un explorador elfo observaba aquella conversación.

Estaba demasiado lejos para escucharla.

Pero vio a Grindel reír.

Eso era suficiente.

Descendió.

Corrió entre los árboles.

No utilizó los caminos.

Minutos después encontró a otro explorador.

—Ha entrado en la aldea.

—¿Se detuvo?

—Poco tiempo.

—¿Sospecha?

El elfo sonrió.

—Está riendo.

El segundo explorador asintió.

—Entonces funciona.

---

La noticia llegó hasta Lysander horas después.

El rey estaba sentado bajo un árbol.

Frente a él había un pequeño mapa.

León permanecía cerca.

Un mensajero se arrodilló.

—Mi rey.

—Habla.

—Grindel cruzó la segunda posición.

Lysander movió una pequeña piedra sobre el mapa.

—¿Velocidad?

—Rápida.

—¿Exploradores?

—Cada vez menos.

León levantó una ceja.

—¿Menos?

El mensajero sonrió.

—Cree que estamos huyendo.

Lysander no reaccionó.

—¿Dónde está su vanguardia?

El mensajero señaló.

Lysander movió otra piedra.

León observó.

El ejército enemigo estaba acercándose al bosque.

—¿Cuánto falta?

—Llegarán antes del anochecer.

Lysander miró hacia las copas de los árboles.

—Bien.

Se levantó.

—Que nadie se mueva.

El mensajero asintió.

—Sí, mi rey.

—Y recuérdales la orden.

Lysander miró directamente al soldado.

—Aunque Grindel pase debajo de ellos...

Hizo una pausa.

—Nadie dispara hasta que yo lo ordene.

---

Al atardecer, los primeros orcos llegaron al bosque.

Se detuvieron.

Frente a ellos se extendía una inmensa pared de árboles.

Algunos eran tan antiguos que se necesitaban varios hombres para rodear sus troncos.

La luz apenas atravesaba las copas.

Uno de los soldados tragó saliva.

—No me gusta.

Otro río.

—Son árboles.

—Los elfos viven en ellos.

—Entonces cortaremos los árboles.

Detrás de ellos llegó Grindel.

Observó el bosque.

Por primera vez desde que comenzó la marcha, dejó de sonreír.

Algo en aquel lugar le incomodaba.

No sabía qué.

El silencio, quizá.

No había pájaros.

No había animales.

Nada.

Uno de sus generales se acercó.

—Podemos acampar aquí y enviar exploradores.

Grindel observó la oscuridad entre los árboles.

—¿Cuánto tardaremos?

—Un día.

—No.

—Mi rey...

—Lysander está retrocediendo.

—Eso creemos.

Grindel lo miró.

El general corrigió:

—Eso parece.

Grindel volvió a mirar el bosque.

Entonces recordó las cabezas frente a sus murallas.

Recordó los ojos rojos de León.

Recordó los rumores que ahora recorrían su propio reino.

No.

No iba a darle más tiempo.

—Entramos.

El general respiró profundamente.

—Sí, mi rey.

La orden recorrió las filas.

Los primeros soldados entraron.

Después otros.

Cientos.

Miles.

Los escudos rozaban los árboles.

Las botas aplastan las hojas.

Los carros avanzaban con dificultad.

La columna se hizo larga.

Muy larga.

Los orcos miraban hacia arriba de vez en cuando.

No veían nada.

Pero algo los observaba.

A diez metros sobre ellos, un arquero elfo permanecía inmóvil sobre una rama.

Un orco pasó directamente debajo.

El elfo podía ver las marcas de su armadura.

Podía escuchar su respiración.

No disparó.

Más soldados entraron.

En otro árbol, una arquera tenía una flecha preparada.

Esperó.

Abajo pasaron veinte soldados.

Cincuenta.

Cien.

Esperó.

En el suelo, ocultos detrás de raíces y vegetación, otros elfos observaban.

Uno tenía el arco tensado.

Su compañero colocó suavemente una mano sobre la cuerda.

Todavía no.

Esperaron.

El ejército continuó entrando.

Una hora.

Después otra.

Grindel avanzaba entre sus tropas.

Miraba alrededor.

Nada.

Finalmente comenzó a sonreír otra vez.

—¿Lo ves?

Le dijo al general.

—No hay nadie.

El general no parecía convencido.

Grindel levantó la voz para que los soldados cercanos pudieran escucharlo.

—¡LYSANDER!

Algunos orcos comenzaron a reír.

—¡¿DÓNDE ESTÁS, VIEJO?!

Más risas.

Su voz recorrió el bosque.

Muy lejos, escondido entre los árboles, Lysander la escuchó.

León estaba a su lado.

—Está llamándote.

—Lo sé.

—Podrías responder.

Lysander lo miró.

León sonrió.

—Solo digo que sería divertido.

—Silencio.

León volvió a mirar hacia el camino.

Miles de orcos seguían entrando.

Lysander permaneció inmóvil.

Uno de sus comandantes se acercó.

—Mi rey.

—Todavía no.

Pasaron varios minutos.

Más orcos.

Más carros.

Más soldados.

—Mi rey...

—No.

León comenzó a comprender la verdadera magnitud de lo que estaba haciendo.

Lysander no quería golpear la cabeza de la serpiente.

Quería dejar entrar el cuerpo entero.

Un explorador apareció.

—La tercera columna ha entrado.

Lysander no respondió.

—La cuarta está cruzando ahora.

Nada.

El comandante miró hacia el camino.

—Si esperamos demasiado, tendremos dificultades para cerrar la salida.

Lysander levantó una mano.

Silencio.

Todos esperaron.

El sonido del ejército orco llenaba el bosque.

Miles de botas.

Metal.

Caballos.

Ruedas.

Voces.

Grindel seguía avanzando.

Cada paso lo llevaba más adentro.

Hasta que Lysander preguntó:

—¿Los gigantes?

—Todavía estoy fuera.

Lysander pensó.

—Déjenlos fuera.

León lo miró.

—¿No quieres atraparlos también?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no necesito matar todo lo que Grindel tiene hoy.

Lysander observó el camino.

—Necesito enseñarle que puede sangrar.

Entonces llegó otro mensajero.

Estaba respirando con dificultad.

—Mi rey.

Lysander lo miró.

—La quinta columna acaba de entrar.

El rey cerró los ojos.

Escuchó.

El bosque.

Las botas.

Los carros.

Los orcos riendo.

Grindel creyéndose vencedor.

Lysander abrió los ojos.

—Cierren el camino.

La orden comenzó a transmitirse sin gritos.

Una mano levantada.

Después otra.

Después otra.

De árbol en árbol.

De posición en posición.

Miles de elfos prepararon sus arcos.

Las cuerdas comenzaron a tensarse.

Una.

Diez.

Cien.

Mil.

León tomó su propio arco.

Lysander levantó lentamente la mano.

Abajo, Grindel continuaba cabalgando.

Sonreía.

—¡Parece que vuestro gran rey ha huido!

Los orcos rieron.

Lysander observó desde la oscuridad.

Esperó unos segundos más.

Entonces bajó la mano.

El bosque entero parecía respirar.

Y miles de cuerdas fueron liberadas al mismo tiempo.

El sonido fue único.

Seco.

Inmenso.

Como si el cielo acabara de romperse.

Grindel levantó la cabeza.

Su sonrisa desapareció.

Sobre él...

el cielo se había llenado de flechas.

Y entonces comprendió.

Lysander nunca había huido.

Lo había invitado a entrar.

Segunda parte: El bosque se mueve

El cielo desapareció detrás de las flechas.

Durante un instante, los orcos dejaron de ver las copas de los árboles.

Miles de proyectiles descendieron sobre ellos.

—¡ESCUDOS! —rugió uno de los capitanes.

La orden llegó tarde.

La primera lluvia cayó sobre la columna.

El estruendo fue ensordecedor.

Las flechas golpearon escudos, armaduras, carros y árboles. Algunas se partieron contra el metal. Otras encontraron espacios entre las placas. Los caballos se agitaron y varios carros quedaron atravesados en medio del camino.

La columna que momentos antes avanzaba perfectamente organizada se convirtió en confusión.

—¡ARRIBA!

—¡ESTÁN EN LOS ÁRBOLES!

—¡CUbrEN LOS FLANCOS!

Los soldados levantaron los escudos.

Entonces llegó la segunda lluvia.

Desde el lado contrario.

Grindel tiró de las riendas de su caballo mientras una flecha se clava en la madera de un carro a pocos pasos de él.

—¡FORMACIÓN!

Sus oficiales intentaron repetir la orden.

Pero el bosque devolvía sus voces desde todas partes.

Era difícil saber quién gritaba.

Dónde estaba el enemigo.

De dónde llegaría el siguiente ataque.

Un grupo de orcos vio movimiento entre las ramas.

—¡AHÍ!

Decenas de arqueros dispararon hacia arriba.

Las flechas atravesaron hojas y golpearon troncos.

Cuando terminaron, no encontraron nada.

Los elfos ya se habían movido.

Entonces una nueva descarga llegó desde detrás.

Grindel apretó los dientes.

—¡Lysander!

Otra lluvia.

Grindel desmontó y se cubrió detrás de varios escudos.

Uno de sus generales llegó hasta él.

—¡Tenemos que retroceder!

—¡NO!

—¡Nos han encerrado!

Grindel lo agarró de la armadura.

—¡Entonces rompe el cerco!

—¡No sabemos dónde están!

Grindel lo soltó.

Aquellas palabras eran insoportables.

No sabían dónde estaba el enemigo.

Miles de elfos los estaban atacando.

Y apenas podían verlos.

---

León soltó otra flecha.

Abajo, los orcos intentaban reorganizarse.

—Funcionó —dijo.

Lysander permanecía a pocos metros.

—La primera parte.

León lo miró.

—Acabamos de destruir su formación.

—Y ahora Grindel hará exactamente lo que necesitamos.

Lysander levantó la mano.

Las descargas comenzaron a disminuir.

León frunció el ceño.

—¿Por qué paramos?

—Porque ya sabe dónde estamos.

—Podemos seguir atacando.

—Y él puede adaptarse.

Lysander observó a los orcos.

Algunos comenzaban a cubrirse utilizando los carros. Otros formaban pequeños techos con sus escudos.

—La misma estrategia solo funciona mientras el enemigo no la comprende.

León guardó el arco.