Capítulo 12 Primera parte El bosque espera
La guerra comenzó mucho antes de que dos espadas llegaran a tocarse.
Comenzó con caminos vacíos.
Con fogatas apagadas.
Con aldeas abandonadas.
Con puertas abiertas que nadie se había molestado en cerrar.
Y, sobre todo, con un silencio que Grindel confundió con miedo.
Habían pasado tres días desde que León cabalgó hasta las puertas de la Costa Dragón y arrojó las cabezas de los emisarios frente a las murallas.
Tres días desde que aquel nombre volvió a escucharse abiertamente en las calles.
León.
Grindel había intentado prohibirlo.
Aquello solo consiguió que la gente comenzara a pronunciarlo en voz más baja.
En las tabernas.
En los mercados.
Entre los soldados.
Entre los habitantes que todavía recordaban el reinado de Valerion.
El hijo había regresado.
Y había desafiado al usurpador frente a sus propias murallas.
Grindel no podía permitirlo.
No porque León representa todavía una amenaza militar.
Un solo hombre no podía derribar un reino.
Pero un nombre sí podía incendiarlo.
Por eso Grindel decidió responder de la única manera que había aprendido durante todos aquellos años.
Con fuerza.
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Las puertas de la Costa Dragón se abrieron al amanecer.
Primero salieron los exploradores.
Después la caballería orca.
Luego aparecieron columnas enteras de soldados.
Miles.
Decenas de miles.
El sonido de sus pasos hacía vibrar la tierra.
Los primeros llevan enormes escudos rectangulares, gruesos y pesados. Detrás avanzaban lanceros, guerreros armados con hachas, arqueros y carros llenos de provisiones.
Más atrás aparecieron las máquinas de guerra.
Torres.
Catapultas.
Grandes arietes arrastrados por animales.
Y entre todas aquellas filas caminaban algunos gigantes.
Cada uno sobresalía por encima del ejército.
Sus pasos dejaron profundas marcas sobre el camino.
Las armaduras de los orcos no eran elegantes.
No necesitaban serlo.
Eran gruesas.
Pesadas.
Diseñadas para resistir golpes.
Los estandartes de Grindel aparecían una y otra vez entre las filas.
Desde las murallas, los habitantes contemplaban la partida del ejército.
Grindel cabalgaba cerca del frente.
Había decidido acompañar personalmente la campaña.
Después de la humillación sufrida frente a sus propias puertas, no iba a permanecer sentado en un trono esperando noticias.
Quería ver caer a Lysander.
Quería ver desaparecer el reino elfo.
Y quería encontrar a León.
Sobre todo, quería encontrar a León.
Uno de sus generales cabalgaba junto a él.
—Los exploradores dicen que los elfos conocen nuestros movimientos.
Grindel no lo miró.
—Por supuesto que los conocen.
—Entonces podrían estar preparando defensas.
Grindel sonrió.
—Que las preparen.
El general permaneció callado.
Grindel miró hacia el enorme ejército que avanzaba detrás de ellos.
—Lysander lleva demasiado tiempo escondido detrás de sus árboles.
Su sonrisa desapareció.
—Hoy descubrirá que los árboles también pueden arder.
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Muy lejos de allí, en el reino elfo, no se escuchaban martillos.
No había soldados corriendo desesperadamente para levantar barricadas.
No había ejércitos concentrados frente a las murallas.
No había gritos.
Lysander se encontraba frente a una enorme mesa.
Sobre ella había un mapa.
El bosque.
Los ríos.
Las montañas.
Los caminos.
Las aldeas.
Cada sendero estaba marcado.
Cada paso estrecho.
Cada colina.
Cada arroyo.
León permanecía frente a él.
A su lado estaban Yariel y varios comandantes elfos.
Lysander movió una pequeña figura de madera sobre el mapa.
—Entrarán por aquí.
Uno de los generales observó el lugar señalado.
—Es el camino más directo hacia el reino.
—Precisamente.
León apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Grindel sabe que conocemos el terreno.
—Sí.
—Entonces podría evitar el bosque.
Lysander negó lentamente.
—No lo hará.
León levantó la mirada.
—¿Por qué estás tan seguro?
Lysander lo miró.
—Porque está enfadado.
Nadie respondió.
El rey continuó:
—Un hombre paciente puede ser peligroso.
Movió otra pieza.
—Un hombre poderoso puede ser todavía más peligroso.
Entonces empujó la figura que representaba a Grindel directamente hacia el bosque.
—Pero un hombre poderoso, enfadado y convencido de que su enemigo le teme...
Lysander soltó la pieza.
—...es predecible.
León sonrió ligeramente.
—Quieres que crea que estamos huyendo.
—No.
Lysander levantó la mirada.
—Quiero que esté convencido.
Uno de los comandantes señaló varios puntos del mapa.
—¿Y las posiciones exteriores?
—Abandonen Las.
Otro elfo pareció sorprendido.
—¿Todas?
—Todas.
—Mi rey, hemos tardado años en construir algunas de esas defensas.
—Y Grindel tardaría horas en destruirlas.
Lysander caminó alrededor de la mesa.
—No defenderemos piedras.
Señaló el bosque.
—Defenderemos esto.
León observó el mapa.
Comenzaba a comprender.
Lysander señaló las primeras torres fronterizas.
—Retiren a todos.
Después las pequeñas fortalezas.
—También.
Los puestos de vigilancia.
—Vacíos.
Las aldeas cercanas.
—Evacuadas.
Uno de los comandantes sonrió lentamente.
—Cuando Grindel llegue...
—No encontrará a nadie.
Lysander asintió.
—Ni una flecha.
—Pensará que tenemos miedo.
—Eso espero.
León observó a Lysander.
Durante años había conocido al hombre amable.
Al padre que lo recibió cuando perdió todo.
Al rey que escuchaba a su pueblo.
Al viejo amigo de Valeria.
Pero aquella mañana estaba conociendo otra parte de él.
Al comandante.
Lysander levantó una figura que representaba una unidad élfica.
—Los arqueros estarán aquí.
La colocó en una zona boscosa.
Otra.
—Aquí.
Otra.
—Aquí.
Otra.
—Y aquí.
Pronto, alrededor del camino principal aparecieron decenas de pequeñas piezas.
León frunció el ceño.
—Estarán prácticamente rodeados.
—No.
Lysander corrigió una de las posiciones.
—Creerán estar rodeados cuando ya sea demasiado tarde.
Lysariel observaba a su padre en silencio.
Lysander señaló las copas de los árboles dibujadas sobre el mapa.
—No quiero soldados esperando en el suelo.
Uno de los comandantes entendió inmediatamente.
—Los árboles.
—Los mejores arqueros arriba. Quiero otros ocultos entre raíces, rocas y vegetación.
Señaló ambos lados del camino.
—Nada de armaduras brillantes. Nada que pueda verse desde abajo.
—Sí, mi rey.
—Y nadie dispara.
El comandante levantó la mirada.
—¿Hasta cuándo?
Lysander colocó lentamente varias figuras orcas dentro del bosque.
Una.
Dos.
Cinco.
Diez.
Veinte.
Continuó hasta que el camino estaba cubierto.
—Hasta que haya suficientes.
León lo observó.
—Quieres dejar entrar una parte del ejército.
—Una parte grande.
—¿Cuánto?
Lysander respondió sin dudar:
—Tanto como podamos encerrar sin perder el control.
Uno de los generales respiró profundamente.
—Eso significa que tendremos que dejarlos caminar prácticamente debajo de nosotros.
—Sí.
—Podrían descubrirnos.
—Sí.
—Y si lo hacen...
—Moriremos.
La respuesta fue tan tranquila que nadie supo qué decir.
Lysander levantó la mirada.
—Por eso no nos descubrirán.
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Durante los dos días siguientes, el reino elfo comenzó a desaparecer.
No literalmente.
Pero eso habría pensado cualquier viajero.
Las aldeas exteriores fueron evacuadas.
Familias enteras abandonaron sus hogares llevando únicamente aquello que podían cargar.
Los ancianos fueron transportados en carros.
Los niños viajaron hacia las regiones más profundas del reino.
Los animales fueron retirados.
Los almacenes exteriores fueron vaciados.
Incluso los pozos cercanos a los caminos principales fueron cubiertos.
Los elfos no destruyeron sus casas.
No quemaron sus campos.
Simplemente se marcharon.
Los soldados hicieron algo diferente.
Se internaron en el bosque.
Miles de ellos desaparecieron entre los árboles.
Algunos treparon hasta alturas desde las que apenas podían distinguirse desde el suelo.
Otros cubrieron sus armaduras con telas oscuras, barro, hojas y ramas.
Los arqueros prepararon sus flechas.
No todas eran iguales.
Había flechas diseñadas para atravesar la carne.
Otras tenían puntas más pesadas para armaduras.
Algunas llevaban pequeñas marcas en las plumas para que los arqueros pudieran reconocerlas rápidamente sin apartar los ojos del enemigo.
Se distribuyeron carcajes por diferentes posiciones del bosque.
Si un arquero agotaba el suyo, tendría otro esperando a pocos pasos.
No habría tiempo para regresar a buscar munición.
Lysander había pensado en ello.
Había pensado en casi todo.
Los caminos secundarios fueron bloqueados discretamente.
No con enormes barricadas.
Eso habría despertado sospechas.
Árboles aparentemente caídos por naturaleza.
Rocas.
Vegetación.
Pequeños obstáculos suficientes para obligar a un ejército grande a utilizar determinadas rutas.
Las rutas que Lysander quería.
León recorrió algunas de las posiciones acompañado por el rey.
Observó hacia arriba.
No veía a nadie.
—¿Dónde están?
Lysander señaló un árbol.
León entrecerró los ojos.
Nada.
Entonces una hoja se movió.
Un rostro apareció durante un segundo.
León sonrió.
—Eso es inquietante.
—Bien.
Continuaron caminando.
—¿Cuántos tenemos aquí?
—Los suficientes.
León miró a Lysander.
—Eso no es un número.
—No necesitas conocer todos mis números.
—Voy a pelear.
—Precisamente por eso.
León rio.
—Sigues tratándome como si tuviera quince años.
—Cuando dejes de comportarte como si tuvieras quince años, lo consideraré.
León abrió la boca.
Pensó una respuesta.
No encontró ninguna.
Lysander sonrió.
—Eso pensé.
Caminaron unos metros más.
León dejó de bromear.
—Padre.
Lysander se detuvo.
—¿Sí?
—¿Crees que funcionará?
Lysander contempló el bosque.
—Sí.
No había orgullo en su respuesta.
Tampoco duda.
Solo certeza.
—¿Y después?
Lysander tardó un poco más en responder.
—Después veremos qué nos queda.
León frunció ligeramente el ceño.
Pero Lysander continuó caminando antes de que pudiera preguntar.
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El ejército de Grindel llegó a la primera posición alfa al amanecer del tercer día.
Una pequeña torre de vigilancia se levantaba sobre una colina.
Los orcos prepararon sus escudos.
Los arqueros tensaron las cuerdas.
Grindel levantó una mano.
Todo el ejército se detuvo.
Esperaron.
Nada.
Grindel observó la torre.
—¿Dónde están?
Un explorador se adelantó.
Minutos después regresó.
—Vacía.