Leon Del Norte Capítulo 11 Grindel aparece #4
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Capítulo 11 Grindel aparece #4

Algunos de los ancianos reconocieron algo más que sus ojos.

Reconocieron la postura.

La forma en que cabalgaba.

Durante un instante, alguno creyó estar viendo a Valerion.

León detuvo el caballo.

Miró las murallas.

Después miró detrás de ellas.

El castillo.

Su castillo.

Respiró profundamente.

Y gritó:

—¡¡GRINDEL!!

Su voz atravesó las puertas.

Los guardias quedaron inmóviles.

León volvió a gritar.

—¡¡USURPADOR!!

Un capitán orco apareció sobre la muralla.

—¡¿QUIÉN ERES PARA...?!

León levantó una mano.

—¡DILE A GRINDEL QUE SU SObrINO HA VENIDO A RESPONDERLE!

El capitán se quedó callado.

León tomó la bolsa.

La abrió.

Metió la mano.

Sacó la primera cabeza.

Los soldados comprendieron inmediatamente.

—No...

León la lanzó.

La cabeza golpeó contra la tierra frente a las puertas.

Después sacó la segunda.

También la lanzó.

Rodó hasta detenerse junto a la primera.

Los guardias reconocieron a los emisarios.

Nadie habló.

León observó las murallas.

Entonces gritó con todas sus fuerzas:

—¡¡QUERÍAS AL GRAN LEÓN EN TU REINO!!

Sacó lentamente su espada.

La levantó hacia el castillo.

El metal brilló bajo el sol.

—¡¡AQUÍ ESTOY!!

El silencio se volvió absoluto.

León señaló directamente hacia la torre donde se encontraba el salón del trono.

—¡¡ESCUCHA BIEN, GRINDEL!!

Su caballo golpeó la tierra con una pata.

—¡¡PUEDES ROBAR UNA CORONA!!

La voz de León retumbó contra las murallas.

—¡¡PUEDES SENTARTE EN UN TRONO!!

Apretó la espada.

—¡¡PUEDES LLAMARTE REY HASTA QUE TU PROPIA VOZ SE QUEDE SIN FUERZA!!

Los habitantes comenzaron a acercarse.

Los soldados no sabían si disparar.

—¡¡PERO ESA TIERRA NO TE PERTENECE!!

León se quitó la capucha.

Sus ojos rojos quedaron completamente expuestos.

Algunos habitantes mayores se llevaron las manos a la boca.

El hijo de Valerio estaba vivo.

Y había regresado.

—¡¡YO SOY LEÓN!!

Golpeó su pecho con el puño.

—¡¡HIJO DE VALERIO!!

El capitán orco reaccionó.

—¡ARQUEROS!

Decenas de arcos se levantaron.

León no retrocedió.

—¡¡Y JURO ANTE ESTA TIERRA...!!

Levantó la espada.

—¡¡QUE TE MATARÉ!!

El capitán bajó el brazo.

—¡¡FUEGO!!

Las flechas oscurecieron por un instante el cielo.

León tiró de las riendas.

El caballo relincha y se levantó sobre las patas traseras.

Después salió disparado.

Las primeras flechas golpearon la tierra.

Otra pasó junto a su hombro.

Una se clavó en su capa.

León continuó.

—¡AbrID LAS PUERTAS!

—¡ID TRAS ÉL!

Las puertas comenzaron a abrirse.

Jinetes orcos salieron en persecución.

León miró hacia atrás.

Eran más de veinte.

Sonrió.

—Vamos.

Golpeó suavemente los costados del caballo.

—Enséñales quién conoce estas tierras.

El animal aceleró.

León abandonó el camino principal.

Entró por un antiguo sendero entre las rocas.

Los orcos lo siguieron.

Pero León conocía aquel lugar.

Había corrido por allí de niño.

Había cazado allí.

Había entrenado allí.

Cada curva.

Cada pendiente.

Cada paso estrecho.

Todo seguía enterrado en algún lugar de su memoria.

Un jinete intentó acercarse.

León se inclinó.

Una flecha pasó sobre él.

Giró el caballo entre dos enormes rocas.

Los orcos tuvieron que reducir la velocidad.

León continuó.

Minutos después desapareció entre las colinas.

Cuando los perseguidores llegaron a la siguiente bifurcación, encontraron tres caminos.

Ni una huella clara.

Ni una sombra.

Nada.

León había desaparecido.

---

La noticia llegó al castillo antes que los jinetes.

Las puertas del salón del trono se abrieron violentamente.

Grindel levantó la mirada.

—¿Qué ocurre?

Un capitán entró.

Estaba pálido.

Detrás de él venían dos soldados cargando un saco.

Grindel frunció el ceño.

—Habla.

El capitán permaneció en silencio.

—¡HE DICHO QUE HABLES!

—Mi rey...

El hombre tragó saliva.

—Ha llegado la respuesta de los elfos.

Grindel sonrió.

—¿Dónde está mi sobrino?

Nadie respondió.

La sonrisa desapareció.

—Pregunté dónde está León.

El capitán hizo una señal.

Los soldados dejaron caer el saco.

Dos cabezas rodaron por el suelo.

Una.

Después la otra.

Se detuvieron frente al trono.

Grindel las reconoció.

Sus emisarios.

El salón entero quedó en silencio.

Grindel se puso de pie.

—¿Quién hizo esto?

El capitán bajó la mirada.

—León.

Grindel permaneció inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Fue León, mi rey.

Algo cambió en el rostro del usurpador.

Por un instante desapareció el rey.

Desapareció el conquistador.

Desapareció el hombre que gobernaba dos continentes.

Y apareció el hermano que recordaba a Valerion.

Grindel miró las cabezas.

Después levantó lentamente la mirada.

—¿Vino aquí?

—Sí.

—¿Solo?

—Sí.

Aquella respuesta pareció inquietarlo todavía más.

—¿Solo?

—Cabalgó hasta las puertas sin ejército.

Grindel apretó la mandíbula.

—¿Y qué dijo?

El capitán dudó.

—¡Habla!

—Lo llamó usurpador.

Grindel apretó el puño.

—¿Qué más?

—Dijo que una corona podía robarse... pero que estas tierras nunca serían suyas.

Grindel bajó lentamente los escalones del trono.

—¿Qué más?

El capitán levantó los ojos.

—Dijo que era León...

Silencio.

—...hijo de Valerio.

Grindel se detuvo.

Durante un segundo, el salón desapareció de su mente.

Volvió a aquella noche.

Diez años atrás.

El salón del trono.

Valerion frente a él.

Velar impotente.

Aquel muchacho está observando matar a su padre.

Recordaba sus ojos.

Rojos.

Llenos de lágrimas.

Llenos de odio.

Pero era un niño.

Grindel había creído que aquel niño desaparecería.

Que viviría escondido entre los elfos.

Que terminaría convertido en un príncipe sin reino.

En un recuerdo.

Pero durante años habían llegado rumores.

León.

Un aventurero.

Después un guerrero.

Después un nombre repetido en tabernas.

Historias cada vez más grandes.

Grindel siempre se había reído de ellas.

Ahora dos cabezas estaban frente a sus botas.

—¿Qué más dijo? —preguntó.

Su voz ya no tenía la misma fuerza.

El capitán dudó.

Grindel lo miró.

—Dímelo.

El soldado respiró profundamente.

—Juró que lo mataría.

Grindel no respondió.

Miró hacia las ventanas.

A lo lejos podían verse las murallas de la Costa Dragón.

Sus murallas.

Su reino.

Su trono.

Todo lo que había conseguido.

Y, por primera vez en diez años, Grindel imaginó perderlo. Su respiración se hizo ligeramente más pesada.

Uno de sus dedos tembló.

Cerró el puño inmediatamente para ocultarlo.

—Mi rey...

Grindel se volvió.

—¡NO TENGO MIEDO DE UN NIÑO!

Nadie había dicho que lo tuviera.

Ese fue precisamente el problema.

Los soldados permanecieron en silencio.

Grindel los miró uno por uno.

—¡YO MATÉ A SU PADRE!

Su voz retumbó en la sala.

—¡DESTRUÍ SU REINO!

Otro silencio.

Grindel respiraba con fuerza.

Entonces volvió a mirar las cabezas.

Diez años atrás había visto a un muchacho arrodillado frente a él.

Hoy ese muchacho había cabalgado solo hasta las puertas de su reino.

Había matado a sus emisarios.

Había desafiado a sus soldados.

Había pronunciado el nombre de su padre frente a todo el pueblo.

Y había escapado.

Grindel regresó lentamente hacia el trono.

Intentó sentarse.

Su mano buscó el brazo del asiento.

Falló por unos centímetros.

Se detuvo.

Miró su propia mano.

Estaba temblando.

La cerró.

Nadie dijo una palabra.

Grindel finalmente se sentó.

—Fuera.

Los soldados permanecieron inmóviles.

—¡FUERA!

Todos abandonaron el salón.

Las puertas se cerraron.

Grindel quedó solo.

Solo con las dos cabezas.

Solo con el trono.

Solo con el silencio.

Durante varios minutos no se movió.

Hasta que escuchó algo fuera.

Una voz.

Después otra.

Soldados hablando.

Sirvientes susurrando.

Una palabra comenzó a recorrer el castillo. La misma que durante años había viajado por tabernas, gremios y caminos.

León.

Grindel cerró los ojos.

Pero entonces recordó algo peor.

El grito de su sobrino frente a las murallas.

Yo soy León.

Hijo de Valerio.

Abrió los ojos.

Miró el trono bajo su cuerpo.

Por primera vez desde que lo había robado, no le pareció tan grande.

Y por primera vez desde que se había coronado rey...

Grindel tuvo miedo.

Porque finalmente comprendió algo.

El hijo de Valerio no venía a pedirle que devolviera la corona.

Venía a quitársela.

La Primera Gran Guerra