Leon Del Norte Capítulo 11 Grindel aparece #3
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Capítulo 11 Grindel aparece #3

—Ya estás hablando como él.

Ella levantó la cabeza.

—¿Quieres que vuelva a golpearte?

León sonrió.

—Ahí está la princesa de la que tengo miedo.

Lysariel le dio un pequeño golpe en el pecho.

León comenzó a reír.

Ella también.

Y así permanecieron durante horas.

Hablaron de su infancia.

De los años que habían pasado juntos.

De las estupideces de León.

De las veces que Lysariel había tenido que ir a buscarlo después de alguna misión.

Recordaron la cascada.

Recordaron aquel primer beso.

Recordaron la espada.

Recordaron el collar.

No hablaron de reinos.

No hablaron de coronas.

No hablaron de quién debía gobernar cuando todo terminara.

Aquella noche no eran un futuro rey y una princesa.

Eran León y Lysariel.

Nada más.

Cuando la madrugada comenzó a acercarse, León notó que ella se había quedado dormida sobre su pecho.

Sonrió.

La observó durante unos segundos.

Después levantó la mirada hacia las estrellas.

Por primera vez desde que había leído la carta de Grindel, su mente estaba tranquila.

Apretó suavemente la mano de Lys Ariel.

Ella, todavía medio dormida, entrelaza los dedos con los suyos.

León cerró los ojos.

Y durante aquella última noche de tranquilidad, antes de que la guerra volviera a reclamar sus vidas, el mundo les pertenecía únicamente a ellos dos.

Parte final

El amanecer llegó en silencio.

Los primeros rayos del sol atravesaron las copas de los árboles y pintaron de oro los caminos del reino elfo. Las hojas todavía conservaban pequeñas gotas de rocío y el aire fresco de la madrugada recorría los jardines del palacio.

La noche había terminado.

León y Lysariel regresaban juntos.

Caminaban lentamente, sin prisa.

Ninguno parecía tener demasiadas ganas de cruzar las puertas del palacio, porque ambos sabían lo que significaba hacerlo.

Dentro estaban los generales.

Los mapas.

La carta de Grindel.

La guerra.

Durante unas horas habían conseguido olvidarse de todo aquello.

Ahora el mundo los estaba esperando otra vez.

Yariel llevaba todavía la pequeña flor alrededor del cuello. León caminaba a su lado, más tranquilo de lo que había estado desde que regresó al reino.

Cuando llegaron a las escaleras del palacio, ella se detuvo.

León avanzó dos pasos antes de darse cuenta.

Se volvió.

—¿Qué ocurre?

Yariel lo miró.

Durante unos segundos no respondió.

Después se acercó y acomodó ligeramente la ropa de León.

—Estás hecho un desastre.

León sonrió.

—Qué romántico.

—Tienes hojas en el cabello.

—Es una nueva moda.

Ella quitó una.

—Y tierra en la espalda.

—También es parte de la moda.

Lysariel negó con la cabeza.

—No tienes remedio.

León sonrió.

—Pero me amas.

Ella levantó la mirada.

—Desgraciadamente.

León soltó una pequeña carcajada.

Se inclinó y besó su frente.

—Voy a cambiarme.

—Y a dormir.

—Eso también.

—León.

—¿Sí?

—Dormir.

Él comenzó a subir las escaleras caminando hacia atrás.

—Por supuesto.

—No vayas a hacer ninguna estupidez.

León levantó las manos.

—¿Yo?

Lysariel entrecerró los ojos.

León se detuvo.

—Está bien. Esa reacción está justificada.

Ella sonrió.

León se dio la vuelta.

Pero antes de que pudiera llegar a las puertas del palacio, escuchó algo.

Caballos.

Varios.

Los guardias apostados sobre las murallas también los escucharon.

Uno de ellos se asomó.

—¡Jinetes!

Las puertas permanecieron cerradas.

León volvió la mirada hacia el camino.

Dos figuras se aproximaban.

No eran elfos.

Los caballos que montaban eran enormes y estaban cubiertos por placas de hierro. Sobre ellos viajaban dos orcos de gran tamaño, vestidos con armaduras oscuras.

Uno llevaba un estandarte.

León reconoció inmediatamente el símbolo.

La Costa Dragón.

Su sonrisa desapareció.

Lysariel también lo reconoció.

Los dos orcos llegaron hasta las puertas.

Uno levantó la voz.

—¡Venimos en nombre del rey Grindel!

León apretó la mandíbula.

Rey.

Aquella palabra siempre le producía el mismo rechazo cuando estaba acompañada por ese nombre.

Los guardias elfos bajaron sus lanzas.

Minutos después, por orden de Lysander, las puertas se abrieron.

Los orcos entraron.

La noticia de su llegada se extendió rápidamente por el palacio.

Cuando León entró en el salón del trono, Lysander ya estaba allí.

Lysariel permanecía a su derecha.

Los dos orcos avanzaron por el centro de la sala.

No se arrodillaron.

Uno de ellos observó el lugar con una sonrisa desagradable.

—Bonito palacio.

Nadie respondió.

El otro miró a Lysander.

—Venimos por la respuesta.

Lysander permaneció sentado.

—La recibirán.

El orco sonrió.

Entonces sus ojos encontraron a León.

Lo observó de arriba abajo.

—Así que tú eres.

León no respondió.

—El gran León.

El orco soltó una carcajada.

—Esperaba algo más impresionante.

León levantó ligeramente una ceja.

—Y yo esperaba que Grindel supiera escribir una carta sin mandar después a dos idiotas para preguntar si la leímos. Supongo que ambos estamos decepcionados.

Uno de los guardias elfos tuvo que contener una sonrisa.

El orco dio un paso hacia León.

—Cuida tu lengua.

León no se movió.

—¿O qué?

La sala quedó en silencio.

El orco lo miró fijamente.

León sostuvo su mirada.

Ya no estaba sonriendo.

El segundo emisario intervino.

—Nuestro rey fue muy claro. Tenemos órdenes de regresar con una respuesta.

—Entonces regresarán con una —dijo Lysander.

El orco volvió la mirada hacia el rey.

—¿Entregarás al príncipe?

Lysander se levantó.

—No.

La respuesta fue inmediata.

El orco sonrió.

—Entonces habéis elegido la guerra.

Lysander bajó los escalones de su trono.

—La guerra fue elegida hace diez años.

El emisario dejó de sonreír.

Lysander continuó caminando hasta quedar frente a él.

—Cuando vuestro rey tomó por la fuerza una corona que no le pertenecía.

Silencio.

—Cuando convirtió la Costa Dragón en una sombra de lo que fue.

Otro paso.

—Cuando comenzó a ocupar pueblos que jamás le habían declarado la guerra.

Lysander señaló a León.

—Y ahora pretende que le entregue al hijo de mi mejor amigo para conservar una paz que él mismo lleva años destruyendo.

El orco apretó los dientes.

—¿Esa es tu respuesta?

Lysander miró a León.

Algo pasó entre ambos.

No necesitaron palabras.

León entendió.

Lysander volvió a mirar a los emisarios.

—No.

Hizo una pausa.

—Mi respuesta todavía no ha terminado.

Las enormes puertas del salón se cerraron.

---

Horas después, las campanas del reino elfo sonaron.

No eran campanas de celebración.

Eran las campanas que convocaban a los soldados.

Los patios comenzaron a llenarse.

Arqueros.

Jinetes.

Capitanes.

Herreros.

Carros cargados de armas.

Las órdenes comenzaron a recorrer todo el reino.

Pero lejos del ruido, en una pequeña habitación del palacio, León permanecía solo.

Frente a él había una armadura.

No era la ropa que utilizaba para sus misiones del gremio.

Aquello era diferente.

León pasó los dedos sobre el metal.

Después comenzó a colocarla.

Primero las protecciones de las piernas.

Luego el pecho.

Los brazales.

Los guantes.

Cada pieza encajó sobre su cuerpo.

Finalmente tomó su espada.

La misma espada.

El regalo de su madre.

La colocó a su espalda.

Sobre la armadura se puso una capa oscura.

Y entonces tomó la última pieza.

Una capucha.

Tenía la forma de la cabeza de un león.

Cuando se la colocó, la parte superior de su rostro quedó oculta entre las sombras.

Solo sus ojos permanecieron visibles.

Rojos.

León se miró en el espejo.

Durante un instante no vio al aventurero del gremio.

Tampoco vio al muchacho de dieciséis años que había llegado destrozado al reino elfo.

Vio algo que no había contemplado en mucho tiempo.

Al hijo de Valerio.

Al heredero de la Costa Dragón.

Alguien llamó a la puerta.

León se volvió.

Era Lysander.

El rey entró.

En su mano llevaba una bolsa de cuero grueso.

Pesada.

La dejó sobre una mesa.

León la miró.

No preguntó qué contenía.

Ya lo sabía.

Lysander observó su armadura.

—Hace muchos años que no te veía vestido así.

León ajustó uno de sus guantes.

—Hace muchos años que no tenía razón.

Lysander miró la capucha.

—¿Estás seguro?

León tomó la bolsa.

—Grindel pidió una respuesta.

Sus ojos rojos aparecieron bajo la sombra de la cabeza del león.

—Voy a entregársela personalmente.

---

El viaje hacia la Costa Dragón duró horas.

León cabalgó solo.

No quería ejército.

No quería escolta.

No todavía.

Aquello no era una invasión.

Era un mensaje.

Mientras avanzaba, el paisaje comenzó a cambiar.

Los bosques quedaron atrás.

Los caminos se hicieron familiares.

Demasiado familiares.

León reconocía montañas.

Ríos.

Viejos senderos.

Había recorrido aquellos lugares siendo un niño.

Pero eran distintos.

Los campos que antes habían estado cubiertos de cultivos permanecían abandonados.

Algunas casas estaban vacías.

Las viejas rutas comerciales apenas tenían viajeros.

Y entonces la vio.

La Costa Dragón.

León redujo la velocidad del caballo.

A lo lejos se levantaban las enormes murallas.

Detrás de ellas aparecían las torres del castillo.

Su antiguo hogar.

Durante diez años había imaginado aquel momento.

Diez años.

Su mano apretó las riendas.

El caballo avanzó.

---

Sobre las murallas, un guardia orco bostezaba.

Otro observaba el camino.

—¿Ves eso?

—¿Qué?

El primero señaló.

Había alguien acercándose.

Un jinete.

Solo.

—¿Quién demonios viene solo?

El caballo continuó acercándose.

Los guardias comenzaron a prestar atención.

La capa oscura ondeaba detrás del jinete.

Entonces pudieron distinguir la extraña capucha.

Un león.

—Detente —murmuró uno.

Había visto aquellos ojos antes.

No personalmente.

Pero había escuchado historias.

Historias de tabernas.

De aventureros.

De comerciantes.

De soldados.

El príncipe que había sobrevivido.

El muchacho que había desaparecido.

El aventurero que durante nueve años había construido un nombre lejos de su tierra.

El hombre de los ojos rojos.

El guardia retrocedió.

—No puede ser.

—¿Qué pasa?

El orco señaló hacia el jinete.

—Es León.

Las palabras comenzaron a recorrer la muralla.

—¿León?

—¿El príncipe?

—¡Avisad al capitán!

—¡Preparad los arcos!

León continuó avanzando.

No desenvainó su espada.

No aceleró.

Simplemente cabalgó.

Cientos de ojos comenzaron a observar desde las murallas.

Soldados.

Habitantes.

Comerciantes.