Leon Del Norte Capítulo 11 Grindel aparece #2
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Capítulo 11 Grindel aparece #2

Lysariel soltó una pequeña risa.

León la observó.

Por un instante recordó a aquella muchacha que había conocido cuando tenía quince años.

Había cambiado.

Los años habían pasado para ambos.

Pero había cosas que seguían exactamente iguales.

Su sonrisa.

Su manera de mirarlo cuando sabía que estaba diciendo una estupidez.

La tranquilidad que sentía cuando ella estaba cerca.

Lysariel caminó hacia él.

—No podías dormir.

No era una pregunta.

León negó con la cabeza.

—Tú tampoco.

—No.

Se sentaron juntos junto al agua.

Durante un rato ninguno dijo nada.

Y no era un silencio incómodo.

Nunca lo había sido entre ellos.

León tomó una pequeña piedra y la lanzó al agua.

Rebotó una vez.

Dos.

Tres.

Yariel lo miró.

—Cuatro habría sido impresionante.

León la miró ofendido.

—¿Tres no te parecen suficientes?

—Para el gran León, famoso en todas las tabernas, esperaba al menos cinco.

León sonrió.

—Ya empezamos.

—Tú empezaste cuando decidiste hacerte famoso.

—Yo no decidí hacerme famoso.

—Claro que no.

—La fama me encontró.

Lysariel comenzó a reír.

—Sigues siendo igual de presumido.

—Y tú sigues enamorada de mí.

Ella dejó de reír.

León sonrió orgulloso.

—¿Ves? No tienes respuesta.

Lysariel tomó una piedra.

León abrió los ojos.

—No.

Ella se la lanzó.

León se apartó rápidamente.

—¡Eso pudo matarme!

—Era una piedra pequeña.

—He sobrevivido a orcos, monstruos, esclavistas y un desierto para que finalmente me asesine una princesa con una piedra.

Lysariel comenzó a reír.

León también.

Durante unos segundos volvieron a sentirse mucho más jóvenes.

Entonces la risa de Lysariel desapareció lentamente.

León lo notó.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Te conozco.

Ella miró hacia el agua.

—Estoy preocupada.

León permaneció callado.

—Por lo que dijo mi padre.

León bajó la mirada.

—Lo de la guerra.

—Todo.

Lysariel abrazó sus piernas.

—Hoy hablaba como si ya supiera lo que va a pasar.

León recordó las palabras de Lysander.

Presiento mi muerte.

—Tu padre siempre ha sido dramático.

Yariel lo miró.

León intentó sonreír.

—Una vez me dijo que seguramente moriría antes de verme aprender buenos modales.

Ella no sonrió.

León dejó desaparecer su propia sonrisa.

—Lo siento.

Lysariel apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Tengo miedo, León.

Él permaneció inmóvil.

Después tomó su mano.

—Yo también.

Ella levantó ligeramente la cabeza.

—¿Tú?

—Claro.

—Nunca pareces tener miedo.

León soltó una pequeña risa.

—Porque soy excelente fingiendo.

Yariel lo miró.

León continuó:

—Tengo miedo todo el tiempo.

—¿De qué?

León pensó.

—De perder otra vez a las personas que quiero.

Lysariel apretó suavemente su mano.

León observó sus dedos entrelazados.

—Cuando tenía quince años creía que ser fuerte significaba no tener miedo.

Hizo una pausa.

—Mi padre intentó enseñarme lo contrario muchas veces.

Lysariel permaneció escuchándolo.

—Me decía que ser valiente era saber cuándo luchar y cuándo marcharse.

León sonrió con tristeza.

—Yo tardé bastante en entenderlo.

—Eres un niño.

—Era un idiota.

—También.

León la miró.

—Gracias.

Lysariel sonrió.

—De nada.

Volvieron a guardar silencio.

La luna se reflejaba sobre el agua.

León levantó la mirada hacia el cielo.

—¿Recuerdas cuando viniste a la Costa Dragón?

—Claro.

—Aznar me hizo caer delante de ti.

Lysariel comenzó a reír.

—Nunca voy a olvidar eso.

—Yo llevaba horas practicando aquel movimiento.

—Fue impresionante.

León la miró sorprendido.

—¿En serio?

—Hasta que terminaste en el suelo.

—Sabía que había una trampa.

Ella rio.

León negó con la cabeza.

—Yo quería impresionarte.

—Lo sé.

—¿Lo sabías?

—León, tenías quince años y desde que me viste empezaste a comportarte todavía más como un presumido.

—Eso es mentira.

—Te pusiste de pie sobre un caballo.

—Era parte del entrenamiento.

—Claro.

León intentó mantener una expresión seria.

No pudo.

Los dos terminaron riendo.

Lysariel volvió a apoyar la cabeza sobre su hombro.

—Me gustabas incluso antes de eso.

León la miró.

—¿Qué?

Ella sonrió.

—Nada.

—No. Dijiste algo.

—No dije nada.

—Lysariel.

Ella se levantó.

—Creo que deberíamos caminar.

León se puso de pie inmediatamente.

—¡No vas a escapar después de decirme eso!

La princesa comenzó a caminar entre los árboles.

—No sé de qué hablas.

León fue detrás de ella.

—¡Nueve años! ¡Llevo nueve años creyendo que aquel día te enamoraste de mí!

—Ese es tu problema.

—¡Princesa!

Ella comenzó a reír.

León la alcanzó.

Caminaron juntos durante un largo rato.

No tenían destino.

Simplemente avanzaban entre los árboles.

Hablaron de cosas que nunca parecían importantes hasta que estaban juntos.

León le contó algunos detalles de sus últimas misiones que había omitido delante de Lysander.

—Entonces... ¿realmente te vendieron como esclavo?

León suspiró.

—Sí.

—¿Cómo?

—Esa parte no importa.

—Me importa muchísimo.

—Fue una serie de decisiones desafortunadas.

Lysariel se detuvo.

—¿Cuántas?

—Varias.

—León.

—Muchas.

Ella lo miró.

—¿Y te pareció divertido?

—Conocí a un enano.

—Eso no responde mi pregunta.

—Se llama Thromin. Es insoportable.

—¿Más que tú?

León se llevó una mano al pecho.

—No sabía que esta noche consistía en atacarme.

Lysariel sonrió.

—Continúa.

León le contó sobre Thromin.

Sobre la prisión.

Sobre cómo se habían insultado prácticamente desde el momento en que se conocieron.

Sobre la fuga.

Sobre el desierto.

Cuando terminó, Lysariel negó lentamente con la cabeza.

—No puedo dejarte solo.

—Tengo veinticinco años.

—Y terminaste vendido como esclavo.

León abrió la boca.

No encontró respuesta.

Lysariel sonrió victoriosa.

—Eso pensé.

Continuaron caminando.

Finalmente llegaron a un pequeño claro.

Las luciérnagas flotaban entre la hierba.

Lysariel se detuvo.

León también.

Por un momento simplemente observaron.

León sonrió.

—¿Sabes qué extraño?

—¿Qué?

—Aquella cena.

Ella supo inmediatamente de qué hablaba.

—Tu cumpleaños.

León asintió.

—El collar.

Yariel llevó una mano lentamente hacia su cuello.

Todavía estaba allí.

La pequeña flor que León había comprado con su primer pago en el gremio.

Él la observó sorprendido.

—Todavía lo tienes.

Lysariel levantó una ceja.

—¿Pensabas que lo había perdido?

—Han pasado nueve años.

—Precisamente.

León tocó delicadamente el dije.

—Lo compré con prácticamente todo lo que había ganado.

—Lo sé.

—Me quedé sin dinero durante una semana.

Lysariel comenzó a reír.

—Eso nunca me lo dijiste.

—Porque quería parecer romántico, no estúpido.

—Puedes ser las dos cosas.

León sonrió.

Después su expresión cambió.

—Lysariel.

Ella lo miró.

—¿Qué?

León permaneció unos segundos buscando las palabras.

—Si mañana todo cambia...

Ella negó inmediatamente.

—No.

—Déjame terminar.

—No quiero que hables como mi padre.

León tomó sus manos.

—No estoy despidiéndome.

Lysariel permaneció quieta.

—Solo quiero decirte algo que probablemente debería decirte más.

Ella esperó.

León la miró directamente.

—Te amo.

Lysariel sonrió.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—Lo sé.

León levantó una ceja.

—¿Eso es todo?

Ella soltó una pequeña risa.

—Yo también te amo.

León sonrió.

—Mucho mejor.

Lysariel se acercó.

Apoyó la frente contra la suya.

León cerró los ojos.

No necesitaban decir nada más.

Durante años habían crecido juntos.

Ella había conocido al príncipe orgulloso que quería impresionar a todo el mundo.

Después había conocido al muchacho destruido que no quería volver a escuchar su propio nombre.

Había estado allí cuando decidió llamarse León.

Cuando comenzó a sonreír nuevamente.

Cuando entró al gremio.

Cuando comenzó a viajar.

Cuando poco a poco se convirtió en el hombre que ahora estaba frente a ella.

Y León también había visto crecer a Lysariel.

Ya no era únicamente aquella princesa que había llegado a la Costa Dragón para conocer al muchacho con quien algún día podría casarse.

Era su amiga.

Su refugio.

La persona ante quien no necesitaba ser el gran León.

Con ella podía tener miedo.

Podía estar cansado.

Podía equivocarse.

Podía simplemente ser él.

Lysariel levantó ligeramente el rostro.

León la besó.

Esta vez ninguno se apresuró.

El bosque quedó completamente en silencio alrededor de ellos.

León colocó una mano sobre su rostro.

Lysariel rodeó su cuello con los brazos.

Y durante aquel momento el mundo pareció hacerse pequeño.

No había nueve continentes.

No había ejércitos.

No había un trono esperando ser recuperado.

No había un usurpador amenazándolos desde la Costa Dragón.

Solo existían ellos.

Cuando finalmente se separaron, Lysariel permaneció abrazada a él.

—¿León?

—¿Sí?

—Prométeme algo.

—Depende.

Ella levantó la mirada.

—No bromees.

León dejó de sonreír.

—Está bien.

—No dejes que la venganza decida quién eres.

León permaneció callado.

Yariel continuó:

—Grindel te quitó demasiado. No permitas que también se lleve al hombre en quien te convertiste.

León bajó la mirada.

Aquellas palabras lo golpearon de una manera que ninguna espada podía hacerlo.

—Durante mucho tiempo pensé que algún día volvería solo para matarlo.

—Lo sé.

—Pensaba en ello cada noche.

Lysariel tomó su rostro.

—Pero ya no eres aquel muchacho.

León la miró.

Ella sonrió.

—Eres insoportable.

León levantó una ceja.

—Gracias.

—Presumido.

—Eso ya lo sabía.

—Imprudente.

—Empiezo a pensar que esto no era romántico.

Lysariel rió entre lágrimas.

—Pero también eres bueno.

León dejó de bromear.

—Ayudas a personas que ni siquiera conoces. Haces reír a todo el mundo. Y aunque intentes esconderlo detrás de tus bromas, todavía te importa demasiado la gente.

León sonrió suavemente.

—Tú hiciste que volviera a ser así.

—No.

Ella negó con la cabeza.

—Yo solamente estuve contigo. Tú decidiste levantarte.

León la abrazó.

Permanecieron así durante un largo rato.

Después se tumbaron sobre la hierba.

Lysariel apoyó la cabeza sobre el pecho de León mientras ambos contemplaban las estrellas.

León acariciaba lentamente su cabello.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Mañana probablemente tu padre me pondrá a hacer algo aburrido.

—Estamos preparando una guerra.

—Exactamente. Reuniones.

Lysariel soltó una carcajada.

—Es imposible.

—Prefiero pelear contra cien orcos que escuchar tres horas sobre provisiones.

—Las provisiones son importantes.