Capítulo 11 Grindel aparece
Primera parte
Habían pasado diez años desde que Grindel había tomado el trono.
Diez años desde que el usurpador se había sentado sobre el trono de la Costa Dragón.
Bajo su mando, tanto la Costa Dragón como el continente orco habían quedado bajo una sola corona.
Pero la tierra ya no era la misma.
La Costa Dragón, que alguna vez había sido una tierra llena de vida, comercio y movimiento, ahora parecía un fantasma de lo que había sido.
Las calles estaban más vacías.
Los comerciantes extranjeros habían desaparecido.
Las caravanas dejaron de cruzar sus caminos.
Las naciones vecinas ya no querían hacer negocios con Grindel.
Ningún rey quería estrechar su mano.
Ningún comerciante quería arriesgarse a entrar en sus tierras.
Y mientras las otras naciones cerraban sus fronteras, Grindel observaba desde su trono cómo su reino se quedaba cada vez más aislado.
Aquello comenzó a enfurecerse.
Durante los primeros años había disfrutado de su poder.
Tenía ejércitos.
Tenía riquezas.
Tenía dos continentes bajo su mando.
Pero Grindel quería más.
Durante los últimos nueve años había comenzado a enviar tropas de orcos hacia pueblos indefensos.
Primero fueron pequeñas aldeas.
Después territorios más grandes.
Una población caía.
Después otra.
Los estandartes de Grindel aparecían cada vez más lejos de la Costa Dragón.
Su reino comenzaba a expandirse nuevamente.
Y mientras Grindel extendía sus fronteras, en el reino de los elfos llegó una carta.
Lysander se encontraba en la sala del trono cuando uno de los mensajeros entró apresuradamente.
—Mi rey.
Lysander levantó la mirada.
El mensajero sostenía un sobre.
—Ha llegado esto.
El rey observó el sello.
Era el emblema de la casa real de la Costa Dragón.
Lysander tomó la carta.
Por un instante no dijo nada.
Luego rompió el sello.
Sus ojos recorrieron las palabras.
La expresión de su rostro cambió lentamente.
La carta decía:
> Lysander.
Soy el rey Grindel.
Quiero que entregues a mi sobrino vivo y dejaré que tu pueblo viva en paz.
El gran León, como le dicen en las tabernas, ¿no? Quiero al gran León en mi reino.
En tres noches. Si no está aquí para entonces, aténgase a las consecuencias.
Firmado: Grindel.
Lysander bajó lentamente la carta.
Durante unos segundos permaneció completamente quieto.
No era la primera amenaza que recibía Grindel.
Pero aquello era diferente.
No estaba pidiendo tierras.
No estaba exigiendo riquezas.
Quería a León.
Y Lysander sabía perfectamente por qué.
La puerta de la sala se abrió.
La princesa entró.
—Padre.
Lysander levantó la mirada.
Ella se acercó.
—¿Qué sucede?
El rey le entregó la carta.
La princesa comenzó a leer.
Cuando terminó, su rostro cambió.
—No.
Lysander permaneció en silencio.
—Padre, no puedes permitir que se lo lleve.
—Lo sé.
—Sabes que lo matará.
Lysander apretó las manos sobre los brazos de su trono.
—Lo sé muy bien.
La princesa dejó la carta sobre la mesa.
—Entonces tenemos que hacer algo.
Lysander respiró profundamente.
—Ya mandé a llamar a León.
Ella levantó la mirada.
—¿Dónde está?
—Los mensajeros dicen que lo vendieron como esclavo.
La princesa abrió los ojos.
—¿Qué?
—No sabemos exactamente qué ocurrió. Solo sabemos que desapareció durante una misión y terminó siendo capturado.
Ella dio un paso hacia su padre.
—¿Está bien?
Lysander intentó sonreír.
—Tranquila, hija. León está bien.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Porque es León.
La princesa permaneció callada.
Lysander soltó una pequeña sonrisa.
—Siempre se las arregla para escapar de todo.
Ella bajó la mirada.
—Aun así...
—Además, ya es un hombre.
La princesa levantó la cabeza.
—Eso no significa que sea invencible.
—Nunca dije que lo fuera.
Lysander se levantó lentamente.
—Pero tampoco voy a permitir que salgas sola del reino para buscarlo.
La princesa suspiró.
—Está bien, padre.
Entonces se escucharon voces fuera.
Primero fueron murmullos.
Después gritos.
Finalmente, aplausos.
Lysander y la princesa se miraron.
—¿Qué sucede? —preguntó ella.
La puerta se abrió.
Un guardia entró apresuradamente.
—¡Mi rey!
—Habla.
El hombre sonreía.
—¡El príncipe León ha vuelto!
La expresión de la princesa cambió inmediatamente.
Desde el exterior comenzaron a escucharse más voces.
—¡León!
—¡Ha vuelto!
—¡El gran León!
Los aplausos aumentaron.
Lysander sonrió.
La princesa no pudo evitar hacerlo también.
León había regresado.
El muchacho que años atrás había llegado al reino roto por la pérdida de todo ahora era conocido por prácticamente todos los elfos.
Había ayudado a los viajeros.
Había completado misiones.
Había protegido aldeas.
Había luchado contra criaturas.
Y poco a poco se había convertido en una figura querida.
Para muchos era casi una leyenda.
Pero cuando finalmente entró en el palacio, seguía siendo el mismo León.
Su cabello estaba algo desordenado.
Su ropa tenía polvo del camino.
Su espada descansaba sobre su espalda.
Y llevaba una sonrisa en el rostro.
León entró en la sala del trono.
—Padre.
Lysander lo observó.
—León.
León se acercó.
—Me enviaste a llamar.
Lysander lo miró de arriba abajo.
—Veo que has tenido unos días difíciles.
León comenzó a reír.
—No tienes idea.
La princesa cruzó los brazos.
—¿Qué hiciste esta vez?
León la miró.
Su sonrisa se hizo un poco más pequeña.
—Bueno...
Lysander levantó una ceja.
—Me vendieron como esclavo.
La princesa abrió los ojos.
—¿Qué?
—Junto a un enano.
Lysander parpadeó.
León continuó:
—Pero fue bastante divertido.
La princesa lo miró con una expresión de absoluta incredulidad.
—¿Divertido?
—Bueno...
León levantó las manos.
—Fue imprudente de mi parte.
La princesa seguía mirándolo.
—Y peligroso.
—Sí.
—¿Y casi te matan?
León hizo una pequeña pausa.
—También.
La princesa cerró los ojos.
—León...
Él sonrió tímidamente.
—Lo siento.
Lysander comenzó a reír.
León lo miró.
—¿De qué te ríes?
—De ti.
—Padre...
—Solo hay una persona en este mundo a la que realmente le tienes miedo.
León miró a la princesa.
Ella seguía con los brazos cruzados.
—No sé de qué hablas.
Lysander volvió a reír.
León se acercó un poco.
—Dime, padre. ¿Qué puedo hacer por ti?
La sonrisa del rey desapareció.
Se puso de pie.
—Se trata de tu tío.
León dejó de sonreír.
El ambiente cambió inmediatamente.
—¿Qué quiere el usurpador?
Lysander lo miró directamente.
—Te quiere a ti, hijo.
León permaneció inmóvil.
—¿A mí?
—Envió una carta.
Lysander tomó el documento y se lo entregó.
León comenzó a leer.
Mientras sus ojos avanzaban por las palabras, su expresión se fue endureciendo.
Cuando terminó, dobló lentamente la carta.
—Tres noches.
—Sí.
León permaneció pensativo.
Después levantó la mirada.
—Iré.
La princesa dio un paso hacia él.
—León...
—No quiero que ustedes sufran por mi culpa.
Lysander negó lentamente con la cabeza.
—No.
León lo miró.
—¿No?
—Ya es momento de recuperar la Costa Dragón.
León quedó completamente sorprendido.
—¿Hablas en serio?
Lysander asintió.
—Sí.
León miró a su padre.
Durante unos segundos no pudo decir nada.
—¿Pelearemos?
—Sí.
La voz de Lysander fue firme.
—Es hora de recuperar las tierras.
León bajó lentamente la mirada.
—Padre...
Lysander caminó hacia él.
—Como sabrás, ya estoy muy viejo.
—No digas eso.
—Es la verdad.
—Eres un alto elfo.
Lysander sonrió débilmente.
—Y aun así, incluso los altos elfos envejecemos.
León negó con la cabeza.
—No creo que sea el momento de hablar de eso.
—Yo sí.
Lysander miró a su hijo.
—Presiento mi muerte.
León se quedó completamente quieto.
La princesa bajó la mirada.
—Y como último acto de amor hacia ustedes quiero recuperar la Costa Dragón.
León tragó saliva.
Lysander continuó:
—Quiero que esas tierras vuelvan a tener paz.
Después miró a la princesa.
—Y quiero que ustedes dos se casen.
León giró lentamente la cabeza hacia ella.
La princesa estaba mirando hacia el suelo.
Algo había cambiado en su expresión.
Estaba triste.
Pero León no supo por qué.
No preguntó.
Solo permaneció allí, frente al rey que lo había protegido durante tantos años.
Frente a la mujer que había estado a su lado desde que lo había perdido todo.
Y frente a una guerra que ya no podía evitar.
La carta de Grindel seguía sobre la mesa.
Tres noches.
Eso era todo lo que tenían.
Segunda parte
La noche llegó lentamente al reino elfo.
Las últimas luces del palacio fueron apagándose una tras otra mientras la luna aparecía entre las copas de los árboles. El bosque estaba tranquilo. Apenas podía escucharse el movimiento de las hojas y, a lo lejos, el agua de los pequeños ríos que atravesaban el reino. Pero León no podía dormir.
Permanecía sentado junto a la ventana de su habitación, mirando hacia el bosque.
Sobre una mesa estaba la carta de Grindel.
La había leído tantas veces que prácticamente podía repetirla de memoria.
Tres noches.
Aquellas palabras daban vueltas en su cabeza.
Después de tantos años, su tío había vuelto a buscarlo.
Y Lysander había decidido responder con una guerra.
León tomó la carta, la observó durante unos segundos y finalmente la dejó sobre la mesa.
No quería pensar más en Grindel.
No esa noche.
Se puso de pie y salió de la habitación.
Los corredores del palacio estaban prácticamente vacíos. Algunos guardias hicieron una reverencia cuando pasó junto a ellos, pero León apenas respondió con un movimiento de cabeza.
Necesitaba aire.
Salió del palacio.
El frío de la noche golpeó suavemente su rostro.
Respiró profundamente.
Entonces comenzó a caminar.
No sabía exactamente hacia dónde iba.
O quizá sí.
Sus pasos terminaron llevándolo al mismo bosque donde años atrás había encontrado algo que creyó haber perdido para siempre.
Una razón para volver a sonreír.
Caminó entre los árboles.
La luna iluminaba pequeños fragmentos del sendero.
Después de unos minutos llegó hasta la cascada.
La misma cascada.
León sonrió.
—Sabía que te encontraría aquí.
La voz llegó desde detrás de él.
León se volvió.
Lysariel estaba apoyada contra uno de los árboles.
—¿Me estabas siguiendo?
—Tal vez.
León levantó una ceja.
—Eso empieza a preocuparme.
Ella sonrió.
—Hace nueve años te tiré al suelo desde un árbol con una daga en el cuello.
—Precisamente por eso me preocupa.