Capítulo 10 Nueve años después #2
—Eso también.
—Soy muy guapo.
Thromin lo miró fijamente.
—Eso es discutible.
—¿Discutible?
—Mucho.
León se llevó una mano al pecho.
—Me has herido.
—Sobrevivirás.
León sonrió.
—Desde que era pequeño quería ser guerrero.
Thromin lo escuchó con atención.
—¿Y lo conseguiste?
León levantó la espada.
—Creo que sí.
—¿Cuántas personas has matado?
León guardó silencio unos segundos.
—No llevo la cuenta.
Thromin asintió.
—Eso es probablemente bueno.
—Aunque he hecho muchas misiones.
—¿Qué clase de misiones?
León comenzó a contar con los dedos. —Escoltar caravanas. Buscar personas perdidas. Cazar criaturas. Ayudar a viajeros. Recuperar objetos robados. Una vez tuve que perseguir a un ladrón durante tres días.
—¿Lo atrapaste?
—Sí.
—¿Y qué robó?
León sonrió.
—Una gallina.
Thrombin se quedó mirándolo.
—¿Tres días?
—Era una gallina muy rápida.
Thrombin soltó una carcajada.
—¡No me jodas!
—Te lo juro.
—¿Cómo puede una gallina escapar durante tres días?
—El problema no era la gallina.
—¿Entonces?
—El dueño me dijo que era una gallina. Resultó ser un gallo.
Thrombin se quedó en silencio.
León comenzó a reír.
—Y el gallo me perseguía a mí.
Thromin se dobló de la risa.
—¡¿Y tú eres el famoso León?!
—Exactamente.
—¡El gran aventurero derrotado por un gallo!
—Era un gallo enorme.
—Era un gallo.
—¡Tenía intenciones asesinas!
Thromin siguió riendo.
León terminó riéndose con él.
Por primera vez desde que se habían conocido, ninguno parecía estar pensando en la prisión.
Ni en sus cadenas.
Ni en la arena.
Ni en sus problemas.
Solo estaban dos hombres sentados bajo una roca, riéndose de una historia absurda.
Cuando finalmente recuperaron el aliento, Thrombin preguntó:
—¿Siempre has sido así?
León sonrió.
—¿Así cómo?
—Bromista.
León miró la arena.
—Antes no.
Thromin esperó.
Pero no insistió.
León continuó caminando.
—La vida me enseñó que si uno se toma todo demasiado en serio, termina olvidándose de vivir.
Thromin caminó junto a él.
—Eso es bastante sabio.
—Lo sé.
—No era un cumplido.
—Lo aceptaré igualmente.
Thrombin soltó una risa.
—Eres insoportable.
—Y tú demasiado serio.
—Alguien tiene que serlo.
—Entonces seré divertido por los dos.
—Ese es precisamente mi miedo.
Continuaron caminando.
Hablaron durante horas.
Thrombin contó historias de viajes, tabernas y peleas en las que había terminado con más golpes de los que quería admitir.
León habló de algunas de sus misiones más extrañas.
Una vez había tenido que dormir tres noches en un establo porque había perdido la posada.
Otra vez había confundido una poción para dormir con una poción para recuperar energía.
Y terminó durmiendo casi un día entero.
Thrombin no podía dejar de reír.
—¿Y todavía te llaman aventurero famoso?
—La fama tiene sus secretos.
—Creo que deberían quitarte la espada.
—¡Jamás!
—Entonces al menos deberían quitarte las pociones.
—Eso sí sería cruel.
El sol comenzó a descender.
La arena dejó de arder tanto.
Ambos continuaron caminando mientras el cielo cambiaba lentamente de color.
León miró a Thrombin.
—¿Sabes?
—¿Qué?
—Me alegra haberte conocido.
Thromin lo miró de reojo.
—Nos conocimos hace unas horas.
—Lo sé.
—Y casi te mato.
—También lo sé.
—Y me insultaste.
—Tú me llamaste princesa.
—Porque eres un presumido.
León sonrió.
—Pero aquí seguimos.
Thrombin permaneció callado unos segundos.
Finalmente sonrió.
—Sí.
León le dio una pequeña palmada en el hombro.
—Entonces somos amigos.
Thromin apartó su mano.
—No exageres.
—Amigos.
—Compañeros.
—Amigos.
—Compañeros.
—Amigos.
Thromin suspiró.
—Haz lo que quieras.
León sonrió satisfecho.
—Eso significa que gané.
—No significa nada.
—Significa todo.
Y ambos siguieron caminando mientras la noche comenzaba a cubrir el desierto.
Todavía no sabían cuánto tiempo tardarían en salir.
No sabían qué encontraría al otro lado.
Pero después de aquel día, el desierto ya no parecía tan grande.
Porque ahora León tenía a alguien caminando a su lado.
Y Thrombin, aunque jamás lo admitiría, tampoco parecía tener tanta prisa por quedarse solo.
Tercera parte
El desierto comenzó a quedar atrás cuando el sol ya se encontraba cerca del horizonte.
Durante horas, León y Thrombin habían caminado sin saber exactamente cuánto faltaba para encontrar una ciudad. Sus botas estaban cubiertas de arena y sus ropas tenían el polvo de varios días de viaje.
León fue el primero en detenerse.
—Espera.
Thromin siguió caminando unos pasos antes de darse cuenta.
—¿Qué?
León señaló hacia delante.
A lo lejos, entre las últimas dunas, podían verse unas enormes torres.
Thromin entrecerró los ojos.
—¿Eso es...?
—Una ciudad.
Ambos permanecieron unos segundos contemplando la.
Después León sonrió.
—Creo que vamos a sobrevivir.
Thromin levantó su cantimplora vacía.
—Yo ya estaba considerando comerme tu espada.
León lo miró horrorizado.
—¡Ni se te ocurra!
—Era una broma.
—No parecía una broma.
—Porque tengo talento.
León soltó una carcajada.
A medida que avanzaban, las torres se hicieron cada vez más grandes.
La ciudad se encontraba rodeada por enormes murallas de piedra oscura. Sobre ellas podían verse estandartes con símbolos dracónidos y soldados vigilando desde lo alto.
Era la primera gran ciudad que veían desde que habían escapado.
Pero no se parecía a ninguna que León hubiera conocido.
Las puertas eran gigantescas, construidas para permitir el paso de criaturas de diferentes tamaños. Había carruajes entrando y saliendo constantemente, comerciantes con enormes cargamentos y viajeros provenientes de distintas regiones.
Y entre toda aquella multitud caminaban los dracónidos.
Algunos tenían escamas rojas.
Otros son negras, verdes, doradas o grises.
Algunos llevaban armaduras pesadas.
Otros vestían túnicas y cargaban libros.
Había comerciantes, guerreros, artesanos y viajeros.
León observaba todo con curiosidad.
—Nunca había estado aquí.
Thromin lo miró.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Y siendo aventurero?
—No puedo conocer a todo el mundo.
—Pensé que eras famoso.
—Lo soy.
—Entonces deberías conocer más lugares.
—Por eso me hice aventurero.
Thrombin negó con la cabeza.
—Tu lógica es terrible.
—Pero funciona.
Llegaron finalmente a las puertas.
Dos guardias dracónidos los observaron.
Uno de ellos miró primero a Thrombin.
Después a León.
—¿De dónde vienen?
León señaló hacia atrás.
—Del desierto.
El guardia miró las ropas cubiertas de arena.
—Eso ya lo veo.
León sonrió.
—Entonces estamos de acuerdo.
Thrombin cerró los ojos.
—No empieces.
El guardia suspiró.
—Pasen.
Las enormes puertas se abrieron.
Y ambos entraron.
La ciudad parecía no dormir.
Había puestos de comida a ambos lados de las calles.
El olor a carne asada llenaba el aire.
Había herreros trabajando frente a grandes hornos, comerciantes gritando precios y músicos tocando instrumentos extraños.
En algunos balcones podían verse dracónidos conversando.
Más adelante había una plaza enorme con una fuente en cuyo centro se levantaba una estatua de un dragón con las alas extendidas.
León se detuvo frente a ella.
—Es enorme.
Thromin se colocó a su lado.
—Los dracónidos tienen una obsesión con los dragones.
—Tiene sentido.
—¿Por qué?
—Porque son dracónidos.
Thromin lo miró.
—Esa es la peor explicación que he escuchado.
—Pero no puedes decir que estoy equivocado.
Thromin suspiró.
—No puedo.
Continuaron caminando.
Después de tantos días en el desierto, la ciudad parecía un mundo completamente diferente.
León compró comida.
Thrombin compró una nueva cantimplora.
Y ambos se sentaron durante un rato en una taberna cercana.
León miró alrededor.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Esto es bastante agradable.
Thromin comenzó a comer.
—Después de casi morir en el desierto, cualquier lugar parece agradable.
León levantó su vaso.
—Por nuestra supervivencia.
Thromin chocó su vaso contra el suyo.
—Por no volver a caminar por ese maldito desierto.
Bebieron.
Durante un rato hablaron como si se conocieran desde hacía años.
Pero finalmente llegó el momento de separarse.
Thrombin tenía asuntos propios que resolver.
León tenía que regresar al gremio.
Ambos salieron de la taberna y caminaron juntos hasta una de las plazas principales.
El ruido de la ciudad los envolvía.
León se detuvo.
—Supongo que aquí nos separamos.
Thrombin permaneció callado.
—Sí.
León extendió la mano.
—Fue un placer conocerte.
Thrombin miró la mano.
Después la estrechó.
—Para ser un idiota, no eres tan malo.
León sonrió.
—Y tú tampoco eres tan amargado.
—No abuses.
León soltó una carcajada.
Thromin comenzó a alejarse.
Después de unos pasos se detuvo.
—¡León!
León se volvió.
—¿Sí?
Thromin señaló hacia él.
—La próxima vez que nos encontremos...
León sonrió.
—¿Sí?
—Espero que no estés en problemas.
León se quedó pensativo.
—No puedo prometer eso.
Thrombin negó con la cabeza.
—Ya me lo imaginaba.
Y continuó caminando.
León lo observó alejarse entre la multitud.
Por un momento sintió algo extraño.
Habían pasado muy poco tiempo juntos.
Pero aquel enano ya formaba parte de uno de esos recuerdos que sabía que nunca olvidaría.
León sonrió.
Después ajustó la espada sobre su espalda y tomó otro camino.
Cada uno siguió su propio destino.
Sin saber que aquella despedida no sería definitiva.
Parte final