Capítulo 10 Nueve años después
Primera parte
Habían pasado nueve largos años desde que León tenía dieciséis.
Nueve años desde aquella noche bajo las estrellas en la que había recuperado la espada de su madre.
Durante todo ese tiempo, León había cambiado.
A los veinticinco años ya no era el muchacho que caminaba en silencio por los bosques del reino elfo. Se había convertido en un aventurero del gremio, y sus viajes habían llevado su nombre mucho más allá de las fronteras del reino.
En las tabernas se hablaba de él.
Los comerciantes conocían su nombre.
Los miembros de otros gremios habían escuchado historias sobre sus misiones.
León era reconocido en muchos lugares.
Sin embargo, había algo que nunca había conseguido ocultar.
Sus ojos.
Aquellos ojos rojos siempre terminan delatando.
Por mucho que sonriera, bromeara o fingiera que nada podía afectar, quienes conocían su historia sabían quién era.
El príncipe desterrado.
El hijo de Valerio.
El sobrino de Grindel.
León.
Pero aquella mañana no estaba en una taberna ni en una misión del gremio.
Estaba encadenado.
Y, para empeorar las cosas, no estaba solo.
Una fila de prisioneros avanzaba por un pasillo de piedra mientras varios guardias los escoltaban.
Entre ellos caminaba León.
Sus muñecas estaban sujetas por cadenas y llevaba la ropa sucia después de varios días de viaje.
A su lado había un enano.
Era bastante más bajo que León, pero tenía una constitución robusta y llevaba una armadura que había conocido días mejores.
El enano caminaba con el ceño fruncido.
No parecía precisamente feliz.
León lo observó durante unos segundos.
—Tienes cara de querer matar a alguien.
El enano ni siquiera lo miró.
—Tengo cara de querer matar a todos.
León sonrió.
—Me caes bien.
—No te he preguntado.
—Eso también me gusta.
El enano finalmente lo miró.
—¿Siempre hablas tanto?
—Cuando estoy aburrido.
—Pues cállate.
León soltó una pequeña risa.
Uno de los guardias se detuvo frente a ellos.
Era un dracónido enorme, cubierto por una armadura de hierro.
Miró a León con desprecio.
—Tú.
León levantó la cabeza.
—¿Yo?
—Sí, tú.
El guardia se acercó.
—¿Cómo te llamas?
León permaneció en silencio unos segundos.
—¿Para qué quieres saberlo?
El dracónido frunció el ceño.
—Te pregunté cómo te llamas.
León lo miró fijamente.
—Pregúntale a tu madre.
El enano giró lentamente la cabeza.
Hubo un segundo de silencio.
Después comenzó a reír.
—¡JAJAJA!
León sonrió.
El dracónido no.
Su puño salió disparado.
¡PUM!
Golpeó a León en el rostro.
León dio un paso hacia atrás.
—¡Ay!
El dracónido lo agarró de la ropa.
—¿Qué pasó?
León se llevó una mano a la cara.
—No me digas que te dolió, mi dulce princesa.
El enano volvió a reír.
—¡JAJAJAJA!
—¡Cállate! —gritó el dracónido.
León miró al enano.
—¿Ves? También le caíste bien.
El enano intentó contener la risa.
—Eres un idiota.
—Eso me dicen mucho.
El dragón volvió a golpearlo.
Esta vez León cayó al suelo.
El enano dejó de reír.
Miró al guardia.
Después miró a León.
León se levantó lentamente.
Se limpió la sangre de la comisura de los labios y sonrió.
—Eso sí dolió.
El dracónido sonrió.
—Mañana serán vendidos en la arena.
León dejó de sonreír.
El guardia continuó caminando frente a los prisioneros.
—Y tú también, princesa.
Señaló a León.
—Tu tío pagará muy bien por tu cabeza.
La expresión de León cambió.
Toda la alegría desapareció de su rostro.
—Él sí es un rey.
El silencio cayó sobre el pasillo.
León apretó lentamente los puños.
No respondió.
El enano lo observó.
Había escuchado suficiente.
Esperó hasta que el guardia se alejó y se acercó un poco a León.
—Tenemos que escapar de aquí.
León lo miró.
—¿Ah, sí?
—Sí.
El enano extendió una mano encadenada.
—Me llamo Thromin.
León bajó la mirada hacia su mano.
Después volvió a mirarlo.
—León.
Thrombin soltó una pequeña risa.
—Lo sé.
León frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Cada puta persona sabe quién eres.
León levantó una ceja.
Thromin continuó:
—El príncipe desterrado.
León permaneció callado.
Thromin sonrió.
—O quizá debería decir... la princesa presumida.
León giró lentamente la cabeza.
—¿Qué dijiste?
—Que eres una princesa.
—Te mataré cuando salga de aquí.
Thrombin soltó una carcajada.
—Así me gustaría verlo.
León sonrió.
—Créeme, lo verás.
—Primero salgamos vivos.
León observó las cadenas.
—Eso parece un pequeño problema.
Thromin miró a los guardias.
—Los problemas tienen solución.
León sonrió.
—Me agradas cada vez más.
—Y tú cada vez me caes peor.
Los dos continuaron caminando.
El pasillo parecía interminable.
Las paredes de piedra estaban iluminadas por pequeñas antorchas y el sonido de las cadenas golpeando contra el suelo acompañaba cada paso.
Finalmente llegaron a una enorme puerta.
Los guardias comenzaron a abrirla.
Thromin miró a León.
León lo miró.
Ninguno dijo nada.
Pero ambos entendieron lo mismo.
Era ahora o nunca.
La puerta terminó de abrirse.
Los prisioneros entraron.
Un guardia se colocó frente a ellos.
—Les dije que se callaran.
Thromin bajó la cabeza.
León sonrió.
El guardia dio un paso hacia ellos.
—¿Alguno tiene algo que decir?
León miró a Thrombin.
Thromin miró a León.
Entonces el enano se lanzó hacia el guardia.
—¡Ahora!
Todo ocurrió en un instante.
Thromin embistió al guardia con todas sus fuerzas.
El hombre cayó al suelo.
León aprovechó el momento.
Sacó su espada y, con un movimiento rápido, cortó las cadenas que sujetaban sus manos.
El guardia intentó levantarse.
León se abalanzó sobre él.
El filo de su espada atravesó su pecho.
El hombre cayó.
Thrombin se quedó mirando a León.
—Bonito movimiento.
León sonrió.
—Gracias.
—No te emociones.
Thrombin tomó el arma que llevaba consigo.
Un enorme hacha.
La levantó sobre su hombro.
—¿Listo, princesa?
León lo miró.
—Cuando salgamos de aquí te voy a matar.
Thromin sonrió.
—Primero tendrás que alcanzarme.
Los demás guardias ya venían corriendo por el pasillo.
León levantó su espada.
Thromin sostuvo firmemente su hacha.
Y ambos avanzaron.
Lo extraño fue que ninguno tuvo que decirle al otro qué hacer.
León atacó primero.
Un guardia levantó su espada.
León desvió el golpe.
Thromin apareció por el costado y golpeó al hombre con el mango de su hacha.
Otro guardia intentó atacar a Thrombin por detrás.
León lo vio.
—¡A tu espalda!
Thromin se agachó.
La espada pasó sobre su cabeza.
León aprovechó y derribó al guardia.
Thromin se incorporó.
—Te debo una.
—Puedes pagarme después.
—¿Con qué?
—Una cerveza.
—Eso sí puedo aceptarlo.
Otro guardia apareció.
León bloqueó.
Thromin ataca.
León retrocedió.
Thromin avanzó.
Sus movimientos comenzaron a complementarse.
No parecían dos prisioneros que acababan de conocerse.
Parecían compañeros que llevaban años luchando juntos.
León esquivó un golpe y dejó el espacio abierto.
Thrombin entendió inmediatamente.
Su hacha golpeó al enemigo.
Thrombin quedó rodeado.
León apareció detrás de él.
—¡Muévete!
Thromin se apartó.
León pasó entre los dos guardias y los derribó.
Thrombin soltó una carcajada.
—¡No estás tan mal, princesa!
León sonrió mientras levantaba su espada.
—¡Y tú tampoco estás tan mal, amiga!
Thromin abrió los ojos.
—¿Amiga?
León salió corriendo.
—¡Corre!
—¡LEÓN!
Y mientras los dos atravesaban el pasillo perseguidos por los guardias, la risa de León resonó por todo el lugar.
Apenas se habían conocido.
Ya se estaban insultando.
Ya estaban peleando juntos.
Y, sin saberlo todavía, acababan de convertirse en compañeros de una aventura que ninguno de los dos olvidaría.
Segunda parte
El desierto parecía no tener fin.
Durante las primeras horas ninguno de los dos había dicho demasiado.
Habían conseguido escapar de sus captores, pero ahora tenían un problema mucho más grande: no tenían caballos, no tenían comida suficiente y, sobre todo, no tenían la menor idea de dónde estaban.
El sol caía sobre ellos con una fuerza insoportable.
León caminaba con la espada colgada a la espalda, mientras Thrombin avanzaba a su lado cargando su enorme hacha.
Después de varias horas, León levantó la mirada hacia el horizonte.
Nada.
Solo arena.
—Tengo una pregunta.
Thromin no lo miró.
—No.
—Todavía ni siquiera te la hice.
—No importa.
León soltó una carcajada.
—¿Siempre eres así?
—Sí.
—Qué vida tan triste.
—Tengo una vida maravillosa.
—Caminando por un desierto sin agua.
—Eso es una etapa.
León sonrió.
—Me caes bien.
—Ya me lo dijiste.
—Lo seguiré diciendo hasta que lo aceptes.
Thromin resopló.
—Entonces vas a hablar mucho.
—Muchísimo.
Siguieron caminando.
Durante un rato solo se escucharon sus pasos hundiéndose en la arena.
Finalmente Thrombin rompió el silencio.
—¿Cuánto falta?
León miró alrededor.
—No tengo idea.
Thrombin se quedó callado.
—¿Tú sabes por dónde vamos?
—No.
—Perfecto.
—Pero tengo una teoría.
—¿Cuál?
León señaló hacia el horizonte.
—Por ahí.
Thromin miró.
Después volvió a mirarlo.
—Eso está en todas las direcciones.
León bajó lentamente el brazo.
—Sí.
Thrombin negó con la cabeza.
—Voy a morir contigo.
—Al menos no morirás solo.
—Eso no me tranquiliza.
León comenzó a reír.
Después de unos minutos encontraron una pequeña roca que proyectaba algo de sombra.
Ambos se sentaron.
Thrombin sacó una pequeña cantimplora.
León la miró.
—¿Tienes agua?
—Un poco.
—Dame.
Thromin la escondió detrás de su espalda.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tú hablas demasiado y seguramente gastas agua hablando.
León abrió la boca, indignado.
—Eso no tiene sentido.
—Para mí sí.
León cruzó los brazos.
—Eres un miserable.
Thromin bebió un pequeño sorbo.
—Gracias.
León comenzó a reír.
—¿Sabes qué? Creo que vamos a llevarnos bastante bien.
—Eso me preocupa.
León se acomodaba contra la roca.
—Bueno, ya que probablemente vamos a caminar juntos durante un buen rato... ¿Qué tal si nos conocemos?
Thromin levantó una ceja.
—¿Qué quieres saber?
—Todo.
—Eso es demasiado.
—Entonces empieza por lo importante.
Thromin pensó unos segundos.
—Soy Thromin.
—Eso ya lo sé.
—Soy enano.
—También lo había notado.
Thromin lo miró con seriedad.
—Tengo hambre.
León soltó una carcajada.
—Eso sí es importante.
Thrombin finalmente sonrió.
—¿Y tú?
León se quedó mirando el horizonte.
—Yo soy León.
—Eso también lo sé.
—Soy aventurero.