Capítulo 9 Velar y los elfos #3
La sonrisa de Lys Ariel se volvió más pequeña.
León también sonrió.
La princesa dejó la daga a un lado.
Y ambos se besaron.
Fue un beso tranquilo.
Sin guerras.
Sin coronas.
Sin ejércitos.
Sin recuerdos dolorosos.
Solo ellos dos.
Cuando se separaron, León soltó una pequeña risa.
—Definitivamente no esperaba encontrarte así.
—Ese era el objetivo.
Lysariel se levantó y le tendió la mano.
—Vamos.
León la tomó.
—¿A dónde?
—Es una sorpresa.
León levantó una ceja.
—¿Otra?
—Confía en mí.
---
Caminaron durante un rato por el bosque.
La noche había comenzado a cubrir las copas de los árboles.
Las primeras estrellas aparecieron en el cielo.
Finalmente llegaron a un pequeño claro.
León se quedó inmóvil.
Había una manta extendida sobre la hierba.
Encima había comida, frutas y algunas bebidas.
Alrededor, pequeñas luces brillaban entre las ramas.
La luz de las estrellas iluminaba el claro.
León sonrió.
—¿Preparaste todo esto?
Lysariel se sentó.
—Tal vez.
León se sentó junto a ella.
—Me gusta.
—Espero que sí.
Durante un rato simplemente comieron y hablaron.
León comenzó a contarle sus aventuras.
Le habló de las misiones del gremio.
De los viajeros que había ayudado.
De los caminos que había recorrido.
De los lugares que había conocido.
Y, sobre todo, de cómo cada misión había terminado bien.
Yariel lo escuchaba con una sonrisa.
—Entonces todas tus misiones fueron un éxito.
León sonrió orgulloso.
—Todas.
—Eso es bueno.
—Aunque algunas fueron bastante difíciles.
—¿Y aun así las terminaste?
León levantó la cabeza.
—Claro.
Lysariel sonrió.
—Estás cambiando.
León permaneció pensativo.
—Supongo.
Miró las estrellas.
—Pero había algo que esperaba más que cualquier misión.
Yariel lo miró.
—¿Qué?
León volvió los ojos hacia ella.
—Que llegara el día en que pudiera verte otra vez.
La princesa sonrió.
León metió una mano en su ropa.
—De hecho...
Sacó una pequeña caja.
—Te traje algo.
Lyriel la recibió.
—¿Para mí?
—Sí.
La princesa abrió la caja.
Dentro había un delicado collar con un pequeño dije en forma de flor.
Los ojos de Lys Ariel se iluminaron.
—Es hermoso.
León sonrió.
—Lo compré con mi primer pago.
Lysariel levantó la mirada.
—¿Con tu primer pago?
—Lo vi y me acordé de ti.
Ella acarició suavemente la pequeña flor.
—Gracias.
León sonrió.
—Quería darte algo.
Lysariel guardó silencio unos segundos.
Después sonrió.
—Yo también tengo un regalo para ti.
León la miró sorprendido.
—¿Para mí?
—Sí.
La princesa tomó una envoltura larga que había dejado junto a la manta.
Se la entregó.
León la sostuvo.
Era bastante larga.
Pesada.
Levantó una ceja.
—¿Qué es?
Lysariel sonrió.
—Ábrelo.
León comenzó a quitar la envoltura.
—¿Es una espada?
La princesa sonrió.
—No es solo una espada.
León dejó de moverse.
Algo en su tono había cambiado.
Sintió curiosidad.
Con cuidado terminó de retirar la envoltura.
Entonces se quedó completamente inmóvil.
Sus ojos se abrieron.
Frente a él estaba una espada que conocía perfectamente.
Una espada que había visto durante toda su infancia.
Una espada que había pertenecido a su madre.
La misma espada que le habían entregado cuando cumplió doce años.
La misma que había perdido durante la caída de la Costa Dragón.
León no dijo nada.
Sus dedos comenzaron a temblar.
Yariel lo observó.
—La recuperamos de un vendedor cerca de la Costa Dragón.
León levantó lentamente la mirada.
—¿Qué...?
—Nuestros guardias la reconocieron inmediatamente.
León volvió a mirar la espada.
Durante unos segundos no pudo hablar.
Recordó a su madre.
Recordó las palabras que le habían contado sobre ella.
Recordó el día en que recibió aquella espada.
Recordó todo lo que había perdido.
Y ahora estaba nuevamente entre sus manos.
León apretó los dedos alrededor de la empuñadura.
Una lágrima cayó sobre la espada.
—No puedo creerlo...
Lysariel se acercó.
—Ahora está contigo otra vez.
León dejó la espada a un lado.
La abrazó con fuerza.
—Gracias.
Su voz estaba completamente quebrada.
—Gracias.
Yariel lo abrazó también.
—No tienes que agradecerme.
León se separó ligeramente.
La miró.
Y la besó.
Fue un beso lleno de emoción.
Cuando se separaron, León volvió a mirar la espada.
La sostuvo entre sus manos.
Por primera vez desde la caída de la Costa Dragón, aquella espada no le recordaba únicamente lo que había perdido.
También le recordaba a su madre.
Aquel recuerdo que había permanecido enterrado durante tantos años.
Aquella noche, León durmió junto a Lysariel bajo el cielo estrellado.
Y ocurrió algo que no había sucedido desde la muerte de su padre.
No tuvo pesadillas.
No despertó gritando.
No volvió a ver la sala del trono.
No volvió a escuchar la voz de Grindel.
Durmió profundamente.
Como si, por una sola noche, el pasado hubiera decidido dejarlo descansar.
Y mientras la luz de la luna caía sobre la espada junto a él, León sintió algo que hacía mucho tiempo no sentía.
Paz.
Como si su madre hubiera regresado a su lado.
Como si, de alguna manera, volviera a estar con él.
Y aquella noche, por primera vez desde la caída de la Costa Dragón, León durmió sin miedo.
9 Años Despues