Capítulo 9 Velar y los elfos #2
Y entonces la vio.
Elysandra.
A su lado estaba Harald.
Durante un instante León no pudo reaccionar.
Los reconoció inmediatamente.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Tía...?
Elysandra apenas pudo contener las suyas.
—Mi pequeño niño...
León corrió hacia ellos.
Los abrazó con todas sus fuerzas.
Elysandra lo rodeó con los brazos.
—Estás vivo.
León lloraba.
—Pensé que habían muerto.
Harald, que ya tenía catorce años, también lo abrazó.
—Hermano...
León lo miró entre lágrimas.
—Estás enorme.
Harald soltó una carcajada.
—Y tú sigues igual de llorón.
León comenzó a reír mientras se limpiaba las lágrimas.
—¿Dónde estaban?
Elysandra acarició su cabello.
—Pensamos que tú habías muerto.
León bajó la mirada.
—Yo también pensé que ustedes...
No pudo terminar la frase.
Elysandra lo abrazó nuevamente.
—Días antes de la tragedia, el rey druida nos había invitado a cenar.
León levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Su hijo estaba a punto de graduarse de la escuela de druidas.
León abrió los ojos.
—¿Leif está bien?
Harald sonrió.
—Como siempre.
Hizo una pausa.
—Nunca se calla.
León soltó una carcajada.
Elysandra también.
Durante unos segundos los tres simplemente rieron.
Pero las lágrimas seguían presentes.
Porque todos sabían que aquel reencuentro también significaba recordar a quienes no habían conseguido sobrevivir.
Elysandra tomó las manos de León.
—Viviremos en el reino druida.
León la miró.
—¿De verdad?
—Sí.
Elysandra sonrió.
—El rey druida dijo que serías bienvenido si quieres acompañarnos.
León permaneció pensativo.
Después miró hacia Lysander.
Luego hacia la puerta.
Y finalmente sonrió.
—No.
Elysandra pareció sorprenderse.
—¿No?
León negó con la cabeza.
—Ahora tengo una familia.
Miró al rey.
Después sonrió.
—Lysander y la princesa.
Lysander permaneció en silencio, pero una sonrisa apareció en su rostro.
León continuó:
—Mi nueva familia.
Elysandra lo observó con ternura.
—¿Estás seguro?
—Sí.
León sonrió.
—Estoy bien aquí.
Después levantó un poco la cabeza.
—Además, ahora trabajo en el gremio de misiones.
Harald soltó una risa.
—Así que ahora eres aventurero.
León se cruzó de brazos.
—Exactamente.
Elysandra lo miró de arriba abajo.
—Te has convertido en un muchacho fuerte.
León sonrió.
Por un momento recordó al niño que había conocido años atrás.
El pequeño príncipe que corría por el castillo.
El niño que jugaba con Harald y Leif.
El muchacho creía que podía derrotar a cualquier enemigo con su espada.
Y ahora estaba frente a ella.
Había crecido.
Había sufrido.
Pero seguía siendo él.
León se puso de pie y miró al rey.
Lysander le sonrió.
León hizo una reverencia.
—Gracias, mi rey.
Lysander inclinó ligeramente la cabeza.
—Feliz cumpleaños, León.
León sonrió.
—Fue un hermoso regalo.
Después miró a Elysandra.
—Ella es como una madre para mí.
Elysandra comenzó a llorar, pero esta vez de alegría.
—Siempre serás mi niño.
León sonrió.
—Además, yo soy tu tía.
León se quedó pensativo.
—Es verdad...
Elysandra lo miró fijamente.
—¿Qué?
León comenzó a reír.
—Ya no me acordaba.
Elysandra cruzó los brazos y puso cara de enojo.
—¿Cómo que ya no te acordabas?
León levantó las manos.
—¡Es una broma!
Harald comenzó a reír.
Lysander también.
Elysandra intentó mantener su expresión seria, pero terminó riéndose.
Y durante aquella tarde, después de meses de tristeza, el castillo volvió a escuchar las risas de León.
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Cuando la tarde comenzó a caer, León miró alrededor de la sala.
Después volvió la mirada hacia Lysander.
—Mi rey...
—¿Sí?
León hizo una pequeña pausa.
—¿Dónde está la princesa?
Lysander sonrió.
—Está en el bosque.
Hizo una breve pausa.
—Esperándote.
Tercera parte fin
El sol comenzaba a desaparecer detrás de las montañas cuando León se adentra en el bosque.
El cielo estaba teñido de tonos anaranjados y violetas, y los últimos rayos de luz atravesaban las copas de los árboles, dejando largos caminos dorados sobre la hierba.
Hacía casi un mes que no veía a la princesa.
Sus misiones lo habían llevado cada vez más lejos del reino elfo. Algunas habían durado días, otras semanas, y aunque regresaba al castillo siempre que podía, sus obligaciones en el gremio habían hecho que apenas tuviera tiempo para verla.
León había extrañado aquellos momentos.
Extrañaba hablar con ella.
Extrañaba escucharla reír.
Y, aunque nunca lo decía demasiado, también extrañaba simplemente estar a su lado.
Caminó siguiendo uno de los senderos que conocía de memoria.
—¿Dónde estará?
Miró alrededor.
Nada.
Solo árboles.
El sonido de algunos pájaros que regresaban a sus nidos.
El viento moviendo las hojas.
León continuó caminando.
Entonces escuchó algo.
Un pequeño crujido.
León se detuvo.
Miró hacia arriba.
Nada.
Volvió a caminar.
Otro ruido.
Esta vez más cerca.
León llevó instintivamente la mano hacia su espada.
Pero antes de poder reaccionar...
Algo cayó desde las ramas.
—¡¿QUÉ...?!
¡PUM!
León cayó de espaldas sobre la hierba.
Una figura aterrizó encima de él.
Antes de que pudiera moverse, sintió el frío de una daga contra su garganta.
Sus ojos se abrieron completamente.
—¡¿Qué demonios?!
La figura llevaba una máscara.
León permaneció inmóvil.
—No te muevas.
La voz le resultó familiar.
León parpadeó.
—Espera...
La figura se quedó quieta.
Después levantó una mano y lentamente se quitó la máscara.
Cabello plateado.
Una sonrisa.
Aquellos ojos que León había estado esperando volver a ver durante casi un mes.
Era Lysariel.
León se quedó mirándola.
—¿Tú?
La princesa comenzó a reír.
—¿Qué esperabas?
León soltó el aire que estaba conteniendo.
—¡Casi me matas del susto!
Lysariel se rió todavía más.
—Debiste haber estado atento.
León la miró.
Entonces se dio cuenta de algo.
Ella seguía encima de él.
Ambos se quedaron callados.
Durante unos segundos simplemente se miraron.