Capítulo 9 Velar y los elfos
Habían pasado tres meses desde la caída de la Costa Dragón.
Tres meses desde aquella noche.
Tres meses desde que el castillo había ardido, desde que el rey Valeiron había muerto y desde que Grindel había tomado el trono.
De todos los habitantes de la Costa Dragón que habían logrado escapar aquella noche, solo uno había conseguido llegar con vida al reino de los elfos.
Bailar.
El príncipe que había perdido su reino.
El hijo de Valerio.
El muchacho que ahora ya no quería ser llamado por su propio nombre.
Los primeros días había permanecido encerrado en una habitación.
Después comenzó a caminar.
Y desde entonces, todos los días hacía lo mismo.
Caminaba.
Sin rumbo.
Sin compañía.
Sin hablar con nadie.
Los bosques del reino elfo eran completamente diferentes a todo lo que había conocido.
Los árboles eran enormes y antiguos. Sus copas se entrelazan sobre los caminos formando túneles naturales por donde apenas atravesaban los rayos del sol.
Pequeños arroyos recorrían la tierra entre las raíces.
Las hojas se movían suavemente con el viento.
Los pájaros cantaban.
Era un lugar hermoso.
Pero para bailar no había belleza alguna.
Caminaba entre aquel paraíso con la mirada perdida.
A veces se sentaba junto a un río durante horas.
Otras veces llegaba hasta una cascada y permanecía allí escuchando el agua caer.
No hablaba con los elfos.
No hablaba con los soldados.
No hablaba con los sirvientes.
Ni siquiera hablaba con Lysariel.
Comía poco.
Dormía todavía menos.
Y algunas noches despertaba gritando.
Siempre era el mismo sueño.
La sala del trono.
Su padre en el suelo.
La espada de Grindel.
Las manos de Valerion perdiendo fuerza.
Y aquella última mirada.
Una mirada que Bailar no podía olvidar.
---
Aquella mañana, el rey Lysander se encontraba en una de las salas del castillo.
Había pasado los últimos tres meses preocupado por el joven príncipe.
No sabía cómo ayudarlo.
Había perdido a un amigo y ahora debía proteger al hijo de ese amigo.
Lysander levantó la mirada hacia la sirvienta que se encontraba frente a él. —América.
La joven hizo una pequeña reverencia.
—Sí, mi rey.
—¿Cómo está el príncipe?
Amerie guardó silencio durante unos segundos.
—Sigue igual.
Lysander bajó la mirada.
—¿Ha comido?
—Muy poco.
—¿Y anoche?
Amerie suspiró.
—Volvió a despertarse gritando.
Lysander cerró los ojos.
—¿Dijo algo?
—No pude entenderlo. Solo repetía que no podía salvarlo.
El rey permaneció en silencio.
—No entiendo cómo pudo ocurrir esto.
Amerie no respondió.
Lysander caminó lentamente hacia una ventana.
—Todavía no entiendo por qué Valerion no envió a su ejército cuando Grindel escapó de prisión.
Su mirada se perdió en los bosques.
—Si hubiera sabido lo que estaba preparando...
La puerta se abrió.
Yariel entró.
—Padre.
Lysander se giró.
—Hija.
La princesa caminó hacia él.
—Déjame hablar con él.
Lysander la observó durante unos segundos.
—No tienes que pedirme permiso.
Lysariel bajó la mirada.
—Pero...
Lysander suspiró.
—Recuerda que estaba destinado a ser tu esposo.
Lysariel levantó la mirada.
—¿Estaba?
El rey permaneció callado.
La princesa continuó:
—¿Ya no lo será?
Lysander la observó.
—Si tu corazón lo desea y el suyo también, eso no ha cambiado.
Lysariel sonrió ligeramente.
—Claro que lo deseo.
Pero el rey volvió a ponerse serio.
—Hija, debes entender algo.
Lysariel esperó.
—Ese muchacho perdió a su padre.
Perdió su reino.
Perdió todo lo que conocía.
Ahora mismo tiene odio en el corazón.
Y algún día buscará venganza.
Lysariel bajó la mirada.
—Lo sé.
—Y no quiero que tú termines caminando por ese mismo camino.
La princesa levantó los ojos.
—No caminaré por él, padre.
Lysander la miró.
—¿Entonces qué harás?
Lysariel respondió con calma:
—Haré que sea feliz aquí.
El rey permaneció en silencio.
Después suspiró.
—Inténtalo.
---
Lysariel salió del castillo.
Caminó durante varios minutos por los senderos del bosque.
Conocía aquel lugar.
Sabía exactamente dónde encontrarlo.
Después de atravesar un pequeño camino rodeado de árboles llegó hasta una cascada.
El agua caía desde una enorme formación de piedra y terminaba en un pequeño lago cristalino.
Era uno de los lugares favoritos de Velar.
Y allí estaba.
Sentado sobre una roca.
Mirando el agua.
Lysariel se acercó lentamente.
—Bailar.
El joven volteó.
Su mirada estaba vacía.
—No me llames así.
Lysariel se quedó quieta.
—¿Qué te pasa?
Velar volvió a mirar la cascada.
—Ahora me llamaré solo León.
La princesa guardó silencio.
No intentó discutir.
—Está bien.
León la miró.
—Como quieras.
Ella se acercó un poco más.
—¿Por qué estás aquí?
—¿Por qué estás tú aquí?
Lysariel se sentó frente a él.
—Somos amigos, ¿no?
León soltó una pequeña risa sin alegría.
—¿Amigos?
La princesa lo observó.
—Sí.
León negó con la cabeza.
—Solo estás aquí porque me tienes lástima.
Lysariel frunció el ceño.
—¿Cómo puedes ser tan estúpido?
León levantó la mirada.
Ella tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Llevo días intentando estar contigo.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Intento hablar contigo.
Intento acompañarte.
Intento hacerte sentir mejor.
Y tú sigues empeñado en estar así.
León se puso de pie.
—Pues no me hables.
Lysariel se quedó inmóvil.
—Yo lo perdí todo.
Su voz temblaba.
—¿Y qué quieres que haga?
¿Que sea feliz aquí contigo?
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Lysariel bajó la cabeza.
Las lágrimas comenzaron a caer.
León se quedó inmóvil.
Durante unos segundos no dijo nada.
Miró el rostro de la princesa.
Entonces comprendió lo que acababa de hacer.
—Lo siento.
Lysariel no respondió.
—No quise decir eso.
La princesa levantó lentamente la mirada.
León dio un paso hacia ella.
—Lo siento.
Ella se puso de pie.
Se acercó.
Y le dio una bofetada.
El sonido resonó entre los árboles.
León quedó inmóvil.
Lysariel tenía lágrimas en los ojos.
—Quería que fueras mi esposo.
León la miró.
—Pero ya no.
Aquellas palabras dolieron más que cualquier espada.
León sintió cómo algo se rompía dentro de él.
—¿En serio?
Lysariel apartó la mirada.
—Sí.
León bajó la cabeza.
—Perdóname.
Ella no respondió.
—No quise decir eso.
Su voz comenzó a temblar.
—Solo estoy muy enojado.
Se limpió las lágrimas.
—Y estoy triste.
Miró hacia la cascada.
—Lo perdí todo.
Volvió a mirarla.
—No me dejes solo.
Sus piernas dejaron de sostenerlo.
León cayó de rodillas.
Comenzó a llorar.
Lysariel permaneció quieta durante unos segundos.
Después se arrodilló frente a él.
Tomó suavemente su rostro entre sus manos.
—Mírame, León.
Él levantó la mirada.
Sus ojos estaban rojos y llenos de lágrimas.
Yariel lo miró directamente.
—Yo siempre estaré a tu lado.
León respiró profundamente.
—No importa en lo que te conviertas.
Ella acarició suavemente su rostro.
—Siempre caminaré a tu lado.
León no podía apartar los ojos de ella.
Lysariel sonrió entre lágrimas.
—Durante estos meses...
Hizo una pequeña pausa.
—Y desde antes de aquella tragedia...
Su voz tembló.
—Me enamoré de ti, León.
León cerró los ojos.
Las lágrimas volvieron a caer.
—Y yo de ti.
Yariel lo abrazó.
León correspondió al abrazo.
Por primera vez desde la caída de la Costa Dragón, dejó de intentar esconder su dolor.
Lysariel limpió sus lágrimas.
Después se acercó lentamente.
Y lo besó.
Fue un beso largo.
Un beso que pareció detener el tiempo.
Por unos instantes no existió la guerra, el castillo destruido, la corona perdida ni el hombre que había tomado su reino.
Solo existían ellos dos.
Cuando se separaron, León permaneció mirándola.
Sus ojos seguían llenos de lágrimas.
Pero había algo diferente en ellos.
Lysariel acarició su rostro.
León respiró profundamente.
—Te prometo que seré muy fuerte.
Y por primera vez en tres meses, León no se sintió completamente solo.
Un nuevo hogar
Habían pasado dos meses desde aquel día junto a la cascada.
En ese tiempo, León había cambiado.
Ya no caminaba solo por los bosques del reino elfo. Había comenzado a relacionarse con sus habitantes, a conocer sus caminos y a participar en pequeñas misiones junto a los elfos.
Poco a poco, su nombre comenzó a escucharse en distintos lugares.
Primero entre los miembros del gremio.
Después en las tabernas.
Algunos hablaban de aquel joven extranjero que ayudaba a los viajeros perdidos. Otros contaban historias sobre sus misiones y sobre la habilidad que tenía con la espada.
Su nombre comenzaba a viajar.
Desde el reino elfo hasta las tierras de los dracónidos y los enanos.
Pero para León aquello no era importante.
Le gustaba ayudar.
Y cada vez que regresaba de una misión, encontraba una razón más para seguir adelante.
Ya no era el muchacho que permanecía sentado durante horas frente a una cascada sin hablar con nadie.
Todavía llevaba el dolor dentro.
Todavía había noches difíciles.
Pero ahora tenía personas que lo esperaban.
Tenía un lugar al que regresar.
Tenía una familia.
Y aquel día era especialmente importante.
León cumplía dieciséis años.
Ya no era un niño.
Al menos eso era lo que él mismo comenzaba a pensar.
Aquella mañana, el rey Lysander mandó llamarlo.
León llegó a la sala del trono y realizó una pequeña reverencia.
—Mi rey.
Lysander sonrió.
—Estoy aquí, muchacho.
León levantó la mirada.
—¿Me mandó llamar?
—He escuchado que te uniste al gremio.
León sonrió.
—Así es.
—Y también he escuchado que te estás volviendo famoso.
León soltó una pequeña risa.
—Bueno... Me gusta ayudar a las personas.
Lysander cruzó los brazos.
—Eso he escuchado.
León sonrió.
—Además, su hija me hizo entender que no puedo estar triste todo el tiempo.
El rey sonrió.
—Me alegra mucho que pienses así.
Lysander hizo una pequeña pausa.
—Pero tengo una sorpresa para ti.
León frunció el ceño.
—¿Una sorpresa?
—Hoy es tu cumpleaños.
León se quedó completamente quieto.
Pensó durante unos segundos.
Después bajó lentamente la mirada.
—Lo siento, mi lord...
Lysander levantó una ceja.
—¿Qué ocurre?
—No recordaba que era mi cumpleaños.
La expresión de Lysander cambió.
Sonrió con cierta tristeza.
—Lo imaginaba.
León lo miró confundido.
—Por eso traje a alguien.
El joven se quedó pensando.
—¿A quién?
Las grandes puertas de la sala comenzaron a abrirse.
León levantó la mirada.