Capítulo 8 La caída de la Costa Dragón
Parte II
La batalla había llegado hasta la capital.
Durante horas, las murallas exteriores habían resistido.
Pero una defensa tras otra había caído.
Las calles estaban llenas de soldados corriendo en todas direcciones. El sonido de las espadas, los gritos y los cuernos de guerra se mezclaba con el estruendo de las máquinas de asedio.
Las casas cercanas a las murallas ardían.
El humo cubría parte del cielo.
Los soldados de la Costa Dragón intentaban mantener las posiciones mientras los orcos avanzaban entre las calles.
Los gigantes derribaban las últimas barricadas.
Cada vez quedaban menos defensores.
Cada vez estaban más cerca del castillo.
En lo alto de las murallas, Valerion observaba la batalla.
Tenía la espada en la mano.
Su armadura estaba cubierta de polvo.
A su alrededor, sus soldados continuaban luchando.
Uno de sus comandantes llegó corriendo.
—¡Mi rey!
Valerion se giró.
—Habla.
—Han atravesado la puerta exterior.
Valerion permaneció inmóvil.
—¿Cuántos?
—Demasiados.
El comandante respiró profundamente.
—No podremos contenerlos durante mucho más tiempo.
Valerion miró hacia la ciudad.
El humo se elevaba por todas partes.
La Costa Dragón estaba cayendo.
Pero todavía quedaba una última defensa.
El castillo.
—Retírense hacia el interior.
El comandante lo miró sorprendido.
—¿Mi rey?
—Que todos los soldados que puedan regresar lo hagan.
—¿Y usted?
Valerion apretó la espada.
—Yo me quedaré.
El hombre entendió.
—Mi rey...
—Ve.
El comandante hizo una reverencia y corrió hacia los soldados.
Valerion permaneció solo sobre la muralla.
Miró por última vez la ciudad.
Aquella era su tierra.
Su hogar.
La tierra donde había nacido.
La tierra donde había conocido a Thorgaard.
La tierra donde había visto crecer a su hijo.
Y ahora las llamas avanzaban por sus calles.
Valeria cerró los ojos durante unos segundos.
—Perdóname.
Después bajó de la muralla.
---
Las puertas del castillo comenzaron a cerrarse.
Los últimos soldados entraron.
Algunos estaban heridos.
Otros apenas podían caminar.
Valerion cruzó el patio.
—¡Cierren!
Los enormes portones se cerraron.
Del otro lado se escucharon golpes.
Uno.
Dos.
Tres.
Los orcos habían llegado.
Los soldados se miraron.
Valerion levantó la espada.
—Todavía no han entrado.
Uno de los hombres gritó:
—¡Por la Costa Dragón!
Los demás levantaron sus armas.
—¡Por la Costa Dragón!
El estruendo de los escudos llenó el patio.
Pero los golpes continuaron.
La madera comenzó a crujir.
Valerion observó las puertas.
Sabía que no resistirán mucho.
Entonces escuchó un enorme estruendo.
Las puertas se partieron.
Los orcos entraron.
La batalla llegó al corazón del castillo.
Los soldados de la Costa Dragón lucharon desesperadamente.
Cada corredor se convirtió en un campo de batalla.
Cada escalera fue defendida.
Los orcos avanzaban mientras los defensores retrocedía.
Valerion luchaba junto a sus hombres.
Derribó a un orco.
Después a otro.
Pero cada vez aparecían más.
Finalmente, los defensores comenzaron a retroceder hacia la sala del trono.
Valerion entró.
Miró alrededor.
Aquel lugar que tantas veces había sido escenario de celebraciones ahora estaba lleno de soldados.
Las puertas fueron cerradas.
Los hombres se prepararon.
Entonces llegó el silencio.
Un silencio extraño.
Demasiado tranquilo.
Valerion respiró profundamente.
Sabía quién estaba detrás de aquellas puertas.
—Grindel.
Las puertas comenzaron a abrirse.
Los orcos entraron.
Y detrás de ellos apareció él.
Grindel.
Su hermano.
Habían pasado cinco años desde la última vez que se habían visto.
Grindel caminó lentamente entre los soldados.
Valerion levantó su espada.
—Así que finalmente regresaste.
Grindel sonrió.
—Te dije que volvería.
Valerion lo miró con tristeza.
—Podrías haber regresado como hermano.
—No.
Grindel continuó caminando.
—Tuviste quince años para recordar que yo también era hijo de nuestro padre.
—Y tú tuviste cinco años para convertirte en esto.
Grindel soltó una pequeña risa.
—¿En qué?
Valerion respondió:
—El hombre que viene a destruir su propia familia.
Grindel dejó de sonreír.
—Tú me quitaste todo.
—No.
Valerion negó con la cabeza.
—Tú elegiste esto.
Los dos hermanos se miraron.
Entonces Grindel levantó su espada.
Los soldados de ambos lados comenzaron a avanzar.
Valerion luchó.
Pero Grindel era más fuerte.
Cada golpe obligaba al rey a retroceder.
Valerion intentó atacar.
Grindel bloqueó.
Otro golpe.
Otro.
Valerion cayó de rodillas.
Y entonces Grindel levantó su espada.
Valerion miró a su hermano.
—Todavía puedes detenerte.
Grindel permaneció inmóvil.
—No.
La espada descendió.
Valerion cayó.
El rey de la Costa Dragón había muerto.
---
—¡PADRE!
El grito de Velar atravesó la sala.
El joven corrió hacia él.
Se arrodilló a su lado.
—¡Padre!
Valerion apenas podía respirar.
Velar tomó su mano.
—Mírame.
Los ojos de Valeria se movieron lentamente hacia su hijo.
—Bailar...
—Estoy aquí.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro del príncipe.
—Estoy aquí, padre.
Valerion intentó levantar una mano.
No pudo.
—Corre.
Velar negó con la cabeza.
—No.
—Corre...
—No voy a dejarte.
Valerion respiró con dificultad.
—Tienes que vivir.
Velar apretó su mano.
—No quiero vivir sin ti.
Valerion lo miró.
Por un instante ya no era el rey.
Solo era un padre mirando a su hijo.
—Te quiero.
Velar cerró los ojos.
—Yo también te quiero.
Valerion dejó escapar su último aliento.
Su mano perdió fuerza.
Velar permaneció inmóvil.
—Padre...
No respondió.
—Padre...
Nada.
Velar apretó su mano contra su rostro.
Y entonces lloró.
Lloró como nunca antes.
No había ejército.
No había corona.
No había príncipe.
Solo había un hijo abrazando a su padre muerto.
Grindel observaba desde unos metros.
—Levántate.
Bailar no respondió.
—He dicho que te levantes.
Velar continuó junto al cuerpo.
Entonces se escuchó un ruido afuera.
Un sonido de cientos de flechas atravesando el aire.
Los orcos comenzaron a gritar.
Una lluvia de flechas cayó sobre ellos.
Los soldados enemigos comenzaron a desplomarse.
Grindel levantó la mirada.
—¿Qué...?
Las puertas de la sala del trono se abrieron violentamente.
Un ejército de elfos entró.
Sus arqueros avanzaron formando filas.
Las flechas volaron una tras otra.
Los orcos retrocedieron.
Al frente apareció el rey Lysander.
Su espada estaba en la mano.
—¡Protejan al príncipe!
Los elfos avanzaron.
Los orcos intentaron responder, pero los arqueros disparaban desde todos los ángulos.
Grindel gritó:
—¡Cierren las puertas!
Pero ya era demasiado tarde.
Lysander y sus soldados habían entrado.
Los elfos derribaron a los guerreros que rodeaban al príncipe.
Lysander llegó hasta Bailar.
—¡Bailar!
El joven no respondió.
Lysander se arrodilló.
—Debemos irnos.
Velar miró a su padre.
—No puedo dejarlo.
Lysander bajó la mirada.
Entendió.
—Lo sé.
Velar volvió a mirar a Valerion.
Sus lágrimas no se detenían.
—Mi padre...
Lysander puso una mano sobre su hombro.
—Lo sé.
El rey elfo lo ayudó a levantarse.
Valar se resistió.
—¡No!
Miró hacia Grindel.
El usurpador estaba rodeado por sus guerreros.
Velar apretó los puños.
Quería quedarse.
Quería luchar.
Pero no podía.
Lysander lo sujetó.
—¡Ahora!
Los elfos comenzaron a retirarse.
Velar miró una última vez a su padre.
—Perdóname...
Después desapareció con el ejército elfo.
Grindel observó cómo se marchaban.
No pudo detenerlos.
Pero tampoco parecía preocupado.
Miró nuevamente el cuerpo de Valerion.
La última resistencia de la Costa Dragón había terminado.
--- Velar permaneció en silencio durante todo el viaje.
No preguntó hacia dónde iban.
No habló con nadie.
No quiso comer.
No quiso dormir.
Simplemente permanecía sentado, mirando hacia delante.
Lysariel caminaba cerca de él.
La princesa había visto lo ocurrido.
Había visto al príncipe perderlo todo en cuestión de minutos.
Su padre.
Su hogar.
Su reino.
Su familia.
Lysariel se sentó a su lado.
Durante unos segundos tampoco dijo nada.
Después habló suavemente.
—Bailar.
Él no respondió.
—Sé que no quieres hablar.
Silencio.
—No tienes que hacerlo.
Velar bajó la mirada.
Yariel continuó.
—Pero no tienes que pasar por esto solo.
Velar finalmente habló.
Su voz era casi un susurro.
—Todo desapareció.
Yariel lo miró.
—Lo sé.
—Mi padre...
Su voz se quebró.
—Estaba ahí.
Lysariel sintió lágrimas en los ojos.
—Lo siento.
Velar cerró los puños.
—No pude hacer nada.
—No fue tu culpa.
—¡Era mi padre!
La voz de Bailar se elevó.
—¡Y no pude protegerlo!
Lysariel permaneció frente a él.
—No eras tú quien tenía que protegerlo.
Velar la miró.
—Era su hijo.
Ella tomó suavemente su mano.
—Y él quería que vivieras.
Velar bajó la mirada.
Lysariel apretó su mano.
—Puedes llorar.
Él comenzó a llorar nuevamente.
—Puedes estar enojado.
Las lágrimas continuaron.
—Puedes estar perdido.
Lysariel se acercó un poco más.
—Pero no tienes que fingir que estás bien.
Velar permaneció en silencio.
Ella apoyó suavemente la cabeza sobre su hombro.
—Estoy aquí.
Por primera vez desde que había abandonado la sala del trono, Vaelar no apartó a alguien de su lado.
Solo cerró los ojos.
Y dejó que las lágrimas cayeran.
---
Mientras tanto, en la Costa Dragón, la guerra había terminado.
Los soldados que habían sobrevivido fueron reunidos.
Miles.
Hombres que habían defendido las murallas.
Hombres que habían luchado en las calles.
Hombres que habían permanecido junto a su rey hasta el último momento.
Grindel caminó frente a ellos.
Los observó.
Uno de los orcos se acercó.
—¿Qué hacemos con los prisioneros?
Grindel miró al ejército derrotado.
—Ejecutarlos.
Los soldados comenzaron a murmurar.
Grindel levantó la voz.
—Todos.
No hubo excepción.
Los soldados de la Costa Dragón fueron ejecutados.
La última fuerza que podía reclamar el reino desapareció aquella noche.
Después, Grindel caminó hasta las puertas del castillo.
Los orcos y gigantes lo siguieron.
Las enormes puertas se abrieron.
El salón del trono estaba destruido.
Había sangre sobre el suelo.
Las banderas de la Costa Dragón habían caído.
Grindel caminó lentamente hasta el trono.
Se detuvo frente a él.
Miró el asiento que durante toda su vida había deseado.
El mismo trono que había pertenecido a su padre.
El mismo trono que había ocupado Valerion.
Grindel puso una mano sobre el respaldo.
Después se sentó.
Los orcos comenzaron a entrar.
Los gigantes ocuparon el salón.
Miles de voces comenzaron a rugir desde las calles.
—¡Rey Grindel!
—¡Rey Grindel!
—¡Rey Grindel!
Grindel levantó la cabeza.
Los estandartes de los orcos comenzaron a ondear junto a las banderas conquistadas de la Costa Dragón.
El ejército levantó sus armas.
Los gigantes golpean el suelo.
El sonido retumbó por todo el castillo.
Grindel se puso de pie.
—Durante años me dijeron que nunca tendría este trono.
Los orcos respondieron con gritos.
—Me dijeron que siempre sería el segundo.
Levantó su espada.
—Hoy ya no soy el segundo.
El rugido fue ensordecedor.
—Hoy soy el rey.
Miles de armas se levantaron hacia el cielo.
Los orcos golpean sus escudos.
Los gigantes hicieron temblar las paredes.
Y mientras la celebración comenzaba dentro del castillo conquistado, Grindel contempló desde lo alto el reino que acababa de tomar.
La Costa Dragón había caído.
Su rey había muerto.
Su ejército había sido destruido.
Su príncipe había huido.
Y en aquel trono, rodeado por orcos y gigantes que gritaban su nombre, Grindel fue proclamado nuevo rey de la Costa Dragón.
El usurpador había ganado.
Y el reino que una vez perteneció a su hermano ahora estaba bajo su corona.
Vaelar y los Elfos