Capítulo 8 La caída de la Costa Dragón
Parte I
La noche había caído sobre la Costa Dragón.
En el castillo, todo parecía tranquilo.
Las antorchas iluminaban los corredores y los guardias permanecían en sus puestos sobre las murallas. En las cocinas todavía se preparaban las últimas comidas de la noche y, en las calles de la ciudad, algunos comerciantes comenzaban a cerrar sus negocios.
Nadie sabía lo que estaba ocurriendo en la frontera.
Nadie había escuchado la campana.
La enorme campana que durante generaciones había servido para anunciar cualquier amenaza seguía destruida entre los restos de la muralla.
Y mientras el castillo dormía, el ejército de Grindel continuaba avanzando.
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Las puertas de la sala del trono se abrieron violentamente.
Un soldado entró corriendo.
Tenía la armadura cubierta de polvo y sangre.
Su respiración era tan agitada que apenas podía hablar.
Valerion se encontraba de pie junto a la mesa donde había estado revisando algunos documentos.
Al verlo, levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
El soldado intentó recuperar el aire.
—Mi rey...
Valerion caminó hacia él.
—Habla.
El hombre tragó saliva.
—La frontera...
Valerion frunció el ceño.
—¿Qué sucede con la frontera?
El soldado bajó la cabeza.
—Ha caído.
Durante unos segundos, nadie habló.
Valerion permaneció inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—La frontera ha caído, mi rey.
Uno de los hombres presentes dio un paso adelante.
—Eso es imposible.
El soldado negó con la cabeza.
—No lo es.
Valerion lo miró fijamente.
—¿Cuántos?
—No lo sabemos.
—¿Quién atacó?
El soldado respiró profundamente.
—Orcos.
Valerion cerró lentamente los ojos.
Ya lo sabía.
Pero necesitaba escucharlo.
—¿Cuántos?
El soldado levantó la mirada.
—Miles.
Valerion sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Miles de orcos?
—Y gigantes.
La sala quedó completamente en silencio.
Valerion miró hacia la mesa.
Sobre ella había mapas de la Costa Dragón.
Durante años había estudiado aquellas tierras.
Sabía cuánto tiempo necesitaba un ejército para atravesarlas.
Sabía dónde estaban sus fortalezas.
Sabía dónde se encontraban sus puestos de vigilancia.
Y ahora una de sus primeras líneas de defensa había desaparecido.
—¿La campana?
El soldado bajó la cabeza.
—Fue destruida antes de que pudieran tocarla.
Valerion apretó los puños.
—Entonces nadie fue avisado.
—No, mi rey.
El rey se quedó mirando el mapa.
Comprendió entonces lo que aquello significaba.
El ataque no había sido improvisado.
Habían esperado.
Habían estudiado la frontera.
Habían encontrado la forma de entrar sin darle tiempo al reino de prepararse.
Valerion levantó lentamente la cabeza.
—¿Quién está al mando?
El soldado dudó.
—Mi rey...
—Dímelo.
—Grindel.
El nombre cayó sobre la sala como una piedra.
Valerion no reaccionó inmediatamente.
Solo miró al soldado.
Cinco años.
Cinco años desde que su hermano había desaparecido.
Cinco años sin saber exactamente dónde estaba.
Cinco años preguntándose cuándo volvería.
Y ahora había regresado.
No como prisionero.
No como fugitivo.
Sino al frente de un ejército.
Valerion caminó hasta la ventana.
Desde allí podía ver las luces de la ciudad.
La Costa Dragón seguía durmiendo.
Todavía no sabían que la guerra había comenzado.
—Cierren las puertas del castillo.
Los guardias se miraron.
—Mi rey...
—¡Ahora!
Los hombres salieron corriendo.
Valerion se volvió hacia los demás.
—Despierten a todos los comandantes.
—Sí, mi rey.
—Quiero soldados en las murallas antes del amanecer.
—¿Y la ciudad?
Valerion respondió inmediatamente.
—Que nadie abandone las calles todavía.
—¿No debemos evacuar?
Valerion observó nuevamente el mapa.
—Todavía no.
Tomó una pieza de madera y la colocó sobre la frontera.
Después tomó otra.
—¿Cuánto tardarán en llegar hasta aquí?
El comandante observó las posiciones.
—Si avanzan sin detenerse...
Hizo una pausa.
—Poco tiempo.
Valeria cerró los ojos durante un instante.
—Entonces no tenemos tiempo que perder.
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Las campanas del castillo comenzaron a sonar.
Esta vez sí.
Pero ya no era una campana de advertencia lejana.
Era una llamada para la guerra.
Los soldados comenzaron a abandonar sus habitaciones.
Las puertas se abrieron.
Las armaduras fueron colocadas.
Las espadas salieron de sus fundas.
Los establos se llenaron de hombres preparando caballos.
Los corredores del castillo se convirtieron en un caos de soldados corriendo de un lado a otro.
Valerion permanecía en la sala de guerra.
Frente a él había varios comandantes.
Uno de ellos extendió un mapa.
—Mi rey, si Grindel tomó la frontera, su objetivo será llegar hasta la capital.
Valerio señaló una zona.
—Aquí.
—¿Qué hay allí?
—Una antigua ruta hacia el interior.
El comandante observó el mapa.
—Podría utilizarla para avanzar más rápido.
—Exactamente.
Valerion tomó otra pieza.
—Quiero que envíen hombres aquí.
—¿Cuántos?
—Todos los que podamos reunir sin dejar indefenso el castillo.
Otro comandante intervino.
—Mi rey, si el ejército de Grindel es tan grande como dicen, dividir nuestras fuerzas podría ser peligroso.
Valerion lo miró.
—¿Y qué propones?
El hombre permaneció en silencio.
—Eso pensé.
Valerion volvió al mapa.
—No vamos a perseguirlos.
—¿Entonces?
—Vamos a obligarlos a venir hacia nosotros.
Los comandantes se miraron.
Valerio señaló las posiciones defensivas.
—Quiero reforzar las murallas.
—Sí, mi rey.
—Quiero arqueros en las torres.
—Sí.
—Quiero reservar dentro de la ciudad.
—Entendido.
—Y quiero que cada soldado sepa exactamente dónde debe estar.
Valerion levantó la mirada.
—No quiero caos cuando lleguen.
La sala quedó en silencio.
—Quiero disciplina.
Los comandantes asintieron.
Valerion sabía que aquella noche no podía permitirse ser solamente un padre.
Ni un hermano.
Ni un hombre que acababa de descubrir que el pasado había regresado para buscarlo.
Era el rey.
Y miles de vidas dependían de las decisiones que tomará durante las próximas horas.
—Cierren todas las puertas.
—Mi rey, eso también dejará fuera a civiles.
Valerion respondió:
—Entonces asegúrense de que nadie quede fuera.
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Mientras tanto, lejos del castillo...
El ejército de Grindel continuaba avanzando.
Las antorchas se extendían por el camino como un río de fuego.
Miles de orcos caminaban en silencio.
Ya no gritaban.
Ya no celebraban.
Habían pasado la primera frontera.
Ahora estaban dentro de la Costa Dragón.
Los gigantes avanzaban entre las filas.
Sus enormes pasos golpeaban la tierra.
Detrás de ellos venían las máquinas de guerra.
Los carros cargados con armas.
Los suministros.
Las enormes piedras utilizadas para derribar las murallas.
Todo avanzaba hacia el interior.
Grindel cabalgaba al frente.
No llevaba prisa.
No la necesitaba.
Miraba las tierras que durante tantos años había imaginado.
La Costa Dragón.
La tierra de su hermano.
La tierra que consideraba suya.
A su alrededor, algunos soldados hablaban en voz baja.
Otros miraban las ciudades que comenzaban a aparecer en la distancia.
Grindel permanecía tranquilo.
Un orco se acercó.
—Mi rey.
Grindel giró la cabeza.
—Habla.
—La frontera ha caído por completo.
—¿Cuántas bajas?
—Muchas.
Grindel permaneció unos segundos en silencio.
—Continúen avanzando.
El orco hizo una reverencia.
—Sí, mi rey.
Se alejó.
Grindel volvió a mirar hacia delante.
A lo lejos podían verse las primeras luces de los asentamientos de la Costa Dragón.
Habían pasado cinco años desde que había abandonado la prisión.
Cinco años preparando aquel momento.
Cinco años reuniendo soldados.
Cinco años consiguiendo armas.
Cinco años construyendo máquinas.
Cinco años esperando volver a caminar por aquella tierra.
Y ahora estaba allí.
Grindel levantó la mirada hacia el cielo.
La noche estaba despejada.
Las estrellas brillaban sobre el ejército.
—Hermano... —murmuró.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
—Ya voy por ti.
Detrás de él, más de cien mil orcos y gigantes continuaron avanzando.
La Costa Dragón todavía no podía verlos.
Pero cada minuto que pasaba estaban más cerca.
En el castillo, los soldados corrían hacia las murallas.
En las aldeas, las primeras familias comenzaban a escuchar rumores.
Los caballos estaban preparados.
Las armas eran distribuidas.
Las puertas se cerraban.
Y mientras toda la Costa Dragón comenzaba lentamente a comprender que algo terrible se acercaba...
Grindel seguía avanzando.
Sin detenerse.
Sin apresurarse.
Como un hombre que llevaba cinco años caminando hacia el mismo destino.