Capítulo 7 El Usurpador
Parte II
Grindel caminaba al frente de la columna.
Detrás de él avanzaban los orcos que habían escapado de la prisión, todavía marcados por los años de encierro.
Algunos llevaban viejas armas arrebatadas a los guardias.
Otros habían conseguido armaduras durante la fuga.
A su lado caminaban los gigantes, enormes figuras que hacían temblar la tierra con cada paso.
Habían dejado atrás la prisión.
Habían dejado atrás las cadenas.
Y ahora marchaban hacia un nuevo destino.
Grindel observaba el horizonte con los ojos fijos en el camino.
Sabía perfectamente hacia dónde se dirigían.
Sabía también que lo que estaba a punto de hacer no sería sencillo.
Quería enfrentarse a su hermano.
Quería recuperar el trono.
Pero esta vez no estaba solo.
Tenía orcos.
Tenía gigantes.
Y, sobre todo, tenía cinco años de preparación detrás de él.
Gorgor, uno de los orcos que caminaba cerca de Grindel, rompió el silencio.
—Grindel, ¿hacia dónde nos dirigimos?
Grindel giró ligeramente la cabeza.
—¿Hacia dónde crees?
Gorgor frunció el ceño.
—No lo sé. Tú eres quien nos ha sacado de aquella prisión.
Grindel sonrió.
—Vamos a mi reino.
Los orcos intercambiaron miradas.
Un gigante que caminaba unos pasos detrás levantó la voz.
—Espero que tengas una buena oferta para nuestro rey.
Grindel se detuvo por un instante.
Miró hacia atrás.
El gigante era Ymir, uno de los que había decidido seguirlo desde la prisión.
—No tendrás que preocuparte por eso, Ymir.
—Espero que cumplas con tu palabra de liberarnos de la Costa Dragón.
Grindel volvió a sonreír.
—Claro que la cumpliré.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Cuando llegue el momento, ningún gigante volverá a vivir bajo las órdenes de la Costa Dragón. Podrán caminar por sus propias tierras, levantar sus propias casas y vivir sin que ningún rey decida hasta dónde pueden llegar.
Algunos gigantes asintieron.
Grindel continuó caminando.
—Y no solamente ellos.
Miró a los orcos.
—Los orcos también serán libres.
Los soldados comenzaron a murmurar entre ellos.
Grindel levantó la voz.
—Después de que escapamos, nadie vino a buscarnos.
Algunos orcos soltaron una carcajada.
—Mi hermano debe estar asustado.
Las risas aumentaron.
Grindel se permitió sonreír.
—Quizá esté preguntándose dónde está su hermano menor. Quizá todavía creo que sigo encerrado. Quizá piense que aquella prisión todavía es suficiente para mantenerme lejos de su corona.
Se detuvo.
—Pero ya no estoy allí.
Los orcos levantaron sus armas.
Grindel los observó.
—Esperemos que sus ejércitos estén preparados.
—¡Estamos contigo! —gritó uno de los orcos.
—¡Estamos contigo! —respondieron otros.
Grindel sonrió.
—Entonces caminemos.
---
Después de varios días de marcha, llegaron al continente orco.
Grindel nunca había estado allí.
Durante unos segundos simplemente observó.
El continente era completamente distinto a la Costa Dragón.
Las enormes construcciones de piedra se levantaban por encima de las calles. Había torres destinadas a vigilar las fronteras, enormes murallas y edificios construidos con una arquitectura que hablaba de generaciones enteras de orcos.
Por las calles caminaban guerreros.
Muchos entrenaban desde niños.
Algunos luchaban con espadas.
Otros utilizaban enormes hachas.
Los más jóvenes observaban desde las zonas de entrenamiento mientras los guerreros adultos les enseñaban a combatir.
Grindel contempló aquello en silencio.
Había encontrado exactamente lo que necesitaba.
Un pueblo acostumbrado a la guerra.
Un ejército enorme.
Y una tierra donde su nombre todavía no significaba nada.
Eso podría cambiar.
Caminaron durante tres largos días.
Al cuarto día llegaron finalmente al lugar donde se encontraba el rey de los orcos.
Los enormes portones se abrieron.
Cientos de guerreros se encontraban allí.
Cuando Grindel entró acompañado por los prisioneros fugados, todos comenzaron a inclinarse.
Todos menos él.
Al fondo apareció el rey Brakka.
Era un orco enorme, cubierto con una armadura pesada.
Caminó lentamente hasta quedar frente a Grindel.
Miró a los demás.
Después volvió a mirar al hombre que permanecía de pie.
—¿Por qué no te inclinas?
Grindel no respondió.
Brakka dio otro paso.
—¿Quieres que arranque tu pequeña cabeza?
Los orcos permanecieron en silencio.
Grindel levantó ligeramente el mentón.
—Un rey no se inclina ante otro rey.
Durante unos segundos nadie respiró.
Brakka comenzó a reír.
Una carcajada profunda recorrió el salón.
Pero nadie más se rio.
La sonrisa del rey desapareció lentamente.
Miró a sus guerreros.
Nadie se había atrevido a reír con él.
Entonces volvió sus ojos hacia Grindel.
—Eres un insolente.
Grindel permaneció inmóvil.
—Puedes agacharte para que pueda contarte una historia.
Brakka frunció el ceño.
La curiosidad pudo más que su orgullo.
Se inclinó ligeramente.
—Habla.
Grindel dio un paso hacia él.
—Había una vez un niño que quería ser rey.
Brakka lo observaba.
—Pero su padre le decía: "Tú eres el segundo. No puedes ser rey".
Grindel sonrió.
—Ese niño creció escuchando las mismas palabras una y otra vez. Segundo. Nunca antes. Nunca suficiente. Siempre detrás de alguien más.
El rostro de Brakka comenzó a cambiar.
—¿Por qué me cuentas estas cosas?
Grindel lo miró directamente a los ojos.
—Porque quiero hacerte una pregunta.
Brakka no respondió.
Grindel continuó.
—¿Por qué no puede ser rey?
Brakka abrió la boca.
Pero no tuvo tiempo de responder.
Grindel sacó su espada.
El movimiento fue rápido.
La hoja atravesó el corazón del rey orco.
El enorme cuerpo de Brakka quedó inmóvil.
Grindel acercó su rostro al oído del rey.
—Porque no pueden haber dos reyes.
Retiró la espada.
El cuerpo de Brakka cayó al suelo.
Durante un instante, el silencio fue absoluto.
Entonces los guardias desenvainaron sus armas.
—¡Mátenlo!
Los guerreros avanzaron.
Pero antes de que pudieran llegar hasta Grindel, los orcos que habían escapado de la prisión se colocaron frente a él.
Eran cientos.
Habían pasado años juntos.
Habían compartido hambre.
Castigos.
Cadenas.
Y ahora estaban dispuestos a luchar por el hombre que los había sacado de allí.
Gorgor levantó su arma.
—¡Nadie toca a Grindel!
Los guardias se detuvieron.
Grindel observó la escena.
Luego levantó lentamente la espada.
—Todo aquel que no esté conmigo morirá.
Su voz recorrió el salón.
—No he venido hasta aquí para pedir permiso.
Miró el cadáver de Brakka.
—He venido para cambiar quién se sienta en ese trono.
Después miró a los demás orcos.
—Pueden matarme ahora mismo.
Nadie se movió.
—O pueden escucharme.
Grindel caminó hasta quedar frente a todos.
—Han vivido bajo reyes que les han dicho qué hacer. Han vivido encerrados en este continente. Han permitido que otros decidan cuánto vale un orco y cuánto vale un gigante.
Señaló hacia el cadáver.
—¿Y qué les dio él?
Silencio.
—Una corona.
Grindel dejó caer la mirada sobre el cuerpo.
—Una corona no convierte a un hombre en rey.
Levantó los ojos.
—Un rey protege a su pueblo. Un rey lucha por él. Un rey abre las puertas de su reino y no permite que otro hombre venga a pisotearlo.
Su voz comenzó a elevarse.
—Díganme entonces...
Grindel señaló el cadáver.
—¿Su rey realmente era un rey?
Nadie respondió.
—¿O solamente tenía la corona?
Algunos orcos comenzaron a murmurar.
Grindel caminó lentamente entre ellos.
—Durante años la Costa Dragón ha mirado hacia este continente y ha visto criaturas que debía mantener alejadas.
Se detuvo.
—Pero mi madre me contó algo.
Los guerreros escuchaban.
—Me contó que estas tierras alguna vez pertenecieron a los orcos.
Grindel apretó la mandíbula.
—Me contó que la Costa Dragón no siempre fue lo que es hoy.
Levantó la espada.
—Entonces es hora de recuperarla.
Un murmullo recorrió a los miles de guerreros.
Grindel subió los escalones que conducían al trono.
Se detuvo frente a él.
No se sentó.
Todavía no.
Primero se giró hacia el ejército.
—No les prometo una vida sencilla.
Silencio.
—No les prometo que nadie morirá.
Miró a los gigantes que se encontraban entre los presentes.
—Les prometo algo mucho más importante.
Su voz se hizo firme.
—Un pueblo unido.
Señaló a los orcos.
—Orcos.
Después señaló a los gigantes.
—Gigantes.
—No serán enemigos.
Algunos gigantes levantaron sus armas.
—Serán hermanos.
La multitud comenzó a rugir.
Grindel esperó.
—Y cuando llegue el momento...
Miró hacia el horizonte, como si pudiera ver la Costa Dragón desde allí.
—Cruzaremos el mar.
Su voz retumbó por todo el salón.
—No como esclavos.
Levantó la espada.
—No como prisioneros.
—No como criaturas que deben esconderse.
Sus ojos se endurecieron.
—Marcharemos como un pueblo.
El rugido fue ensordecedor.
Grindel bajó lentamente la espada.
—Quien quiera quedarse, puede hacerlo.
Nadie se movió.
—Quien quiera luchar...
Los primeros orcos comenzaron a arrodillarse.
Uno.
Luego otro.
Después decenas.
Cientos.
Miles.
Grindel observó cómo todo el ejército comenzaba a inclinarse ante él.
Más de setenta mil orcos.
Todos frente a un solo hombre.
Gorgor fue el primero entre los que habían escapado de la prisión en levantar la voz.
—¡Larga vida al rey Grindel!
La multitud respondió.
—¡Larga vida al rey Grindel!
Grindel contempló el ejército que tenía delante.
Ya no era un prisionero.
Ya no era el segundo hijo.
Ya no era el hermano menor.
Ahora tenía un reino.
Tenía un ejército.
Y tenía una corona esperando por él.
Parte II: Final
Habían pasado cinco años desde que Grindel había matado al rey de los orcos.
Cinco años desde que tomó aquella corona.
Cinco años en los que los orcos y los gigantes habían trabajado sin descanso.
Durante todo ese tiempo fabricaron armas, entrenaron nuevos guerreros, estudiaron estrategias y construyeron enormes máquinas de guerra capaces de derrumbar las murallas más fuertes.
Nada había sido dejado al azar.
Cada espada había sido preparada.
Cada arco había sido revisado.
Cada máquina había sido construida con un único propósito.
Llegar hasta la Costa Dragón.
Aquella noche, más de cien mil orcos y gigantes permanecían reunidos frente a Grindel.
El ejército se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Miles de antorchas iluminaban la oscuridad.
Los escudos chocaban entre sí.
Las armas eran levantadas hacia el cielo.
Los gigantes permanecían detrás de las primeras filas, enormes incluso entre aquel ejército.
Grindel caminó lentamente hasta quedar frente a todos.
El ruido comenzó a desaparecer.
Uno por uno, los guerreros dejaron de hablar.
Hasta que solo quedó el sonido del viento.
Grindel levantó la mirada.
—Hermanos.
Su voz recorrió las filas.
—Hermanas.
Miles de ojos estaban sobre él.
—Hoy...
Hizo una pausa.
—Al fin veremos la caída de la Costa Dragón.
El ejército rugió.
Los orcos golpean sus escudos con sus espadas.
Los gigantes hicieron temblar el suelo al levantar sus armas.
Grindel esperó a que el estruendo disminuyera.
—Durante demasiado tiempo vivimos en la sombra.
Su voz se hizo más fuerte.
—Durante demasiado tiempo nos dijeron qué hacer, dónde ir y cuánto valemos.
Levantó su espada.
—¡Eso termina esta noche!
El ejército volvió a rugir.
—¡Nunca más viviremos bajo la sombra de la Costa Dragón!
Los orcos golpean sus escudos.
—¡Nunca más permitiremos que otros decidan nuestro destino!
Grindel señaló hacia el mar.
—¡Hoy seremos libres!
El grito de más de cien mil guerreros sacudió la noche.
Entonces Grindel bajó lentamente la espada.
Su rostro cambió.
—Quiero que maten a cada persona y criatura que encuentren en la Costa Dragón.
El ejército se quedó en silencio durante un instante.
—No dejen a nadie vivo.
Los orcos levantaron sus armas.
Grindel continuó:
—Quiero a mi hermano vivo.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Y a su estúpido hijo...
Hizo una pausa.
—Lo convertiré en mi esclavo.
Las carcajadas comenzaron a extenderse entre el ejército.
Grindel levantó nuevamente la espada.
—¿Están listos?
—¡¡SÍ!!
El rugido se perdió en la oscuridad.
---
Los barcos comenzaron a abandonar las costas.
Uno tras otro.
Decenas.
Después cientos.
El ejército atravesó el mar durante tres días.
El agua golpeaba los enormes barcos mientras los guerreros permanecían preparados.
Al tercer día, finalmente apareció la frontera de la Costa Dragón.
La enorme puerta se levantaba frente a ellos.
Una construcción gigantesca protegía la entrada al reino.
Era de noche.
Las murallas permanecían casi completamente oscuras.
Los soldados de la Costa Dragón no sabían lo que se acercaba.
Grindel observó la fortaleza desde su barco.
—Ahora.
Casi veinte mil orcos levantaron sus arcos.
Las flechas comenzaron a encenderse.
Una tras otra.
Miles de pequeñas llamas aparecieron en la oscuridad.
—¡Disparen!
El cielo se llenó de fuego.
Las flechas atravesaron la noche y cayeron sobre la muralla.
Los soldados corrieron desesperados.
Gritos.
Órdenes.
Confusión.
Pero no hubo tiempo.
La campana que debía alertar al resto de la Costa Dragón fue alcanzada por una lluvia de flechas.
El metal se partió.
La campana cayó.
El sonido que debía anunciar la invasión nunca llegó.
Los orcos desembarcaron.
Las enormes máquinas de guerra comenzaron a avanzar.
Los gigantes empujaban algunas de ellas mientras cientos de guerreros ayudaban a moverlas.
Una de las máquinas se detuvo frente a la enorme puerta.
La piedra fue colocada.
El mecanismo comenzó a tensarse.
Los guerreros retrocedieron.
Y entonces...
¡BOOM!
La primera piedra salió disparada.
Golpeó la puerta.
La madera y el metal temblaron.
Los soldados retrocedieron.
Otra piedra fue colocada.
¡BOOM!
Otra.
Y otra.
La puerta comenzó a agrietarse.
Los defensores intentaban reaccionar, pero el ataque había comenzado demasiado rápido.
Las máquinas continuaron disparando.
Los orcos gritaban.
Los gigantes empujaban.
Las flechas atravesaban la noche.
La puerta finalmente cedió.
Un enorme estruendo recorrió la frontera.
La entrada de la Costa Dragón había caído.
Los orcos entraron.
Los gigantes avanzaron detrás de ellos.
La batalla se convirtió en una masacre.
Espadas chocaron.
Los gritos llenaron el campo.
El fuego iluminó la oscuridad.
Los cuerpos comenzaron a cubrir el suelo.
Aquella noche sería recordada como una de las más sangrientas de la historia de la Costa Dragón.
Casi quince mil hombres murieron.
Pero el ejército de Grindel continuó avanzando.
No se detuvo.
No retrocedió.
No había llegado hasta allí para conquistar una frontera.
Había llegado para tomar un reino.
Y mientras las llamas continuaban iluminando la noche, Grindel avanzaba detrás de su ejército.
Cada paso lo acercaba más al castillo.
Cada paso lo acercaba más al trono.
Y, por primera vez en cinco años...
Grindel volvía a caminar hacia la Costa Dragón.
La caída de la Costa dragón