Leon Del Norte Capítulo 6 El último día de Thorgaard
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Capítulo 6 El último día de Thorgaard

El invierno había llegado lentamente a la Costa Dragón.

Las mañanas eran más frías y el viento recorría las torres del castillo haciendo que las banderas ondearan sobre las murallas. Los días parecían más cortos y las noches llegaban antes.

Habían pasado algunos meses desde la visita del rey Lysander.

La vida en el castillo había continuado con normalidad.

Velar seguía entrenando con Aznar.

Valerion continuaba gobernando.

Y Thorgaard seguía caminando por los mismos pasillos que había recorrido durante tantos años.

Pero algo había cambiado.

El anciano ya no caminaba con la misma rapidez.

Sus pasos eran más lentos.

A veces necesitaba detenerse unos segundos antes de continuar.

Y aunque nunca se quejaba, quienes lo conocían podían verlo.

La edad finalmente había comenzado a alcanzarlo.

Aquella mañana, Thorgaard despertó antes del amanecer.

Abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos permaneció mirando el techo de su habitación.

Después se sentó sobre la cama.

Le dolían las piernas.

También la espalda.

Sonrió para sí mismo.

—Ochenta y cinco años... —murmuró—. Ya era hora.

Se levantó con dificultad y caminó hasta la ventana.

Desde allí podía ver parte de la Costa Dragón.

El sol todavía no había aparecido.

Las luces del castillo comenzaban a encenderse una por una.

Thorgaard permaneció mirando aquel paisaje.

Lo había visto durante décadas.

Había visto cambiar las torres.

Había visto llegar a los reyes.

Había visto morir hombres.

Había visto nacer niños.

Y entre todos esos recuerdos había uno que siempre ocupaba un lugar especial.

Bailar.

El pequeño príncipe que había sostenido en sus brazos cuando apenas era un bebé.

Thorgaard sonrió.

—Y pensar que ahora ya tiene quince años.

---

Valerion estaba desayunando cuando Thorgaard entró en el salón.

El rey levantó la mirada.

—Buenos días, viejo amigo.

Thorgaard sonrió.

—Buenos días, mi lord.

Valerio señaló una silla.

—Siéntate.

Thorgaard obedeció lentamente.

Valerion lo observó.

—¿Te ocurre algo?

—Nada que no le ocurra a cualquier hombre de mi edad.

Valerion dejó los cubiertos.

—No me gusta cuando hablas así.

Thorgaard soltó una pequeña risa.

—¿Cómo quieres que hable? ¿Como si tuviera veinte años?

—Preferiría eso.

—Entonces tendrás que acostumbrarte a verme caminar despacio.

Valerion sonrió, aunque sus ojos permanecieron serios.

—Todavía recuerdo cuando corrías más rápido que yo.

—Y yo recuerdo cuando tú no podías mantenerte en pie después de entrenar.

Valerion soltó una carcajada.

—Eso fue hace mucho.

—Demasiado.

Los dos hombres permanecieron unos segundos en silencio.

Valerion miró a su viejo amigo.

—¿Te sientes bien?

Thorgard asintió.

—Sí.

—Promételo.

Thorgaard sonrió.

—Estoy bien, Valerion.

El rey asintió.

Pero aquella respuesta no consiguió tranquilizarlo completamente.

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Más tarde, Velar estaba entrenando en el patio.

Aznar lo observaba mientras el joven practicaba con la espada.

—Otra vez.

Velar respiró profundamente.

—Llevo dos horas haciendo lo mismo.

—Entonces hazlo una tercera.

—Eres insoportable.

—Y tú sigues hablando demasiado.

Velar volvió a levantar la espada.

Realizó el movimiento.

Aznar asintió.

—Mejor.

Velar sonrió.

—¿Eso significa que finalmente admites que soy bueno?

—Significa que hoy cometiste un error menos.

—Eso es prácticamente un cumplido viniendo de ti.

Aznar soltó una pequeña carcajada.

Desde uno de los corredores, Thorgaard observaba la escena.

Velar lo vio.

—¡Thorgaard!

El anciano levantó una mano.

Velar guardó la espada y corrió hacia él.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a ver cómo mi príncipe se convierte en un guerrero.

Velar sonrió.

—Entonces viste que casi lo vencí.

Aznar levantó la voz desde el patio.

—¡Casi no cuenta!

Valar se giró.

—¡Nadie te preguntó!

Thorgaard comenzó a reír.

Velar volvió junto a él.

—¿Quieres caminar?

—Claro.

Los dos comenzaron a recorrer el patio.

Velar caminaba rápidamente.

Después de unos pasos se dio cuenta de que Thorgaard estaba detrás.

Se detuvo.

—Perdón.

Thorgaard sonrió.

—No pasa nada.

Velar disminuyó el paso.

—Podemos ir más despacio.

—Eso está mejor.

Caminaron juntos.

—Thorgaard.

—¿Sí?

—¿Te acuerdas cuando me viste por primera vez?

El anciano sonrió.

—¿Cómo podría olvidarlo?

—Yo no me acuerdo.

—Eso es porque eras un bebé.

Velar soltó una carcajada.

—Entonces cuéntamelo.

Thorgaard lo miró.

—Eres pequeño.

—Eso ya lo sé.

—Muy pequeño.

—Thorgaard.

—Y llorabas muchísimo.

Velar abrió los ojos.

—¿Yo?

—Muchísimo.

—No te creo.

—Tu padre tampoco dormía.

Velar comenzó a reír.

—Pobre padre.

Thorgaard sonrió.

—Tu madre había muerto aquel mismo día.

La sonrisa de Velar desapareció lentamente.

Thorgaard continuó caminando.

—Todos estábamos preocupados por tu padre. Pero cuando te tuvieron entre sus brazos, eras lo único que podía mirar.

Velar permaneció en silencio.

—Eras pequeño, pero recuerdo tus ojos.

—¿Qué tenían?

Thorgaard sonrió.

—Parecía que estabas buscando algo.

Velar bajó la mirada.

—Ojalá hubiera podido conocerla.

Thorgaard se quedó callado unos segundos.

Después puso una mano sobre su hombro.

—Quizá no pudiste conocerla, pero llevas una parte de ella contigo.

Velar tocó instintivamente el lugar donde normalmente llevaba su espada.

Thorgaard lo vio.

—Sí.

Velar sonrió.

—Me gusta hablar contigo.

—Y a mí me gusta escucharte.

Continuaron caminando.

Ninguno sabía que aquel sería uno de sus últimos paseos.

---

Los días siguientes pasaron.

Thorgaard comenzó a permanecer más tiempo en su habitación.

Valerion iba a visitarlo todos los días.

A veces hablaban durante horas.

Otras veces simplemente permanecían sentados.

No necesitaban hablar.

Habían sido amigos durante demasiados años.

Una tarde, Valerion entró en la habitación.

Thorgaard estaba sentado junto a la ventana.

—¿Otra vez mirando la Costa?

—Nunca me cansé de verla.

Valerion se sentó junto a él.

—¿Recuerdas cuando llegamos aquí?

Thorgaard sonrió.

—Éramos unos niños.

—Pensábamos que viviríamos para siempre.

—Todos los jóvenes piensan eso.

Valerion bajó la mirada.

—No quiero perderte.

Thorgaard lo miró.

—Valerion...

—No.

El rey negó con la cabeza.

—No quiero escucharlo.

Thorgaard sonrió.

—Siempre fuiste terco.

—Y tú siempre fuiste demasiado tranquilo.

—Alguien tenía que serlo.

Valerion soltó una pequeña risa.

Después volvió a quedarse serio.

—Has estado conmigo durante toda mi vida.

—Y tú has estado conmigo durante gran parte de la mía.

—No sé qué haré cuando no estés.

Thorgaard lo miró durante unos segundos.

—Seguirás adelante.

Valerion no respondió.

Thorgaard continuó:

—Eso hacen los hombres cuando pierden a alguien.

El rey respiró profundamente.

—No quiero que llegue ese día.

Thorgaard miró por la ventana.

—Yo tampoco.

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Una noche, Valerion recibió la noticia.

Thorgaard estaba peor.

El rey abandonó inmediatamente sus aposentos.

Cruzó los pasillos del castillo casi corriendo.

Cuando entró en la habitación, encontró a Thorgaard acostado.

El anciano abrió los ojos.

—Sabía que vendrías.

Valerion se acercó.

—Claro que vendría.

Se sentó junto a él.

Durante unos segundos ninguno habló.

—¿Dónde está Vaelar? —preguntó Thorgaard.

Valerion bajó la mirada.

—Está durmiendo.

Thorgaard sonrió.

—Mejor.

—¿Quieres que lo llame?

Thorgaard negó lentamente.

—No.

Valerion lo miró.

—Quiero recordarlo como lo vi esta mañana.

El rey entendió.

—Está bien.

Thorgaard respiró lentamente.

—Valerion.

—Aquí estoy.

—Cuida de él.

El rey apretó la mandíbula.

—Siempre lo haré.

Thorgaard cerró los ojos durante unos segundos. —Será un gran rey.

Valerion sonrió con tristeza.

—Eso espero.

—Lo será.

El anciano respiró profundamente.

—Y cuando llegue ese día...

Su voz se hizo más débil.

—Dile que siempre estuve orgulloso de él.

Valerion tomó su mano.

—Se lo diré.

Thorgaard sonrió.

Permaneció unos segundos en silencio.

Después abrió los ojos una última vez.

Miró a su viejo amigo.

—Gracias.

Valerion apretó su mano.

—No me des las gracias.

Thorgaard sonrió.

—Por todo.

Valerion sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Gracias a ti.

Thorgaard cerró lentamente los ojos.

Y esta vez no volvió a abrirlos.

El rey permaneció inmóvil.

Durante unos segundos no pudo aceptar lo que acababa de ocurrir.

Miró a su amigo.

Aquel hombre que había estado a su lado durante tantos años.

El hombre que había visto nacer a su hijo.

El hombre que había permanecido junto a su familia durante generaciones.

Ya no estaba.

Valerion inclinó la cabeza.

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

No hubo gritos.

No hubo palabras.

Solo silencio.

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La noticia llegó a Bailar al amanecer.

El príncipe entró en la habitación acompañado por Leonor.

Cuando vio a su padre sentado junto a la cama, supo que algo estaba mal.

—Padre...

Valerion levantó la mirada.

Velar observó a Thorgaard.

Se quedó quieto.

—No...

Caminó lentamente hacia la cama.

—Thorgaard.

No hubo respuesta.

Velar tomó su mano.

Estaba fría.

—Thorgaard...

Su voz se quebró.

Valerion se levantó.

—Hijo...

Velar negó con la cabeza.

—No.

Apretó la mano del anciano.

—Me dijo que se cuidaría.

Valerion sintió que algo se rompía dentro de él.

Se acercó a su hijo y lo abrazó.

Bailar no dijo nada.

Simplemente lloró contra el pecho de su padre.

Valeria cerró los ojos.

También lloró.

No intentó esconderlo.

Por primera vez, Vaelar vio a su padre completamente destruido.

Y comprendió que algunas pérdidas podían hacer llorar incluso a los reyes.

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El funeral se celebró unos días después.

La gente de la Costa Dragón llenó las calles.

Thorgaard había vivido lo suficiente para ser conocido por generaciones enteras.

Soldados.

Sirvientes.

Habitantes del reino.

Todos acudieron.

Velar caminaba junto a su padre.

Ninguno decía una palabra.

Cuando llegaron al lugar donde sería enterrado, Vaelar miró el sepulcro.

Recordó sus conversaciones.

Recordó sus historias.

Recordó aquella última vez que Thorgaard le había dicho:

Cuídese mucho, mi príncipe.

Velar bajó la cabeza.

Valerion puso una mano sobre su hombro.

Permanecieron allí juntos.

Después, el cuerpo de Thorgaard fue colocado en su lugar definitivo.

No lejos de él descansaba el antiguo rey del continente Dragón.

Thorgaard había servido a aquella tierra durante toda su vida.

Y ahora descansaría junto al antiguo rey que había gobernado antes que Valerion.

Velar miró una última vez el lugar.

Valerion permaneció a su lado.

El viento pasó lentamente entre las tumbas.

Las banderas de la Costa Dragón ondeaban sobre ellos.

Y allí, junto al antiguo rey del continente Dragón, Thorgaard encontró finalmente su descanso.

Para Valerion, había muerto un amigo.

Para Velar, había muerto alguien que había estado allí desde el día en que nació.

Y para la Costa Dragón, aquel día desapareció una de las últimas personas que todavía recordaban los tiempos antiguos.

El usurpador parte 2