Leon Del Norte Capítulo 5 Primer amor #3
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Capítulo 5 Primer amor #3

Velar permaneció unos segundos en silencio.

—Perteneció a mi madre.

Lysariel se quedó quieta.

—¿A tu madre?

Velar asintió.

—Mi padre me contó que fue suya durante muchos años.

Miró hacia el mar.

—Ella murió el día que nací.

Lysariel bajó ligeramente la mirada.

—Lo siento.

Velar negó con suavidad.

—Nunca llegué a conocerla.

Hubo un silencio tranquilo entre ambos.

—Pero dejó la espada para mí.

Lysariel volvió a mirarlo.

—¿Antes de morir?

—Sí.

Velar acarició el lugar donde normalmente descansaba la empuñadura.

—Mi padre me contó que pidió que me la entregaran cuando cumpliera doce años.

—¿Y esperaste hasta las doce?

Velar sonrió.

—No tuve elección.

Lysariel soltó una pequeña risa.

—¿Y cuando finalmente te la dieron?

—No quería soltarla.

—¿Por qué?

Velar miró el horizonte.

—Porque era algo que había pertenecido a ella.

Lysariel permaneció en silencio.

Velar continuó:

—Nunca tuve la oportunidad de escuchar su voz ni de conocerla. Pero cuando sostuve aquella espada por primera vez sentí que tenía algo suyo conmigo.

Lysariel sonrió suavemente.

—Entonces entiendo por qué significa tanto para ti.

Velar la miró.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por entenderlo.

Ella se encogió ligeramente de hombros.

—Creo que todos tenemos algo que queremos conservar.

Velar sonrió.

—Supongo que sí.

El viento volvió a soplar.

Lysariel se levantó.

—¿Todavía falta mucho para conocer esa Costa Dragón que tanto presumes?

Velar también se levantó.

—Todavía no has visto nada.

—Entonces enséñame.

Velar sonrió.

—Ven.

Los dos continuaron caminando por el sendero.

Pasaron junto a pequeños arroyos, árboles cubiertos de flores y viejos caminos que descendían hacia la costa.

Hablaron de sus hogares.

De los libros que había leído.

De las cosas que les gustaban.

Y de las cosas que no.

A veces se reían.

A veces discutían por cosas insignificantes.

A veces simplemente caminaban en silencio.

Y mientras el sol avanzaba lentamente por el cielo, ninguno de los dos pensó en coronas, títulos o responsabilidades.

Por unas horas, Velar no fue el futuro rey de la Costa Dragón.

Lysariel no fue la princesa de un reino lejano.

Solo fueron dos jóvenes caminando juntos por un lugar que ambos querían conocer.

Y cuando regresaron al castillo aquella tarde, Vaelar descubrió algo que jamás había aprendido durante sus años de entrenamiento.

Había batallas que se ganaban con una espada.

Y había momentos que simplemente no necesitaban

Parte final

A la mañana siguiente, las puertas de la Costa Dragón se abrieron cuando el sol apenas comenzaba a iluminar las torres del castillo.

El séquito del rey Lysander atravesó las murallas y avanzó por el patio principal.

Valerion esperaba en lo alto de las escaleras.

Cuando Lysander descendió de su caballo, ambos reyes se acercaron.

—Valerion.

—Lysander.

Los dos hombres se estrecharon las manos.

Valerion sonrió.

—Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que estuvimos juntos.

—Y nuestros hijos han crecido mientras nosotros seguíamos hablando como si todavía fuéramos aquellos dos muchachos.

Valerion soltó una pequeña risa.

—Eso es porque tú sigues siendo igual de testarudo.

—Y tú sigues siendo igual de orgulloso.

Ambos rieron.

Después de intercambiar algunas palabras, entraron al castillo.

La reunión se llevaría a cabo en una sala privada, lejos del ruido del resto del palacio.

Una larga mesa ocupaba el centro de la habitación. Sobre ella habían colocado documentos y mapas relacionados con ambas tierras.

Los dos reyes tomaron asiento frente a frente.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente, Lysander rompió el silencio.

—Valerion, creo que ha llegado el momento de hablar seriamente sobre nuestros hijos.

Valerion asintió.

—También lo creo.

—Lysariel ya no es una niña.

—Nivelar.

Lysander sonrió.

—Ayer pude verlos juntos durante un momento.

Valerion levantó ligeramente las cejas.

—¿Y qué opinas?

—Que se están conociendo.

—Eso es exactamente lo que quería.

Lysander apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces hablaré directamente. Quiero que Velar y Lysariel se casen.

Valerion permaneció pensativo.

—Una boda entre ellos uniría nuestras familias.

—Y no solamente nuestras familias.

Lysander señaló el mapa que estaba sobre la mesa.

—Nuestros pueblos.

Valerion observó el mapa.

—La unión debe ser algo más que una ceremonia.

—Estoy de acuerdo.

—Si vamos a unirnos, debemos hacerlo de verdad.

Lysander asintió.

—Entonces debemos decidir quién gobernará.

Valerion levantó la mirada.

—Bailar.

Lysander permaneció en silencio.

Valerion continuó.

—No habrá dos reyes.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Valerion apoyó una mano sobre el mapa.

—Cuando llegue el momento, Velar será el único rey. Lysariel estará a su lado, pero no quiero que nuestros pueblos tengan que responder ante dos coronas diferentes.

Lysander reflexiona unos segundos.

—Eso evitará que la unión se divida entre dos coronas.

—Exactamente.

—Entonces estoy de acuerdo. Velar será el único rey.

Valerion asintió.

—Pero si nuestros pueblos van a estar unidos bajo una sola corona, nuestros ejércitos también deberán estarlo.

Lysander miró nuevamente el mapa.

—Un solo ejército.

—Un solo ejército.

—Soldados de ambas naciones.

—Sirviendo bajo la misma corona.

Lysander asintió lentamente.

—Eso también significa que nuestros soldados deberán aprender a luchar juntos.

Valerion respondió:

—No serán dos ejércitos marchando bajo la misma bandera. Será uno solo.

Lysander sonrió.

—Entonces estamos de acuerdo.

Valerion tomó uno de los documentos.

—Ahora tenemos que pensar dónde vivirán nuestros hijos.

Lysander miró el mapa.

—No quiero que Lysariel tenga que abandonar completamente su tierra.

—Ni yo quiero que Velar tenga que hacerlo.

Valerio señaló el espacio entre ambos territorios.

—Por eso construiremos un nuevo castillo entre nuestras dos tierras.

Lysander observó el punto que señalaba.

—Un castillo entre ambos pueblos.

—Será el hogar de Velar y Lysariel.

—Allí vivirán después de la boda.

—Sí.

Lysander asintió.

—Entonces no pertenece solamente a uno de nuestros pueblos.

Valerion respondió:

—Será de ambos.

Durante unos segundos observaron el mapa.

Después Lysander volvió a los documentos.

—También debemos hablar de los impuestos.

Valerion se acomodó en su asiento.

—No podemos tener dos sistemas diferentes si queremos que ambas naciones funcionen como una sola.

—Entonces deberán organizarse conjuntamente.

—Los impuestos deberán aplicarse de manera que ambas tierras puedan sostener sus responsabilidades.

Lysander asintió.

—Y los habitantes deberán saber exactamente qué deben aportar.

—Nada debe quedar dividido entre dos sistemas.

—Un solo sistema.

—Un solo sistema —repitió Valerion.

Lysander pasó a otro documento.

—Y está el comercio.

Valerion asintió.

—Es importante.

—Si vamos a unir nuestros pueblos, debemos permitir que comercian entre ellos con mayor facilidad.

—Nuevas rutas comerciales.

—Sí.

Valerio señaló el mapa.

—Rutas que conectan nuestras tierras.

—Eso permitirá que los comerciantes puedan desplazarse entre ambos pueblos.

—Y creará nuevos trabajos.

Lysander levantó la mirada.

—Eso también debemos dejarlo establecido.

—Habrá nuevos trabajos relacionados con las nuevas rutas comerciales y con la construcción del nuevo castillo.

—Y los habitantes de ambas naciones podrán participar.

—Exactamente.

Lysander tomó otro documento.

—Solo queda una cosa.

Valerion lo miró.

—La moneda.

—Si nuestros pueblos van a comerciar juntos, no podemos mantener monedas diferentes.

Valerion sonrió.

—Ya tenemos una.

Lysander levantó una ceja.

—Los Leones de oro.

—Los Leones de oro serán la moneda oficial.

Lysander asintió.

—Entonces los comerciantes de ambas tierras utilizarán la misma moneda.

—Y podrán comerciar por las nuevas rutas sin tener que dividir nuestro sistema monetario.

Lysander dejó el documento sobre la mesa.

Durante unos segundos, ambos permanecieron en silencio.

Habían hablado de una boda.

De una corona.

De un ejército.

De un castillo.

De impuestos.

De trabajos.

De comercio.

Y de una moneda.

Pero todo aquello conducía al mismo punto.

La unión de dos pueblos.

Lysander se levantó lentamente.

Valerion hizo lo mismo.

—Entonces estamos de acuerdo —dijo Lysander.

Valerion extendió la mano.

—Nuestros hijos se unirán en matrimonio.

Lysander estrechó su mano.

—Velar será el único rey.

—Nuestros ejércitos serán uno.

—Construiremos un nuevo castillo entre nuestras tierras.

—Nuestros pueblos compartirán un sistema de impuestos.

—Crearemos nuevos trabajos y nuevas rutas comerciales.

—Y los Leones de oro serán la moneda oficial.

Lysander sonrió.

—Entonces nuestras tierras estarán unidas.

Valerion mantuvo su mano estrechada.

—No solo nuestras tierras.

Miró hacia las puertas de la sala.

—Nuestros hijos también.

Ambos soltaron lentamente sus manos.

Afuera, la Costa Dragón continuaba con su vida cotidiana.

Velar y Lysariel todavía no conocían todos los detalles de aquella conversación.

Para ellos, aquellos días simplemente habían sido una oportunidad para conocerse.

Pero en aquella habitación, sus padres habían hablado del futuro.

Y mientras el sol descendía lentamente sobre las torres del castillo, dos reyes acababan de poner sobre la mesa los primeros acuerdos de una unión que cambiaría la forma en que sus pueblos vivirían juntos.

Fin del capítulo

La muerte de un gran hombre