Leon Del Norte Capítulo 5 Primer amor #2
24%

Capítulo 5 Primer amor #2

—¿Tú crees en la profecía de la caída de la Costa?

La sonrisa de Thorgaard desapareció ligeramente.

—Espero que no sea cierta.

—Pero existe, ¿verdad?

Thorgaard caminó hasta la ventana.

—Durante mucho tiempo, la magia estuvo presente en todo el mundo. Era parte de la vida. Pero desapareció.

—¿Por qué?

—Nadie lo sabe.

Velar frunció el ceño.

—Entonces, ¿cómo sabemos que alguna vez existió?

—Porque quedaron historias. Libros. Ruinas.

Thorgaard hizo una pausa.

—Y algunos aseguran que también quedaron personas capaces de ver lo que todavía no ha ocurrido.

—¿Videntes?

—Así los llamaban.

Valar se quedó pensativo.

—¿Existen?

Thorgaard sonrió.

—Algunos dicen que sí. Otros dicen que solo son cuentos para asustar a los niños en las tabernas.

—¿Y qué dicen esas historias?

El anciano volvió a mirar al príncipe.

—Que algún día la Costa Dragón caerá.

Velar permaneció en silencio.

Después apretó los puños.

—Entonces tendré que estar preparado.

Thorgaard sonrió.

—Eres idéntico a tu abuelo.

Los ojos de Bailar se iluminaron.

—¿De verdad?

Tomó rápidamente un libro que estaba sobre la mesa y lo abrió.

—Entonces dime algo.

Se acercó al anciano.

—¿Es cierto que mi abuelo derrotó él solo a un ejército de cuarenta dracónidos?

Thorgaard soltó una carcajada.

—¿Otra vez con esa historia?

—¡Respóndeme!

Thorgaard negó con la cabeza.

—Sí.

Velar abrió los ojos.

—¿De verdad?

—Lo vi con mis propios ojos.

El príncipe sonrió como un niño.

—Siempre me siento feliz cuando hablo contigo, Thorgaard.

Se levantó y abrazó al anciano.

Thorgaard correspondió al abrazo.

Por un instante, no hubo rey, ni príncipe, ni guerras, ni profecías.

Solo un viejo y el niño al que había visto crecer.

Finalmente, Thorgaard se separó.

—Ahora vaya a ver a su padre.

Velar suspiró.

—¿Tengo que hacerlo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque es el rey.

Velar hizo una mueca.

Thorgaard sonrió.

—Y porque lleva bastante tiempo esperándolo.

Valar se levantó.

—Está bien. Iré.

Thorgaard hizo una pequeña reverencia.

—Cuídese mucho, mi príncipe.

Velar sonrió.

—Tú también.

---

Velar entró en la sala del trono con la cabeza ligeramente inclinada.

—Me enviaste a llamar, padre.

Valerion permanecía de pie junto al trono.

Su expresión era seria.

—Sí.

Velar levantó la mirada.

—Quiero que te disculpes con Aznar.

El príncipe frunció el ceño.

—Él hizo trampa.

Valerion dio un paso hacia él.

—No quiero discutir quién ganó.

—Pero yo gané.

—Bailar.

La voz del rey fue firme.

El muchacho guardó silencio.

—Aznar es tu maestro. Debes respetarlo.

Velar apretó la mandíbula.

—Está bien.

—¿Está bien qué?

Velar levantó la mirada.

—Lo que tú digas.

Valerion respiró profundamente.

La tensión comenzó a desaparecer.

Entonces su expresión cambió.

—Ahora hay algo más.

Velar esperó.

—La princesa del reino elfo está aquí para conocerte.

El joven parpadeó.

—¿Lysariel?

—Sí.

Valerion sonrió.

—Quiero que te bañes, te pongas tu mejor ropa y que estos próximos cuatro días sean agradables para ella.

Velar sonrió ligeramente.

—¿Cuatro días?

—Cuatro.

El rey señaló la espada que llevaba al cinturón.

—Y durante esos cuatro días no quiero verte con tu espada.

La sonrisa de Velar desapareció.

—¿Qué?

—Has oído bien.

—Pero no puedo estar sin ella.

Valerion se acercó.

—Bailar...

—Fue un regalo de mi madre.

El rey se quedó quieto.

Velar levantó el rostro.

Por primera vez, su voz no sonaba como la de un hijo obedeciendo a su padre.

Sonaba desafiante.

—No vas a apartar a mi madre de mí.

Leonor, que permanecía cerca, abrió ligeramente los ojos.

Nunca había visto al príncipe hablarle así al rey.

El silencio llenó la sala.

Valerion miró a su hijo.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

Finalmente, el rostro del rey se suavizó.

—Está bien.

Velar pareció sorprenderse.

Valerio señaló hacia la puerta.

—Vete.

El joven tomó aire.

—Sí, padre.

Se dio la vuelta y salió.

Las puertas se cerraron.

Leonor permaneció en silencio.

Valerion miró hacia ellas.

Después sonrió ligeramente.

—Ya está creciendo.

Leonor asintió.

—Mucho.

El rey bajó la mirada.

—Demasiado rápido.

Mientras tanto, Bailar caminaba por los pasillos del castillo con la espada todavía en la cintura.

Había ganado una batalla contra Aznar.

Había discutido con su padre.

Y al día siguiente conocería a la princesa elfa.

No tenía idea de que aquella visita cambiaría su vida.

Pero por primera vez en mucho tiempo, Velar tenía algo más en la cabeza que convertirse en el mejor guerrero de la Costa Dragón.

Tenía curiosidad.

Y no podía dejar de pensar en la muchacha de cabello plateado que había visto en el patio.

Tercera parte

La mañana llegó tranquila a la Costa Dragón.

El sol apenas comenzaba a elevarse sobre el mar cuando sus primeros rayos atravesaron las ventanas del castillo y llenaron de luz los largos pasillos de piedra.

Velar llevaba despierto bastante tiempo.

Sobre su cama había varias prendas.

Una camisa.

Otra camisa.

Una chaqueta.

Y otra camisa.

El príncipe las observaba como si estuviera tomando una decisión capaz de cambiar el destino del reino.

—¿Cuál de estas?

La puerta se abrió.

Aznar apareció apoyado contra el marco.

—La azul.

Valar se giró.

—¿Cómo sabes lo que estoy buscando?

Aznar miró las prendas.

—Porque llevas veinte minutos frente al espejo.

Velar frunció el ceño.

—Solo quiero verme bien.

—Para la princesa.

Valar se quedó callado.

—Para ser un buen anfitrión.

Aznar sonrió.

—Claro.

Velar tomó la camisa azul.

—¿Esta?

—Esa.

—Bien.

Aznar comenzó a marcharse.

—Y recuerda.

Velar levantó la mirada.

—¿Qué?

—Tu padre dijo que no llevaras la espada.

Velar miró hacia el lugar donde normalmente descansaba su arma.

—Ya lo sé.

—Solo quería asegurarme.

—Puedes irte.

Aznar soltó una carcajada.

—Buena suerte, príncipe.

—¡No necesito suerte!

Aznar cerró la puerta.

—Eso dicen todos.

Velar negó con la cabeza.

Después volvió a mirarse en el espejo.

Se acomodó el cabello.

Luego la camisa.

Volvió a acomodarse el cabello.

—Perfecto.

Aunque no estaba completamente seguro de qué significaba aquello.

---

Lysariel esperaba en uno de los jardines del castillo.

Cuando Velar salió, la encontró observando las flores que crecían alrededor de una fuente de piedra.

La princesa llevaba un vestido sencillo y elegante. Su largo cabello plateado caía sobre sus hombros y se movía suavemente con la brisa.

Valar se detuvo unos segundos.

Yariel lo vio.

—Buenos días.

Velar reaccionó.

—Buenos días.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—Yo también.

Silencio.

Velar miró hacia el jardín.

—Hace buen día.

Lysariel sonrió.

—Sí.

Otro silencio.

Velar comenzó a sentirse incómodo.

Había luchado contra espectrales.

Había enfrentado a un orco.

Había conseguido hacer caer a Aznar de su caballo.

Pero hablar con una princesa parecía ser una batalla completamente diferente.

Lysariel inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Siempre eres así?

Velar la miró.

—¿Así cómo?

—Llamado.

—No.

—Entonces estoy teniendo suerte.

Velar soltó una pequeña risa.

—Normalmente hablo demasiado.

—Eso me habían dicho.

—¿Quién?

—Tu padre.

Valar se llevó una mano al pecho.

—Mi propio padre está destruyendo mi reputación.

Lysariel comenzó a reír.

Bailar también.

La tensión desapareció.

—¿Quieres conocer la Costa Dragón? —preguntó él.

—Me gustaría.

—Entonces ven.

---

Salieron del castillo por uno de los caminos que descendían hacia la costa.

A medida que avanzaban, el ruido del palacio quedaba atrás.

El viento traía consigo el olor del mar.

Las hojas de los árboles se movían sobre sus cabezas y pequeñas aves saltaban entre las ramas.

Lysariel observaba todo con curiosidad.

—Había escuchado muchas historias sobre este lugar.

Velar sonrió.

—Las historias no le hacen justicia.

—¿Conoces todos estos caminos?

Velar levantó orgullosamente el mentón.

—Todos.

Lysariel señaló un sendero que se internaba entre los árboles.

—¿Y ese?

Velar miró.

—Ese...

Lysariel sonrió.

—No conoces todos.

—Ese no cuenta.

—¿Por qué?

—Porque lleva a un lugar aburrido.

—Entonces quiero verlo.

Velar la miró.

—¿Por qué?

—Porque quiero comprobar si realmente es aburrido.

Velar soltó una carcajada.

—Está bien.

Tomaron el sendero.

El camino era estrecho y estaba cubierto de hojas. La luz del sol atravesaba las ramas y dibujaba manchas doradas sobre la tierra.

Lysariel caminaba a su lado.

—¿Qué haces cuando no estás entrenando?

Velar respondió inmediatamente:

—Entreno.

Yariel lo miró.

—Eso no cuenta.

Velar pensó.

—Leo.

—¿Qué lees?

—Historias.

—¿De qué?

—De guerreros. Reyes. Exploradores.

Lysariel sonrió.

—Eso explica muchas cosas.

Velar frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Qué eres exactamente como imaginaba.

—¿Y cómo me imaginabas?

—Presumido.

Velar abrió los ojos.

—¡Ni siquiera me conoces!

—Te conozco desde ayer.

—Eso no es suficiente.

—Ha sido suficiente para darme cuenta.

Velar comenzó a reír.

—Creo que no me caes bien.

—Eso es una pena.

—Pero podemos trabajar en ello.

Lysariel sonrió.

—Tal vez.

Continuaron caminando.

El bosque comenzó a hacerse menos denso hasta que finalmente llegaron a una zona elevada desde donde podía contemplarse una enorme parte de la costa.

El mar se extendía frente a ellos.

Las olas golpeaban lentamente los acantilados y el viento hacía ondear el cabello de Lysariel.

Ella permaneció unos segundos contemplando el paisaje.

—Es hermoso.

Velar sonrió.

—Venía aquí cuando era pequeño.

—¿Solo?

—A veces.

—¿Y qué hacías?

Valar se apoyó contra una roca.

—Imaginaba que era un gran guerrero.

Yariel lo miró.

—¿Imaginabas?

Velar levantó una ceja.

—Ahora ya no tengo que imaginarlo.

Ella soltó una carcajada.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—El presumido.

Velar sonrió.

—No puedo evitarlo.

Lysariel se sentó sobre una roca.

Velar hizo lo mismo.

Durante unos momentos ninguno habló.

El sonido del mar llenó el silencio.

Hasta que Lysariel miró hacia la cintura de Velar.

—¿Y tu espada?

Velar bajó la mirada.

—Mi padre me pidió que no la trajera durante estos días.

—¿Por qué?

—Dice que debería comportarme como un príncipe y no como un guerrero.

—¿Y tú qué prefieres?

Velar sonrió.

—La espada.

Lysariel volvió a mirarlo.

—¿Es tan importante para ti?

La sonrisa de Velar desapareció poco a poco.

—Sí.

—¿Por qué?