Leon Del Norte Capítulo 5 Primer amor
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Capítulo 5 Primer amor

Habían pasado cinco años desde aquel día en el bosque.

Velar ya no era el niño que corría por la Costa Dragón con una espada demasiado grande para sus manos. A sus quince años, había crecido hasta convertirse en un joven alto y fuerte, y Aznar lo consideraba un prodigio con la espada.

Valerion estaba orgulloso de él.

Aunque Aznar tenía una opinión ligeramente diferente.

—Es un prodigio —decía—. Un prodigio bastante tonto y presumido.

Bailar nunca había escuchado esa segunda parte.

O quizá simplemente fingía no hacerlo.

Aquella mañana, el castillo estaba más tranquilo de lo habitual. El sol entraba por los grandes ventanales de la sala del trono mientras Valerion revisaba algunos documentos.

Entonces las grandes puertas se abrieron.

Leonor entró.

—Mi señor.

Valerion levantó la mirada.

—¿Qué ocurre?

—Tenemos visitas.

El rey dejó los documentos sobre la mesa.

—¿Quién?

—La princesa Lysariel, hija del rey Lysander.

Valerion se puso inmediatamente de pie.

—¿Lysariel?

Leonor asintió.

—Ha venido a visitar a Bailar. Y mañana, a primera hora, llegará el rey Lysander.

Valerion se quedó pensativo unos segundos.

—¿Y dónde está mi hijo?

Leonor guardó silencio.

El rey ya sabía la respuesta.

—No lo encontraste.

—Busqué por toda la Costa Dragón, mi señor.

Valerion se llevó una mano a la frente.

—Este muchacho va a matarme antes de que llegue a viejo.

Leonor sonrió.

—También busqué a Aznar.

Valerion levantó una ceja.

—¿Y?

—Tampoco está.

El rey suspiró.

—Seguramente anda enseñándole otra de sus famosas lecciones.

—¿Le preocupa?

Valerion volvió a sentarse.

—Me preocupa más si estuvieran los dos en el castillo.

Leonor soltó una pequeña carcajada.

Valerion sonrió.

—Ve. Trae a la princesa. No la veo desde hace tres años. Quiero saber cuánto ha crecido.

Leonor hizo una reverencia y salió.

Poco después, las puertas volvieron a abrirse.

La princesa Lysariel entró acompañada por algunos miembros de su séquito.

Valerion se puso de pie.

La reconoció inmediatamente, aunque habían pasado varios años.

Su piel era clara y su largo cabello plateado caía sobre sus hombros. Ya no era la niña que había conocido años atrás.

Era una princesa.

Lysariel se acercó y realizó una reverencia.

—Rey Valeiron.

—Princesa Lysariel.

Valerion sonrió.

—Es un honor tenerte aquí. Hace mucho que no te veía.

Lysariel levantó la mirada.

—Mi padre le envía sus saludos y espera verlo mañana a primera hora.

—Tu padre nunca ha sabido esperar.

La princesa sonrió.

—Dice que usted tampoco.

Valerion soltó una carcajada.

—Entonces seguimos siendo amigos.

Lysariel volvió a sonreír.

Valerion la observó durante unos segundos.

—Has crecido mucho.

—Eso me han dicho.

—La última vez que te vi apenas llegabas a mi cintura.

Lysariel se rio.

—Y usted era mucho más joven.

—No me recuerdes eso.

La princesa volvió a reír.

Valerio señaló uno de los asientos.

—Pero dime, ¿a qué se debe el honor de tu visita?

Lysariel tomó asiento.

—Mi padre dice que usted y él fueron grandes amigos desde niños.

Valerion sonrió.

—Eso es cierto.

—Y quiere que Bailar y yo nos conozcamos.

El rey levantó ligeramente las cejas.

—¿Eso dijo?

—Sí.

Valerion sonrió.

—Tu padre es un hombre muy sabio.

Lysariel sonrió.

—¿Lo cree?

—Hasta que te cuente las cosas que hacía cuando era joven.

La princesa se inclinó un poco hacia delante.

—¿Eran tan malas?

Valerion soltó una carcajada.

—Si te las contara todas, te pasarías la noche riendo.

—Mi padre dice que usted era tan inquieto como él.

—Era peor.

Lysariel sonrió.

—Entonces ahora entiendo por qué Bailar es así.

Valerio señaló hacia ella.

—Exactamente.

En ese momento, un fuerte ruido llegó desde el exterior.

Después otro.

Y otro.

La princesa miró hacia las puertas.

—¿Qué ocurre?

Valerion se levantó.

Entonces escucharon una voz.

—¡Nunca vas a atraparme!

Valeria cerró los ojos.

—No...

Leonor apareció nuevamente en la puerta.

—Mi señor...

El rey la miró.

—No hace falta que me digas quién es.

Otro grito llegó desde el patio.

—¡Vamos, viejo!

Valerion suspiró.

—Ese es mi hijo.

Lysariel se levantó con curiosidad.

—¿Bailar?

—Probablemente esté haciendo algo que me obligará a disculparme contigo.

Los tres salieron al patio.

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—¡Nunca vas a atraparme!

Velar corría entre los árboles que rodeaban el patio exterior.

Aznar lo perseguía montado sobre su caballo.

—¡Deja de correr y pelea!

—¡Eso es exactamente lo que quiero que hagas!

Velar sonrió.

Tenía quince años y estaba completamente convencido de que aquel día iba a demostrar que finalmente había superado a su maestro.

Aznar se acercaba.

Velar esperó.

Cuando el caballo estuvo lo suficientemente cerca, sacó su espada.

Se puso de pie sobre la montura.

Aznar abrió los ojos.

—No hagas eso.

Velar saltó.

Cayó al suelo con ambos pies y tiró de una cuerda que había preparado entre los árboles.

La cuerda se tensó.

El caballo se detuvo.

Aznar salió despedido de la montura.

—¡BAILAR!

El aventurero cayó sobre el pasto.

Velar corrió hacia él, levantó su espada y la puso frente a su cuello.

—Ríndete, viejo.

Aznar permaneció unos segundos en el suelo.

Luego levantó una mano.

—Está bien.

Velar sonrió.

—¿Te rindes?

—Sí.

—¿De verdad?

—Sí.

Velar levantó los brazos.

—¡GANÉ!

Algunos soldados y sirvientes que habían observado la escena comenzaron a aplaudir.

Velar sonrió orgullosamente.

Entonces miró hacia el castillo.

Y la vio.

Lysariel estaba junto a Valerion.

Valar se quedó completamente inmóvil.

La espada bajó lentamente.

Por unos segundos olvidó que estaba en medio del patio.

Olvidó a Aznar.

Olvidó a los soldados.

Olvidó incluso que acababa de ganar.

Solo podía mirar a la princesa.

Lysariel también lo observaba.

Sus miradas se encontraron.

Velar sintió que su corazón comenzaba a latir con una fuerza extraña.

Nunca había sentido aquello.

Aznar lo miró.

Después miró a Lys Ariel.

Luego volvió a bailar.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Oh, no.

Velar ni siquiera lo escuchó.

Aznar se levantó lentamente.

—Bailar.

Nada.

—Bailar.

El príncipe seguía mirando a la princesa.

Aznar negó con la cabeza.

—Esto va a ser divertido.

De pronto, Aznar giró sobre sí mismo y enganchó las piernas de Bailar.

El príncipe cayó al suelo.

—¡¿QUÉ HACES?!

Aznar puso un pie sobre su espada.

—Última lección.

Velar intentó levantarse.

—¡Eso no vale!

—Siempre termina una pelea.

—¡Pero te rendiste!

Aznar sonrió.

—Y tú te distrajiste.

El patio quedó en silencio durante un segundo.

Después Valerion comenzó a reír.

Lysariel también.

Valar se levantó furioso.

—¡No es gracioso!

Aznar recogió su espada.

—Lo será cuando entiendas que una distracción así puede matarte.

Velar miró a todos.

Había soldados riéndose.

Su padre riéndose.

Y la princesa también.

Su rostro se puso rojo.

—¡Ya basta!

Guardó su espada y salió caminando rápidamente hacia el castillo.

—¡Bailar! —gritó Aznar.

El joven no respondió.

Entró por las puertas y desapareció.

Valerion negó con la cabeza mientras seguía sonriendo.

—Te ganó limpiamente.

Aznar soltó una carcajada.

—No.

Valerion lo miró.

—¿No?

—Se distrajo.

Aznar señaló hacia el castillo.

—Eso es exactamente lo que intento enseñarle desde hace cinco años. Es demasiado presumido. Unos cuantos aplausos y se olvida de todo lo demás.

Valerion sonrió.

—Se parece demasiado a ti.

Aznar negó con la cabeza.

—Yo nunca fui tan presumido.

Valerion soltó una carcajada.

—Claro que no.

Lysariel permaneció en silencio, mirando hacia las puertas por donde había desaparecido Bailar.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

Valerion la observó.

—No te preocupes. Se le pasará.

Lysariel asintió.

—Eso espero.

El rey miró hacia el castillo.

—Leonor.

—¿Sí, mi señor?

—Acompaña a la princesa en sus aposentos.

Después volvió a mirar hacia las puertas.

—Y manda a llamar a mi hijo.

Valerion sonrió.

—Quiero hablar con él antes de la cena.

Leonor hizo una reverencia.

—Como ordene.

Mientras Lysariel se alejaba con Leonor, Valerion permaneció unos segundos en el patio.

Miró hacia el cielo despejado.

Por primera vez en mucho tiempo, el reino parecía completamente tranquilo.

Y en algún lugar del castillo, un joven príncipe probablemente estaba encerrado en su habitación preguntándose cómo había conseguido perder una pelea que ya había ganado.

Valerion sonrió.

—Definitivamente es mi hijo.

Segunda parte

La tarde comenzaba a caer sobre la Costa Dragón.

Desde el balcón de una de las torres, Thorgaard había observado todo lo ocurrido en el patio. Había visto a Bailar derribar a Aznar, levantar la espada con orgullo y, apenas unos segundos después, terminar en el suelo.

El anciano sonrió.

Después de todo, algunas cosas nunca cambian.

Caminó por los pasillos del castillo hasta llegar a la habitación del príncipe.

Golpeó suavemente la puerta.

—¿Príncipe?

Desde dentro se escuchó una voz.

—Puedes pasar, Thorgaard. Tú siempre eres bienvenido.

Thorgaard abrió la puerta.

Velar estaba sentado junto a una de las ventanas, todavía molesto. Había dejado su espada sobre la cama y tenía los brazos cruzados.

Thorgaard sonrió.

—Mi príncipe.

—¿Vienes a reírte también?

Thorgaard soltó una pequeña carcajada.

—No. Vengo a decirte que lo que hiciste con el caballo fue un movimiento glorioso.

Velar levantó la mirada.

—¿De verdad?

—Digno de un rey.

El rostro del joven cambió inmediatamente.

—¿Lo ves? Sabía que había sido bueno.

Thorgaard negó con la cabeza, divertido.

—Aunque quizá deberías esperar a que tu maestro termine en el suelo antes de celebrar.

Velar volvió a ponerse serio.

—Mi padre y Aznar se empeñan en arruinar todas mis victorias. Cada vez que gano algo, ocurre alguna cosa y terminan haciéndome quedar como un tonto.

Thorgaard se acercó.

—No lo hacen para opacarte.

—Entonces, ¿por qué?

El anciano lo miró durante unos segundos.

—Porque quieren que seas más fuerte.

Velar bajó la mirada.

Thorgaard continuó:

—Eres bueno con la espada, mucho más de lo que cualquier muchacho de tu edad debería ser. Pero ser un gran guerrero no significa ganar todas las batallas.

Velar permaneció en silencio.

—Se aproximan tiempos difíciles, mi príncipe.

Velar levantó lentamente la cabeza.