Capítulo 4 Velar León
El trono parecía un lugar diferente desde la llegada de Velar.
Ya no era aquel sitio silencioso donde el rey podía pasar horas sentado escuchando informes y asuntos de la corona. Ahora siempre había algún ruido en los pasillos. Risas de niños, pasos apresurados, guardias intentando descubrir dónde se había metido el príncipe esta vez.
Aquella mañana, Valerion se levantó temprano.
Lo primero que hizo fue dirigirse hacia la sala del trono, donde su nueva primera mano ya lo esperaba.
—¿Dónde está mi hijo?
Leonor hizo una pequeña reverencia.
—Salió a jugar, mi lord. Está casada con el hijo del rey druida y con el hijo de Elysandra.
Valerion sonrió.
—Muy bien. ¿Y dime, se sabe algo del nuevo mentor de Velar?
Leonor suspiró.
—Se suponía que debía llegar ayer, mi señor. Pero nadie lo ha visto.
Valerion levantó una ceja.
—¿Ni siquiera ha entrado al reino?
—Nadie sabe nada de él.
—¿Y sigues pensando que un druida es la mejor opción para mi hijo?
Leonor cruzó los brazos.
—No es un guerrero.
Valerion soltó una pequeña risa.
—Precisamente por eso.
Leonor lo miró confundida.
—Un druida puede enseñarle cosas que una espada jamás podría. Quiero que mi hijo aprenda a vivir y sobrevivir en lugares que jamás imaginaría que existen. No quiero que se convierta en un tonto con una espada creyendo que puede vencer todos sus problemas golpeándolos.
Leonor comenzó a reír.
Valerion también.
—Aunque debo admitir que eso último se parece bastante a usted cuando era joven, mi señor.
—No recuerdo haber sido así.
—Claro que no.
Ambos volvieron a reír.
Pero la tranquilidad duró poco.
Las grandes puertas de la sala se abrieron de golpe.
Un soldado entró casi sin aliento.
—¡Mi rey!
Valerion se puso de pie.
—¿Qué ocurre, Ulfrid?
El soldado respiró profundamente.
—Su hermano... ha escapado de prisión.
La sonrisa desapareció del rostro del rey.
—¿Qué?
—Grindel destruyó la prisión. Los guardias están muertos. La mayoría de los prisioneros escaparon con él.
Valerion permaneció inmóvil.
Durante diez años había creído que su hermano estaba encerrado detrás de aquellas paredes.
Diez años.
Y ahora estaba libre.
—¿Cómo es posible? —preguntó.
—No lo sabemos, mi rey. Pero algunos supervivientes aseguran que varios orcos escaparon junto a él.
Valeria cerró los puños.
—¿Saben hacia dónde se dirigió?
—Lo vieron partir hacia el continente orco.
El rey no respondió inmediatamente.
Miró hacia las grandes ventanas de la sala.
Después reaccionó.
—Traigan los caballos.
Leonor se levantó.
—¿Va a ir personalmente?
Valerion ya caminaba hacia la salida.
—Mi hermano acaba de escapar después de diez años.
Se detuvo un instante.
—Quiero saber qué está haciendo.
---
Muy lejos de allí, Velar corría entre los árboles.
—¡Más rápido! —gritó.
Leif corría detrás de él mientras Harald intentaba mantener el ritmo.
—¿Por qué siempre tenemos que seguirte? —preguntó Harald.
Valar se giró mientras seguía caminando hacia atrás.
—Porque yo conozco el bosque.
Leif soltó una carcajada.
—¡Ayer te perdiste!
—Eso fue diferente.
—¿Cómo?
—Porque estaba explorando.
Los tres rieron.
Habían llegado hasta un río que atravesaba el bosque. El agua corría entre las piedras mientras los rayos del sol se filtraban entre las copas de los árboles.
Valar se detuvo.
—Esperen.
Se agachó junto a la orilla.
Había unas huellas enormes marcadas en el barro.
Leif se acercó.
—Son huellas de un jabalí.
Velar soltó una carcajada.
—Hermano, eres un druida. Claramente no es un jabalí.
Leif miró las huellas nuevamente.
—Entonces puede ser un oso.
Harald retrocedió.
—Creo que no deberíamos estar aquí.
Leif sonrió.
—Tú siempre eres miedoso.
Bailar se puso de pie.
—No peleen. Recuerden que somos hermanos.
Los dos lo miraron.
Velar continuó:
—Y aunque Harald no sea noble, los tres somos iguales.
Leif sonrió.
—Tienes razón. Perdón, Harald.
—Está bien.
Velar miró nuevamente hacia el bosque.
—Ahora síganme.
Harald suspiró.
—¿Por qué siempre tenemos que seguirte?
Velar desenvainó su espada.
—Porque soy el único que tiene una espada de verdad.
Los otros dos lo miraron.
Velar añadió con orgullo:
—Y además soy mayor que ustedes.
Hubo un segundo de silencio.
Después los tres comenzaron a reír.
Entonces algo se movió entre los árboles.
Las risas desaparecieron.
Velar levantó lentamente la espada.
—¿Escucharon eso?
Los tres miraron hacia el bosque.
Nada.
Solo el viento.
—Quizá fue un animal —dijo Harald.
Velar avanzó.
—Vamos a averiguarlo.
—¡Bailar!
Pero el príncipe ya estaba entrando entre los árboles.
Sus amigos no tuvieron más remedio que seguirlo.
Caminaron unos metros.
Entonces una pequeña figura salió disparada desde detrás de un árbol.
Harald gritó.
Una criatura parecida a una pequeña calavera, armada con una vieja espada, se lanzó contra él.
Velar reaccionó inmediatamente.
¡CLANG!
Su espalda chocó contra el arma de la criatura.
El niño retrocedió un paso.
El espectro volvió a atacar.
Velar bloqueó.
Luego giró sobre sí mismo y golpeó con fuerza.
La criatura cayó al suelo.
Vaelar respiró agitado y permaneció frente a ella.
—Y nunca vuelvas a meterte con mis amigos.
Leif lo miró sorprendido.
—Eso estuvo bastante bien.
Velar levantó orgullosamente la espada.
—Te dije que soy un gran guerrero.
Harald puso los ojos en blanco.
—Claro.
Pero Leif dejó de sonreír.
—Chicos...
No respondieron.
—Chicos.
Valar se giró.
Leif estaba mirando hacia los árboles.
—¿Qué?
El niño señaló.
—Ahí.
Los tres observaron.
Una enorme figura salió lentamente de entre la vegetación.
Era mucho más alta que ellos.
Dos metros.
Quizá más.
Su cuerpo estaba cubierto de suciedad y heridas. Sus ojos permanecían clavados en los niños.
Un orco.
Harald palideció.
—Corran.
Leif salió disparado.
Harald lo siguió.
Velar permaneció inmóvil.
El orco lo observó.
Después comenzó a reír.
—¿Qué piensas hacer con ese juguete, niño?
Velar apretó la espada.
—No es un juguete.
El orco dio otro paso.
—¿Ah, no?
Velar levantó el arma.
—Y no soy un niño.
El orco sonrió.
—Entonces, ¿qué eres?
Velar levantó la barbilla.
—Soy Velar León. El futuro rey de la Costa Dragón.
El orco se quedó quieto.
Su sonrisa cambió.
—Así que tú eres el hijo de Valerio.
Se acercó lentamente.
—Interesante.
Velar tragó saliva, pero no retrocedió.
—Me pregunto a qué sabrá la sangre real.
El orco extendió la mano.
Velar levantó la espada.
Pero fue demasiado tarde.
El orco estaba a punto de alcanzarlo cuando una sombra cruzó entre ambos.
Un movimiento rápido.
Una hoja brilló bajo el sol.
La mano del orco cayó al suelo.
El monstruo gritó.
—¡AAAAARGH!
Velar quedó inmóvil.
Frente a él había un hombre.
Llevaba ropa de viajero, una espada al costado y varias bolsas pequeñas colgadas de su cinturón. No parecía un soldado.
Parecía alguien acostumbrado a caminar solo.
El hombre miró al orco.
—Creo que hoy no es tu día de suerte.
El orco rugió.
—¿Quién demonios eres?
El hombre sonrió.
—Soy Aznar.
Levantó su espada.
—El gran aventurero de los nueve continentes.
Velar abrió los ojos.
Había escuchado ese nombre en los libros de historia.
Aznar se movió.
Su espada describió un arco rápido.
El orco intentó defenderse, pero el aventurero fue más rápido.
Un último golpe.
El enorme cuerpo cayó entre las hojas.
Silencio.
Velar seguía mirando.
Aznar limpió su espada y la guardó.
Después miró al príncipe.
—¿Velar León?
El niño asintió lentamente.
—He seguido tus pasos desde que entraste al bosque.
Velar frunció el ceño.
—¿Me estabas siguiendo?
—Desde hace un rato.
—¿Y por qué no dijiste nada?
Aznar se rio.
—Porque quería saber qué clase de niño eres.
Velar levantó la espada.
—¿Y?
Aznar lo observó.
—Imprudente.
Valar se molestó.
—Tú no puedes hablarme así.
Aznar soltó una carcajada.
—Claro que puedo.
Se acercó un poco.
—Y, por cierto, seré tu maestro.
Velar lo miró con incredulidad.
—¿Tú?
—Yo.
Aznar señaló las huellas del suelo.
—La huella que viste era del orco. El que se movía entre los árboles era él. Tus amigos tuvieron suficiente sentido común para correr.
Miró al príncipe.
—Tú no.
Velar bajó la mirada.
Aznar continuó:
—Pero admito algo. Peleaste bien contra el espectro.
Velar volvió a levantar la cabeza.
—¿Lo ves?
—No te emociones.
Aznar sonrió.
—Creíste que podías vencer a un orco porque sabes manejar una espada. Eso puede costarte la vida.
Antes de que Bailar pudiera responder, se escucharon caballos acercándose.
—¡Bailar!
El niño reconoció inmediatamente aquella voz.
—¡Padre!
Valerion apareció entre los árboles acompañado por varios soldados.
Al ver al orco muerto, se desmontó rápidamente.
Después vio a su hijo.
Velar tenía la espada en la mano, pero estaba temblando.
Valerion se acercó.
—¿Qué pensabas?
Velar bajó la mirada.
—Yo...
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Solo quería demostrar que podía vencerlo.
Valerion respiró profundamente.
Después se agachó hasta quedar a su altura.
—Ven aquí.
Velar levantó la mirada.
Valerion lo abrazó.
—Pensé que podría perderte.
El niño comenzó a llorar.
—Yo solo quería protegerlos.
Valerion se separó un poco y puso una mano sobre su hombro.
—Y estoy orgulloso de ti por no abandonar a tus amigos.
Valar se limpió las lágrimas.
—¿Entonces hice bien?
Valerion sonrió.
—Hiciste bien en protegerlos.
Le limpió una lágrima de la mejilla.
—Pero escucha algo, hijo mío. Ser valiente no significa correr hacia todos los problemas que encuentres.
Velar lo miró atentamente.
—Entonces, ¿qué significa?
Valerion sonrió.
—Significa saber cuándo luchar y cuándo marcharse.
Se puso de pie.
—Las mejores batallas son las que nunca llegan a liberarse.
Velar permaneció pensativo.
Entonces Valerion miró hacia Aznar.
—¿Dónde estabas?
Aznar hizo una pequeña reverencia.
—Llegué hace cuatro días, mi señor. He estado siguiendo a su hijo desde entonces.
Valerion abrió los ojos.
—¿Cuatro días? ¿Y cómo es que nadie te vio entrar al reino?
Aznar sonrió.
—Mi señor, ya no soy el muchacho que peleó en aquella última gran batalla.
Valerion soltó una carcajada y lo abrazó.
—¡Aznar! Llevo años sin saber de ti. ¿Dónde estabas?
—Viajando. Haciendo mi nombre.
Se separaron.
—Pero cuando recibí su carta y supe que quería que fuera el mentor de su hijo, no pude rechazarla.
Valerion miró a Bailar.
Después volvió a mirar a Aznar.
—¿Y qué opinas de él?
Aznar observó al pequeño príncipe.
Sonrió.
—Creo que es muy bueno para meterse en problemas.
Valerion soltó una carcajada.
—Igual que tú.
Los soldados comenzaron a reír.
Incluso Leonor sonrió.
Bailar, en cambio, permaneció serio.
Miró su espada.
Pensaba en el orco.
Pensaba en lo fácil que había sido para aquella criatura ponerlo en peligro.
Y por primera vez comprendió que todavía estaba muy lejos de ser el guerrero que imaginaba.
Pero aquello no hizo que quisiera abandonar su sueño.
Lo hizo querer hacerse más fuerte.
El sol comenzaba a descender sobre el bosque cuando todos emprendieron el camino de regreso.
Aquel día, Velar había salido al bosque creyéndose un gran guerrero.
Regresaría con algo mucho más importante.
Un maestro.
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El sol comenzaba a desaparecer detrás de las montañas cuando el grupo finalmente regresó a la Costa Dragón.
Las enormes puertas del castillo se abrieron y los caballos atravesaron el patio. Los guardias observaron al príncipe mientras desmontaba junto a su padre. Velar llevaba la espada todavía en la mano.
Había pasado buena parte del camino en silencio.
Valerion lo había notado.
—¿Estás bien?
Velar asintió.
—Sí, padre.
Pero no estaba convencido.
Valerion se acercó y le puso una mano sobre el hombro.
—No tienes que demostrarle nada a nadie.
Velar miró su espada.
—Quiero ser fuerte.
Valerion sonrió.
—Lo sé.
—Quiero ser el mejor guerrero.
—También lo sé.
Velar levantó la mirada.
—Entonces necesito entrenar más.
Valerion soltó una pequeña risa.
—Parece que Aznar tendrá bastante trabajo contigo.
A unos metros de ellos, Aznar observaba la escena en silencio.
Leonor se acercó.
—¿Qué piensa de él?
Aznar miró al pequeño príncipe.
—Todavía no lo sé.
—¿Después de haberlo observado durante cuatro días?
—Precisamente por eso.
Aznar sonrió.
—Tiene valor. Pero todavía no sabe cuánto puede costarle.
Leonor miró hacia Bailar.
—Tiene diez años.
—Y por eso todavía puede aprender.
Valar se alejó unos pasos y se sentó en las escaleras del patio.
Miró nuevamente su espada.
Recordó al espectral.
Después recordó al orco.
Recordó la enorme mano acercándose a su rostro.
Y recordó el momento en que aquella mano cayó al suelo.
Por primera vez, Vaelar comprendió que había estado a punto de morir.
Apretó la empuñadura.
No sintió miedo.
Sintió algo diferente.
Determinación.
Aquel día había salido al bosque creyendo que ya era un gran guerrero.
Regresaba sabiendo que todavía le quedaba mucho por aprender.
Aznar pasó junto a él.
—Mañana comenzamos.
Velar levantó la cabeza.
—¿A entrenar?
Aznar sonrió.
—No.
El príncipe frunció el ceño.
—¿Entonces qué?
—A aprender.
Y siguió caminando.
Velar observó cómo se alejaba.
Después miró nuevamente hacia el cielo.
Las primeras estrellas comenzaban a aparecer sobre la Costa Dragón.
El niño sonrió.
Todavía no lo sabía, pero aquel había sido el último día en que entrenaría únicamente como un príncipe.
A partir de entonces comenzaría a aprender como un guerrero.
Y algún día, el mundo conocería su nombre.
Velar León.
Primer Amor