Capítulo 3 El usurpador
Grindel era apenas un niño cuando comprendió que nunca sería la primera opción.
Desde pequeño había crecido dentro de una familia donde el futuro parecía estar decidido antes de que él pudiera entenderlo. Su hermano Valerio era el hijo destinado a llevar la corona. Todos hablaban de él, todos lo miraban como el heredero y todos esperaban que algún día se sentará en el trono.
Grindel estaba detrás.
Siempre detrás.
No importaba cuánto intentara demostrar que también podía hacerlo. La corona tenía otro nombre.
Valerion.
Aquella mañana, siendo todavía un niño, Grindel observaba desde una de las ventanas del castillo mientras su hermano recibía la atención de los hombres de la corte.
No dijo nada.
Solamente miró.
Con el tiempo aprendió que algunas personas nacían para recibir una corona y otras tenían que arrebatársela.
Grindel abrió los ojos.
La oscuridad de la prisión lo recibió como cada mañana.
Durante unos segundos permaneció acostado sobre la fría piedra, mirando el techo.
Diez años.
Habían pasado diez años desde aquel día en el coliseo.
Diez años desde que Valeria había levantado la mano y lo había condenado delante de cientos de personas.
Diez años desde que había escuchado aquellas palabras.
Veinticinco años de trabajo forzado.
Grindel se incorporó lentamente.
Ya no era el joven que había entrado en aquella prisión.
El tiempo había pasado sobre su rostro, pero sus ojos seguían teniendo la misma expresión.
No había olvidado.
Nunca había olvidado.
Se puso de pie y salió de su celda junto a los demás prisioneros.
La rutina era siempre la misma.
Trabajo.
Silencio.
Comida.
Trabajo.
Dormir.
Y volver a empezar.
Los primeros años habían sido difíciles. Grindel había tenido que soportar las órdenes de los guardias y aceptar que ya no tenía ninguna autoridad.
Pero había aprendido algo.
En una prisión, las cadenas podían controlar el cuerpo.
No podían controlar lo que un hombre pensaba.
Mientras trabajaba, Grindel observaba.
Observaba a los hombres.
Observaba a los orcos.
Observaba a los gigantes.
Observaba quién obedecía por miedo y quién obedecía porque respetaba a quien daba la orden.
Y poco a poco comenzó a hablar.
Primero fueron conversaciones pequeñas.
Un orco se acercó mientras trabajaban.
—¿Tú eres el hermano del rey?
Grindel levantó la mirada.
—Lo era.
El orco soltó una carcajada.
—¿Lo eras?
—Mi hermano tiene la corona. Yo tengo esto.
Grindel levantó las manos y mostró las cadenas.
El orco dejó de reír.
—Entonces te perdiste.
Grindel lo miró fijamente.
—No.
El orco frunció el ceño.
—¿No?
—Todavía no.
Aquella respuesta comenzó a recorrer la prisión.
Grindel no gritaba.
No necesitaba hacerlo.
Hablaba con calma, escuchaba a los demás y nunca trataba a los orcos o gigantes como si fueran inferiores.
Eso llamó su atención.
Con los meses, comenzaron a acercarse más.
Un gigante se sentaba cerca de él durante las comidas.
Un orco caminaba a su lado durante el trabajo.
Después fueron dos.
Después fueron varios.
Grindel empezó a conocer sus historias, sus problemas y sus pensamientos. No necesitaba prometerles nada todavía.
Solamente tenía que escucharlos.
Y ellos comenzaron a escucharlo.
Una noche, mientras los prisioneros descansaban, uno de los gigantes preguntó:
—Cuando salgas, ¿qué harás?
Grindel permaneció sentado contra la pared.
—Recuperar lo que me pertenece.
—¿La corona?
Grindel levantó lentamente la mirada.
—La corona.
El gigante sonrió.
—¿Y crees que tu hermano te la entregará?
Grindel negó con la cabeza.
—No.
—Entonces tendrás que quitársela.
Por primera vez aquella noche, Grindel sonrió.
—Exactamente.
Desde entonces, las conversaciones cambiaron.
Ya no hablaban únicamente de la prisión.
Hablaban de la Costa Dragón.
Hablaban del rey.
Hablaban de las leyes.
Hablaban de los reinos.
Y Grindel comenzó a explicarles algo que había comprendido durante aquellos diez años.
No necesitaba que todos lo amaran.
Necesitaba que creyeran en él.
Los años siguieron pasando.
Grindel trabajaba durante el día y hablaba durante las noches.
Su nombre comenzó a ser conocido entre los prisioneros.
Algunos lo llamaban loco.
Otros lo llamaban futuro rey.
Y algunos comenzaron a seguirlo.
No porque Grindel les hubiera prometido libertad inmediata.
Sino porque había conseguido algo que ningún guardia había conseguido.
Su respeto.
Una tarde, mientras los prisioneros trabajaban, uno de los guardias comenzó a insultar a un orco.
Grindel dejó de trabajar.
Miró al guardia.
—Déjalo.
El guardia se volvió hacia él.
—¿Qué dijiste?
—Dije que lo dejes.
El guardia caminó hasta él.
—Aquí no eres nadie.
Grindel no retrocedió.
—Eso es lo que llevas diez años creyendo.
El lugar quedó en silencio.
El guardia levantó la mano, pero antes de poder hacer nada varios prisioneros se pusieron de pie.
Orcos.
Gigantes.
Humanos.
Todos mirándolo.
El guardia observó a los prisioneros y después retrocedió.
Grindel volvió a tomar sus herramientas.
No dijo nada más.
Aquella noche, los orcos y gigantes entendieron que Grindel no era solamente un hombre que hablaba.
Era alguien al que estaban dispuestos a seguir.
Pasaron los días.
Después de los meses.
Y finalmente llegó el momento.
Grindel llevaba diez años encerrado.
Diez años trabajando.
Diez años esperando.
Diez años pensando en la corona.
Aquella noche, mientras la prisión dormía, Grindel caminó junto a los demás prisioneros.
Uno de los orcos se acercó.
—Es esta noche.
Grindel asintió.
—Sí.
Los gigantes estaban preparados.
Los orcos también.
Grindel miró las puertas de la prisión.
Por primera vez en diez años, no vio aquellas paredes como un lugar donde moriría cumpliendo una condena.
Las vio como una puerta.
Y esa puerta estaba a punto de abrirse.
La fuga comenzó en silencio.
Los prisioneros avanzaron.
Los guardias intentaron detenerlos, pero los orcos y gigantes se abrieron paso.
Grindel no se quedó atrás.
Caminó junto a ellos.
No como un prisionero.
Como su líder.
Cuando finalmente atravesó las puertas de la prisión, se detuvo.
El aire de la noche golpeó su rostro.
Grindel cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Diez años.
Diez años mirando el mismo techo.
Diez años escuchando cadenas.
Diez años esperando.
Abrió los ojos.
—Ya era hora.
Los orcos y gigantes comenzaron a reunirse alrededor de él.
Grindel los observó.
Sabía que todavía no tenía un reino.
No tenía ejército.
No tenía corona.
Pero tenía algo que diez años atrás no tenía.
Personas dispuestas a seguirlo.
Y entonces habló.
—Escuchadme.
Todos guardaron silencio.
—Durante años nos han dicho que somos diferentes. Que los orcos pertenecen a un lado, que los gigantes pertenecen a otro y que nosotros debemos vivir separados porque así lo decidieron aquellos que llevan coronas.
Grindel caminó lentamente frente a ellos.
—Yo también fui apartado.
Señaló hacia la prisión.
—Durante diez años me llamaron prisionero. Durante diez años me recordaron que mi hermano era rey y que yo no era nadie.
Miró a los orcos.
—Pero aquí aprendí algo.
Después miró a los gigantes.
—Una corona no convierte a un hombre en rey.
Guardó silencio.
—Los hombres que lo siguen lo hacen.
Los presentes permanecieron atentos.
—Por eso os digo algo esta noche. Cuando vuelva a sentarme en el trono de la Costa Dragón, ningún orco será considerado menos que un hombre.
Los orcos comenzaron a murmurar.
—Ningún gigante será considerado una bestia.
Los gigantes levantaron la mirada.
—Seréis nuestros hermanos.
Grindel extendió los brazos.
—Y nosotros seremos vuestros hermanos.
Su voz se hizo más firme.
—No os prometo que olvidaré lo que habéis sufrido. No os prometo que el camino será sencillo. Os prometo algo mucho más importante.
Miró hacia la distancia.
—Cuando vuelva a la Costa Dragón, volveré como rey.
Uno de los gigantes levantó su arma.
Después otro.
Los orcos comenzaron a golpear sus armas contra el suelo.
El sonido creció.
Grindel observó a todos aquellos que estaban a su alrededor.
Había comenzado como un prisionero.
Ahora tenía seguidores.
Y mientras el ruido llenaba la noche, los primeros preparativos comenzaron.
Grindel volvió la mirada hacia el camino que llevaba a la Costa Dragón.
La corona seguía allí.
Su hermano seguía sentado sobre ella.
Pero Grindel ya no estaba encerrado.
Después de diez años, finalmente había comenzado su camino de regreso.
Velar León