Capítulo II El nacimiento del León del Norte #6
Pero su rostro...
seguía siendo el mismo.
—Quizá aquí envejecemos más despacio —dijo Thromin.
—Tú tampoco has cambiado.
—Los enanos envejecemos mejor.
León lo miró.
—Claro.
—Es un hecho.
—Tienes cara de anciano desde que te conocí.
—Y se acabó la conversación.
León volvió a observar el agua.
Sus ojos rojos lo miraron desde el reflejo.
Por primera vez pensó en ellos.
En aquel lugar había muchas personas.
Miles quizá.
Había visto todos los colores de ojos imaginables.
Pero no recordaba haber encontrado otros como los suyos.
Apartó la mirada.
No significaba nada.
O eso decidió.
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Tiempo después, un guardia llegó a la celda.
—León.
Thrombin ni siquiera levantó la cabeza.
—Otra pelea.
Pero el guardia negó.
—No.
León se puso de pie.
—Entonces ¿qué?
—Te quieren arriba.
—¿Quién?
El hombre abrió la puerta.
—El Guardián.
Thromin levantó inmediatamente la mirada.
León permaneció quieto.
Había pedido hablar con él muchas veces.
Nunca había recibido respuesta.
Hasta ahora.
—¿Por qué?
—Pregúntaselo.
León salió.
Antes de marcharse miró a Thrombin.
—Si no regreso...
—Me quedo con tu comida.
—Sabía que podía confiar en ti.
—Siempre.
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Lo condujeron hasta una parte de la ciudad que nunca había visitado.
Subieron escaleras.
Muchas.
Cuanto más ascendían, más silencioso se volvía todo.
Finalmente llegaron a una puerta.
El guardia la abrió.
—Entra.
León lo hizo.
La habitación era enorme.
Había estanterías llenas de libros.
Mapas que León no reconocía.
Objetos de diferentes culturas.
Armas antiguas.
Y una ventana desde la que podía contemplarse toda la Arena.
El Guardián estaba de espaldas.
León reconoció la silueta.
Era el hombre que había visto cuando llegó.
—Así que tú eres el que me observa.
El hombre no se giró.
—Tú eres el que intenta escapar.
—Eso también.
Silencio.
León miró alrededor.
—¿Dónde estamos?
—En la Arena.
—Empiezo a odiar esa respuesta.
—La mayoría termina haciéndolo.
León avanzó.
—¿En qué continente?
—En ninguno.
La misma respuesta.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
El Guardián guardó silencio.
León frunció el ceño.
—¿No lo sabes?
—Depende.
—¿De qué?
El hombre finalmente se giró.
Su rostro permanecía parcialmente oculto por la poca luz de la habitación.
—De qué tiempo estás preguntando.
León dejó de moverse.
—Explícate.
—Todavía no.
León soltó una risa seca.
—Todos aquí parecen disfrutar diciendo eso.
El Guardián lo estudió.
—Has cambiado desde que llegaste.
—No mucho, aparentemente.
León señaló su rostro.
—Ese es otro misterio que me gustaría entender.
El Guardián no respondió.
—¿Por qué no envejecemos normalmente?
Silencio.
—¿Por qué personas de épocas diferentes terminan aquí?
Nada.
—¿Por qué las carreteras desaparecen?
Nada.
León comenzó a perder la paciencia.
—¿Por qué nadie puede salir?
El Guardián respondió esta vez.
—Porque salir no depende de encontrar una puerta.
León recordó exactamente lo que había pensado después de su intento de fuga.
—Entonces ¿de qué depende?
El Guardián se acercó lentamente.
—De que la Arena te deje ir.
León lo miró.
—Una arena no puede decidir nada.
—Esta sí.
Silencio.
León sintió un escalofrío.
—¿Qué es este lugar?
El Guardián lo observó durante varios segundos.
—Una pregunta que algún día tendrás que responder tú mismo.
León negó con la cabeza.
—Estoy cansado de los acertijos.
Se giró hacia la puerta.
—León.
Se detuvo.
—¿Qué?
—Si realmente quieres regresar con Grindel...
León giró inmediatamente.
El Guardián seguía inmóvil.
—...deja de contar los días.
León frunció el ceño.
—¿Cómo sabes de Grindel?
El hombre no respondió.
—¿Quién eres?
Silencio.
—¿Cómo sabes quién soy?
El Guardián simplemente dijo:
—Vuelve a tu celda.
León avanzó hacia él.
—No.
Dos guardias entraron.
León los miró.
Después volvió a mirar al Guardián.
—Volveré.
Por primera vez apareció una pequeña sonrisa en el rostro del hombre.
—Lo sé.
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Cuando León regresó, Thrombin se acercó inmediatamente.
—¿Qué quería?
León se sentó.
—No tengo idea.
—Excelente conversación.
—Sabe quién soy.
Thromin dejó de bromear.
—¿Qué más?
León miró las marcas que había hecho sobre la pared.
Cientos.
—Me dijo que dejara de contar los días.
Thromin siguió su mirada.
—Quizá deberías hacerlo.
León permaneció en silencio.
Después tomó el pequeño trozo de metal.
Hizo una nueva marca.
Thromin suspiró.
—Por supuesto.
León guardó el metal.
—Mañana seguimos buscando.
—Claro.
—Hay una salida.
—Claro.
—Voy a encontrarla.
Thromin se tumbó.
—Claro.
León cerró los ojos.
A lo lejos, la multitud volvió a rugir.
Había llegado a la Arena creyendo que ya no tenía ninguna razón para continuar.
Ahora tenía dos.
Grindel.
Y salir de aquel maldito lugar.
Todavía pensaba en Yariel cada vez que cerraba los ojos.
Todavía recordaba la última sonrisa de Lysander.
Todavía sentía el peso inexistente de la espada de su madre entre las manos.
Pero seguía respirando.
Y mientras respirara, seguiría buscando.
León abrió los ojos y contempló las marcas de la pared.
No sabía cuánto tiempo pasaría antes de encontrar una salida.
Meses.
Años.
Décadas.
Sonrió con cansancio.
—Tengo tiempo.
Thromin abrió un ojo.
—¿Dijiste algo?
—Nada.
Las luces comenzaron a apagarse.
Una tras otra.
León observó cómo desaparecía la última.
Y por primera vez desde que había llegado, el silencio de la Arena no le pareció vacío.
Le pareció una advertencia.
Porque León todavía pensaba como un hombre de veinticinco años.
Todavía medía su vida en días.
Todavía creía que un año era mucho tiempo.
Todavía no comprendía la verdadera dimensión de su prisión.
Eso vendría después.
Mucho después.
Porque la Arena apenas había comenzado a contar.
El Usurpador