Capítulo II El nacimiento del León del Norte #5
—No lo sé.
—¿Cuánto tiempo pasó?
—No lo sé.
—¿Dónde están nuestras armas?
—León.
—¿Qué?
Thromin señaló sus muñecas.
León miró.
Los grilletes habían regresado.
Cerrados.
La puerta de la celda también estaba cerrada.
León caminó hacia ella.
La cerradura no parecía forzada.
—Esto es imposible.
Thrombin soltó aire.
—Vas a desgastar esa palabra.
León agarró los barrotes.
—Había alguien en la niebla.
Thromin dejó de bromear.
—Lo vi.
León giró.
—¿Quién?
—No sé.
—Nos señaló algo.
—Sí.
—¿Qué había a la derecha?
—Nada.
León intentó recordar.
La niebla.
La silueta.
La mano.
La dirección.
—Quizá quería que fuéramos hacia allí.
—O quería que no fuéramos.
León lo miró.
—Eso no ayuda.
—Bienvenido a la Arena.
León soltó los barrotes.
Entonces escucharon pasos.
Un guardia apareció.
León se acercó.
—¿Quién nos trajo?
El hombre continuó caminando.
León golpeó los barrotes.
—¡Te estoy hablando!
El guardia se detuvo.
—¿Qué quieres?
—Nos escapamos.
—Sí.
—¿Quién nos encontró?
El guardia frunció el ceño.
—Nadie.
León permaneció inmóvil.
—¿Qué?
—Nadie fue a buscarlos.
Thrombin se puso de pie.
—Entonces ¿cómo estamos aquí?
El guardia se encogió de hombros.
—Siempre vuelven.
León sintió un escalofrío.
—¿Todos?
El hombre sonrió.
—Todos.
Continuó caminando.
León lo siguió con la mirada.
—¡Espera!
El guardia no se detuvo.
—¡¿Alguien ha conseguido salir?!
Esta vez el hombre sí se detuvo.
Permaneció de espaldas.
Durante varios segundos no respondió.
Finalmente giró la cabeza.
—No.
Y se marchó.
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En una habitación muy por encima de ellos, el Guardián cerró un libro.
Había sentido algo.
Caminó lentamente hasta la ventana.
Miró la ciudad.
Después la llanura.
Nada parecía diferente.
Sin embargo, permaneció allí.
Esperando.
Una puerta se abrió.
—Han regresado —informó uno de sus hombres.
—Lo sé.
—Llegaron directamente a su celda.
El Guardián no mostró sorpresa.
—Como todos.
El hombre dudó.
—Hay algo más.
El Guardián giró.
—Habla.
—Dicen que vieron a alguien en la niebla.
Por primera vez, su expresión cambió.
Muy poco.
Pero cambió.
—¿A quién?
—No pudieron reconocerlo.
—¿Qué hizo?
—Los observó. Después señaló una dirección.
El Guardián permaneció completamente inmóvil.
—¿Qué dirección?
—No lo sabemos.
Silencio.
El hombre esperó.
—¿Señor?
El Guardián volvió lentamente hacia la ventana.
—Retírate.
—Sí.
La puerta se cerró.
El Guardián continuó observando la llanura.
Durante mucho tiempo.
Después murmuró:
—Todavía no.
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En la celda, Thrombin volvió a sentarse.
—Bueno.
León continuaba frente a los barrotes.
—¿Qué?
—Cuarto intento.
León giró.
—Ese era mi primero.
—Estábamos juntos. Cuenta para ambos.
—No.
—Sí.
—Tus fracasos no son míos.
—¡Terminaste exactamente en la misma celda!
León volvió a mirar hacia el corredor.
Thrombin negó con la cabeza.
—¿En qué piensas?
—En la niebla.
—Yo intento no pensar en ella.
—La niebla está conectada con la entrada.
—Probablemente.
—Y con nuestro regreso.
—Sí.
—Entonces es una puerta.
Thromin lo miró con incredulidad.
—Una puerta que nos devuelve aquí.
—Sigue siendo una puerta.
—Eres insoportable.
León ignoró el comentario.
—Y había alguien dentro.
—Eso es lo que más me preocupa.
León pensó.
—No era un guardia.
—No llevaba armadura.
—Tampoco parecía perdido.
—No.
León bajó la mirada.
—Sabía que estábamos allí.
Thromin guardó silencio.
León se sentó.
Por primera vez desde que había llegado a la Arena, ya no pensaba únicamente en Grindel.
Había algo más.
Un problema.
Un misterio.
Una salida que no quería ser encontrada.
Y aquello despertaba una parte muy antigua de él.
La misma que de niño lo había llevado a internarse en bosques donde no debía estar.
Thromin lo conocía lo suficiente para reconocer aquella mirada.
—No.
León lo miró.
—¿Qué?
—Conozco esa cara.
—No sabes qué cara tengo.
—La cara de alguien a punto de hacer otra estupidez.
León apoyó la espalda contra la pared.
—Mañana seguimos investigando.
Thrombin cerró los ojos.
—Por supuesto.
—Y tenemos que descubrir quién era el hombre de la niebla.
—Por supuesto.
—Y quiero hablar con el Guardián.
Thromin abrió un ojo.
—¿Algo más?
León pensó.
—Sí.
—¿Qué?
—Necesitamos comida.
Thromin suspiró.
—Finalmente una idea inteligente.
León cerró los ojos.
Por primera vez desde la muerte de Lysander, no vio inmediatamente el campo de batalla.
Vio niebla.
Una figura.
Una mano señalando hacia ninguna parte.
Y detrás de todo aquello, una pregunta.
¿Qué era la Arena?
Todavía no tenía la respuesta.
Pero había aprendido algo.
Los guardias no temían que los prisioneros escaparan.
Las puertas no necesitaban permanecer cerradas.
La llanura no conducía a ninguna parte.
La niebla siempre los devolvía.
Y alguien, en algún lugar de aquel lugar imposible, parecía saber que León había llegado.
Aquella noche, si es que allí podía llamarse noche, León comprendió algo más.
Para escapar de la Arena no bastaría con encontrar una puerta.
Primero tendría que descubrir qué reglas impedían cruzarla.
La Arena
Quinta parte final
León dejó de intentar escapar.
No porque se hubiera rendido.
Porque había comprendido que correr hacia una muralla sin entender qué había detrás era exactamente el tipo de estupidez por la que Aznar solía golpearlo con una espada de madera.
Así que empezó a observar.
Los horarios de los guardias.
Las carretas.
Los luchadores nuevos.
Las puertas.
La niebla.
Y, sobre todo, el tiempo.
Thromin no tardó en darse cuenta.
—¿Qué haces?
León estaba sentado junto a la pared de la celda, haciendo pequeñas marcas sobre la piedra con un trozo de metal.
—Contando.
—Yo hice eso.
—Y dejaste de hacerlo.
—Porque descubrí que era deprimente.
León hizo otra marca.
—Entonces intentaré deprimirme con más precisión.
Thrombin soltó una risa.
—Ahí está la princesa que recuerdo.
León lo miró.
—Sigo pudiendo golpear.
—Eso también lo recuerdo.
Había cambiado.
No mucho.
Todavía despertaba algunas veces pronunciando el nombre de Lys Ariel.
Todavía podía quedarse mirando el vacío durante largos periodos.
Todavía llevaba dentro aquella sensación insoportable de haber fallado.
Pero ahora se levantaba.
Comía.
Observaba.
Pensaba.
Y cuando las puertas de la celda se abrían para llevarlo a combatir, caminaba por voluntad propia.
Grindel seguía vivo.
Eso bastaba.
Por ahora.
---
Los combates comenzaron a acumularse.
Tercero.
Cuarto.
Séptimo.
Décimo.
León dejó de contarlos antes que los días.
No todos terminaban con una muerte.
Había descubierto que podía vencer sin matar siempre que incapacitan al adversario lo suficiente para que los guardias declarará terminado el combate.
Al público no siempre le gustaba.
A León no le importaba.
Algunas veces luchaba contra los humanos.
Otras contra los orcos.
Enanos.
Dracónidos.
Una vez contra una criatura que no supo identificar y que Thromin tampoco reconoció cuando intentó describir la.
—Tenía seis patas.
—Eso no ayuda.
—Dos mandíbulas.
—Ayuda menos.
—Intentó comerme.
—Eso sí suena bastante normal aquí.
León sonrió.
Las bromas habían regresado.
No todas.
No como antes.
Pero regresaban.
Y Thrombin nunca decía nada cuando ocurría.
Simplemente sonreía también.
---
Las marcas sobre la pared aumentaron.
León había decidido que cada vez que las luces de los corredores disminuyeran contaría un día.
Sabía que podía estar equivocado.
Pero necesitaba alguna referencia.
Treinta marcas.
Sesenta.
Cien.
El cielo seguía exactamente igual.
León comenzó a preguntar a los recién llegados de dónde venían.
Las respuestas eran cada vez más desconcertantes.
Algunos conocían Costa Dragón.
Otros no.
Un humano aseguró que su pueblo comerciaba con el reino de los elfos.
León le preguntó quién era su rey.
El hombre respondió un nombre que León jamás había escuchado.
Otro hablaba de una guerra entre dos reinos humanos desaparecidos.
Una anciana mencionó una ciudad que, según Thrombin, llevaba siglos destruida en las historias de los enanos.
Nada encajaba.
Era como si la Arena no recogiera personas de un único lugar.
Ni siquiera de un único momento.
Una vez, mientras León regresaba de un combate, vio entrar una nueva carreta.
Se detuvo.
La niebla todavía se deslizaba alrededor de sus ruedas.
Los prisioneros gritaron.
Los guardias los obligaban a bajar.
León buscó el camino detrás de ellos.
La enorme puerta estaba abierta.
Más allá solo había llanura.
Ningún desfiladero.
Ningún bosque.
Nada.
La puerta se cerró.
León permaneció observándola.
—Camina —ordenó el guardia.
Esta vez obedeció.
Pero ya tenía otra certeza.
Las entradas cambiaron.
La Arena no estaba conectada a un lugar.
Estaba conectada a muchos.
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Después de lo que León calculó como varios meses, él y Thromin volvieron a intentar escapar.
Fracasaron.
La siguiente vez probaron los túneles bajo el coliseo.
Fracasaron.
Encontraron un conducto antiguo que descendía mucho más allá de las celdas.
Después de caminar durante horas, salieron...
en el mismo corredor por el que habían entrado.
Thrombin miró la puerta.
Después a León.
—No digas nada.
León levantó las manos.
—No iba a decir nada.
—Estás sonriendo.
—Un poco.
—Te odio.
—Somos amigos.
—Prefiero la Arena.
Otra vez intentaron seguir una carreta.
La perdieron dentro de la niebla.
Otra vez marcaron una pared exterior para comprobar si el espacio se repetía.
Cuando regresaron al mismo lugar, la marca había desaparecido.
Cada intento les daba una respuesta.
Y diez preguntas nuevas.
Pero algo empezó a preocupar a León más que las puertas.
Su cuerpo.
Una noche estaba lavándose la sangre de un combate cuando observó su reflejo en un recipiente metálico lleno de agua.
Se quedó quieto.
Tocó su rostro.
Thrombin estaba comiendo detrás.
—¿Ahora qué?
León no respondió.
—León.
—¿Cuánto tiempo dijiste que llevabas aquí?
Thromin dejó de masticar.
—No otra vez.
—Respóndeme.
—Mucho.
León se giró.
—Cuando nos conocimos, ¿cuántos años aparentaba?
Thromin frunció el ceño.
—Los mismos que ahora.
León volvió a mirar su reflejo.
—Exactamente.
Thrombin dejó la comida.
León pasó los dedos por su barba.
Había crecido.
Su cabello también.
Las heridas cicatrizaron.
Sentía hambre.
Dormía.
Todo funcionaba normalmente.