Leon Del Norte Capítulo II El nacimiento del León del Norte #4
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Capítulo II El nacimiento del León del Norte #4

—¿La misma que vi yo?

—Probablemente.

—¿Y la puerta?

—La encontré.

—Entonces sí existe.

Thrombin negó.

—La puerta existía. Mi camino no.

León pensó en el desfiladero.

—¿Intentas atravesar la llanura?

Thromin levantó dos dedos.

—Segundo intento.

—¿Qué ocurrió?

—Caminé.

—¿Cuánto?

—Hasta pensé que iba a morir de sed.

—¿Y?

—Volví a la Arena.

León frunció el ceño.

—¿Te rendiste?

Thromin lo fulminó con la mirada.

—No.

—Entonces ¿cómo volviste?

Thromin guardó silencio.

León entendió que allí estaba la parte importante.

—Thromin.

—Nunca me di la vuelta.

León dejó de moverse.

—¿Qué?

—Caminé siempre en línea recta.

—Eso no tiene sentido.

—¡Ya lo sé!

Algunos prisioneros los miraron.

Thromin bajó la voz.

—Caminé durante horas. La Arena se hizo pequeña detrás de mí. Después desapareció.

—¿Y entonces?

—Seguí caminando.

—¿Cuándo regresaste?

—Cuando vi las murallas frente a mí.

León lo miró.

—Te desorientas.

—Usé las montañas como referencia.

—Entonces el terreno...

—No lo sé.

Thromin golpeó ligeramente la piedra con el puño.

—Eso es lo que intento decirte. Aquí puedes caminar alejándote de la Arena y terminar caminando hacia ella.

León guardó silencio.

Aquello sí era un problema.

—¿Y el tercer intento?

Thrombin hizo una mueca.

—Fue peor.

—¿Qué hiciste?

—Encontré una carreta que iba a salir.

León se inclinó hacia delante.

—¿Salen carretas?

—Sí.

—Entonces...

—Déjame terminar.

Thromin lo señaló.

—Me escondí debajo.

—¿Cómo?

—Soy enano.

León abrió la boca.

Thromin levantó un dedo.

—Ni una palabra sobre mi altura.

León cerró la boca.

—Continúa.

—La carreta llegó a la puerta. Sentí que avanzábamos. Escuché las ruedas. Después apareció la niebla.

León prestó toda su atención.

—¿Perdiste el sonido?

—Sí.

—¿Y después?

Thrombin tardó en responder.

—Desperté en mi celda.

León frunció el ceño.

—¿Te encontraron?

—No lo sé.

—¿Te golpearon?

—No.

—¿Los guardias dijeron algo?

—Nada.

—¿Cuánto tiempo pasó?

Thrombin negó.

—No lo sé.

León se quedó pensando.

—¿Y desde entonces no lo intentaste?

—Desde entonces decidí que quizá primero debía entender el lugar antes de volver a hacer estupideces.

León se puso de pie.

—Perfecto.

Thromin lo miró.

—No me gusta cómo dijiste eso.

—Esta noche escapamos.

—¿Escuchaste una sola palabra de lo que acabo de contar?

—Todas.

—¿Y tu conclusión fue “vamos otra vez”?

—Sí.

Thrombin cerró los ojos.

—Te odio.

—No somos amigos, ¿recuerdas?

—Cada minuto estoy más convencido.

---

Esperaron.

No tenían forma de saber cuántas horas.

León comenzó a comprender por qué Thrombin había dejado de contar los días.

Sin sol, sin verdadera noche y sin estaciones, el tiempo se convertía rápidamente en una idea.

Comían cuando les daban comida.

Dormían cuando apagaban las lámparas.

Peleaban cuando los llamaban.

Eso era todo.

Cuando finalmente se apagaron las luces, León abrió los ojos.

Thrombin estaba sentado al otro lado.

—Todavía podemos no hacer esto.

—Claro.

—¿En serio?

—No.

—Imbécil.

Habían observado a los guardias durante lo que León calculaba que habían sido tres ciclos de sueño.

Siempre la misma rutina.

Dos recorrían el corredor.

Uno se detenía en la esquina.

El otro continuaba.

Durante unos minutos, una sección quedaba fuera de su vista.

Thrombin había conseguido una pequeña pieza metálica.

León decidió no preguntar de dónde.

El enano trabajó sobre la cerradura.

—¿Cuánto tardas?

—Más si sigues hablando.

—Llevas mucho.

—Cinco minutos.

—Muchísimo.

—Puedo dejarte aquí.

Click.

La puerta se abrió.

León sonrió.

—Sabía que éramos amigos.

—Sal.

Avanzaron por el corredor.

Descalzos.

Sin armas.

Sin armadura.

León iba delante.

Thromin detrás.

Llegaron a la esquina.

Un guardia apareció antes de tiempo.

Los tres se quedaron quietos.

—¿Qué...?

León cruzó la distancia antes de que terminara.

Una mano sobre la boca.

Golpe contra la pared.

El guardia cayó inconsciente.

Thromin miró a León.

—Pensé que estabas deprimido.

León tomó las llaves.

—Lo estoy.

—Pues deprimido golpeé bastante fuerte.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Continuaron.

No liberaron a los demás.

Todavía no.

León no iba a iniciar una rebelión sin saber siquiera dónde estaba la salida.

Subieron unas escaleras.

Después otras.

Llegaron a la zona donde guardaban armas.

León tomó una espada.

Thromin eligió un hacha.

—Ahora sí.

León lo miró.

—¿Qué?

Thromin sostuvo el arma.

—Me sentía desnudo.

León bajó la mirada hacia él.

—Con barba.

—Termina esa frase y vuelves solo.

León casi sonrió.

Siguieron avanzando.

Thrombin conocía parte del camino.

Llegaron a una puerta lateral.

La abrió.

La ciudad estaba silenciosa.

O tan silenciosa como podía estar aquel lugar.

Todavía había gente en algunas calles.

Tabernas abiertas.

Guardias.

Lámparas.

Y arriba...

el mismo cielo.

León se detuvo.

La luz era más débil.

Pero no había estrellas.

No había luna.

Solo aquella claridad gris.

—Esto no es noche —murmuró.

—Te lo dije.

Caminaron pegados a los edificios.

Thrombin tomó la delantera.

—Por aquí.

—¿Seguro?

—No.

—Excelente.

—¿Quieres guiarte?

—No.

—Entonces cállate.

Atravesaron un mercado vacío.

Después una calle estrecha.

Llegaron finalmente a la muralla.

León levantó la mirada.

Era enorme.

—¿Cómo subiste la primera vez?

Thromin señaló unas escaleras.

—Por ahí.

—Eso parece demasiado fácil.

—Lo es.

León lo miró.

—¿No vigilan?

—Sí.

—¿Entonces?

Thromin sonrió amargamente.

—Creo que no les preocupa que escapemos.

Aquello era peor.

Subieron.

Encontraron dos guardias.

León derribó al primero.

Thromin golpeó al segundo con el mango del hacha.

Llegaron a la parte superior.

La llanura se extendía delante de ellos.

Inmensa.

Vacía.

León buscó el desfiladero.

No estaba.

Caminó varios metros por la muralla.

Miró hacia un lado.

Después hacia el otro.

Nada.

—No.

Thromin se apoyó en la piedra.

—Te dije.

—Estaba allí.

—Mi bosque también.

León señaló el horizonte.

—Dos montañas enormes. Un desfiladero. Entramos por allí.

—Ahora no existe.

—Las montañas no desaparecen.

—Aquí sí, aparentemente.

León apretó la mandíbula.

Abajo había una puerta.

—Vamos.

Thromin suspiró.

—Segundo intento.

---

Salieron.

Nadie los persiguió.

Eso inquietó a León más que cualquier alarma.

—¿No vienen?

Thrombin miró atrás.

—No.

—¿Por qué?

—Camina.

León entendió.

Los guardias no necesitaban perseguirlos.

La primera hora fue sencilla.

O lo que ellos calcularon como una hora.

La Arena comenzó a reducirse detrás.

León eligió una formación rocosa del horizonte como referencia.

—Vamos hacia allí.

—Eso hice yo.

—Esta vez somos dos.

—Qué alivio. Podremos perdernos juntos.

Caminaron.

Y caminaron.

La Arena se hizo más pequeña.

Después diminuta.

Finalmente desapareció.

León se detuvo.

Miró atrás.

Nada.

—Bien.

Thromin lo observó.

—¿Bien?

—Ya no la vemos.

—Eso dije la última vez.

Siguieron.

La formación rocosa continuaba frente a ellos.

Nunca parecía acercarse.

León empezó a contar pasos.

Mil.

Dos mil.

Tres mil.

Dejó de hacerlo.

Thromin respiraba pesadamente.

—¿Todavía quieres seguir?

—Sí.

—Odio tu personalidad.

—Lo sé.

Continuaron.

El terreno no cambiaba.

Las mismas piedras.

La misma tierra gris.

El mismo cielo.

León empezó a sentir sed.

No sabían cuánto llevaban caminando.

Horas.

Quizá más.

La formación rocosa continuaba exactamente a la misma distancia.

—Esto no tiene sentido —dijo León.

—Bienvenido.

León se detuvo.

Clavó la espada en el suelo.

Se agachó.

Recogió varias piedras.

Formó una pequeña flecha apuntando hacia delante.

—¿Qué haces?

—Una marca.

—¿Para qué?

—Para saber si volvemos a pasar por aquí.

Thromin observó las piedras.

—Yo hice algo parecido.

León lo miró.

—¿Y?

—Sigue caminando.

Continuaron.

Mucho después, Thrombin se detuvo.

—León.

—¿Qué?

El enano señaló el suelo.

León miró.

Una flecha hecha con piedras.

Su flecha.

Apuntaba hacia delante.

León no dijo nada.

Caminó hasta ella.

La examinó.

Las mismas piedras.

La misma disposición.

—No giramos.

—No.

—La formación rocosa estuvo siempre delante.

—Sí.

León levantó la mirada.

La formación continuaba allí.

Frente a ellos.

Giró lentamente.

Detrás...

también había una formación rocosa.

Idéntica.

León sintió que el estómago se le cerraba.

Thrombin soltó una risa nerviosa.

—Ahora entiendes por qué me rendí.

León tomó la espada.

—Todavía no.

—León.

—Otra dirección.

—No.

—Thromin.

—No voy a caminar otros ocho mil malditos pasos para encontrar la misma piedra.

León iba a responder.

Entonces escucharon algo.

Una rueda.

Ambos se quedaron quietos.

Crac.

Crac.

Crac.

Una carreta.

León giró.

No había nada.

El sonido continuó.

Más cerca.

—¿Lo escuchas? —preguntó.

—Sí.

La niebla comenzó a aparecer alrededor de sus pies.

Thromin retrocedió.

—No.

León miró hacia abajo.

—Es la misma.

—Tenemos que movernos.

La niebla subió.

—Espera.

—¡León!

—Esto puede ser la salida.

—O puede ser exactamente lo que me pasó a mí.

El sonido desapareció.

León miró a Thrombin.

El enano movía la boca.

No escuchó nada.

Silencio absoluto.

La niebla llegó a sus cinturas.

León agarró el brazo de Thromin.

El enano hizo lo mismo.

No iban a separarse.

La niebla subió.

Pecho.

Cuello.

Rostro.

Blanco.

Nada.

León no podía escuchar su respiración.

Ni su corazón.

Ni siquiera sabía si seguía tocando a Thromin.

Apretó con más fuerza.

Entonces sintió algo.

No un sonido.

Una presencia.

León levantó la cabeza.

Había una silueta dentro de la niebla.

Muy lejos.

Humana.

Quieta.

León entrecerró los ojos.

La figura parecía observarlos.

Intentó avanzar.

Thromin tiró de él.

León señaló hacia la silueta.

El enano miró.

Su rostro cambió.

También la veía.

La figura levantó lentamente una mano.

No saludó.

Señaló.

Hacia la derecha.

León miró en aquella dirección.

No había nada.

Volvió hacia la figura.

Había desaparecido.

La niebla se cerró.

Y el mundo se apagó.

---

León abrió los ojos.

Estaba tumbado sobre la piedra.

Tardó varios segundos en comprenderlo.

Techo.

Barrotes.

Celda.

Se incorporó de golpe.

—¡Thromin!

—No grites.

León giró.

El enano estaba sentado contra la pared. —¿Estás bien?

—Además de haber vuelto mágicamente a la maldita celda, estupendo.

León miró alrededor.

Los otros prisioneros dormían.

—¿Cómo regresamos?

—No lo sé.

León se puso de pie.

—¿Nos encontraron?