Capítulo II El nacimiento del León del Norte #3
Bailar, sin entender absolutamente nada de lo que ocurría a su alrededor, abrió los ojos.
El sol descendió entre las torres y un rayo de luz cayó directamente sobre su rostro.
Sus ojos carmesí brillaron bajo aquella luz.
Por un instante, parecieron encenderse.
La multitud volvió a celebrar.
Valerion contempló a su hijo y sonrió mientras lo acercaba nuevamente contra su pecho.
—Mi pequeño León —susurró—. Algún día entenderás todo esto.
La música comenzó poco después.
El coliseo se transformó por completo. Los músicos empezaron a tocar mientras los sirvientes llevaban más comida a las mesas.
Los niños corrían entre los adultos, los soldados hablaban entre ellos y los invitados de las distintas tierras compartían historias.
Algunos enanos levantaban sus jarras mientras reían a carcajadas, mientras los músicos cambiaban de melodía una y otra vez para mantener viva la celebración.
En el palacio, los salones también estaban llenos. Los invitados entregaron regalos destinados al futuro rey y ofrecieron sus condolencias a Valerio por la muerte de la reina. El rey recibió cada palabra con gratitud, aunque de vez en cuando sus ojos buscaban al pequeño Velar.
Elysandra permanecía cerca de él.
Después de un largo rato, se acercó y observó el movimiento que había por todo el lugar.
—Valerio —dijo con una pequeña sonrisa—, creo que esta será una noche muy larga.
El rey soltó una risa.
—Y nadie olvidará este día.
Elysandra lo miró durante unos segundos.
—Deberías divertirte un poco.
Valerion la observó.
—No he hablado mucho contigo desde que murió tu hermana. Lo siento.
Elysandra frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—Por haberte dejado sola con todo esto. Perdí a mi esposa y olvidé que tú también perdiste a tu hermana.
Elysandra sonrió con serenidad.
—Tranquilo, mi lord. Nuestro padre nos preparó para algo así desde pequeños. Siempre decía que la muerte llegará para todos algún día. Mi hermana ya está descansando junto a los antiguos dioses. Y me alegra pensar que no tiene que sufrir más.
Valerion permaneció callado unos segundos.
Después sonrió.
—Eres una mujer muy fuerte.
—Gracias, mi lord.
—Por eso eres mi primera mano.
Elysandra inclinó ligeramente la cabeza.
—Y espero seguir así durante muchos años.
Valerion soltó una pequeña risa.
—Eso espero yo también.
En ese momento apareció Thorgaard.
—Buenas noches, mi lord.
Valerion giró la cabeza.
—Thorgaard, amigo mío. ¿Dónde te habías metido?
El anciano sonrió.
—En un lugar donde no hubiera tanta música, mi lord.
Valerion comenzó a reír.
—¿Ya te cansaste?
—Las fiestas ya pesan demasiado para mí. La edad finalmente está alcanzando.
Valerion negó con la cabeza.
—Entonces deberías ir a descansar.
Thorgaard miró hacia donde se encontraba Bailar.
El pequeño estaba tranquilo mientras escuchaba la música.
—Aunque parece que al pequeño le gusta la fiesta.
Valerion miró a su hijo.
—Le gusta la música.
Thorgaard sonrió.
—Es igual que usted cuando era niño.
Valerion levantó una ceja.
—¿Yo?
—Sí, mi lord. Usted podía escuchar música durante horas.
El rey sonrió.
—Entonces espero que también heredé las cosas buenas de mí.
Thorgaard lo miró con afecto.
—Estoy seguro de que las heredará.
Valerion bajó la mirada hacia su hijo.
—Algún día quiero que mi hijo sea mejor que yo.
Thorgaard permaneció unos segundos en silencio.
Luego respondió con una sonrisa.
—Lo será, mi lord.
Valerion levantó la mirada.
—¿Lo crees?
—Sí. Será el gran León del Norte.
El rey sonrió.
—Eso espero.
Thorgaard hizo una pequeña reverencia.
—Si me disculpa, señor, me retiraré a mis aposentos. Buenas noches.
—Buenas noches, Thorgaard.
El anciano se giró y después miró a Elysandra.
—Buenas noches, mi leidi.
—Buenas noches, lord Thorgaard. Descanse.
Thorgaard se marchó lentamente por los pasillos del palacio.
Valerion lo observó alejarse durante unos segundos antes de volver la mirada hacia su hijo.
La celebración continuó.
Durante cuatro días enteros, la Costa Dragón permaneció de fiesta. Las calles estuvieron llenas de música, comida y visitantes. Las banderas ondeaban sobre las torres y las mesas permanecieron llenas desde el amanecer hasta la noche.
El nacimiento de Velar León había reunido a pueblos que durante generaciones habían compartido alianzas, historias y viejas rivalidades.
Y durante aquellos cuatro días, por encima de cualquier diferencia, todos celebraron lo mismo: el nacimiento del futuro rey de la Costa Dragón.
Así terminó la celebración.
La Arena
Cuarta parte
La segunda pelea duró menos que la primera.
No porque el adversario de León fuera débil.
Todo lo contrario.
El hombre que salió por la puerta opuesta llevaba dos espadas cortas y tenía el cuerpo cubierto de cicatrices. No habló. No sonrió. No intentó intimidarme.
Simplemente atacó.
León lo agradeció.
No quería escuchar discursos.
El primer corte pasó junto a su cuello.
León retrocedió.
El segundo buscó su abdomen.
Desvió la hoja.
El hombre giró sobre sí mismo y atacó nuevamente.
Era rápido.
Mucho más que Darvan.
León bloqueó dos golpes consecutivos, recibió un tercero con la parte plana de la espada y respondió con una patada que hizo retroceder a su adversario.
La multitud gritaba.
León apenas la escuchaba.
Esta vez no permaneció quieto esperando la muerte.
Esta vez luchó desde el principio.
No había recuperado las ganas de vivir.
Había encontrado algo diferente.
Una deuda.
Grindel.
Mientras su tío siguiera respirando, León no tenía derecho a morir allí.
El adversario volvió a atacar.
León se escapó.
Recordó una corrección de Aznar.
Un movimiento que había repetido cientos de veces durante su adolescencia.
Dejó pasar la primera espada.
Bloqueó la segunda.
Giró.
Golpeó la muñeca.
Una de las armas cayó.
El hombre intentó retroceder.
Demasiado tarde.
León lo derribó.
La punta de su espada quedó contra la garganta del luchador.
El público rugió.
—¡MÁTALO!
—¡LEÓN!
—¡MÁTALO!
León respiró agitadamente.
El hombre bajó su espada y lo miró.
No suplicó.
Eso fue lo peor.
Parecía acostumbrado.
León miró hacia las gradas.
Miles de personas esperaban.
Volvió a mirar al hombre.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
El luchador parpadeó, confundido.
—¿Qué?
—Aquí.
—¿Qué importa?
—Respóndeme.
El hombre tragó saliva.
—Veintinueve años.
León sostuvo su mirada.
Veintinueve.
Parecía tener poco más de treinta.
—¿Quieres morir?
El hombre soltó una risa amarga.
—¿Tú sí?
León no respondió.
Retiró la espada.
La multitud comenzó a abuchear.
El adversario lo miró sorprendido.
—Levántate.
—Van a castigarte.
—Entonces que lo hagan.
El hombre permaneció inmóvil.
León señaló la puerta.
—Vete.
El luchador se puso lentamente de pie.
La multitud protestó todavía más.
Desde uno de los balcones, varios guardias comenzaron a hablar entre ellos.
León dejó caer la espada.
—Ya terminé.
Caminó hacia su puerta.
Un objeto lanzado desde las gradas cayó cerca de él.
Después otro.
León ni siquiera levantó la mirada.
Cuando llegó al corredor, cuatro guardias lo esperaban.
Uno lo golpeó en el abdomen.
León se dobló.
Otro lo sujetó.
—Aquí no se decide cuándo termina un combate.
León respiró con dificultad.
—Pues deberían explicarlo antes.
El guardia le dio otro golpe.
León cayó de rodillas.
—¿Algo más?
El hombre levantó el puño.
Una voz surgió desde el fondo del corredor.
—Basta.
Todos se detuvieron.
León levantó la cabeza.
Un hombre vestido con una túnica oscura se encontraba varios metros más allá.
No era el Guardián que León había visto sobre la entrada.
Era uno de sus hombres.
Los guardias bajaron inmediatamente las manos.
—Pero no lo mató.
—Ganó.
—La gente...
—La gente encontrará otra cosa por la que gritar.
El hombre miró a León.
—Llévenlo de vuelta.
León se puso de pie.
Mientras los guardias volvían a encadenarlo, miró hacia aquel desconocido.
—¿Quién decide las reglas?
El hombre sonrió ligeramente.
—No tú.
—Eso ya lo había entendido.
—Entonces estás aprendiendo.
—¿Quién?
El hombre no respondió.
Se dio la vuelta.
León insistió.
—¿El Guardián?
El desconocido se detuvo.
Solo durante un instante.
Después continuó caminando.
León lo observó desaparecer.
Otra pregunta.
Aquel lugar parecía fabricarlas.
---
Thrombin estaba esperándolo.
—¿Qué hiciste?
León entró en la celda.
—Gané.
—Eso lo sé.
—Entonces ¿por qué preguntas?
—Porque escuché a cinco mil personas pidiendo que te golpearan.
León se sentó.
—No maté al otro.
Thromin lo miró fijamente.
—¿Por qué?
León levantó una ceja.
—¿Ahora quieres que mate gente?
—No. Quiero que dejes de buscar nuevas maneras de conseguir que te maten a ti.
León apoyó la cabeza contra la pared.
—No quería hacerlo.
Thromin se sentó frente a él.
—Esto es una arena.
—Lo noté.
—Aquí matar es parte del asunto.
—También escapar.
El enano suspiró.
—Sabía que volveríamos a esto.
León lo miró.
—Dijiste que intentaste escapar tres veces.
—Sí.
—Cuéntame.
—No.
—Thromin.
—No.
—Amigo.
—No somos amigos.
—Entonces cuéntamelo para que deje de hablarte.
Thrombin se quedó pensativo.
—Eso sí es tentador.
León esperó.
El enano miró a los otros prisioneros.
Después se acercó.
—La primera vez intenté salir por donde entré.
—¿Y?
—No estaba.
—¿La puerta?
—El camino.
León frunció el ceño.
Thromin bajó la voz.
—Yo no llegué por tu desfiladero.
León lo observó.
—¿Cómo sabes por dónde llegué?
—Me dijiste lo de la niebla mientras te llevaban al combate.
—Cierto.
Thromin continuó:
—Yo llegué por un bosque.
—¿Qué bosque?
—No lo sé. Estaba encadenado en una carreta igual que tú. Entramos entre árboles. Había niebla. Cuando salimos...
—La Arena.
—Sí.
León se quedó pensativo.
—¿También desapareció el sonido?
Thromin levantó la mirada.
—Sí.
Aquello confirmó algo.
—Entonces la niebla importa.
—Gran descubrimiento.
—Cállate.
—Tú preguntaste.
—¿Volviste al lugar por donde entraste?
—Eso intenté.
Thromin señaló hacia alguna parte más allá de las paredes.
—La primera semana memoricé el recorrido desde las celdas. Esperé hasta que dejaron una puerta de servicio abierta. Salí, crucé media ciudad, llegué a la muralla...
—¿Y?
—Nada.
—¿Nada qué?
—No había bosque.
León permaneció inmóvil.
—¿Qué había?
—Una llanura.