Capítulo II El nacimiento del León del Norte #2
El bebé respondió con una sonrisa.
Elysandra soltó una pequeña risa.
—Parece que te ha entendido.
Thorgaard sonrió.
—Eso espero.
En ese momento, las puertas de la sala se abrieron.
Sunder apareció apresuradamente.
—El rey ha sido encontrado.
Thorgaard se puso de pie.
—¿Dónde está?
—Lo están llevando a su habitación.
Sunderic respiró profundamente antes de continuar.
—El rey elfo quiere hablar con él.
Thorgaard permaneció pensativo durante unos segundos.
—¿Qué hacemos?
Sunder esperó su respuesta.
Thorgaard finalmente habló.
—Hablaremos con la verdad.
Después miró a Elysandra.
—Elysandra, ve tú. Habla con el rey elfo.
Ella asintió.
—Muy bien, mi lord.
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Elysandra salió del castillo y atravesó los jardines.
Los elfos habían permanecido allí durante aquellos días de luto. Caminaban tranquilamente entre los jardines del castillo, altos y refinados, con una presencia que hacía que incluso bajo la luz del sol parecieran distintos a los demás pueblos.
Elysandra se acercó al rey elfo.
—Mi lord Rey Lysander.
El elfo se puso de pie.
Era un hombre muy alto.
Elysandra hizo una reverencia.
—Me presento. Soy Elysandra, primera mano del rey Valeiron.
Lysander inclinó ligeramente la cabeza.
—Es un placer conocerte.
—Su majestad se encuentra en un estado crítico por la muerte de mi hermana, la reina.
Lysander guardó silencio.
Su expresión cambió.
—Entiendo perfectamente lo que está sintiendo en este momento.
Elysandra levantó la mirada.
El rey elfo continuó:
—Yo también perdí a mi esposa.
Sus ojos se dirigieron hacia el lugar donde se encontraba su hija.
—Y solo me quedé con ella.
Después volvió a mirar a Elysandra.
—Justamente por eso quiero hablar con él. Si fuera tan amable, quisiera verlo. No importa si es en la sala del trono o en sus aposentos. Valerion es un gran amigo.
Elysandra asintió.
—Muy bien, mi lord. Acompáñeme.
Los guardias elfos que permanecían cerca se pusieron de pie.
Uno de ellos dio un paso hacia delante.
—Mi lord...
Lysander levantó una mano.
—No.
El guardia se detuvo.
—Yo iré solo. Esto es de amigo a amigo. Además, este reino es amigo de nosotros. No tienen que desconfiar.
El elfo dudó.
—Pero, mi lord...
Lysander sonrió ligeramente.
—Está bien, chico. Ven conmigo.
El rey comenzó a caminar junto a Elysandra.
Mientras atravesaban los pasillos del castillo, Lysander habló.
—Quiero conocer al futuro rey.
Elysandra sonrió.
—Por aquí, mi lord.
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Thorgaard los esperaba en uno de los corredores.
—Por aquí, señor.
Lysander siguió al anciano.
Llegaron hasta la habitación donde se encontraba Bailar.
Al entrar, Lysander observó al bebé.
Su rostro mostró una pequeña sonrisa.
—Sus ojos son diferentes.
Se acercó un poco.
—Parecen carmesí. No son rojos como la sangre.
Miró a Thorgaard.
—¿Será normal?
Thorgaard negó lentamente con la cabeza.
—Mi lord, en mis años con la familia real nunca había visto ojos carmesí. Solo ojos del color de la sangre.
Volvió a observar al pequeño.
—Sin duda, este muchacho será muy fuerte.
Lysander miró al bebé.
—El carmesí es un material muy duro.
Después extendió su mano y la colocó suavemente sobre la frente del niño.
Durante unos instantes no dijo nada.
Entonces habló.
—Que todas tus decisiones te guíen y te cuiden.
Los presentes permanecieron en silencio.
—Y cuando no sepas qué hacer... te estaré esperando.
Todos quedaron sorprendidos.
Era la primera vez que un elfo bendecía a un niño que no pertenecía a su raza.
Lysander retiró lentamente la mano.
—Ahora bien.
Miró hacia Elysandra.
—Quiero ver al rey.
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Caminaron hasta la habitación de Valerion.
Cuando entraron, el rey permanecía sentado, todavía vestido con las ropas que llevaba desde que había sido encontrado. Su rostro reflejaba el cansancio de alguien que apenas había podido descansar.
Lysander lo observó durante unos segundos.
Después miró a Elysandra.
—Déjanos solos.
Ella hizo una reverencia y salió.
La puerta se cerró.
Lysander se acercó lentamente.
—Amigo mío.
Valerion levantó la mirada.
—Lysander...
El rey elfo se sentó frente a él.
—Tranquilo.
Valerion bajó nuevamente la mirada.
Lysander habló con calma.
—Sé cómo te sientes.
Valerion apretó las manos.
—Es muy duro.
—Lo sé.
El silencio llenó la habitación.
Valerion finalmente habló.
—Pero mi hijo me necesita.
Lysander asintió.
—Sí.
El rey respiró profundamente.
—Mi corazón está en conflicto. Quiero que este dolor desaparezca de mi mente. Pero cuando cierro los ojos... la veo en cada rincón de mi mente.
Lysander lo escuchó sin interrumpir.
—Solo quiero que sepas algo —dijo finalmente—. Todo estará bien.
Valerion levantó la mirada.
—Tú estarás bien.
El rey permaneció en silencio.
—No olvides tener paciencia durante este proceso —continuó Lysander—. No te dejes morir por dentro.
Valerion respiró profundamente.
Lysander mantuvo la mirada sobre su amigo.
—Recuerda que, si sufres demasiado por su muerte, ella no podrá descansar en paz.
El rey cerró los ojos.
Una lágrima recorrió su rostro.
Lysander continuó hablando con serenidad.
—No escuches la voz dentro de tu cabeza. Lo estás haciendo muy bien, amigo mío.
Valerion abrió los ojos.
Lysander se puso de pie.
—Ahora ponte esa armadura que tienes.
Valerion lo miró con cierta sorpresa.
—¿Mi armadura?
—Sí.
Lysander sonrió.
—Celebremos el nacimiento de tu hijo. Todos te están esperando.
Valerion permaneció sentado durante unos segundos.
Después respiró profundamente.
—Está bien.
Se levantó lentamente.
—Estaré bien.
Lysander asintió.
—Gracias, rey Lysander.
—No tienes que agradecerme.
Valerion lo miró.
Por primera vez desde la muerte de su esposa, su rostro mostró algo distinto al dolor.
Todavía estaba destruido.
Pero había decidido levantarse.
Tercera parte
Pasaron dos días más antes de que el rey Valeiron volviera a presentarse ante su pueblo.
Durante aquel tiempo permaneció apartado de las celebraciones, encerrado en sus aposentos mientras el reino continuaba guardando luto por la muerte de la reina.
El dolor seguía allí, pero las palabras del rey Lysander habían comenzado a cambiar la manera en que Valerion veía aquella pérdida.
Su esposa había muerto, sí, pero ya no quería pensar solamente en la muerte.
Quería pensar en el descanso que finalmente había encontrado y en el hijo que ella había dejado atrás.
Aquella mañana, el cielo estaba despejado y el sol iluminaba las torres de la Costa Dragón.
Las campanas comenzaron a sonar desde temprano y las calles volvieron a llenarse de personas.
El coliseo de juicios, que días atrás había sido escenario del combate entre los hermanos León, ahora estaba completamente adornado para una celebración.
Grandes telas colgaban de las paredes, mesas cubiertas de comida rodeaban el lugar y músicos ocupaban una de las plataformas mientras preparaban sus instrumentos.
Había frutas, carnes, panes recién horneados, quesos, dulces y grandes jarras de bebidas.
Por las calles se escuchaban risas, canciones y conversaciones provenientes de personas que habían llegado desde tierras lejanas.
Los invitados de los distintos reinos habían permanecido en la Costa Dragón para acompañar aquel momento.
Humanos caminaban junto a enanos, dracónidos conversaban con hombres de la costa y los elfos se mezclaban entre los demás invitados con aquella elegancia característica de su pueblo.
Aquello no era solamente una celebración para la familia real.
Era una celebración para todo el continente.
Cuando Valerion apareció en el coliseo, llevaba a su hijo en brazos. El pequeño Velar estaba envuelto en ropas reales y dormía tranquilamente contra el pecho de su padre. El rey caminó hasta el centro del lugar y se puso de pie frente a los cientos de personas que habían acudido.
Los murmullos desaparecieron poco a poco.
Uno tras otro, los presentes guardaron silencio.
Valerion miró a su pueblo. Durante unos segundos no dijo nada. Observó los rostros frente a él y después bajó la mirada hacia su hijo. Sus ojos se llenaron de emoción antes de volver a levantar la cabeza.
—Hermanos de la Costa Dragón... y hermanos de otras tierras —comenzó—. Gracias por haber venido. Gracias por esperar mi regreso y por acompañarnos en este día.
Su voz era firme, pero podía sentir el cansancio detrás de cada palabra.
—Como todos sabéis, mi reina murió hace pocos días. Durante ese tiempo estuve perdido en mi propio dolor. Perdí a la mujer que amaba y pensé que jamás podría mirar este día sin sentir que algo dentro de mí se había roto para siempre.
El coliseo permaneció completamente en silencio.
Valerion acarició suavemente la cabeza de su hijo.
—Pero nuestro amigo, el rey Lysander, me recordó algo que necesitaba escuchar.
Mi amada ya no sufre. Descansa en paz junto a los antiguos dioses.
Y aunque su ausencia siempre estará conmigo, hoy quiero honrar su memoria de otra manera.
No quiero recordar solamente el día en que murió.
Quiero recordar también el día en que nos dio a nuestro hijo.
Valerion levantó ligeramente al bebé para que todos pudieran verlo.
—Por eso hoy no estamos aquí solamente para llorar. Estamos aquí para celebrar la vida.
Algunos de los presentes sonrieron. Otros bajaron la cabeza conmovidos.
—Doy gracias al rey Lysander, al rey de los enanos, al rey de los dracónidos y al rey de los druidas por haber viajado hasta nuestra tierra para compartir este momento con nosotros. Y doy gracias a cada hombre, mujer y niño que ha venido desde cualquier rincón de este continente.
Valerion respiró profundamente.
Entonces miró nuevamente a su hijo.
—Y ahora quiero presentaros a quien algún día llevará la corona de la Costa Dragón.
El rey sonrió.
—Os presento a Velar León, mi hijo, mi heredero y el próximo rey de la Costa Dragón.
Por un instante hubo silencio.
Después, el coliseo estalló.
—¡QUE VIVA EL FUTURO REY!
—¡LARGA VIDA A BAILAR!
—¡LARGA VIDA AL LEÓN!
Los aplausos resonaron entre las enormes paredes de piedra. Los reyes invitados se pusieron de pie y realizaron una reverencia hacia el pequeño heredero. Incluso aquellos que habían llegado desde tierras lejanas mostraron respeto ante el niño.