Leon Del Norte Capítulo II El nacimiento del León del Norte
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Capítulo II El nacimiento del León del Norte

Habían pasado cuatro meses desde el juicio de Grindel.

Desde entonces, el reino de la Costa Dragón había vivido días de celebración.

El nacimiento del heredero al trono, esperado durante tanto tiempo, estaba cada vez más cerca, y las noticias habían recorrido los nueve continentes.

Reyes, príncipes y representantes de tierras lejanas habían viajado hasta el continente Dragón para presenciar aquel acontecimiento.

Habían llegado humanos, enanos, dracónidos, gigantes, elfos y altos elfos.

Las calles de la capital estaban llenas de visitantes, estandartes y voces provenientes de distintos pueblos que, por unos días, compartían el mismo motivo para celebrar.

El continente Dragón era el más grande e importante de los nueve continentes, y aquella celebración había convertido la capital en un lugar todavía más concurrido de lo habitual.

En las calles se escuchaban conversaciones en diferentes lenguas, los mercados permanecían llenos y las personas hablaban del mismo tema: el hijo del rey Valeiron estaba a punto de nacer.

Mientras el reino entero disfrutaba de aquellos días de alegría, el rey no conseguía apartar de su corazón una preocupación que no sabía explicar.

Valerion se encontraba en la torre más alta del castillo.

Desde allí podía contemplar gran parte de su reino.

Las murallas rodeaban la ciudad y, más allá de ellas, se extendían los caminos cubiertos por los últimos restos del invierno.

Desde aquella altura, la multitud parecía pequeña, pero el rey sabía que cada una de aquellas personas formaba parte del reino que algún día heredaría su hijo.

Valerion permaneció junto a la ventana durante unos instantes, contemplando su pueblo.

Pensó en el niño que estaba a punto de llegar.

Se preguntó cómo sería.

Si tuviera su carácter.

Si algún día quisiera convertirme en rey.

Sí sería un buen gobernante.

Pero, por encima de todo, se preguntó si él sería un buen padre.

Aquella última pregunta fue la que más le pesó.

Su esposa estaba dando a luz en ese mismo momento.

Y Valerion tenía miedo.

Miedo a perderla.

Miedo a perder a su hijo.

Miedo de que algo ocurriera mientras él no podía hacer absolutamente nada para evitarlo.

Elysandra permanecía cerca de él y observaba cómo caminaba de un lado a otro de la torre.

—Señor, cálmese. Todo estará bien —dijo ella con serenidad—. Mi hermana es una mujer muy fuerte.

Valerion continuó caminando.

—No puedo —respondió.

Se detuvo frente a una de las ventanas y apoyó una mano sobre el borde de piedra.

—Mi corazón está en conflicto. Siento miedo... temor. No sé por qué me siento así.

Elysandra lo observó en silencio durante unos segundos.

Entonces Thorgaard habló.

—Mi señor, es normal sentirse así.

Valerion volvió la mirada hacia él.

—¿Normal?

Thorgard asintió.

—Cuando mi esposa dio a luz a mi primogénito, yo casi muero de angustia.

Por primera vez en varios minutos, una pequeña sonrisa apareció en el rostro del rey.

—Me hubiera gustado conocer a tu familia, Thorgaard.

El hombre sonrió.

—Los conoció, mi rey. Solo que usted era un bebé cuando ocurrió la guerra de los dragones.

Valerion bajó la mirada.

—Lo sé.

Volvió a mirar por la ventana.

—Pero mi corazón siente algo terrible. No sé qué pasa, señor.

Thorgaard permaneció callado durante un momento.

Después levantó la mirada hacia el cielo.

—Mire el cielo.

Su voz había cambiado.

Valerion frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

Thorgaard no respondió inmediatamente.

Su rostro había perdido el color.

—Mi señor...

Valerion se acercó a la ventana.

Entonces los vio.

Diez enormes figuras atravesaban el cielo.

Diez dragones.

No eran pequeños. Eran enormes, antiguos, imponentes. Sus alas golpeaban el aire mientras avanzaban sobre la ciudad, y sus rugidos atravesaron el cielo como truenos.

Las personas que se encontraban abajo levantaron la cabeza.

Los gritos comenzaron a escucharse por toda la ciudad.

Valerion abrió los ojos.

—Es imposible...

Uno de los dragones rugió nuevamente.

El sonido hizo temblar las ventanas del castillo.

—Los dragones están extintos —dijo Valerion.

Elysandra se acercó lentamente a la ventana.

Durante unos segundos no dijo nada.

También contemplaba aquellas criaturas que habían dejado de existir hacía tanto tiempo.

—Nunca pensé que vería uno —murmuró.

Los diez dragones continuaron atravesando el cielo mientras la ciudad entera permanecía aterrorizada.

Valerion siguió observándose.

Su preocupación regresó a su rostro.

—¿Crees que esto es un mal presagio?

Thorgaard negó con la cabeza.

—No, mi señor.

Valerion lo miró.

—Al contrario.

Thorgaard señaló hacia el cielo.

—Eso indica que un rey muy fuerte está a punto de nacer.

Valerion permaneció en silencio.

Thorgaard continuó:

—Cuando nació el padre de su padre, el gran rey Valeiron Primero, sucedió exactamente lo mismo.

El rey volvió a mirar a los dragones.

Por unos instantes, el miedo que había sentido desde aquella mañana comenzó a desaparecer.

Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.

Quizá Thorgaard tenía razón.

Quizá aquellos dragones no habían aparecido para anunciar una tragedia.

Quizá habían venido para presenciar el nacimiento de alguien importante.

Entonces se escucharon pasos apresurados.

Valerion giró la cabeza.

Varias sirvientas aparecieron corriendo por el pasillo.

Una de ellas gritó:

—¡El príncipe ha nacido!

El rostro de Valerion cambió inmediatamente.

Corrió.

No caminó.

No esperó.

Corrió por los pasillos del castillo mientras las voces quedaban atrás.

Al llegar a la habitación, abrió la puerta.

Y allí estaba ella.

Su esposa permanecía recostada, completamente agotada. Su rostro estaba pálido y apenas tenía fuerzas para mantener los ojos abiertos.

Valerion se acercó rápidamente.

—Mi amor...

La reina lo miró.

Pero antes de poder decir algo, Valerion observó al maestro.

El hombre tenía una expresión grave.

—¿Qué pasa con ella?

El maestro bajó la mirada.

—Mi señor...

Valerion sintió que el corazón se le detenía.

—Habla.

—Lo siento mucho. Su esposa está muriendo. Está muy débil. No podemos ayudarla más. Ha perdido mucha sangre.

Valerion quedó inmóvil.

—No...

El maestre continuó:

—Ahora solo depende de ella.

Entonces un llanto llenó la habitación.

El bebé.

Su hijo.

Había nacido.

La reina giró lentamente la cabeza hacia él.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, habló.

—Te llamarás... Velar León.

Valerion se acercó a ella.

—El más grande León del Norte —continuó la reina.

El rey comenzó a llorar.

Tomó la mano de su esposa.

—Por favor... no me dejes solo.

La reina lo miró.

A pesar del dolor y del cansancio, consiguió sonreír.

—Mi amado rey...

Valerion apretó su mano.

—Siempre estaré a tu lado.

Ella respiró lentamente.

—Te amo más que a nada en este mundo.

Valerion negó con la cabeza mientras las lágrimas recorrían su rostro.

—No...

La reina miró hacia el bebé.

—Cuida de nuestro hijo.

Sus ojos comenzaron a cerrarse.

—Mi amor...

Pero ya no respondió.

Sus ojos quedaron cerrados.

Valerion permaneció junto a ella, sosteniendo su mano.

Durante unos segundos, nadie dijo una palabra.

Entonces el rey se levantó.

Y gritó.

Su grito atravesó la habitación, salió por las puertas del castillo y se extendió por todo el reino.

El bebé continuaba llorando.

Valerion se acercó lentamente a su hijo.

Lo tomó entre sus brazos.

El pequeño seguía llorando, ajeno a todo lo que acababa de ocurrir.

Valerion lo observó mientras las lágrimas seguían cayendo por su rostro.

Lo acercó contra su pecho.

—Mi hijo...

El rey cerró los ojos.

—Mi heredero...

Miró nuevamente al pequeño.

—Te prometo que estaremos bien.

Segunda parte

Durante dos días, toda la Costa Dragón permaneció de luto.

Las banderas que normalmente ondeaban sobre las torres del castillo permanecieron inmóviles, y las calles, que apenas unas horas antes habían estado llenas de visitantes llegados desde los nueve continentes, quedaron sumidas en un silencio extraño.

Incluso los invitados que habían viajado desde tierras lejanas para celebrar el nacimiento del heredero permanecieron en el reino para acompañar a la familia real en aquellos días de dolor.

La reina había muerto.

Y el rey Valeiron no había vuelto a presentarse ante nadie.

Desde la muerte de su esposa, nadie lo había visto abandonar sus aposentos. El hombre que había recibido a reyes, juzgado a nobles y combatido personalmente delante de cientos de personas ahora permanecía encerrado, destruido por la pérdida de la mujer que amaba.

Mientras tanto, Elysandra cuidaba del pequeño Velar.

Aquella mañana se encontraba en la sala del trono, sosteniéndolo entre sus brazos. El enorme salón estaba mucho más silencioso de lo habitual. El trono permanecía vacío, y la ausencia del rey podía sentirse incluso sin que nadie pronunciara una palabra.

Thorgaard entró lentamente.

—Mi leidi, ¿dónde está el rey?

Elysandra levantó la mirada.

—Mi lord, no se le ha visto desde ayer. Nadie lo ha encontrado.

Thorgaard frunció el ceño.

Elysandra bajó la mirada hacia el bebé.

—El pequeño se siente bien aquí, por eso lo traje.

Thorgaard se acercó.

Cuando Bailar lo vio, comenzó a reír.

El anciano sonrió inmediatamente.

Los ojos del niño brillaban con un intenso tono carmesí, tan llamativo que resultaba difícil apartar la mirada de ellos.

Thorgaard contempló al pequeño durante unos segundos.

—Al fin tenemos otro descendiente de la realeza.

Elysandra permaneció pensativa.

—Mi lord...

—¿Sí?

—Si por alguna razón el rey, su hermano y este bebé murieran... ¿qué pasaría con el trono?

Thorgaard dejó de sonreír.

Elysandra continuó:

—Son los últimos con sangre de la familia real. Siempre han sido ellos quienes han gobernado. ¿Quién elegiría a otro rey?

Thorgaard se quedó pensando.

—Es una buena pregunta, mi leidi.

Miró hacia el trono vacío.

—El consejo de todas las naciones que tienen alianza con nosotros elegiría una familia para convertirse en los próximos reyes.

Hizo una pequeña pausa.

—O incluso podrían tomar la Costa Dragón y unirla a otro continente.

Elysandra miró nuevamente al bebé.

Thorgaard extendió una mano y acarició suavemente la cabeza de Velar.

—Muchacho, tienes que crecer y tener muchos hijos.