Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 31 #2
99%

Capítulo 31 #2

—Algunos creen que el Acuerdo de Paz debería ser abolido, no reemplazado.

Hay una facción en Birmingham que defiende el derecho de cazar dragones otra vez, y otros que piensan que deberíamos confiscar las propiedades de todos los humanos y los dragones y repartirlas entre todos.

Me temo que han conseguido deslegitimarnos a los ojos del público.

He estado viviendo en una burbuja, tanto en Bletchley como en Fitzrovia.

Los dragones inician el descenso y el avión los sigue.

—¡Abróchense los cinturones, damas y caballeros! —grita Marquis—. ¡Mi copiloto, Serena Serpentine, va a proceder al aterrizaje!

Con manos temblorosas le ato el cinturón a Ursa y luego me ato el mío, aliviada al pensar que Serena tiene más experiencia en aterrizar aviones que mi primo.

Apoyo la espalda en el respaldo y noto que el avión coge velocidad para luego descender en picado y aterrizar en la arena de la playa con un golpetazo que hace que Ursa suelte un chillido.

A medida que perdemos velocidad, el murmullo de las hélices va haciéndose más inaudible, hasta que se impone el silencio.

—¡Suéltame! —protesta Ursa.

Me doy cuenta de que la estoy apretando tan fuerte que tengo los nudillos blancos. Marquis está de pie junto a la cabina, sonriendo de oreja a oreja.

—Parece que hice un buen trabajo —bromea, justo en el momento en que Serena aparece tras él, poniendo los ojos en blanco.

Desabrocho mi cinturón y el de Ursa, que va corriendo hacia Marquis.

—¿Listos? — dice él.

Abre la puerta y despliega la escalerilla con el pie.

El viento se cuela en el interior del avión.

Miro al exterior, donde brilla el sol. Las olas azotan la orilla, y al otro lado del agua se ve otra isla con dragones sobrevolándola.

El aire es frío y salado; respiro hondo y bajo, hundiendo los pies en la arena.

Los dragones aterrizan junto a nosotros; son cientos, que invaden la playa, haciendo temblar el suelo al posarse.

Veo bajar gente de sus lomos. Muchos están heridos, y todos los dragones también presentan profundas lesiones en los flancos o marcas donde han perdido las escamas.

Me giro para mirar hacia el interior de la isla y veo más gente que acude a la carrera desde los acantilados.

Así que esto es Eigg, el nuevo cuartel general de la Coalición, sede de la causa por la que mis padres estaban dispuestos a dar la vida, por la que Atlas ha dado la vida...

¿Llegaré a ser algún día una persona tan entregada como ellos?

Marquis aparece a mi lado, con Ursa subida a sus hombros, y con una mirada tengo claro que piensa lo mismo que yo.

Nuestra discusión en el tren, de camino a Bletchley, parece quedar a siglos de distancia.

La gente se saluda, las familias se reúnen con sus seres que ridos que vuelven de Bletchley y varios enfermeros están ya llevándose a los heridos.

Todos van vestidos de forma diferente, pero no podría adivinar a qué clase pertenecen.

Detrás de la playa, en lo alto del acantilado, veo unas pequeñas casas de piedra.

—Doctora Seymour, ¿cuántas personas viven aquí?

—No llega a un centenar —responde ella—. Solo los rebeldes más buscados por el gobierno de Wyvernmire se refugian en Eigg.

—¿Y Wyvernmire no ha intentado recuperarla?

La doctora Seymour niega con la cabeza, recorriendo a la multitud con la mirada.

—Hay una cláusula en el Acuerdo de Paz que prohíbe a los aviones volar en las proximidades de Rùm, para no provocar molestias a los huevos. Es un lugar sagrado, un...

Suspira y en ese momento un hombre viene corriendo hacia ella, la levanta en brazos y la hace girar en torno a sí.

El viento levanta la arena a su alrededor y el hombre se arrodilla para besarle el vientre a la doctora Seymour.

¿Cuánto tiempo han estado separados? ¿Qué otras cosas han sacrificado todas estas personas por la rebelión?

Tras ellos veo a dos dragones de las arenas, uno junto al otro. Reconozco sus caras.

—¡Soresten! ¡Addax!

El dragón que vigilaba el invernadero me guiña un ojo al ver que me acerco.

—¿También eres un rebelde encubierto? —pregunto.

—No lo soy —responde Soresten—. Pero cuando Rhydderch me dijo lo que planeaba Wyvernmire, decidí luchar con vosotros.

El corazón se me encoge al recordar la brutal muerte de Rhydderch.

—¿Sabéis qué ha sido de los otros? ¿De Muirgen y de... la dragona rosa? ¿La que se enfrentó al general?

— Muirgen ha ido a unirse a las fuerzas de la reina Ignacia —responde Addax con un gruñido—. Aún le es fiel a Su Majestad, a pesar de su corrupción.

Soresten levanta la cabeza para mirar hacia el mar.

—Hemos oído rumores de que el séquito de la reina se está dando un festín en la isla de Canna. He venido a ver si hay algo de cierto en eso...

—¿Y la bolgorith? —digo, impaciente—. ¿Chumana?

—La vimos cobrarse una víctima antes de retirarnos —responde Soresten—. Creo que ha sobrevivido.

Suspiro aliviada. Chumana está viva.

Soresten se queda en silencio y veo que la herida que tiene Addax en el pecho se va cerrando sola.

Los otros dragones, a nuestro alrededor, van haciendo lo mismo.

Pueden curarse unos a otros, pero no a sí mismos, porque el koinamens es un lenguaje, y el lenguaje es un intercambio.

No sé cuándo he descubierto eso, pero espero que Chumana no esté volando sola.

Con cierta tristeza caigo en que el aire debe de estar lleno de llamadas de ecolocalización, pero ahora que la máquina locuisonus ha desaparecido no volveré a oírlas.

Addax entrecierra los ojos y me observa, intrigada.

—Los dragones están contándose cómo destruiste esas máquinas. Algunos probablemente querrían matarte por haberlas usado. — Hace una pausa—. Pero debes saber que tu decisión ha recibido el reconocimiento general.

Inclino la cabeza y los dos se giran y echan a caminar por la arena, entre gente que va esquivando sus colas, en dirección a las grutas que hay al final de la playa.

—De nada —respondo en voz baja—. Era lo correcto.

La doctora Seymour nos lleva a una posada llamada Guarida del Dragón.

Por cortesía del dueño, un tipo llamado Jacob que habla por los codos, cada uno de nosotros tiene su propia habitación.

Le doy un baño a Ursa y la meto en nuestra gran cama doble, aunque aún es media tarde.

Se queda dormida en cuanto la cabeza le toca la almohada.

Me dirijo al pequeño lavabo y me miro al espejo.

Tengo la cara negra del hollín, surcos grises creados por las lágrimas y manchas de sangre del cuchillo de Ralph, una quemadura en la barbilla y las manos despellejadas del roce de la escalera de cuerda.

Mi piel huele a sudor y a humo, pero aún conserva los últimos rastros del olor de Atlas.

Dejo su nota, el único recuerdo físico que me queda de nuestros últimos momentos juntos, en un frasco sobre el estante, e intento no pensar en su promesa.

«Te encontraré cuando haya acabado la batalla».

Intento quitarme esa idea de encima con un cálido baño de agua y jabón en la bañera.

La mente se me va a la última conversación que tuve con Chumana.

Durante todo este tiempo, mi teo ría era errónea.

Las diversas versiones de ecolocalización que oí mos a través de la máquina locuisonus no eran ramificaciones de un lenguaje universal, no eran dialectos.

Simplemente eran la conversión de diversos niveles de emociones en sonidos.

Que cada dragón comprenda a otro, las llamadas que usen para comunicarse, dependen exclusivamente del vínculo que comparten.

Cuando Soresten se comunicaba con Addax sonaba diferente que cuando se comunicaba con Muirgen porque sus vínculos son diferentes.

Uno es el vínculo entre hermanos, y el otro entre dos dragones que simplemente trabajaban juntos en Bletchley Park.

Me quedo mirando las gotitas de agua sobre mi piel.

Las lenguas dracónicas podrían tener dialectos familiares, como sugiere la investigación de mi madre, pero el koinamens no.

Y eso es porque no se basa en la gramática ni en las palabras.

Es un lenguaje de emoción, una telepatía que nuestros cerebros humanos no pue den ni imaginarse.

Todo este tiempo me lo he estado planteando desde un punto de vista lingüístico, basando mis teorías en los idiomas que ya conozco, suponiendo que eran la referencia en la que basarse.

Ahora me doy cuenta de que es lo que he hecho siempre.

He supuesto que la gente piensa como yo, que todo el mundo ve el mundo igual que yo, que no podría estar equivocada.

Sin embargo, a pesar de mis buenas notas, de las cartas de recomendación y de haber conseguido entrar en la universidad, hay muchas cosas que no sé.

Me visto con la ropa de otra persona y me paso un cepillo por el cabello húmedo. Al poco alguien llama suavemente a la puerta.

—Baja a comer algo —me susurra Marquis, viendo que Ursa duerme.