Capítulo 31
El coche se para frente a una pequeña granja con pollos en el patio y un perro que ladra al vernos. El conductor baja y se enciende un cigarrillo sin decir palabra, y de pronto soy consciente de la persona que tengo al lado. La rectora de la Academia de Lingüística Dracónica.
La mujer responsable de la detención de mis padres.
Me apoyo en la puerta, enjugándome las lágrimas, y la miro. Lleva unas gafas de montura oscura y un collar de perlas. Su cabello es como una telaraña plateada, una nube perfectamente redonda que le envuelve la cabeza.
—¿Qué hacemos aquí?
—Esperar a ese avión —dice, mirando por la ventanilla —. Chumana dijo que estaría aquí.
—Chumana es una rebelde —le espeto—. ¿Por qué iba a decirle nada a usted?
Me pregunto si seguirá viva, si Muirgen y los otros dragones de Bletchley habrán sobrevivido.
—La Academia de Lingüística Dracónica está llena de rebel des —responde Hollingsworth sin alterarse.
—¿Cómo lo sabe?
Hollingsworth hace girar uno de los anillos que lleva en los dedos.
—Porque yo soy una de ellos.
Suelto una risotada rabiosa, asombrada de tener que seguir oyendo mentiras.
—No esperará que me crea que usted forma parte de esto, ¿no?
—Como rectora, tengo una posición excepcional —dice Hollingsworth —. Mi cargo me permite acercarme a Wyvernmire...
—Usted hizo que detuvieran a mis padres. ¡Me dio el estudio de mi madre porque quería que descifrara el código, porque quería que ayudara a Wyvernmire a ganar la guerra!
Hollingsworth niega con la cabeza.
—Tus padres habrían sido arrestados con o sin mí.
El gobierno llevaba meses vigilándolos. Pero Wyvernmire sospechaba cada vez más de mí, y pedirme que investigara a tus padres y te reclutara fue una prueba de lealtad.
Al entregarle a tus padres me volví a ganar su confianza, con lo que pude conservar mi posición en su círculo más estrecho.
La rabia me quema la piel, y siento que en cualquier momento pueden volver a brotar las lágrimas. ¿Me estará diciendo la verdad? ¿O no es más que un truco para tenerme distraída mientras llega Wyvernmire?
—¿Así que me está diciendo que la Coalición sabía que mis padres iban a ser detenidos?
—Sí. —Hollingsworth levanta una ceja—. Aunque no podían contar con que eso supondría que liberaras a una dragona asesina, rompiendo así el Acuerdo de Paz.
—Pero entonces... los rebeldes traicionaron a los suyos.
—Cuando tus padres se unieron a la Coalición, acordaron que, en caso de que su posición se viera comprometida, los rebeldes harían lo que fuera mejor para la causa, aun a costa de sus vidas.
Con la condición de que protegiéramos a sus hijos.
Helina y John no sabían quién soy en realidad, Vivien. La mayoría no lo sabe.
Pienso en la Hollingsworth que vi en el baile, la que hacía que todos se giraran con solo pasar cerca. ¿Se mezcla con los más altos funcionarios del gobierno y ahora me dice que es una rebelde encubierta?
—Tras la detención de tus padres, envié un dracovol para decirle a Wyvernmire que no estabas interesada en trabajar en el DDCD .
Yo tenía intención de reclutarte, pero no para ella ni para la Academia.
Enviamos un grupo rebelde a tu casa para recogerte, pero ya te habías ido.
Cuando liberaste a esa dragona, Wyvernmi re supo que podía llegar a un acuerdo contigo.
— Así que si me hubiera quedado en casa...
Hollingsworth asiente y se da una palmadita en el cabello.
—Iba a negociar la liberación de Marquis, pero entonces descubrimos que habías convencido a Wyvernmire para que también lo enviara a Bletchley. Me temo que no hiciste más que facilitarle las cosas a la primera ministra.
—¿Y el estudio de mi madre? —pregunto—. ¿Por qué me lo envió si los rebeldes no querían que descifrara las llamadas de ecolocalización?
—Sabía que tenías el potencial para descifrar el código de los dragones. Perdóname por mostrarme tan críptica, Vivien, pero darte lo que me pedías era mi forma de hacerte saber que estaba de tu lado.
—Pero ¿cómo lo sabía? —respondo aturdida—. ¿Cómo sabía que no le daría el código a Wyvernmire? ¿Que me uniría a la Coalición?
—Atlas —dice ella, sin más —. Él me dijo que era imposible que escogieras a Wyvernmire en lugar de a los rebeldes, y que simplemente necesitabas tiempo para entenderlo por ti misma.
Parpadeo.
«Atlas».
En el exterior se oye un zumbido grave. Me asomo por la ventanilla. El avión de Marquis planea por encima del coche, buscando un lugar donde aterrizar. Vuelvo a mirar a Hollingsworth. No mentía.
—¿De verdad forma parte de la rebelión? —digo, bajando la voz.
—¿Parte de la rebelión? —Hollingsworth sonríe—. Vivien, yo soy la rebelión.
El avión inicia su descenso hacia un campo detrás de la granja.
—¿Y ahora adónde vamos?
—Yo, de vuelta a Londres —dice ella—. Si debo seguir con mi labor encubierta, no debe de quedar ni rastro de mi presencia aquí. Tú... a Eigg.
—¿Eigg?
Hollingsworth asiente.
—Al cuartel general de la Coalición.
«Así que ahí era adonde enviaba el dracovol la doctora Seymour».
—Hay algo más —prosigo —. Se llevó un trozo de papel del escritorio de mi padre, en Fitzrovia. ¿Qué era?
—Una carta a la Coalición —responde—. Advirtiéndonos de la posibilidad de una invasión búlgara. Gracias a él, hemos tenido la oportunidad de estudiar tácticas de batalla de los bolgoriths, que nos serán muy útiles en los próximos meses.
El avión aterriza y veo a alguien saliendo de un cobertizo, en el patio.
Karim.
Echo mano a la manija de la puerta.
—Vivien —dice Hollingsworth—. Lo siento. Lo de Atlas.
Trago saliva.
—Él me enseñó que son nuestras decisiones, quién decidimos ser una vez vemos claramente nuestros errores, lo que nos convierte en lo que somos.
Así que siento haber tardado tanto en es cucharle cuando me dijo que no debía darle el código a Wyvernmi re.
Estaba intentando descubrir quién soy... , pero ahora lo sé.
Salgo del coche. Karim viene corriendo hacia mí y me envuelve en un gran abrazo, pero no me pregunta qué hago aquí ni quién está tras la ventanilla tintada del coche.
Ya habrá tiempo para eso más tarde. Atravesamos el campo de trigo y subimos por la escalerilla del avión, y de pronto Marquis está abrazándonos a los dos y tengo a Ursa agarrada a mi pierna.
Los motores del avión cobran vida de nuevo y nos elevamos, y yo le cuento cómo ha muerto At las.
Las palabras que salen de mi boca apenas tienen sentido, y tengo que hacer un esfuerzo para mantener la cabeza erguida en el silencio del avión.
La doctora Seymour me acompaña a un asiento con la misma atención con que construyó la máquina locuisonus, y Sophie, con los ojos cubiertos de lágrimas, me tiende la mano.
Yo me sonrojo, abrumada por ese simple gesto, cuando tiene todo el derecho de odiarme.
Trago saliva y le digo una última cosa antes de dejar que me venza el sueño:
—Gracias. Por intentar sacarme de allí.
—Pensabas que habría olvidado la señal que solíamos usar en esos búnkeres, ¿verdad?
Asiento, mientras veo a la doctora Seymour abrochándole el cinturón a Ursa.
— Has sido la amiga más fiel —le digo—. Y a cambio yo no te he traído más que dolor.
Sophie abre la boca para responder, pero yo sigo hablando a toda prisa, mezclando las palabras antes de que me falle el valor.
—Nunca te pediré que me perdones, Soph. No podría esperarme algo así.
Pero... voy a intentar perdonarme a mí misma.
No sé si lo conseguiré, pero voy a intentarlo.
Y te prometo que corresponderé a la amistad que me has brindado.
Me pasaré el resto de mi vida haciendo que la tuya sea más feliz, así como la de todos los demás que han sufrido a causa del sistema de clases y del Acuerdo de Paz...
Sophie levanta la mano para hacerme callar, y en su muñeca veo la pulsera de la amistad que intercambiamos cuando éramos niñas.
—Sé que lo harás, Viv —responde—. Sé que lo harás.
Unos segundos antes de despertarme estoy flotando plácidamente en la nada, envuelta en una voz firme y profunda tan familiar que podría ser la mía.
Y entonces recuerdo. Abro los ojos y veo la dura luz del día a través de las ventanillas del avión.
La voz de Atlas desaparece y me engulle una oscuridad peor que ninguna otra cosa que haya sentido nunca.
Sophie duerme a mi lado y Karim y Gideon dormitan en sus asientos con los tres cachorros de dragón hechos un ovillo entre ellos.
Oigo a Marquis y Serena hablando en voz baja en la cabina.
La doctora Seymour me sonríe, con Ursa tendida en su regazo, y me señala la ventanilla.
—Bienvenida a las islas Menores.
Miro al exterior. Por debajo, en un mar azul grisáceo, se ve un archipiélago de islas verdes y montañosas salpicadas de rocas y ovejas. Y volando a nuestro lado, ensangrentados y fatigados por la batalla, hay...
—Dragones — murmura Ursa.
Se planta a mi lado, de pronto perfectamente despierta, y yo la levanto de modo que pueda pegar la nariz al cristal.
El cielo está lleno de dragones: dragones del oeste, dragones de las arenas y ddraig gochs, volando junto al avión de Marquis, a ambos lados.
Escruto las nubes en busca de algún rastro de un bolgorith rosado, pero no lo veo.
La doctora Seymour apoya una mano en el hombro de Gideon, que tiene la mirada fija en las islas.
—Doctora Seymour, lord Rushby dijo que Eigg era propiedad del gobierno hasta hace unas semanas. ¿Dónde estaba antes el cuartel general?
—Hasta ahora, la Coalición ha estado descentralizada. Tenemos facciones por todo el Reino Unido. Por eso hay grupos diferenciados: rebeldes que están de acuerdo con partes de nuestra causa, pero no con otras.
—¿Como cuáles? —pregunta Gideon.