Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Siento un gran dolor en el pecho y jadeo mientras intento respirar desesperadamente.

Cuando abro los ojos, advierto que estoy boca arriba y que el avión vuela en círculos sobre mí.

El pecho se me hincha espasmódicamente y siento que me ahogo, hasta que por fin entra aire en mis pulmones.

Una garra de dragón está a punto de aplastarme el brazo y me echo hacia el otro lado, rodando y arrastrándome por la pista boca abajo hasta que consigo alejarme de los latigazos de las colas de los dragones que luchan cuerpo a cuerpo.

Me pongo en pie y echo a correr, abriéndome paso por el bosque hasta el jardín.

A la luz del alba veo a Ralph de rodillas sobre Atlas.

—¡Aparta! —le grito.

Al llegar a su lado las piernas me fallan y caigo a su lado de rodillas.

—¡¿Atlas?! —exclamo, jadeando.

Él parpadea varias veces, intentando fijar la vista en mi rostro. Ralph retrocede, con un revólver plateado en la mano. Yo le pongo los dedos en el costado a Atlas, intentando frenar el chorro de sangre.

—Se te ha manchado la camisa —digo, con voz temblorosa, mientras aprieto la herida—. La lavaremos, no te preocupes.

Él frunce el ceño, con una mueca de dolor en el rostro.

— Se suponía que tenías que estar en el avión.

Tengo las manos cubiertas de sangre, una sangre aterradoramente espesa. Acerco mi rostro al suyo, mientras los árboles dan vueltas a nuestro alrededor.

—Vendrán a ayudarnos —le susurro—. Vendrá un médico. Alguien...

La vista se me va a Ralph, que nos contempla con un gesto de perplejidad en el rostro.

—Yo he apuntado a la pierna, no al...

—¡Chumana! —grito, echando la cabeza atrás—. ¡Chumana!

En el cielo no se ve nada. Atlas busca mi mano con la suya.

—Vuelve al avión. Ursa te está esperando.

Yo niego con la cabeza y siento cómo brotan las lágrimas. En el bosque y en el patio siguen luchando encarnizadamente, pero aquí en el jardín estamos solos.

«Nadie viene a ayudarnos».

Le aprieto los dedos con fuerza, bloqueada por el pánico. Oigo pasos procedentes del bosque y aparece Wyvernmire, flanqueada por varios guardias.

—Atlas —le ruego —, tienes que ponerte en pie.

Él lo intenta, pero hace una mueca de dolor.

—No puedo.

Le rodeo el pecho con los brazos e intento levantarlo, pero le sale tanta sangre de la herida que vuelvo a dejarlo en el suelo. Siento que se me acelera la respiración.

—Ahora tendrá que darte el código —oigo que dice Ralph a mis espaldas.

Una sombra se cierne sobre nosotros: es Wyvernmire, que mira a Atlas y luego a su sobrino otra vez.

—Si no, él...

—Si eso ocurre —le espeta Wyvernmire, marcando las sílabas—, no me dará nada en absoluto.

Atlas esboza una sonrisa, con una aureola de hojas muertas en torno a la cabeza.

Wyvernmire se agacha a mi lado.

—No deberías haber destruido esa máquina —me dice en voz baja.

Cojo aire, temblando, y me giro a mirarla, con la mano aún apoyada en Atlas. Está tan cerca que puedo ver las salpicaduras de sangre de dragón en su rostro.

— Consígale un médico, por favor —le digo—. Y le daré lo que sea. Construiré otra máquina. Haré...

Oigo la desesperación en mi propia voz, que se convierte en un llanto descontrolado.

—Mis guardias lo ayudarán, si haces lo correcto...

—Lo correcto es mantener la ecolocalización en secreto, Viv —dice Atlas.

Le hago callar y le acaricio el cabello; me aterra que hablar le cueste una energía que quizá no tenga.

Él levanta la vista y me mira con los ojos brillantes.

—Se equivoca contigo. Tú eres valiente, altruista y buena.

Pero ¿usted? —Se gira hacia Wyvernmire, suelta una risa y apoya su otra mano sobre mi mano ensangrentada—.

Usted sin Viv está muerta. Ella habría podido protegerla, y con ello habría protegido al país que tanto dice que ama, solo con que le hubiera concedido ampliar la protección al resto de los reclutas.

Hasta Ralph lo sabe: por eso me ha disparado.

Porque cree que Viv se quedará aquí conmigo, con usted, en lugar de unirse a los rebeldes.

—No me uniré a ellos — afirmo, decidida, sintiendo el calor de las lágrimas sobre el rostro—. No te dejaré.

—Lo harás —dice Atlas, con un suspiro, dándome unas palmaditas en el muslo—. Eres una de ellos. ¿Verdad, mi amor?

El sol naciente se refleja en su rostro, cubriendo con un brillo dorado su oscura piel.

—Atlas —susurro, ocultando mi rostro en su cuello. Huele a menta y a humo de dragón—. Por favor, levántate.

Wyvernmire espera pacientemente, como haría una madre con un hijo caprichoso.

Sobre la pista de tenis se ve el avión alejándose.

Sophie ya no puede salvarnos. Miro alrededor, impotente, y luego poso la mirada en Atlas.

Tiene los ojos cerrados. Me inclino de nuevo sobre él, ocultándolo de la vista de Wyvernmire.

—Te quiero —le susurro al oído, sollozando.

Él no se mueve.

Le beso en la boca, en los ojos, sobre la barba incipiente.

Mis lágrimas caen sobre su rostro y resbalan hasta el alzacuellos blanco.

Él hincha el pecho y luego vuelve a deshincharlo definitivamente.

Me quito la chaqueta, la doblo con cuidado y se la pongo bajo la cabeza.

Aún tiene la mano sobre mi muslo. Le beso también esa mano y luego la dejo caer a un costado de su cuerpo.

Me pongo en pie y, en ese momento, observo que del bolsillo del pecho le asoma un trozo de papel.

Lo desdoblo y lo aliso. Es la nota que le dejé anoche, después de que nos besáramos en el sótano.

Te dejo una última nota porque, bueno, me parecía que tenía que compensarte por la anterior.

Dime, Atlas, si Dios convirtió a los dragones en golondrinas para hacerlos livianos y libres, ¿crees que hará algo parecido con nosotros?

Ese código, ese idioma de los dragones, ha sido un lastre para todos nosotros.

No puedo ni imaginarme la destrucción que puede llegar a provocar.

Pero ha tenido un lado positivo. El lado más positivo que podía tener.

El koinamens, y todas mis lenguas dracónicas, son lo que me han traído a Bletchley Park. Son lo que me han traído a ti.

Y debajo él ha escrito su respuesta:

Doy las gracias a Dios por las lenguas dracónicas, Featherswallow. Y le doy las gracias por ti.

Cojo aire, con la respiración entrecortada, y me meto la nota en el bolsillo. Luego me giro. Wyvernmire me está mirando, con la mandíbula apretada.

—Venga, vamos —dice—. Esta es la última muerte que tendrás que...

—No es la última —respondo, sin alterarme. Miro a Ralph y siento que el odio me consume—. Me aseguraré de que no salgas de Bletchley Park con vida, hijo de perra. Me aseguraré de que...

Una llamarada atraviesa las nubes, prendiendo fuego al jardín y a la casaca de Ralph, que cae al suelo entre gritos agónicos.

Chumana aterriza sobre la hierba, situándose entre Wyvernmire y yo.

Los guardias disparan en vano, rodeando a la primera minis tra y llevándosela hacia el patio, donde espera un helicóptero.

Ral ph, que ha conseguido sofocar el fuego, va tras ella cojeando.

Yo me agazapo tras Chumana para esquivar los disparos.

«Mátalo», pienso, con todas mis fuerzas, mientras veo a Ralph huyendo.

Pero en el momento en que se retiran los guardias, Chumana se gira hacia el campo.

Un coche pasa a toda velocidad junto al lago.

Atraviesa un arbusto, dejando un chorro de humo negro tras él, y entra en el jardín.

Yo me echo al suelo, junto a Atlas, preguntándome cómo puede haber pedido refuerzos tan rápido Wyvernmire...

La puerta trasera del coche se abre y asoma un rostro.

Rita Hollingsworth.

— Sube —me dice, a toda prisa—. Antes de que me vean.

Yo niego con la cabeza y levanto la vista hacia el dragón búlgaro que ha aparecido en el cielo. Chumana también lo ha visto.

—¡Ve con ella, niña humana! —me ordena.

No me atrevo a discutir, así que me lanzo al asiento trasero del coche, que arranca con un rugido.

Echo una mirada por la ventanilla mientras retrocedemos hacia el lago.

Chumana está luchando contra el dragón búlgaro desde el suelo y sus escamas emiten un brillo rosado a la luz del alba.

Y tras ella yace el cuerpo de At las. Me dejo caer contra el respaldo, sin poder respirar, y por fin pierdo el control.

Y de pronto Hollingsworth me abraza, sumergiéndome en su perfume.

Mis mejillas cubiertas de lágrimas se hunden en las pieles de su abrigo.

—Se ha quedado solo —sollozo—. Lo he dejado solo.

El coche vira hacia Bletchley, pasando frente a camiones llenos de rebeldes heridos y gente del pueblo atónita, y de pronto la luz del sol ilumina el parabrisas.

Me da en la cara, cálida y burlona. Atlas no volverá a ver el sol.

Ha muerto antes de que saliera. Apoyo la cabeza en el hombro de la extraña que tengo al lado y pienso en todo lo que ha sido para mí.

Atlas King.

Rebelde, seminarista, defensor de dragones.

El único chico al que he querido.

Y en el momento de cerrar los ojos veo su alma, buscando a Dios mientras se desliza entre los árboles de Bletchley en llamas.