Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Aún no lo ve. Esa era la última máquina locuisonus de la que se tenía constancia. Ahora no es más que un peón en manos de los dragones búlgaros. Atlas tira de mí, buscando la protección de un árbol.

—Mira —dice, señalando hacia arriba—. Es Marquis.

El corazón me da un brinco. ¡Marquis! Su avión traza círculos sobre nosotros mientras baja gradualmente. Atlas me da un beso.

—Has estado impresionante, Viv.

Yo niego con la cabeza.

—¿Qué vamos a hacer ahora? Sin la locuisonus, los búlgaros no tienen rival. Podrían arrebatarle el gobierno a Wyvernmire si quisieran...

—Pero tú no formarás parte de ello —replica Atlas, orgulloso—. Pase lo que pase, sabrás que te has negado a sacrificar a la gente. Encontraremos otro modo de proteger Britania, algo que no implique venderse a los dragones búl...

El avión de Marquis lanza una llamarada que prende en un árbol, muy cerca de la cabeza del general.

—La verdad es que tu primo no tiene mucha puntería — murmura Atlas, mirando por entre el humo que cubre el bosque.

Yo deslizo las manos bajo su chaqueta, rodeándole la espalda y pegándome a él mientras el avión busca un lugar donde aterrizar.

Por un momento me hago la ilusión de que no estamos en medio de un campo de batalla.

Incluso cierro los ojos. Me imagino los próximos años juntos, dejándome llevar no por las mentiras de Wyvernmire, sino por el olor de la camisa de Atlas, junto a mi cara.

Planeando la resistencia de Britania desde la seguridad de la rebelde Escocia.

Cogidos de la mano mientras vemos a Ursa jugando en el campo, entre dragones.

Pasando las mañanas de primavera haciéndonos las preguntas que aún no hemos garabateado en nuestras notas secretas, descubriendo lo que aún no sabemos el uno del otro.

Atlas me agarra un mechón de cabello y se lo enrosca en torno al dedo.

En ese momento otro dragón aterriza con un estruendo a apenas unos metros de distancia.

—Viv, tengo que quedarme y ayudar a los rebeldes heridos.

Asiento, con los ojos aún cerrados, porque es inútil discutir. Tiene que ayudar a la gente: él es así. Sé que necesita demostrarse a sí mismo que puede hacerlo, aun fuera del sacerdocio.

—Yo tengo que buscar a Sophie y luego ir con Ursa —respondo—. No volveré a alejarme de ninguna de las dos.

Apoya los labios en mi frente.

—Te encontraré cuando haya acabado la batalla.

Retrocedemos, trastabillando, viendo como las llamas se van acercando cada vez más. El fuego nos rodea, rugiendo con tal fuerza que casi no se oye el sonido del avión.

—Va a aterrizar en la pista de tenis —dice Atlas, señalando hacia el claro al otro lado de los árboles.

Oigo disparos, me encojo, pero él me empuja hacia el claro.

—Ahora tienes que irte. ¡Ya!

—Espera, yo...

En el espacio que nos separa de la pista de tenis aparece un grupo de guardias que dejan atrás a Chumana y al general Goranov y cargan hacia mí.

Nos giramos para huir corriendo, pero vienen más por el otro extremo, con sus uniformes blancos ennegrecidos por el humo.

Siento un nudo en el estómago, y Atlas abre los ojos como platos, asustado.

Nos hemos quedado aquí demasiado tiempo y ahora nos han encontrado...

Oigo un largo silbido grave.

«La señal».

Levanto la cabeza de golpe. ¿Marquis? Se supone que está pilotando el avión. ¿Cómo puede ser que la señal me llegue desde...?

Veo un movimiento entre el follaje del árbol junto al que me encuentro. Entre las hojas aparece una cara.

Sophie.

—¡Agachaos! — nos grita.

No me lo pienso dos veces. Tiro de Atlas y nos echamos al suelo justo en el momento en que un dragón azul pasa volando bajo y se lanza contra los guardias con sus enormes alas abiertas como una red enorme.

Los chillidos de los guardias quedan eclipsados por el rugido de Muirgen, que los derriba al tiempo que le clava las garras en la espalda al general, que se ve obligado a soltar a Chumana.

Sophie se deja caer desde las ramas del árbol.

Siento los labios de Atlas contra mi mejilla, pero en ese momento me suelta y, antes de que pueda darme la vuelta, desaparece entre el humo.

La mano de Sophie encuentra la mía. Corremos, con sus dedos fríos entrelazados con los míos, ardientes, hasta llegar a la pista de tenis.

Yndrir le suelta un mordisco en la cabeza a un dragón búlgaro y ambos salen rodando por la cancha, llevándose por delante la red.

Ahí está el avión, volando por encima de la pista todo lo bajo y despacio que puede, con una escalerilla de cuerda colgada del fuselaje.

Los chillidos son ensordecedores. Sophie se agarra a la escalerilla y empieza a trepar.

—¡Sube! —me grita.

Yo subo tras ella y el avión empieza a elevarse.

El viento gélido me azota el rostro mientras subo.

Veo pasar ramas incandescentes arrastradas por el viento.

En la carlinga aparece el rostro de Gideon, que tira de Sophie, subiéndola al avión.

Agarrada a los últimos travesaños, echo una mirada abajo y veo el humo procedente de la casa.

Entonces los veo en el jardín: Ralph y Atlas.

Están enzarzados en una discusión que no puedo oír.

Los dragones vuelan sobre sus cabezas, veloces y cortantes como las palabras que imagino que están intercambiando.

Ralph saca la pistola. Atlas se echa adelante y luego retrocede como si un hilo invisible hubiera tirado de su cuerpo hacia atrás.

El pie se me resbala y pierdo apoyo. El disparo queda sofocado por el fragor de la batalla, pero aun así resuena en el interior de mi cuerpo, el mayor estruendo que he oído nunca.

El tiempo se vuelve más lento.

Atlas cae al suelo.

Oigo las voces que gritan mi nombre desde arriba, pero no puedo apartar la vista de Ralph, que se acerca a Atlas mientras todo mi mundo estalla en llamas.

—¡Viv! —grita Sophie—. ¡Sube!

Pero yo suelto la escalerilla.