Capítulo 29
Me agazapo entre el humo y escucho el estruendo de la batalla durante un tiempo que se me hace eterno.
Hasta que, a la luz de los árboles en llamas, distingo por fin algo que se mueve.
Atlas viene hacia mí, con los puños apretados a los lados del cuerpo, y tras él viene Wyvernmire, con gesto triunfante. ¿Dónde están sus guardias?
El suelo empieza a temblar y lo que parecía una masa de árboles negros avanza, emergiendo de la nube de humo. La única protección que necesita Wyvernmire: un bolgorith búlgaro.
Atlas viene a mi lado y yo me quedo mirándolos, situándome por delante de la máquina locuisonus para que no la vean.
—No me ha costado mucho convencerla —me dice Atlas en voz baja—. La mitad de sus guardias la han abandonado y... mira el tamaño de esa bestia. ¿No te parece que esto se le ha escapado de las manos?
Wyvernmire y el dragón se paran un par de metros por delante de nosotros.
Es el dragón más grande que he visto nunca, con escamas blancas con piedras preciosas incrustadas. Mamá me ha hablado de esas incrustaciones, presentes en los dragones búlgaros de más alto rango, y para las que se tienen que lacerarse la piel ellos mismos.
—Vivien —dice Wyvernmire —, permíteme que te presente al general Goranov. Es nuestro nuevo aliado en esta guerra que Bletchley Park no ha conseguido ganar.
El dragón me observa a través de un ojo negro y vidrioso.
—Buenas noches, general Goranov —le digo en slavidraneishá. El ojo parpadea una vez.
—Eres la primera humana que conozco que habla mi lengua materna —contesta el general, con voz profunda—. Desde la llegada al poder de los nuestros, se ha vuelto algo impopular. ¿Te la ha enseñado algún dragón?
—¡En inglés, por favor! —exclama Wyvernmire.
El general gira la cabeza en su dirección y ella responde con una sonrisa tensa.
—Observará que la mayoría de mis tropas no hablan inglés —replica él.
—¿Dónde lo aprendió? —le pregunto al general —. ¿Se lo enseñó un humano?
Atlas me agarra con más fuerza en señal de advertencia. Yo me giro hacia Wyvernmire.
—¿Y ahora qué pasará? —le pregunto—. Se ha enemistado tanto con la Coalición como con la reina Ignacia. Ahora la guerra en Britania tiene tres bandos. —Miro a Goranov y añado—: Y muy pronto podrían ser cuatro.
—Mi gobierno y los dragones búlgaros traerán de nuevo el orden a esta nación —dice Wyvernmire—. Hay más tropas búlgaras de camino.
Atlas resopla, airado.
—Pero en su intento por aplastar una rebelión ha conseguido crear dos.
—Ofreceremos un acuerdo a la Coalición y a la reina Ignacia — responde ella—. Un nuevo acuerdo de paz. No soy una primera ministra cruel...
—Nadie querrá que siga siendo primera ministra cuando descubran lo que ha hecho —digo yo.
—Oh, venga... Solo estoy haciendo lo necesario para asegurarme de que nuestra gran nación no se hunde en la ruina.
—Usted ha traído la ruina al país —respondo, mirando de nuevo al general—. ¿Cree que a ellos les importa el orden, la paz o la prosperidad?
Goranov suelta un gruñido grave.
—Aún eres demasiado joven para entenderlo —dice Wyvernmire —. Te di una oportunidad, Vivien, pero no supiste aprovecharla. Lo que tienes de ambición, te falta de valentía.
—A Viv no le falta valentía —la corrige Atlas.
—Eso en lo que he estado trabajando... —digo yo—. En el invernadero. Aún puedo ofrecérselo. Es lo único que puede darle seguridad, y también al resto de Britania. Su única posibilidad de obtener alguna ventaja.
Wyvernmire entrecierra los ojos y siento que se me acelera el corazón. ¿Me habrá pillado la mentira?
—Dejaste muy claro que no tenías intención de compartirlo y que solo cooperabas porque tenía a tu hermana, que ahora ha desaparecido convenientemente.
—Tal como puede ver —respondo lentamente, señalando con un gesto de la cabeza al dragón búlgaro—, las circunstancias han cambiado.
Wyvernmire se gira hacia el general.
— Gracias por escoltarme, general Goranov. A partir de ahora ya puedo ocuparme de estos reclutas yo sola.
El general me mira y esboza una sonrisa malévola.
—Me quedaré a oír lo que tenga que decir su políglota.
Hago un esfuerzo para pasar por alto el hedor de su aliento, que me llega como una potente ráfaga de viento.
—Me quedaré a su lado, como traductora personal —le digo a Wyvernmire—. Plantéeselo como un seguro, por si las cosas no salen como usted planeaba.
Los labios le tiemblan ligeramente, y constato que ha entendido lo que quería decirle.
—Pero el invernadero está calcinado...
—Conseguí rescatar lo necesario —le digo, haciéndome a un lado para que vea la locuisonus medio escondida—. Pero a cambio debe acceder a las siguientes condiciones.
Siento la presión del brazo de Atlas, y eso no hace más que darme mayor seguridad en mí misma. Se oye un estruendo a lo lejos y el rugido de un dragón procedente de la casa. Los rebeldes siguen luchando.
—Ordenará a sus guardias y a sus dragones, incluidos los búlgaros, que se retiren.
La cola del general corta el aire como un látigo y al caer aplasta un tronco derribado.
— Nadie más que yo da órdenes a mis tropas.
—Dejará que todos los del bando contrario, humanos y dragones, se marchen de Bletchley Park —añado—. Los reclutas que quedan serán perdonados y sus familias liberadas si aún las tiene bajo arresto.
Wyvernmire sonríe, divertida, con un brillo en los ojos.
—Sigue.
—Los dragones serán reintegrados en la sociedad, se les reconocerán más derechos, recibirán más territorio y mejores perspectivas de vida.
El general suelta una carcajada cavernosa:
—Se me había olvidado lo tediosa que es la negociación entre dragones y humanos.
—Ofrecerá unas condiciones justas a la Coalición —añado—. En esta nueva sociedad que pretende crear, los ciudadanos de tercera clase tendrán los mismos derechos que los de segunda clase. Y abolirá el Examen. Ya no determinará la posición de una persona...
— No —replica Wyvernmire.
—¿No? —respondo, y noto que me falla la voz—. ¿Así que no me necesita como traductora?
—¿Traductora para qué? —ruge el general.
—Harías bien en recordar que ya habéis perdido esta batalla —me dice Wyvernmire, sin inmutarse.
—Y usted haría bien en recordar que, sin mí, su gobierno no será más que el de un Estado títere.
—Accederé a tus dos primeras condiciones —responde —. Pero no a las demás. Podría irte muy bien, Vivien, si dejaras de intentar hacerte la heroína, si abandonaras ese papel de salvadora de la tercera clase. Si recordaras que esa ambición requiere sacrificio.
—Solo que son siempre los mismos los que hacen los sacrificios —replica Atlas.
Me siento de pronto como si me estuviera encogiendo; el coraje que me ha dado alas toda la noche empieza a abandonarme.
Si no me dedico a escuchar el koinamens para Wyvernmire, los dragones búlgaros podrían arrasar todo nuestro país.
Si no tiene nada que usar en su contra, entonces ella, la reina Ignacia, los rebeldes... , todos sufriremos.
—Te contrataré como traductora personal —decide Wyvernmire—. Trabajarás en la Academia, bajo la supervisión de la propia doctora Hollingsworth, con un sueldo competitivo y un doctorado honoris causa en Lenguas Dracónicas.
Mientras Wyvernmire habla, ocurren dos cosas. Siento que At las echa un pie atrás, y luego adelante, empujando una gran piedra hacia mí con el lateral del zapato. Y, entre las copas de los árboles, por encima de la cabeza del general, veo un brillo rosado.
Dejo que las palabras de Wyvernmire floten en mi mente.
Mi familia, segura y libre en Fitzrovia.
Sophie y el resto de los reclutas perdonados.
Yo, trabajando en la Academia de Lingüística Dracónica para mantener a los dragones búlgaros controlados.
Y Atlas..., si llegáramos a casarnos, ascendería a segunda clase.
—Juntas haremos de este un país más grande y aseguraremos su seguridad. Pero solo si abandonas esas ideas rebeldes.
La imagen en mi mente se desvanece, y desaparece de pronto al recordar el modo en que los dragones búlgaros le arrancaron la cabeza a Rhydderch de cuajo.
El rostro ensangrentado de la chica de tercera clase muerta.
Los ojos de mi padre cuando se lo llevaron de nuestra casa y lo metieron a la fuerza en un coche de los guardias.
Las imágenes creadas por las palabras de Wyvernmire no son más que una ilusión, una imagen que oculta la terrible verdad que mis padres vieron desde un principio.
—El pueblo no debería temer a sus primeros ministros, Wyvernmire —le digo, lentamente—. Los primeros ministros deberían temer a su pueblo.
Atlas se gira de golpe para mirarme, asombrado de oírme pronunciar ese eslogan rebelde.
Son palabras que no he entendido hasta ahora.
La sonrisa de Wyvernmire desaparece de golpe.
Me agacho y agarro la piedra que tengo a los pies, y en ese mismo momento una llamarada cruza el cielo.
Chumana aterriza sobre el dorso del general con un chillido terrible y Wyvernmire se echa a un lado, resbalando sobre las hojas muertas acumuladas en el suelo mientras a su alrededor caen ramas en llamas.
Levanto la piedra y machaco con ella la máquina locuisonus.
Wyvernmire contiene un chillido al ver que el cristal de la máquina se hace añicos y la caja se abre en dos.
Un dial sale volando y acaba cayendo en el sotobosque.
—¡Viv! — grita Atlas.
Tira de mí y me aparta justo a tiempo, antes de que Chumana y el general caigan sobre los restos del invernadero.
Chumana aferra con sus fauces la pata del general, que suelta agónicos bramidos al sentir el contacto de sus dientes.
En algún lugar, en lo alto, se oye el murmullo del motor de un avión.
De pronto los dragones se elevan unos metros, flotando por encima del suelo, y el general le clava una garra a Chumana en el costado.
Un chorro de sangre le tiñe el cabello de rojo a Wyvernmire, que se pone en pie, se protege el rostro y me grita:
—Dame el código y ordenaré la retirada de mis tropas.