Capítulo 28 #3
Nunca le daré el koinamens a Wyvernmire, ni dejaré que sepa que el control del código le daría un poder que no puede ni imaginarse.
Pero puedo aprovechar lo que he aprendido para espiar a los dragones búlgaros, para asegurarme de que no la van a traicionar, para proteger a Britania y a los rebeldes al mismo tiempo.
—De momento —le digo, suavizando el tono —. Hasta que encontremos el modo de enfrentarnos a ellos. Le daré un código falso a Wyvernmire, dejaré que piense que estoy con ella, y cuando se dé cuenta de lo que ha hecho permitiendo la entrada de los búlgaros en el país, quizá...
El resto de mi frase queda sofocada por el sonido del avión de Marquis pasando sobre nuestras cabezas. Traza un círculo por encima del bosque a nuestras espaldas y se eleva, lanzando una llamarada por debajo del morro.
Casi me parece oír el grito triunfal de Marquis.
Un avión que escupe fuego.
—Pensaba que esto era lo que se suponía que debía hacer —dice Atlas—. Que, si no estaba destinado al sacerdocio, quizá mi destino fuera luchar por el cambio a tu lado. Defender a la gente, a mi gente, a la tercera clase y a los dragones.
La voz se le quiebra; yo le cojo las manos y se las beso.
—Lo sé —digo yo—. Y quizá sea cierto. La Coalición, la causa rebelde, no está solo aquí, en el interior de Bletchley.
También está ahí fuera —digo, señalando más allá de la contienda y de las puertas reventadas—.
Tú eres el que arriesgó la vida para salvar a un solo hombre, cuando lo ocultaste en tu iglesia.
Solo porque hayamos perdido esta batalla no significa que haya acabado todo.
Atlas da un paso atrás.
—Aun así, he fracasado. Todo este tiempo he estado preparándome para la batalla. Hemos planeado este ataque durante meses...
— Es tu orgullo el que habla. Créeme, sé de eso.
Él me mira con los ojos enrojecidos.
—Hay otra máquina locuisonus en el bosque —le digo.
—Pensé que ambas habían ardido en el incendio...
—Oculté la que no llegaste a romper. Pero no para mí —me apresuro a añadir—.
Era para comunicar con los dragones rebeldes, por si Chumana no oía mi mensaje.
Podemos usarla para espiar a los búlgaros, para aprender sus llamadas y asegurarnos de ir un paso por delante. El idioma: esa será nuestra arma.
—Los dragones de la Coalición nunca lo aceptarán—dice At las —. ¿Cómo puedes sugerirlo siquiera, después de todo lo que te ha dicho Chumana...?
—Quizá lo acepten, si es lo único que puede salvarnos —insisto, con decisión—. Y después nos aseguramos de que ningún humano pueda volver a usar una máquina locuisonus. Todavía podemos vencer a los búlgaros y ganar esta nueva guerra.
Atlas me mira fijamente, receloso ante ese último rayo de esperanza.
—Yo confié en ti cuando me dijiste que debía contarle la verdad a Sophie, que podría perdonarme —le digo—. Tu especialidad es esa, ayudar a la gente, ¿no? En eso es en lo que vuelcas tu amor. Bueno, pues yo lo vuelco en los idiomas. Tú mismo lo dijiste, ¿recuerdas?
Le acaricio la mejilla mientras recordamos aquel momento junto a la estatua del huevo de dragón.
—Ahora necesito que confíes en mí, Atlas.
Él se echa hacia delante, con un gesto de desconcierto en el rostro casi infantil, y me besa.
—Confío en ti, Viv.
—Entonces tenemos que volver al invernadero.
Atravesamos el patio, dejando atrás cuerpos en llamas y el cadáver de un dragón, y nos adentramos en el bosque.
Los árboles a nuestro alrededor también están en llamas, y entre las copas veo el invernadero, una masa negra fundida.
No hay ni rastro de Ral ph. Toso y siento arcadas al llenarme los pulmones de humo.
Voy dando patadas por el sotobosque hasta que la veo: la corneta dorada de la máquina locuisonus asomando por entre las hojas.
Compruebo que esté intacta: el cristal y el metal están tan calientes que casi queman al tacto; luego me giro hacia Atlas.
— Tenemos que encontrar a Wyvernmire —le digo—. Su helicóptero sigue aquí, así que no la han evacuado, pero no puede estar dentro.
Media casa está ya calcinada.
—El sótano —dice Atlas de pronto—. Tiene protección antiincendios a causa de las...
—Las crías de dragón. Vamos.
—¡Espera! —exclama de pronto—. Ni siquiera sabemos si accederá a esto. Y si no lo hace, podría atraparte ahí abajo. Tú eres la que tienes el código en la cabeza, no yo. Iré yo.
Me lo pienso un momento, pero tiene razón. Wyvernmire tiene a un ejército de dragones búlgaros a su lado, así que Atlas y sus conocimientos de zoología son irrelevantes para ella. Pero si puede hacer que venga a mi encuentro... Respiro hondo.
—De acuerdo — accedo, poniéndome de puntillas para besarle—. Te esperaré aquí. El humo me ayudará a permanecer oculta.
Atlas asiente; luego se da la vuelta y desaparece entre los árboles.
Todo lo que importaba ayer —evitar que el código cayera en manos de Wyvernmire, unirme a los rebeldes, huir de Bletchley— de pronto es irrelevante.
Se avecina una guerra, una guerra a tres bandas entre Wyvernmire y los búlgaros, la reina Ignacia y la Coalición.
Y la única posibilidad que tenemos de vencer es darle a nuestro enemigo algo con lo que pueda combatir a un enemigo aún mayor.
Porque si he aprendido algo de mi madre y de cómo acabó toda su familia es que los dragones búlgaros no se alían con los humanos.
Pero puedo hacer algo para que esta guerra no suponga el fin para todos.
Puedo usar los idiomas dracónicos que sé, mis conocimientos sobre ecolocalización, para salvarnos a todos.
Aún puedo devolverle su vida a Sophie. Paseo la mirada por la máquina locuisonus, los restos del invernadero, las cenizas de todo lo que he vivido en Bletchley Park.
Esta es mi segunda oportunidad.