Capítulo 28 #2
Nosotros seguimos a la doctora Seymour hasta la pista de baile y luego salimos por una puertecita al exterior.
Me giro a mirar la casa. Del tejado caen tejas y escombros y, más allá, las llamas se elevan hacia el cielo desde las copas de los árboles, imponiéndose a los primeros rayos de sol de un amanecer anaranjado.
—¡Más rápido, Viv! —me grita Marquis, adelantándome, con Ursa en brazos.
En el patio, al otro lado del césped, vemos la enorme silueta de Rhydderch junto a los coches de los guardias.
Agita su cola crestada, golpeando con ella a su oponente, un dragón de guardia plateado llamado Fenestra, que suelta un rugido agonizante.
Los guardias intentan ponerse a cubierto en el momento en que los dragones caen sobre los coches, aplastándolos.
—¡Está con nosotros! —exclamo atónita—. Rhydderch y Muirgen están en nuestro bando.
Un guardia levanta la vista desde los escombros y nuestros ojos se encuentran. Les grita algo a los suyos, y unos cuantos salen corriendo hacia mí.
—¡Viv! —grita Marquis.
Los otros ya han llegado a los talleres, y Gideon y Serena están abriendo las altas puertas de madera de uno de ellos.
Atlas me coge de la mano, tira de mí, y yo aparto la mirada de Rhydderch.
—Ya casi estamos —me susurra Atlas.
Me seco el sudor de la frente y corremos, tosiendo, atravesando una nube de humo negro.
Siento la mano de Atlas caliente en la mía.
Paramos ante el taller, casi derrapando, pero de pronto se oye un estruendo, seguido de un sonoro murmullo, como un trueno.
Al otro lado del prado, un dragón que no reconozco ha derribado las puertas de entrada.
El dragón, y otros más, aterrizan sobre la grava del patio, y cientos de personas entran a la carrera. Soldados y civiles armados con pistolas, garrotes y cuchillos.
—¡Abajo el gobierno! —gritan.
—¡Abajo Wyvernmire!
—La Coalición — susurro—. ¡Han llegado!
A Atlas se le iluminan los ojos. Los guardias que nos persiguen retroceden, dirigiendo su atención a los invasores.
Y entonces llegan los dragones, volando por entre el humo desde el otro lado del lago, un caleidoscopio de colores, protegiendo de las balas a los rebeldes humanos con las alas y lanzándose como aves de presa.
Entramos en el taller, que está lleno de coches y camionetas de los guardias aparcados a los lados.
Y en el centro, rodeado de lonas y de herramientas, hay un caza.
—¿Tú has construido esto? —le pregunto a Marquis.
—La estructura es cosa de Serena, sobre todo. Karim y yo nos encargamos de los circuitos y del motor. Y... —baja la escalerilla y la coloca en su sitio— Karim hizo esto.
Los escalones de metal están cubiertos de una tela azul en la que bailan cientos de minúsculos dragones plateados.
—Es precioso —digo yo.
—Sí, impresionante —murmura Atlas, impaciente —. Pero subamos ya.
Serena se sube a la cabina y Gideon y la doctora Seymour suben tras ella.
—¡Un momento! —exclamo, girándome hacia Marquis y Ursa, que tienen las caras manchadas de negro por el humo—. No puedo dejar aquí a Sophie.
—¿De qué estás hablando? —dice Atlas, torciendo el gesto.
Me doy la vuelta.
—¿De verdad pensabas que iba a subirme a este avión sin ella?
¿Por qué he pensado que estaría aquí, esperándonos? ¿Dónde está?
—Viv —dice Marquis, con tono pausado—, le dije a Sophie que se fuera si no me encontraba. A estas alturas ya habrá escapado por el bosque.
—Y vamos a suponer eso sin más, ¿no?
—¡Sí! —exclama Atlas—. Viv, has hecho todo lo que podías. Has destruido tus traducciones y el invernadero ya no existe. Es hora de marcharse, de huir con tu primo y tu hermana. Ese fue el motivo por el que viniste a Bletchley.
— No puedo abandonar a Sophie —insisto, negando con la cabeza—. Otra vez no. Después de todo lo que te he contado, ¿no puedes entender...?
—Yo la encontraré —decide.
—¿Tú? —replico, incrédula—. Pero tú vienes...
Una sombra atraviesa el taller, y las tenues luces de los primeros rayos de luz del sol que se colaban por las rendijas del techo de madera desaparecen.
En el exterior, el cielo se ha oscurecido, como si la luna hubiera eclipsado el sol naciente.
Voy corriendo hacia la puerta, y observo que los disparos y los rugidos se han silenciado. De pronto volvemos a ver la luz.
La formación de dragones búlgaros que surcan el cielo se divide en dos. Debe de haber un centenar, de todos los tonos de rojo y negro. Vuelan en formación, con quiebros marcados y repentinos cambios de dirección. Al ver que se dirigen al patio, siento que el vello de la nuca se me pone de punta.
—No lo entiendo —dice Atlas—. Se suponía que no tenían que llegar hasta mañana. ¿No es eso lo que dijo Wyvernmire?
Nadie le responde. Nos limitamos a mirar mientras los dragones cruzan el cielo.
En el patio, los rebeldes humanos y los guardias han dejado de luchar y miran hacia arriba.
Hasta los dragones de Bletchley y los dragones rebeldes parecen haberse quedado flotando en el aire, esperando.
La formación búlgara suelta una serie de llamaradas y siento como una descarga eléctrica en el pecho.
—¡Serena! —grito —. ¡Arranca el avión!
Agarro a mi primo del brazo.
—Serena y tú podéis pilotar esta cosa juntos. Lo sé.
—Sube al avión, Viv —insiste Marquis, con los dientes apretados. Yo niego con la cabeza y Ursa se pone a llorar.
—Te encontraré, pequeña —le digo—. Solo voy a buscar a Sophie.
Ella llora y patalea, pero Marquis la sube por la escalerilla y la deja en manos de Gideon, que la mete dentro del avión.
—Viv, por favor —dice Marquis, con lágrimas en los ojos.
Yo me acerco y le doy un beso en la mejilla.
—Te prometo que no me pasará nada. Tú cuida de Ursa, ¿vale?
Me agarra fuerte por un momento. Luego sube por la escalerilla.
—¿Atlas?
Él se gira y me mira tímidamente.
— No pensarías que iba a dejar que la Coalición luchara sin mí, ¿no?
—Pero ¿has visto el cielo? —le grito—. ¿Cómo vas a enfrentarte a los dragones búlgaros?
—Mira —dice él.
Chumana está volando hacia los búlgaros, flanqueada por Rhydderch y Muirgen, Soresten y Addax, Yndrir y un grupo de dragones rebeldes. Solo hay un pequeño tramo de cielo entre los dos grupos rivales. ¿Qué está haciendo?
Por un momento ninguno de ellos se mueve: el ejército búlgaro, con escamas como el cristal, a un lado, y un pequeño grupo de dragones, ya ensangrentados por la lucha, en el otro.
¿Estarán ecolocalizando? ¿Intentará Chumana razonar con ellos?
Tres de los dragones búlgaros a la cabeza de la formación se lanzan adelante y Rhydderch reacciona, lanzándose a proteger a su grupo con un rugido de advertencia.
Los búlgaros van a por él y un chillido atraviesa el cielo en el momento en que le arrancan la cabeza y empieza a brotar la sangre de su cuerpo, como lluvia.
—¡No! —exclamo.
Los dragones de Bletchley emiten unos chillidos monstruosos y atacan, y de pronto el cielo se convierte en un hervidero.
En tierra se reanudan los disparos y la lucha.
Los oídos me pitan; mis ojos se encuentran con la mirada de Atlas y veo el reflejo de mi propio terror.
Un mar de fuego invade el patio, engullendo a un grupo de rebeldes humanos y guardias.
El avión arranca con un chisporroteo. La Coalición está en clara minoría.
Es imposible que sobrevivan a esto. ¿Cómo hemos podido pensar que íbamos a plantar cara a un ejército de dragones búlgaros?
En el momento en que el avión se pone en marcha, Atlas me agarra.
—Sube —me dice.
—No, sube tú.
— No puedo... —Echa la vista atrás, en dirección al patio en llamas—. Tengo que ayudarlos.
—¿De qué puede servir tu ayuda ahí fuera? Eres seminarista, no soldado...
—No podemos dejar que Wyvernmire se vuelva más poderosa, Viv. No podemos...
Le agarro la cara entre las manos.
—¡Escúchame! —grito, para hacerme oír con el ensordecedor ruido de las hélices de fondo—. Es demasiado tarde. Los búlgaros están aquí, y son demasiados. Va a haber una guerra de verdad, una...
De pronto un recuerdo se impone entre el caos de mi mente.
El sonido de los violines, una imagen de plumas y pieles, burbujas en una copa de champán.
«En la guerra, los idiomas son tan cruciales como las armas».
Y entonces caigo.
—Tengo que volver —le digo—. Tengo que ir a ver a Wyvernmire y darle lo que quiere.
Atlas me aparta hacia un lado en el momento en que el avión avanza, con un rugido, y Marquis me mira a través del cristal de la cabina. Lo miro, niego con la cabeza y él le dice algo a Serena. Entonces el avión reemprende la marcha, atraviesa el taller y sale al patio, donde al fin despega.
—¿Qué acabas de decir? —dice Atlas.
— Tengo que ser la traductora de Wyvernmire. Es la única opción que tenemos para controlar a los búlgaros...
—¡Eso es ridículo! —exclama—. Es lo contrario de lo que defiende la Coalición...
—¡Mira a tu alrededor, Atlas! —grito—. Muy pronto ya no quedará nada de la Coalición.
Los búlgaros están aquí, y puedes estar seguro de que van a venir más.
Si Wyvernmire no tiene posibilidad de escucharlos, de controlarlos, Britania se convertirá en un país dominado por los dragones.
Tú sabes tan bien como yo que esta nueva alianza es solo temporal.
Y que esta guerra que hemos esta do librando, de rebeldes contra el gobierno, no es nada comparada con lo que ocurrirá cuando la reina Ignacia se entere de que ha sido traicionada y los búlgaros decidan que Wyvernmire no es para ellos más que una piedra en el zapato.
Lo único que podemos hacer ahora es ayudar a nuestro pueblo, a nuestro país...
—Así pues, ¿nos rendimos? —responde Atlas, furioso—. ¿Nos sometemos a los búlgaros, a Wyvernmire?