Capítulo 28
El gesto de triunfo de Atlas se convierte en perplejidad cuando me ve la cara ensangrentada.
—¡¿Qué te ha hecho ese animal?! —exclama, balbuciendo y acercando un dedo a la herida que me va de la comisura de la boca hasta la mejilla.
Yo hago caso omiso a la pregunta.
—¿No te empujó desde el tejado?
—Oh, sí que lo hizo —responde Chumana, sin inmutarse—. Tuve que atraparlo al vuelo como haría un perro con un palo.
Marquis reprime una carcajada. Chumana parece complacida.
—¿Dónde está Karim? —pregunta mi primo.
—Estaba llevándolo a un lugar seguro cuando oí las llamadas de Vivien — responde Chumana, con su voz grave—. Lo dejé en una granja cercana.
—Tenemos que encontrar a Ursa y a la doctora Seymour —los apremio—. ¿Están en el...?
—Sótano —confirma Atlas, asintiendo, con la vista puesta en el invernadero—. ¿Dónde está Ralph?
—Lo he noqueado —dice Marquis sin el menor rubor. Luego se gira hacia mí —. ¿Has dicho... Ursa?
Pero, antes de que pueda explicarme, Chumana suelta una llamarada por la boca y la nariz.
Siento el calor abrasador chamuscándome el pelo y tiro de Marquis, apartándolo del fuego.
Unas llamas anaranjadas se extienden por las paredes del edificio, haciendo estallar el cristal de las vidrieras, por las que veo cómo se extiende el fuego por el interior, prendiendo en las alfombras y en las mesas de madera, devorando los cojines y las plantas y la colección de revistas.
Muy pronto destruirá todas mis notas y los restos de la primera máquina locuisonus.
—Ralph —señalo—. Sigue ahí dentro, y está vivo.
Atlas y Marquis se miran el uno al otro.
—Después de todo lo que te ha hecho, Viv... —alega Marquis.
—¡Atlas! —exclamo, con intención—. ¿No vas a dejar...?
—No —responde Atlas, con un suspiro de resignación —. No, supongo que no.
Rodea el invernadero a la carrera, hasta llegar a la ventana secreta y se cuela dentro.
—Pero... ¡joder! —protesta Marquis, echando a correr tras él.
Chumana se gira hacia mí.
—Hay algo que debes saber, algo que no te supe explicar la última vez.
Espero.
—Las llamadas que oyes a través de tu máquina, esas que hacen que los dragones suenen como pájaros... A los dragones no nos suenan así. Con la conversión a una frecuencia audible para los humanos se distorsionan y se pierde lo más importante.
Se oye un chirrido; la estructura del invernadero empieza a debilitarse.
Doy un paso, acercándome a Chumana.
—¿Y qué es lo más importante?
—La emoción —dice Chumana—. Cada llamada transmite una emoción compleja.
Una llamada de advertencia puede provocar en quien la escucha una repentina sensación de miedo, como una descarga eléctrica.
Y si los dragones que se comunican tienen un vínculo estrecho, si son de la misma familia, puede que por un momento uno de ellos vea a través de los ojos del otro.
Muevo la cabeza, intentando comprender el alcance de lo que quiere decir. Marquis y Atlas reaparecen, tosiendo y tirando de Ralph entre los dos. Pero yo tengo la atención puesta en la voz de Chumana.
—Cuanto más fuerte es el vínculo entre dragones, mejor se entienden entre sí. Por eso los dragones que no se conocen pueden comunicarse únicamente con llamadas básicas: sin ese vínculo emocional que llevamos en las entrañas, en ocasiones no llegan a entenderse.
Pienso en la forma instintiva en que se comunicaban Muirgen y Rhydderch, y en las dificultades que tenían para entenderse con Borislav.
—Entonces ¿es eso un dialecto familiar? ¿Un potente vínculo emocional?
A nuestras espaldas vuelve a estallar el vidrio y Marquis me pone una mano en el brazo.
— Viv, tenemos que irnos.
—Sí —dice Chumana, con su voz sibilante—. Y recuerda: aunque es posible traducir el koinamens a una lengua humana, eso significaría inevitablemente perder las emociones que transmite, y por tanto gran parte de su significado.
—Todo acto de traducción requiere sacrificio —murmuro para mí misma.
—Por eso no hay que permitir que los humanos lo imiten —insiste Chumana.
Sus ojos son como soles dorados, que penetran en mí como si quisieran leerme la mente—.
Grabando y emitiendo una de las llamadas de Muirgen en su frecuencia original provocarías que Rhydderch la sintiera en el interior de su ser.
Sería como hacer que oyeras la voz de tu hermana dentro de tu mente, tan claramente como si la tuvieras al lado.
Harías lo que te dijera, sin importarte nada más. ¿O no?
Chumana resopla con fuerza, y siento el calor de su aliento.
—Pues lo mismo le pasaría a Rhydderch. Y eso lo sabían los humanos búlgaros. Por eso querían explotarlo, y por eso están muertos.
Un sonoro rugido atraviesa el cielo de la noche.
— Los dragones de Wyvernmire saben que estás aquí —le dice Atlas a Chumana, dejando a Ralph a los pies de un árbol.
Chumana asiente y me observa mientras intento asimilar lo que acaba de revelarme. Cualquier traducción humana del koinamens sería una triste imitación del significado original. Me giro y echo una mirada al invernadero.
Lo que estábamos haciendo ahí dentro era una tarea imposible. Y aun así nuestros míseros intentos habrían podido tener unas consecuencias desastrosas. Ahora entiendo la rabia de Muirgen, y por qué Chumana vino volando hasta Bletchley para hacérmelo entender.
—Voy a por Ursa —les digo a los chicos.
Atlas asiente.
—Y luego tenemos que ir al taller de aviación.
—¿Al taller de aviación?
—Así es como huiremos —dice Atlas.
—¿No podemos ir con Chumana...?
Chumana emprende el vuelo, agitando las alas justo por encima de nuestras cabezas, y enseguida está planeando por encima de los árboles en dirección a la casa. Se oye un fuerte chirrido metálico.
—Ella tiene que luchar —dice Atlas.
—¿Lo he oído bien? —pregunta Marquis —. ¿Estás sugiriendo que huyamos en avión?
—Sí —responde enseguida Atlas—. Lo has construido tú. ¿No me has dicho que conoces hasta el último detalle?
—¡Eso no significa que sepa pilotarlo, idiota! —replica Marquis.
—¡Estamos perdiendo el tiempo! —grito—. Marquis, ¿puedes encontrar a Sophie?
—Estará en la casa. Acordamos encontrarnos allí si nos separábamos.
Corremos por el bosque, oyendo las explosiones del invernadero a nuestras espaldas, hasta llegar al jardín. En el cielo, por encima de la casa, Chumana choca con otro dragón, que sale despedido e impacta contra el tejado.
—¡Fuego! —grita una criada, saliendo por la puerta de la cocina a la carrera—. ¡Dragones!
Nos agachamos justo a tiempo para esquivar una bola de fuego que incendia un arbusto a nuestro lado y de pronto dos guardias aparecen corriendo por una esquina.
Ambos nos gritan al vernos:
—¡Todos los reclutas deben...!
Marquis levanta la pistola y dispara. La bala rebota en una cañería de desagüe, pero eso basta para que vuelvan a desaparecer por donde habían venido.
—¿Crees que podrías hacerlo mejor? — le dice Marquis a Atlas, viendo su sonrisa socarrona.
—Desde luego que no —responde Atlas.
Entro y él me sigue, pero me detengo en cuanto veo a un grupo de personas corriendo hacia nosotros por el oscuro pasillo.
—¡Atrás, atrás! —le grito a Atlas, dándome la vuelta.
—¡Viv! —exclama una vocecita aguda—. ¿Has visto a ese dragón que ha atrapado a un niño en el aire?
Siento la tensión de Marquis. Atlas intenta encender una luz.
Ante nosotros está la doctora Seymour, con Ursa en brazos, y a su lado, armados con pistolas, Gideon y Serena.
—¡Esto tiene que ser una broma...! —exclama Marquis.
—¡Gracias a Dios! —susurro, mientras la doctora Seymour me pone a Ursa entre los brazos.
—¿Lo has visto, Viv? ¿Lo has visto?
Le aparto el cabello de la cara a mi hermana y me río.
—Lo he visto. Y aquí está ese chico.
Atlas sonríe y le tiende la mano a Ursa para estrechársela.
—Encantado de conocerte, Ursa. Soy Atlas.
Ursa ya está mirando por encima de mi hombro, con los ojos como platos.
Marquis le hace una reverencia, y de pronto se le llenan los ojos de lágrimas.
— Cuánto tiempo sin verte, osita.
Ursa estira los brazos hacia él y yo la suelto a regañadientes. Me quedo mirando a Gideon y a Serena.
—¿Dónde demonios habéis estado vosotros dos?
—Salvando a tu hermana —responde Serena, con los ojos brillantes.
—Es cierto —confirma la doctora Seymour, ajustándose las gafas rotas—. En cuanto nos encerraron en el sótano, estos dos bajaron por las escaleras armados hasta las cejas.
Serena se saca otra pistola de la parte trasera del cinto y me la entrega, aunque las dos sabemos que no tengo ni idea de cómo usarla.
—Parece que has recobrado la cordura, ¿no? —le dice Atlas a Gideon—. No irás a intentar matar a alguien otra vez...
Le apoyo una mano en el brazo y se calla.
—Gracias — les digo a Gideon y a Serena—. A los dos.
Gideon se sorbe la nariz y le pasa una pistola a Atlas.
—¿Alguien tiene algún plan para salir de aquí?
—Parece que me han nombrado piloto —dice Marquis, sonriendo mientras le ajusta la cinta del cabello a Ursa—. ¿Nos ponemos en marcha?
Se oyen voces y gritos en el exterior.
—Wyvernmire ha pedido refuerzos —dice Serena.
La doctora Seymour asiente.
—Hay otra salida a través de la pista de baile. Nos llevará al otro lado del recinto, donde están los talleres.
Se oye un fuerte chillido y de pronto vemos un destello azul al otro lado de la ventana. ¿Muirgen?
—¡Vamos! —exclama Marquis, mientras corre a atrancar la puerta trasera.
Toda la casa se tambalea, y la pared donde está situada la estufa cede y se derrumba.
—¿Podemos irnos ya a casa? —pregunta Ursa, con voz llorosa.
La casa vuelve a temblar y del techo cae un trozo de moldura que a punto está de darle a Marquis en la cabeza.
La adrenalina me inunda las venas mientras corremos por el pasillo y llegamos al vestíbulo, donde aparece un grupo de guardias por la puerta delantera.
Levanto mi pistola, pero ellos pasan como una estampida sin hacernos caso, escaleras arriba.
— Van a por la primera ministra —grita uno de ellos.