Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Ralph se me queda mirando, confuso. Rebobino, yendo de una grabación a la otra y apretando el botón de reproducción, de pausa y de rebobinado moviendo los dedos a la máxima velocidad posible.

Doncella.

Serpiente.

Ataque.

Ataque.

Ataque.

—Muy bien, ya basta —dice Ralph, tirando de la máquina locuisonus hacia él—. ¿Qué has dicho?

—He emitido llamadas de exploración —miento, aprovechando que Ralph no tiene ni idea de ecolocalización—. Si me dejas ponerme los auriculares, cuando lleguen las respuestas podré calcular a qué distancia están los dragones.

Lo que estoy diciendo es tal disparate que casi me da la risa al ver que Ralph se lo cree a pies juntillas.

—Olvídate de los dragones —me dice, acercándome el cuaderno de registro—. Dame el código.

— No lo entiendes —respondo, meneando la cabeza—. Este lenguaje es complicado. No es algo que se pueda aprender en una noche...

—Más te vale, por el bien de tu hermana —me espeta Ralph, dando un puñetazo sobre el cuaderno—.

Mira aquí... ¿Por qué no hay nada que sea claro?

—Señala mis apuntes para la entrada Canturreo 246 y las notas garabateadas debajo—.

¡Aquí dice que esta llamada tiene seis variantes!

¿Y todas significan quemar? ¿Estás intentando confundirnos deliberadamente?

«En realidad es muy sencillo —querría decirle—.

El sonido del Canturreo 246 varía dependiendo del dragón que lo emite.

En el dialecto de Muirgen, la llamada tiene una leve inflexión que no aparece en la versión de Soresten.

Y cuando Yndrir la usa dirigida a Muirgen, el tono es diferente, mucho más profundo que cuando la usa para hablar con... ».

—¡Respóndeme! — grita Ralph.

Lo tengo prácticamente encima, mirándome con rabia, con los labios cubiertos de baba.

—¿Qué me estás ocultando?

La voz de Atlas resuena en mi cabeza:

«¡No lo hagas, Viv!».

Ralph me agarra el cuello con la mano.

—Respóndeme, o cortaré a esa hermanita tuya en pequeñas rodajas.

¿Habrá oído Chumana mis llamadas? ¿Las habrá oído alguien?

—Ya te lo he dicho —le respondo, sin alterarme—. Si me das los auriculares, puedo...

Ralph me da un empujón y me caigo de la silla, de espaldas, golpeándome la cabeza con el canto de la mesa. Me pongo en pie, dolorida y trastabillando, pero él vuelve a por mí.

—Me has estado mintiendo —dice, y su voz tiene un tono peligroso, que no había oído antes, ni siquiera cuando me rompió el brazo—.

Ya le dije a la primera ministra que no estabas haciendo tu trabajo, pero no quiso escucharme.

¿Qué es lo que has transmitido con esa máquina? ¿Con quién te estás comunicando?

Siento que la sangre me gotea desde la frente y me la limpio del ojo.

—Con nadie —respondo —. No he hecho más que lo que me habéis pedido...

—¡Mentira! —grita Ralph.

Se saca el cuchillo del cinto, y yo retrocedo hasta situarme detrás del sofá, mirando desesperadamente por entre las tazas de café vacías de la doctora Seymour en busca de algo con lo que defenderme.

Lo único que veo es la corneta mellada de la máquina locuisonus machacada.

Me acerco a paso incierto, pero Ralph me agarra del pelo por detrás y me arranca un puñado de cabello, haciéndome chillar de dolor.

Le clavo las uñas en el brazo, debatiéndome, mientras él intenta inmovilizarme en el sofá.

—¡Suéltame, cabrón! —le grito, dándole un rodillazo entre las piernas.

Él suelta un grito de dolor, pero tira de mí hacia atrás y se me sube encima, situándose a horcajadas, agarrándome ambas muñecas con una mano y usando la otra para desenfundar el cuchillo.

—En Alemania, solíamos arrancarles las escamas a los dragones una por una —dice Ralph con una sonrisa satisfecha. Los galones de su uniforme reflejan la luz de la lámpara—. No les vuelven a crecer, ¿sabes? Así que era algo que podíamos quitarles. Y valen una fortuna en el mercado negro.

Me revuelvo bajo su peso, pero me tiene inmovilizada. Me mira fijamente a los ojos, y luego pasea la mirada por el resto de mi cuerpo.

—Y yo me pregunto... ¿a ti qué podría quitarte?

Junto toda la saliva que tengo en la boca y le escupo a la cara. Él se ríe.

—Serás perra... —dice, limpiándose los ojos con la manga. Apoya la punta del cuchillo contra la comisura de mi boca—. Esto te enseñará a sonreír cuando yo te lo diga.

Arrastra el cuchillo por mi piel, haciéndome chillar.

—¿Dónde están los dragones con los que te estás comunicando? — gruñe.

—No hay ningún...

Vuelve a cortar y la boca se me llena de sangre.

—Esto te lo has buscado tú misma —dice Ralph—. Mi tía me contó cómo traicionaste a tu amiga. Y ahora estás traicionando a tu gobierno, a tu país. Deberías darme las gracias por contenerme, por no...

—Tú lo que estás es resentido —le espeto, jadeando y mirándolo a los ojos—. Resentido porque Wyvernmire te hizo volver de Alemania para ponerte de simple guardia, resentido porque no ha confiado en ti para que fueras desencriptador, ni aviador, ni zoólogo. Resentido porque me escogió a mí.

Ralph hincha las narices y su rostro adquiere un color rojo intenso, al tiempo que curva la boca en una sonrisa furiosa, aterradora.

—Pagarás por lo que me has hecho.

Esas palabras son como una descarga eléctrica. Son prácticamente las mismas que usó Sophie. Ralph acerca el rostro, y el penetrante olor de su loción de afeitado me llena la nariz.

—¿Te crees que ahora puedes hacerte la heroína, después de todo el mal que has causado? —me susurra al oído —. Te mereces sufrir, Vivien Featherswallow. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad?

El pánico se apodera de mí. ¿Y si tiene razón? ¿Y si es así como tengo que acabar, por todas las cosas horribles que he hecho?

Pienso en lo que hizo Chumana en Bulgaria, y en lo que está haciendo ahora por compensarlo.

Pienso en mamá, que me decía que todos debemos vivir con las consecuencias de nuestras acciones, y sé que no es esto lo que quería decir, porque conozco a mi madre.

Pienso en lo mucho que me he llegado a odiar porque no veía el modo de dejar atrás mi propia sensación de culpa.

—Nunca es demasiado tarde para cambiar, Ralph Wyvernmi re —le susurro—. Hasta yo puedo tener una segunda oportunidad.

Abro la boca como si quisiera besarle, pero le clavo los dientes en el cuello. Él suelta un rugido agónico y se levanta de un salto, llevándose una mano al cuello mientras yo escupo sangre. Me dejo caer del sofá al suelo y me arrastro por él hasta agarrar un trozo de metal mellado.

—No vuelvas a acercarte a mí —lo amenazo—. Si lo haces, cuando los rebeldes ganen la guerra, me aseguraré de que los dragones sepan cómo torturaste a los suyos.

Ralph se ríe, sangrando por entre los dedos.

—No me acercaré a ti. Me voy ahí dentro, para que Ursa sienta el contacto del cuchillo en su suave piel...

—Que te crees tú eso —dice una voz.

Alguien avanza entre las sombras por detrás de Ralph y de pronto se oye un CRAC .

Ralph cae hacia delante y el cuchillo repiquetea contra el suelo. Pone los ojos en blanco y se desploma. Marquis le ha atizado con la culata de la pistola.

—¡¿Viv?! ¿Estás bien? —exclama, con voz ronca.

Yo contengo el llanto y asiento, y él me tiende los brazos.

—¿Dónde está Sophie? —pregunto cuando nos separamos.

—En el bosque —dice Marquis—. Cuando se os llevaron intentamos seguiros, pero los guardias nos encontraron, y estaba demasiado oscuro como para ver nada.

Noqueé a uno de ellos, le quité la pistola, y luego te oí chillar.

—Se le quiebra la voz—. Y luego, cuando venía para aquí, un dragón pasó volando tan bajo que me tiró al suelo...

—¿Un dragón? ¿Qué aspecto tenía?

—Bueno, no tuve tiempo para quedarme mirando, Viv... ¿Qué estás haciendo?

Paso por encima de Ralph y me dirijo a la ventana a toda prisa. A través de los árboles veo que Bletchley Manor está en llamas. Y un dragón se acerca volando al invernadero. Agarro la máquina locuisonus de la mesa y me dirijo a la puerta.

—¡Vamos!

Una vez en el bosque, oculto la máquina bajo un montón de hojas.

—Quizá la necesitemos más tarde para comunicarnos con la Coalición —le digo a Marquis.

Nos giramos y vemos el humo extendiéndose por el cielo. De pronto, las copas de los árboles tiemblan y Chumana aterriza a nuestro lado con un gran estruendo. Aún le sale humo negro de las fauces. Nos mira a Marquis y a mí, con sus ojos ámbar encendidos.

—No vuelvas a usar esa lengua artificial, niña humana —me advierte.

Luego balancea su enorme cabeza, acercándola al suelo, y veo una figura que salta desde detrás de su cuello para aterrizar en el suelo helado.

— Buenas noches, inadaptados —saluda Atlas, con una gran sonrisa—. ¿Listos para la redención?