Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 27
87%

Capítulo 27

Alguien está chillando, y no me doy cuenta de que la voz es la mía hasta que Ursa cae entre mis brazos.

Nadie intenta evitarlo y, por un momento, mientras presiono los labios contra el cuello frío de Ursa y respiro el olor de su cabello, todo lo demás desaparece.

El cuerpecito de mi hermana tiembla entre silenciosos sollozos.

—Chis, osita —le susurro al oído —. Ya estás conmigo. Estás a salvo.

Me sorprende lo fácil que sale la mentira.

Quizá es porque sé que haré todo lo que pueda para hacer que se convierta en verdad.

Ursa se hunde en mi abrazo, agarrándome el cabello con sus manitas, presionando sus zapatos sucios contra mis muslos como si le quemara el suelo.

Yo la recojo como si fuera un bebé y la abrazo con fuerza mientras me pongo en pie.

Por encima de su cabecita veo de pronto el rostro de Wyvernmire, y el pecho se me incendia al recordar sus palabras. ¿Torturar a mi hermana?

«Por encima de mi cadáver».

Los guardias han puesto en pie a Atlas y a la doctora Seymour y Wyvernmire les echa una mirada sin demasiado interés.

—¡Qué decepción, todos vosotros! —exclama, y se gira hacia mí—. Me proporcionarás el código, con todas sus posibles variaciones, inmediatamente. Si te niegas, el guardia 707 seguirá aplicando sus técnicas bárbaras a la niña.

Me atenaza el pánico y se me pone la piel de gallina. Wyvernmire le hace un gesto con la cabeza al guardia, que da un paso adelante y me arranca a Ursa de las manos.

—¡No! —grito yo, con Ursa aún agarrada a mi cuello—. Por favor, no se la vuelva a llevar. Yo...

Pero el guardia levanta a Ursa tirando de la parte trasera de su abrigo y la deposita entre la doctora Seymour y Atlas. Ursa no deja de llorar.

—Le daré el código —le digo, casi sin aliento—. Pero no le haga daño.

—¿Lo ven, caballeros? —dice Wyvernmire, con una sonrisa gélida—. No hacía falta complicar tanto las cosas. El amor es la forma de tortura más eficaz.

Me quedo mirando a Ursa, sintiendo el calor de mis propias lágrimas en las mejillas. No se oye nada más que su llanto desconsolado. Lentamente, Atlas alarga el brazo y la agarra de la mano.

— Encerrad a esos tres en el sótano —ordena Wyvernmire—. Y encontrad a los otros reclutas. Acabaré con esta rebelión en miniatura de raíz.

Toda la energía que me quedaba desaparece de pronto.

Siento un dolor en el pecho al ver de frente la realidad: nos han pillado y ahora, con Ursa aquí, Wyvernmire puede obligarme a hacer lo que quiera.

Tengo que darle el código. Pienso en la cara de Ralph mientras me presionaba el cuchillo contra el brazo y tengo que tragar saliva para controlar las náuseas.

No puedo ni pensar en que se acerque lo más mínimo a Ursa.

Los rebeldes aún no han atacado y, en unas horas, habré puesto el destino de los dragones y de la tercera clase en manos de Wyvernmire.

—Hay informes de dragones no identificados en el espacio aé reo —me dice—. Debes descubrir su ubicación exacta.

—Entonces necesitaré ir al invernadero. Para usar la máquina locuisonus que queda.

Wyvernmire asiente.

—El guardia 707 te acompañará. Cuando hayas identificado a los dragones, pondrás por escrito todo lo que sabes del código y se lo entregarás a él —añade, mirando a su sobrino—. Asegúrate de que me llega antes del amanecer.

Ralph me agarra del brazo.

— Déjeme llevarme a mi hermana conmigo —le digo a toda prisa—. Trabajaré más rápido si sé que está a salvo.

Wyvernmire frunce los labios.

—Trabajarás más rápido si sabes que no lo está.

Contengo un sollozo.

—Volveré a por ti —le digo a Ursa, sintiendo cómo me tiembla la mandíbula—. No volveré a dejarte sola. ¿Lo entiendes?

Ella se seca las lágrimas con la mano que tiene libre y asiente con valentía. De pronto Atlas se suelta, va corriendo hacia mí y me agarra de los hombros. Me besa, y sus labios son como de fuego al contacto con los míos.

—No se lo des —me susurra, mientras tiran de él.

—Pensándolo mejor... — comenta Wyvernmire, contemplando la escena como si le divirtiera—. Llevaos al chico a la azotea. Podrá echar una última mirada a los dragones que no ha conseguido reproducir antes de que lo tiréis al vacío.

—¡No! —grito yo.

Ralph se me lleva a empujones, agarrándome de la nuca, y el llanto de Ursa vuelve a llenarlo todo.

—¡No lo hagas, Viv! —grita Atlas a lo lejos.

Pero él no lo entiende. No puedo hacer otra cosa.

Mientras avanzamos por la oscuridad y nos adentramos en el bosque noto que me va goteando sangre del brazo.

Me giro para intentar ver a Atlas en el tejado, pero no veo nada más que la silueta de un dragón patrullando el cielo.

¿Es Muirgen o Rhydderch? ¿O nos han abandonado todos?

—Tendría que haberme dado cuenta de que eres una rebelde —dice Ralph, cuando llegamos al invernadero—. Debería haberte roto el otro brazo cuando tuve ocasión.

Desearía replicar algo hiriente, o darme la vuelta y escupirle a la cara, pero no me atrevo.

No después de la amenaza que pesa sobre Ursa, ahora que sé lo que es que te claven ese cuchillo en la piel, algo diez veces peor que los golpes de vara.

Abrimos la puerta y Ralph despide al guardia que vigilaba la máquina locuisonus.

Me abro camino con cuidado por entre los restos de la otra y la coloco sobre la mesa mientras Ralph enciende una luz. Me acerca una silla.

—Al trabajo, pues, encantadora de dragones —me dice, burlón.

Yo me pongo los auriculares y giro el dial, sin poder evitar que me tiemblen las manos.

Oigo el crepitar de las interferencias mientras busco la frecuencia correcta y aguzo el oído en busca de los clics y trinos del koinamens, ya familiares para mí.

Ralph se sienta al otro lado de la mesa y me mira fijamente.

Yo hago caso omiso y cierro los ojos para concentrarme en lo que oigo.

Ahí están, una serie de llamadas sociales. Esos dragones, sean quienes sean, tienen algo que decirse. Escucho más atentamente. ¿Están hablando de... aterrizar?

—Explícame esto — dice Ralph, levantando la voz. Está examinando lo que queda de un cuaderno de registro, las páginas que no conseguimos meter en agua—. ¿Cómo sabes lo que significan las diferentes secuencias?

Levanto la mano, mostrándole la palma para que se calle, y siento una pequeña satisfacción al ver el gesto de asombro en su rostro.

La mente me gira cada vez más rápido, presa del pánico al darme cuenta de que casi no reconozco ninguna llamada.

Me atraviesa un escalofrío. ¿Y si estos son dragones búlgaros?

¿Y si Wyvernmire ya ha confirmado la alianza?

Necesitamos que lleguen los rebeldes. Ya.

—Pude comprender la ecolocalización interactuando con dragones que pasaban por aquí, pero sin hacerles saber que era yo —miento—.

Reproduje fragmentos de grabaciones de ecolocalización en el perímetro de Bletchley, alertándolos, por ejemplo, de la presencia de algún humano no identificado, y escuchaba sus respuestas.

Por suerte, Marquis y Sophie han apartado los bloqueadores antes de que nos pillaran. Sin eso, la alocada idea que me está aflorando en la mente no funcionaría. ¿Dónde estará Atlas? ¿Se lo habrán llevado ya a la azotea? Siento un nudo en el estómago.

—Necesito usar esas máquinas —le digo a Ralph, señalando las reperisonus.

Desenchufo los auriculares y tiro de un cable de una de las máquinas; luego lo enchufo a la locuisonus.

—¿Por qué? —pregunta Ralph—. ¿Para qué?

—Voy a transferir una grabación previa de llamadas sociales por ecolocalización a la locuisonus — digo yo.

Esa parte es cierta. Aprieto los minúsculos botones negros de las grandes máquinas, buscando en la pantalla la grabación que he etiquetado «Doncella Serpiente».

Luego la mando a la máquina locuisonus, seguida de otra que grabé hace semanas.

Con el corazón en un puño, me siento de nuevo frente a la locuisonus y miro a Ralph, que no me quita ojo.

Noto una gota de sudor cayéndome por la espalda.

—Ahora voy a reproducir una parte de una de las grabaciones —le digo.

Cambio el interruptor de «recepción» a «emisión» igual que hice el día en que lancé la llamada a Chumana desde el bosque.

—Voy a fingir que soy un dragón, para ver si alguno de los que hemos detectado en las proximidades interactúa conmigo. Yo lo llamo el «arte de la interceptación». —Lo miro de frente—. Apuesto a que a ti se te daría bien.

Sonríe, complacido. Quizá haya conseguido ganar un poco de tiempo.

Aprieto el botón de reproducción. Yo no puedo oírlo, pero sé que las llamadas de Chumana están siendo reconvertidas a su frecuencia original y se están emitiendo, sin bloqueadores alrededor que puedan frenarlas.

Doncella.

Serpiente.

Cuento los segundos, dejando tiempo suficiente para emitir las primeras llamadas, luego rebobino y vuelvo a reproducirlas.

Doncella.

Serpiente.

Y otra vez.

Doncella.

Serpiente.

—Yo no oigo nada —dice Ralph, dando un golpecito en el auricular.

—El altavoz reproduce las llamadas entrantes reconvertidas a una frecuencia audible para los humanos —le explico —. Pero las llamadas de salida se emiten a través de vibraciones en el aire, imperceptibles para el oído humano.

Aprieto otro botón, y Ralph echa el cuerpo adelante, intrigado.

Me pregunto qué nuevos avances habría integrado la doctora Seymour en las máquinas locuisonus si hubiera tenido ocasión.

Me imagino un aparato más pequeño, con un botón para cada llamada de ecolocalización, o varias máquinas diseñadas para hablar diferentes dialectos.

Vuelvo a apretar el botón, retrocediendo hasta otra grabación.

Es una llamada de hace semanas, cuando algunos de los dragones de guardia discutían sobre el protocolo para un ataque.

¿Será una palabra reconocida universalmente, o estoy a punto de usar una llamada perteneciente a uno de los dialectos?

Tengo que arriesgarme y pensar que es universal.

Aprieto el botón.

Ataque.