Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—¡Silencio! —ruge Ravensloe—. No voy a aceptar lecciones de unos desertores. ¡Sois escoria! —Se gira hacia Ralph—. ¿Dónde están los demás?

—Mi equipo sigue buscándolos — responde Ralph—. Están...

—¡Me asombra lo incapaces que sois de seguir el rastro a un puñado de adolescentes! —exclama Ravensloe, y en los ojos de Ralph aparece un brillo de rabia.

—Se les ha dado demasiada libertad —alega—. La primera ministra puso su confianza en quienes...

—La primera ministra espera que cada uno cumpla con su deber, tanto reclutas como guardias —le interrumpe Ravensloe, mirándolo fijamente—. Cuando se entere de esto, seguro...

Su voz queda eclipsada por un fuerte zumbido.

Las luces atraviesan las cortinas opacas. El ruido es de hélices. Un helicóptero.

—¡Oh, y aquí la tenemos! —exclama Ravensloe, impostando un tono de falsa alegría. Luego señala a Atlas —. Tú. ¿Tienes algún resultado que presentar de tu trabajo en Zoología? ¿Alguna información que darle a tu primera ministra mañana por la mañana?

Atlas suelta un bufido, socarrón.

—Me temo que no —responde—. Pero sí que le he pasado una gran cantidad de información a la Coalición.

El guardia que tiene detrás le atesta un puñetazo en la cabeza y cae, golpeándose el rostro contra el suelo. La doctora Seymour y yo soltamos un chillido.

—¿Y vosotras? —dice Ravensloe, mirándonos—. ¿Habéis descifrado el código de los dragones? ¿O tengo que sentenciaros a ambas a muerte esta misma noche?

Miro a mis amigos, al rostro sangrante de Atlas en el suelo, bajo la bota del guardia, y veo la mirada desafiante de la doctora Seymour, que dice una cosa mientras la mano que tiene sobre el vientre dice otra.

Hemos perdido antes de empezar siquiera la batalla.

Ravensloe nos ha atrapado, y Marquis y Sophie están ahí fuera, en la oscuridad.

¿Y si los guardias encuentran a Karim, con las crías de dragón, antes de que llegue con Chumana?

Quizá hu biéramos tenido que seguirles el juego mientras esperábamos a que llegaran los rebeldes...

Miro a Ralph, que está disfrutando del momento, y luego a Ravensloe, que me mira a su vez, expectante.

—Sí —le digo, con la máxima calma—. He descifrado el código.

La sonrisa socarrona de Ralph desaparece.

—¡Viv! —grita Atlas —. No seas tonta. No puedes...

—Si no lo hago nos matarán a todos —respondo, y me giro a mirar a Ravensloe—. ¿No es así?

—Si no conseguís completar el trabajo que se os ha requerido, seréis juzgados por vuestros crímenes y recibiréis el castigo correspondiente, tal como se os explicó claramente cuando aceptasteis este trabajo —responde Ravensloe—.

Desgraciadamente, a esos delitos ahora hay que sumar el de traición, que se castiga con la muerte.

—Si somos culpables de traición, también lo es la primera ministra —replica la doctora Seymour—. Está a punto de poner a Britania en manos de un gobierno extranjero.

Cierro los ojos. Marquis y Sophie quizá salven la vida, pero Sophie pasará el resto de sus días en la cárcel de Granger como tránsfuga de clase. Serena será degradada o tendrá que aceptar un matrimonio forzoso. ¿Y Gideon? Ni siquiera sé qué es lo que hizo para acabar aquí.

— Miente, vice primer ministro —dice Ralph, con rabia—. No tiene el código.

—No miento. Llevo meses aprendiéndolo, pero tenía que estar segura de contar con la información correcta antes de dársela a la primera ministra. Les daré el código y todas sus traducciones, pero solo si liberan al resto de los reclutas. Solo si los absuelven.

—No han cumplido con su parte del acuerdo, señorita Featherswallow...

—La única posibilidad de anular esa alianza es que le dé el código a Wyvernmire —le recuerdo, y en los ojos de Ravensloe aparecen las dudas—. Está confirmado: los búlgaros acabarán volviéndose contra la primera ministra. Todos sabemos que es inevitable.

Me giro y veo a Atlas, que me mira desde el suelo.

—Así que deje que Atlas y la doctora Seymour se vayan, cancelen la búsqueda del resto de mis compañeros y se lo daré.

Ravensloe sale lentamente de su posición tras la mesa, con los ojos puestos en Ralph.

—Guardia 707, si no estoy equivocado, en el tiempo que pasó en los Freikorps alemanes aprendió una amplia gama de técnicas de persuasión...

Ralph se pone aún más firme.

— Sí, señor.

—¿En qué consistían?

—Se usaban con dragones, señor. No podíamos usar la fuerza bruta, puesto que en eso no podíamos imponernos a nuestros prisioneros, de modo que teníamos que recurrir a técnicas más sutiles... —Ralph se saca un cuchillo largo y fino del cinto— como el refinado arte del corte.

—¿Querría hacernos una demostración?

Ralph mira a Ravensloe, perplejo, como si intentara decidir si lo dice en serio o no. Luego sonríe. Un guardia me agarra por la espalda y me empuja hasta donde está Ralph.

—¡No! —gritan Atlas y la doctora Seymour al unísono.

—¡Quítame las manos de encima! —grito, pero el guardia me da un empujón y me lanza a los pies de Ralph, agarrándome de los hombros para inmovilizarme.

Él se agacha, poniéndose a mi nivel, y se acerca. Intento zafarme, pero otro guardia me agarra de las piernas. Ralph me levanta la manga de la chaqueta y me arremanga la camisa. Mira al guardia.

—Que no se mueva.

—¡Te mataré! —ruge Atlas.

El cuchillo me corta la piel del brazo y suelto un chillido. Las lágrimas y el dolor me emborronan la vista. Arqueo el cuerpo hacia atrás, pero no puedo mover el brazo. Ralph desliza la cuchilla por mi piel y yo vuelvo a gritar, cerrando los ojos con fuerza e intentando contener las arcadas.

—¡Yo tengo información sobre los huevos de dragón! —exclama Atlas —. ¡Por favor, no le hagan más daño!

Ralph levanta el cuchillo y siento la fría punta sobre la muñeca.

—Lo único que tiene que hacer es darnos el código —dice Ravensloe—. ¿Lo harás, recluta?

Me quedo con los ojos cerrados, viendo el reflejo rosado de la tenue luz a través de los párpados. Oigo el crujido de la puerta y una exclamación de sorpresa.

—¡Primera ministra Wyvernmire —exclama Ravensloe—, no esperaba tener visitas esta noche!

La punta del cuchillo desaparece. Abro los ojos de golpe. Wyvernmire está de pie en el umbral, vestida con su largo abrigo verde y con su broche en forma de garra de dragón brillándole junto al cuello.

—¿Y eso? —responde enseguida. En su frente veo unas marcadas líneas de expresión, como si hubiera envejecido en los últimos días—. ¿Es que esperabas que me quedara sentada en mis aposentos mientras tú obtenías una información crucial?

Ralph sigue a mi lado, con una rodilla hincada en el suelo, y levanta la mirada en dirección a su tía como un niño al que hubieran pillado haciendo una travesura.

—Los hallamos saboteando el contenido del invernadero —declara —. Dijo que usáramos cualquier medio necesario, primera ministra.

—Por supuesto —responde Wyvernmire, fijando por fin la vista en mí.

Yo le devuelvo la mirada, y por un breve momento espero ver algún rastro de la mujer que me dijo que nos parecíamos. Pero su rostro no refleja ni un atisbo de emoción.

—Solo que no es a ella a quien tenéis que torturar.

Ralph se pone de pie.

—¿No?

—No —responde Wyvernmire.

Se echa a un lado, y al retirar el abrigo aparece tras ella una pequeña figura temblorosa.

—Es a esta.

Levanto la cabeza, con todo el cuerpo tenso, horrorizada. La niña me mira, y sus ojos dorados me reconocen. Luego estira los brazos hacia mí y suelta un gemido profundo y desesperado.

Ursa.