Lengua de dragones (Lengua de dragones 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Me levanto de la cama a las doce menos cuarto. En el pasillo, un tablón cruje bajo la bota del guardia que se prepara para terminar su turno. Sophie alza la cabeza en la cama de al lado de la mía, enciende la lámpara y me mira, muy seria.

«Pagarás por lo que me hiciste».

—Nos pillarán —susurra.

—No, no lo harán. En cuanto se marche ese guardia, salimos.

Me pongo la chaqueta y las botas.

— Qué bien se te da cambiar de bando: un día eres la pelota de Wyvernmire y al siguiente una rebelde —comenta Sophie—. ¿Volverás a ser una snob de segunda clase cuando acabe todo esto?

—Tú también has sido una snob de segunda clase —señalo.

—Pero no traicioné a mi mejor amiga para entrar en la universidad.

De nuevo siento esa punzada de culpa, ese dolor que no desaparecerá mientras viva. ¿Cómo pude pensar siquiera que Sophie podía llegar a perdonarme?

—No —reconozco—. Tú eres mejor amiga de lo que lo he sido yo nunca. ¿Ahora quieres vestirte, por favor?

Oímos ruido de pasos bajando las escaleras.

Los guardias suelen hacer una pausa para fumar en el patio antes de cambiar de turno. Tenemos unos dos minutos para salir. Entreabro la puerta y doy un respingo al ver un rostro al otro lado.

—¿Todo bien? —pregunta Marquis.

Karim y Atlas están de pie tras él. Cuando salgo al rellano, rozo la mano de Atlas con la mía. Lleva un gran paquete a la espalda.

Marquis se encoge de hombros.

—¿Todo bien, en comparación con la posibilidad de que se presente Gideon y nos mate, quieres decir?

Atravesamos los oscuros pasillos y llegamos a la cocina; cruzamos la puerta trasera y salimos al jardín cercado donde Ralph me rompió el brazo.

— Te encontrarás con la dragona en lo alto del bosque —le susurro a Karim.

Me pregunto si Serena estará oculta en el pueblo.

Debe de estar aterrada. Aunque no le tengo ningún aprecio, me gustaría que estuviera aquí, con nosotros, lista para huir.

Atravesamos los árboles en silencio y, cuando llegamos al invernadero, Atlas se detiene de pronto.

Descarga el paquete que lleva a la espalda y se lo entrega a Karim.

—Dáselo a la dragona —le dice—. Ella sabrá qué hacer.

Karim le echa una mirada de preocupación, abre el paquete y, de la sorpresa, está a punto de dejarlo caer.

Dentro están las tres crías de dragón, hechas un ovillo y con las colas enredadas, y debajo se ven los dos huevos de dragón.

—¿De dónde...?

—Esto es de lo que iba el trabajo que hacíamos Dodie y yo —responde Atlas, muy serio—. Secuestraban crías.

—Sigue caminando todo recto —le digo a Karim —, hasta que llegues a un campo. Te está esperando.

Él asiente, nervioso. Yo me giro hacia Sophie.

—Tú deberías ir con él. Es tu oportunidad de...

—¿De vivir como una fugitiva el resto de mi vida? —dice ella, fulminándome con la mirada. Luego mira a Atlas—. Si los amigos rebeldes de Atlas queman viva a Wyvernmire esta noche, quiero estar aquí para verlo.

Karim, a mi lado, está abrazado a Marquis.

—Ten cuidado —le dice este, enérgico.

Marquis asiente y le envuelve el rostro con las manos.

—Tú también.

Se dan un beso rápido y yo me quedo rígida. Marquis me mira: el secreto que hemos mantenido todos estos años por fin ha salido a la luz.

Luego Karim se encamina hacia el bosque y yo me apoyo en mi primo.

—Volverás a verlo muy pronto —le digo.

—Lo sé — responde con una sonrisa forzada.

En ese momento se me ocurre que podríamos irnos todos: At las, Marquis, Sophie y yo.

Subirnos a lomos de Chumana y salir volando de Bletchley esta misma noche.

Pero quiero estar aquí. Quiero ver a los rebeldes con mis propios ojos; quiero ver cómo el estúpido plan de Wyvernmire le estalla en las manos.

Y quiero ser la que se asegure personalmente de que no ve nunca ni una traducción del koinamens.

—¡Atlas! —susurra una voz.

Doy un respingo, pero enseguida me tranquilizo. Una cara pálida iluminada por una lámpara de mano asoma por la ventana trasera del invernadero. La doctora Seymour.

Nos metemos por la ventana, abriéndonos paso por entre la maraña de cables de las máquinas reperisonus, y la doctora Seymour le entrega a Marquis una segunda lámpara.

Él la levanta y la orienta hacia las dos máquinas locuisonus que hay sobre el sofá.

Las cornetas de latón brillan al reflejar la luz. A su lado hay un martillo.

Sophie abre los ojos como platos.

—¿Vamos a destruirlas?

—Es el único modo de evitar que caigan en manos equivocadas —dice la doctora Seymour, pasándole el martillo a Atlas—.

De eso puedes encargarte tú. Sophie y Marquis, necesito que os llevéis los bloqueadores de sonido.

Y lo más lejos que podáis. Tenemos que asegurarnos de que no interfieren con ninguna llamada por ecolocalización que puedan enviar los dragones rebeldes al sobrevolar el invernadero.

Marquis asiente y los dos salen de nuevo sigilosamente al exterior.

—¿Y yo? —le pregunto a la doctora Seymour.

—El sistema de indexación —responde ella—. Y los cuadernos de registro. Todas las traducciones que hemos hecho deben desaparecer.

Siento un nudo en el estómago. Echo una mirada a la caja con tarjetas del sistema de indexación, meses de duro trabajo.

Y todo va a quedar destruido. Atlas me mira, con el martillo en las manos.

Asiento, y él levanta el martillo sobre la cabeza para dejarlo caer con fuerza sobre la máquina locuisonus, que queda rota en cien pedazos que saltan sobre el sofá y caen por todo el suelo.

Levanta un brazo para protegerse la cara de los cristales que surcan velozmente el aire y golpea de nuevo con el martillo. Hago una mueca y me tapo los oídos.

—¿Dónde está Soresten? —le pregunto a la doctora Seymour, al caer en la cuenta de que no hay ningún dragón de guardia en el exterior.

— Lo he visto hablando con Muirgen esta tarde. Parece que ha abandonado su puesto.

Siento un atisbo de esperanza que luego se convierte en intranquilidad. ¿Habrá desertado Soresten para pasarse al bando de los rebeldes? ¿O habrá ido a advertir a la reina Ignacia?

—¿Cómo quiere destruir esto? —le pregunto a la doctora Seymour—. No podemos encender fuego.

Pero la doctora Seymour está carreteando un cubo de agua que me coloca al lado.

—Mójalo todo —dice.

Cojo un puñado de tarjetas de cartón, todas con notas que han escrito Sophie, Gideon, Katherine y yo misma.

Leo las listas de trinos, gorjeos y barridos y me invade una extraña sensación de tristeza.

Meto las tarjetas en el agua. Por un momento flotan, pero luego se hunden.

En unos minutos podré machacarlas y hacerlas papilla.

Ayudo a la doctora Seymour a meter más papeles en el cubo, arrancando página tras página de los cuadernos de registro.

Atlas golpea la máquina locuisonus una vez más, haciéndome dar un salto del susto, y luego tira de la segunda, acercándosela.

«No tenemos elección», me digo, mientras contemplo el invento más estupendo que he visto nunca tirado por el suelo, hecho añicos. Observo que la doctora Seymour no ha mirado ni una sola vez.

Se oyen pasos en el exterior. Estiro el cuello en busca de Sophie y Marquis, pero no hay nadie en la ventana. Los pasos rodean el invernadero, hacia el otro lado. La doctora Seymour y yo nos miramos y nos quedamos paralizadas. La puerta del invernadero se abre de un portazo.

—Dolores Seymour, quedas detenida por colaborar con el enemigo.

Ralph está en la puerta, apuntándola con la pistola. Cuando nos ve a mí y a Atlas, su boca se tensa en una gran sonrisa.

—Vaya, tres por el precio de uno.

Agarro la última de las tarjetas de indexación y la meto en el agua justo en el momento en que un grupo de guardianes entran en tropel y nos agarran, quitándole el martillo de las manos a At las y esposando a la doctora Seymour.

Ralph me agarra del cabello, arrancándome un chillido, y me pone en pie.

—¡Suéltala! —grita Atlas.

—Tendría que haberme dado cuenta de que tú también estás metida en esto —me dice Ralph al oído —. ¿Qué dirá la primera ministra cuando le cuente que su recluta estrella es una espía?

—¡La primera ministra se ha aliado con Bulgaria! —exclamo, mientras un guardia me tira de las manos y me las agarra por detrás—. ¡Va a conseguir que nos maten a todos!

La doctora Seymour mira a Ralph con puro odio.

—¿Cómo lo has descubierto?

Ralph sonríe, se mete la mano en el bolsillo y saca al dracovol, que sangra por los orificios nasales y mira a todas partes.

«Oh, no...».

La doctora Seymour cierra los ojos y emite un suspiro tembloroso.

—Pillamos a este desgraciado regresando a su nido. Seguro que venía de hacer alguna entrega... —Ralph sonríe, socarrón—. Enviando mensajes a los rebeldes ante nuestras narices. Al final resultará que eras más lista de lo que pensaba, Dolores.

Nos mira a Atlas y a mí.

—¿Dónde están el resto de los reclutas? —nos grita.

Ninguno de los dos abrimos la boca.

—¿Vas a decirme que no tienes ni idea de dónde está tu primo? —me espeta Ralph.

—Supongo que estará en la cama —respondo —. No tiene nada que ver con esto.

—Mentirosa.

—¿De verdad crees que íbamos a ir en busca de los otros reclutas? —replica Atlas—. ¡Han intentado matarnos!

—Llévaselos a Ravensloe —le ordena Ralph a un guardia—. Guardia 257, quédate aquí y protege esa máquina. El resto de vosotros, descubrid adónde narices ha ido el dragón que debía estar de patrulla.

Nos llevan a la sala de actos, donde está Ravensloe, de pie junto a la mesa, como el primer día que lo vimos. Pero de su falsa amabilidad de entonces no queda ni rastro.

—¿Cómo os atrevéis a traicionar a vuestros benefactores? —nos grita en cuanto nos tiene delante.

—¿Benefactores? —responde Atlas—. ¿Es eso lo que se dice a sí mismo para sentirse mejor?

— De no ser por Bletchley estarías muerto, muchacho —le dice Ravensloe.

—Todos lo estaremos muy pronto, vice primer ministro —alega la doctora Seymour—. ¿Cómo ha podido hacer algo así? ¿Cómo ha podido hacerle esto a Britania? Los dragones búlgaros...