Capítulo 25
Nos separamos en el vestíbulo, donde ya no hay ningún guardia.
Marquis se dirige a la biblioteca y yo al sótano.
Abro la puerta sin hacer ruido y siento el impacto del calor en el rostro procedente de la escalera.
Oigo voces en tonos graves y desciendo intentando hacer el mínimo ruido posible.
Atlas está ahí, aunque ya haya acabado su turno.
Tenía la sensación de que así sería. El profesor Lumens y él están agazapados frente a una de las estufas de troncos, mirando al interior.
—Me pregunto si deberíamos poner los huevos juntos. Quizá así se iniciaría el proceso de eclosión —propone el profesor Lumens—. En los nidos suele haber más de un huevo.
—Eso ya lo he intentado, profesor —responde Atlas.
—Bueno, ¿y darles la vuelta en dirección contraria a las agujas del reloj cada luna llena?
— Eso también lo he intentado, señor. También los he remojado con agua salada, como sugirió.
«Miente muy bien».
—Muy bien, pues —decide Lumens—. En ese caso, creo que no tenemos otra opción que buscar quien los críe.
—¿Quien los críe, señor?
—Algún dragón.
Atlas se pone en pie.
—Pero ¿qué dragón accedería a empollar unos huevos que la primera ministra Wyvernmire ha... unos huevos robados?
—Según parece, la primera ministra cree que podríamos convencer a algún dragón convicto, alguno que esté encarcelado...
—Eso tampoco funcionará —digo yo, y ambos se giran en redondo.
—¿Recluta Featherswallow? —El profesor Lumens abre los ojos como platos —. ¿Qué estás haciendo aquí abajo?
—No puede amenazar a un dragón para que empolle esos huevos —insisto—. Créame.
Para hacer eso, Wyvernmire tendría que obligar al dragón a usar la ecolocalización para que así eclosionaran. Y, para asegurarse de conseguirlo, tendría que situar a alguien día y noche junto al dragón.
A alguien con una máquina locuisonus. Alguien capaz de entender las llamadas exactas necesarias para estimular a la cría de dragón, que pudiera dar la voz de alarma si el dragón ecolocaliza algo diferente. O si se niega a ecolocalizar.
Las posibilidades de que ocurra algo así en los próximos dos días son nulas.
—Debo insistir en que te marches —replica Lumens, airado—. Esto es de lo más irregular...
—En realidad, profesor, Vivien ya ha estado aquí abajo —dice Atlas.
«Vivien».
Me sorprende oír mi nombre completo. Así solo me llamaban mis profesores y mis padres. ¿Qué ha sido de Viv, de Featherswallow? Atlas me mira, herido.
«Así que ha recibido mi nota».
—¿Ya ha estado aquí? —Lumens mira a Atlas y luego a mí, perplejo —. La confidencialidad del programa debe respetarse, incluso entre vosotros...
Se oye un gañido en el otro extremo de la sala. Me giro y distingo en la penumbra la silueta de tres dragones jóvenes, ahora poco más grandes que dracovols.
—¿Cuánto tiempo lleva estudiando a los dragones, profesor Lumens? —pregunto.
—Treinta años, pero eso es completamente irrelevante para esta conversación —responde Lumens.
—Supongo que sus estudios lo llevarían por todo el mundo, antes del cierre de fronteras. La investigación de mis padres los llevó a Europa, a América, a Albania...
—¿Tus padres?
Asiento.
—John y Helina Featherswallow.
En sus ojos aparece un brillo de sorpresa.
—No tenía ni idea. Tus padres son antropólogos dracónicos muy respetados, expertos en sus respectivos campos. Me sorprendió mucho leer en los periódicos lo de su...
—¿Rebelión?
Lumens parece incómodo.
—A mí también.
Atlas me observa con curiosidad.
—Pero ahora lo entiendo —le digo a Lumens —.
Entiendo por qué eran..., por qué son rebeldes.
No es solo el modo terrible en que trata este país a la tercera clase, algo que me negué a admitir hasta hace poco.
Fue por su devoción por los dragones. Lo que está haciendo usted aquí abajo...
—Señalo la oscura jaula en la que están las crías de dragón—.
Ellos no lo habrían permitido. De hecho, se habrían opuesto con vehemencia. ¿Por qué no se ha opuesto usted?
—Yo... —Lumens frunce el ceño—. Yo estoy haciendo lo que mi gobierno...
—Su gobierno se ha aliado con los dragones búlgaros —le digo—. Llegarán a Bletchley Park pasado mañana y eso hará que la reina de los dragones se vuelva en nuestra contra. Wyvernmire está a punto de granjearse un nuevo enemigo, y no hay nada que usted pueda hacer para evitarlo.
—¿Búlgaros? ¿De qué estás hablando, niña?
—Dice la verdad, profesor — interviene Atlas—. El trabajo que se suponía que debía hacer aquí ha fracasado, y Wyvernmire ha optado por otro medio para ganar la guerra.
Lumens se queda pálido. De pronto le tiemblan las manos.
—Debería marcharse —le sugiero—. Finja que está enfermo o pida un permiso por motivos personales. Antes de que lleguen.
Lumens se gira hacia Atlas.
—¿Y vosotros? ¿Qué vais a hacer vosotros?
—Oh, tenemos unas cuantas ideas.
—Las crías de dragón... No podemos abandonarlas. Piensa lo que quieras de mí, recluta Featherswallow, pero nunca he querido hacerles daño.
—Nosotros nos encargaremos —respondo.
—Pero ¿cómo...?
— Profesor Lumens —le dice Atlas—, si va a marcharse, tiene que hacerlo lo antes posible.
—Oh..., sí —Lumens arranca y va de un lado al otro de la sala, recogiendo documentos y pertenencias.
—No le dejará que se lleve nada de eso —digo yo—. Todo lo que hay en Bletchley Park está clasificado.
Él me mira un momento, como preguntándose quién soy en realidad. Luego deja caer sobre una mesa todo lo que tiene entre las manos. Mira a Atlas, asiente, da media vuelta y se va.
Atlas se me acerca y me coge de la mano, pero yo la aparto.
—¿Por qué me dejaste esa nota? ¿Qué es lo que he hecho?
No le hago caso.
—He venido a decirte que quizá hayamos convencido a Muirgen y Rhydderch para que se unan a nosotros —le digo.
—¿A nosotros?
— A la Coalición —digo, bajando la voz.
En su rostro aparece una gran sonrisa, pero desaparece enseguida cuando ve que yo no sonrío.
—¿Qué pasa? —insiste.
—Chumana —respondo.
Busco una reacción en su rostro y percibo una mínima vacilación en sus ojos. Enfadada, doy un paso adelante.
—¿Cuándo pensabas decirme que la conocías? No respondas a eso —le espeto, al ver que abre la boca—. No ibas a decírmelo nunca porque no confías en mí. Todo lo que dijiste anoche fue solo para intentar que me pusiera de tu lado.
—Viv, no...
—Te conté que había liberado a una dragona asesina de la Universidad de Londres y tú sabías que era ella, pero no me dijiste que te escabullías para ir a verla...
—No he ido a verla — replica—. Ella vino a mí cuando vio que me tenían encerrado en aislamiento. Es un búnker gélido en medio del bosque, y cuando me vio me encendió una hoguera lanzando fuego a través de los barrotes. Pero ¿eso qué importa?
—¡Importa porque me ocultaste cosas mientras yo te lo contaba todo! —replico, gritando.
—¡No quería que pensaras que estaba conspirando en tu contra! —responde él, gritando a su vez—. Que intentaba que te unieras a la Coalición...
—Y, sin embargo, era eso exactamente lo que estabas haciendo.
Atlas niega con la cabeza.
—Sé que es algo que tienes que escoger por ti misma —dice, apoyándome las manos en los hombros—. Todo lo que dije anoche y... y todo lo demás... —Se sonroja —. Era todo de verdad. Te lo prometo.
—¿Y si hubiera decidido quedarme en el bando de Wyvernmi re? —digo, midiendo las palabras.
Él me mira fijamente.
—Entonces habría sido... difícil. Pero aun así te habría...
Se frena de pronto y deja caer los brazos, sonrojado. Yo trago saliva, esperando que acabe la frase. Pero lo que dice es muy diferente:
—La doctora Seymour acaba de recibir un mensaje de la Coalición.
Wyvernmire viene hacia aquí, y se están preparando para atacar.
Aún no saben lo de la alianza con los dragones búlgaros porque el dracovol de la doctora Seymour no llegará hasta esta noche.
Pero eso significa que estarán en Bletchley antes de que lleguen los búlgaros.
Asiento.
—Hay algo más.
Lo miro, expectante.
—La Coalición ha localizado a tu hermana.
El corazón se me para de golpe.
—Envié una petición de búsqueda hace un par de semanas, usando el dracovol de la doctora Seymour. La noticia ha llegado con el mensaje de hoy. Está en una casa de Blenheim gestionada por el gobierno, junto con otros niños evacuados de Londres.
Atlas me coge de la mano.
—Cuando salgamos de Bletchley iremos a buscarla.
El corazón me late con fuerza en el pecho.
«Envié una petición de búsqueda hace un par de semanas».
Atlas ya estaba buscando a mi hermana antes incluso de saber que iba a cambiar de bando. Estaba buscando a mi hermana mientras yo intentaba desencriptar el código que haría que los rebeldes perdieran la guerra.
—¿Por qué? —susurro.
Atlas se encoge de hombros.
—La familia tiene que estar reunida.
Me fundo en su abrazo, le rodeo el cuello con mis brazos, lo beso y él me levanta del suelo.
— Cuando llegue aquí la Coalición, ¿cómo huiremos? —murmuro, sin separar mis labios de los suyos.
Atlas me pasa una mano por el cabello.
—Tu primo ha tenido una idea.
No le pregunto cuánto tiempo hace que Marquis y él hablan en secreto sobre planes de huida. Dejo que me pose sobre una de las mesas y que siga besándome hasta que sus labios encuentran mi cuello. Entonces veo la estufa de troncos abierta a sus espaldas, los huevos calientes sobre las brasas y...
—¡Atlas!
Él da un respingo, apartando las manos como si me hubiera quemado con ellas.
—Lo siento —se disculpa, tragando saliva—. Me he dejado llevar...
Yo pongo los ojos en blanco.
—No, no es eso —digo, casi deseando que vuelva a poner las manos donde las tenía—. Los huevos. Y las crías de dragón. Tendremos que sacarlos de aquí esta noche, con Karim.
Él asiente varias veces, como un borracho intentando comprender unas simples instrucciones.
—No tenemos tiempo para... — Señala la mesa en la que estoy subida y yo sonrío.
—Habrá otras ocasiones —respondo.
Él vuelve a sonrojarse.
—Así pues, mañana haremos nuestros turnos, como siempre, y esperaremos la llegada de los rebeldes.
—¿Y si Wyvernmire descubre que tus crías de dragón han desaparecido? —pregunto.
Atlas echa una mirada a su taller del sótano y de pronto veo un atisbo de tristeza en su rostro. Primero Dodie, luego Lumens y ahora las crías de dragón.
—Echaremos la culpa a Lumens —sugiero, contestando a mi propia pregunta.
—¿Qué? No...
—Para entonces ya se habrá ido. Si decimos que Lumens se ha llevado a las crías y los huevos, nadie sospechará de ti. Para cuando Wyvernmire organice a sus guardias para que lo persigan, los rebeldes ya estarán aquí.
—De acuerdo —dice Atlas, lentamente —. Tenemos que retirar los bloqueadores de emisiones de alrededor del invernadero. Podrían impedir que los dragones rebeldes se comunicaran entre sí cuando sobrevuelen el lugar.
Asiento.
—Quedamos a medianoche —propone Atlas—. Frente a tu dormitorio.
—A medianoche —repito, tirando de él hacia mí con una sonrisa en el rostro.