Capítulo 24 #3
—¿Por qué ibas a traicionar a tu líder? — pregunta Rhydderch, desconfiado—. Si lo que dices es verdad, mi reina arrasará este lugar y no quedará ni una piedra.
—Porque ya no es mi líder —respondo—. Y te lo digo porque... Porque necesitamos vuestra ayuda.
—¿Necesitamos?
—La Coalición Humanos-Dragones —dice Marquis.
—Estáis con el enemigo —replica Rhydderch con voz sibilante.
—¡La Coalición ya no es vuestro enemigo! —exclamo —. No lo es, si Wyvernmire va a traicionar a la reina Ignacia igual que está traicionando a los humanos de Britania.
Muirgen sigue sobrevolándonos, y su sombra tapa el sol por un momento.
—¡Os habéis unido a la causa que busca destruir el Acuerdo de Paz! —ruge Rhydderch—. ¡Sois espías!
Da un paso atrás, balanceando la cabeza de un lado al otro, y de pronto levanta la vista hacia Muirgen, que, en unas décimas de segundo, aterriza a su lado y nos suelta un chillido tan potente que me levanta la chaqueta. Marquis me agarra del brazo y tira de mí, pero yo me lo quito de encima.
Miro a Rhydderch.
—Le has dicho a Muirgen que aterrizara. Con el koinamens.
—Esta vez te mataré, traidora humana —me espeta Muirgen.
—Antes os mentí —me apresuro a decir—. No fue un dragón quien me habló del koinamens. Fue Wyvernmire. Por eso me reclutaron y me trajeron a Bletchley Park. Para usar unas máquinas especiales y descifrar el koinamens. Nosotros lo llamamos ecolocalización.
Muirgen coge aire e hincha el pecho, levantando el cuerpo justo delante de mí. El aliento le huele a sangre. Siento un fogonazo de calor y de pronto el árbol que tenemos al lado estalla en llamas.
—¡Viv! —me grita Marquis —. ¡Vámonos!
Los dos retrocedemos a trompicones, tropezando mientras Rhydderch lanza sus llamas contra otro árbol.
—¡Os estoy diciendo la verdad! —grito—. Wyvernmire nos ordenó que analizáramos el koinamens para que así pudiera espiar a los dragones rebeldes.
Rhydderch agita la cola con fuerza, derribando dos árboles a sus espaldas.
—Pero ¡hemos intentado detenerla! —grito desesperadamente.
—¡Joder, Viv! —me chilla Marquis.
—Voy a asegurarme de que nunca pueda comprender el koinamens. Pero el hecho de que yo sepa de su existencia, y de que entienda una pequeña parte, es la demostración de que Wyvernmire es vuestra enemiga, no vuestra aliada.
Los dos dragones se detienen y, por un momento, no se oye otro sonido que el crepitar de las llamas. Marquis me ha arrastrado tras un árbol, y asomamos la cabeza por un lado del tronco.
—Los dragones búlgaros llegarán pronto —añado, casi sin aliento—.
Si se lo decís a vuestra reina, ella declarará la guerra no solo a los rebeldes, sino a todos los humanos de Britania.
Las bajas serán tremendas en ambos bandos.
Pero, si os quedáis aquí y lucháis con nosotros, con la Coalición, quizá podamos evitar que suceda todo eso.
Si derrotamos a Wyvernmire y ahuyentamos a los dragones búlgaros, quizá...
— jadeo, sintiendo los pulmones llenos de humo—.
Quizá humanos y dragones puedan alcanzar un nuevo acuerdo de paz.
—Ya estamos hartos de vuestros acuerdos traicioneros —dice Muirgen con una sonrisa socarrona.
—Un momento —le espeta Rhydderch.
Me quedo mirando a los dragones, que se comunican en silencio. Una parte de mí querría tener a mano la máquina locuisonus. Marquis, que tiene las mejillas de un rojo encendido por efecto del calor de las llamas, me mira como si acabaran de salirme alas. Muirgen mira a su hermano y asiente.
—Idos —nos ordena Rhydderch—. Antes de que os exploten los pulmones.
El corazón se me encoge en el pecho. Si los dragones deciden ir a contárselo a su reina, Wyvernmire sabrá que se lo he dicho y se asegurará de que no vuelva ver a mis padres ni a Ursa. Y cuando llegue la reina Ignacia, no se parará a preguntar quién está en cada bando.
—¿Nos ayudaréis? —insisto —. ¿Se lo diréis a los otros dragones...? ¿A Soresten, Addax e Yndrir...?
—Consideraremos tu petición —responde Rhydderch con un gruñido.
Marquis me aprieta la mano. Es un modo delicado de decirme que me matará si sigo discutiendo con esos dragones.
—Gracias —respondo.
Retrocedemos lentamente, y en cuanto llegamos a unos coches vacíos y podemos resguardarnos tras ellos, Marquis empieza a gritarme:
—¡¿«Reina senil»?! —exclama, incrédulo—. ¿«Someter a vuestra reina»? ¿Les has dicho esas cosas no a uno, sino a dos dragones? ¡Estás loca!
Pero yo no puedo dejar de sonreír como una idiota.
Nos agachamos al ver a un grupo de guardias que bajan por la escalinata de la casa y se dirigen a los campos.
—¿Y ahora qué? —dice Marquis en voz baja, sin quitarles la vista de encima.
—Dile a Karim que se prepare para huir esta noche —respondo —. Tengo que encontrar a Atlas... Quizá él, o la doctora Seymour, hayan tenido noticias de la Coalición.
—¡¿La doctora Seymour?! —exclama Marquis, perplejo.
Asiento, y él se frota la frente con incredulidad. Luego levanta la vista al cielo.
—¿Crees que los rebeldes llegarán a tiempo?
Me imagino a los bolgoriths búlgaros planeando sobre Bletchley y siento un nudo en el estómago.
—Tienen que hacerlo. Si no, ya habremos perdido la guerra.