Capítulo 24 #2
—¡No! — respondo—. No puedo darle el código a Wyvernmire. No puedo poner a los dragones en sus manos, a toda la tercera clase, a nuestros amigos.
—¿Y si los búlgaros se vuelven en su contra?
—Pues nos enfrentaremos a ellos —replico, decidida—. Si llegamos a ese punto, ya no será una lucha entre gobierno y rebeldes. Si los nuevos amigos de Wyvernmire se hacen con el poder, será Britania contra Bulgaria.
Marquis desliza la mano y me agarra la mía.
—Y recuperaremos a Ursa —me asegura—. Si la Coalición consigue hacerse con el control de Bletchley antes de que lleguen los búlgaros, obligaremos a Wyvernmire a que nos diga dónde está.
Asiento, con un atisbo de esperanza.
—La Coalición podría estar ya de camino, pero va a necesitar ayuda desde dentro. Tengo una idea, pero es arriesgada.
Marquis me mira, expectante.
—Tenemos que reclutar más dragones.
Garabateo a toda prisa una última nota para Atlas y la doblo en cuatro.
Atlas, lo de anoche fue un error. Por favor, no vuelvas a escribirme.
Sé que después de almorzar reza en el dormitorio de los chicos, así que deslizo la nota bajo la puerta, sin disimular lo más mínimo. Marquis levanta las cejas.
—No preguntes —le digo.
Abajo todo está desierto, salvo por el guardia de la puerta, que no es el mismo de antes.
—Viv... —me susurra Marquis mientras nos acercamos.
—No pasa nada —respondo, y miro al guardia, asintiendo—. Buenas tardes —le digo, con decisión.
Él me mira a través de su casco.
— Necesitamos salir, por favor.
No se mueve.
—Soy la traductora —digo con tono de hastío, como si fuera algo que él ya tendría que saber—. Tengo ordenes de ir a hablar con los dragones que patrullan el terreno para preparar la... llegada.
—Los reclutas ya no pueden salir al exterior de Bletchley Park —responde el guardia.
—Bueno, eso no afecta a todos los reclutas —digo yo, endulzando el tono—. ¿No te ha informado la primera ministra?
El guardia parpadea y detecto un atisbo de vacilación en sus ojos. Me acerco a él.
—¿Cómo vamos a dar la bienvenida a nuestros aliados si nadie habla búlgaro?
De pronto abre los ojos como platos y se hace a un lado. Mientras bajamos las escaleras a la carrera, Marquis se da la vuelta y saluda al guardia alegremente con un gesto de la mano.
—Los dragones búlgaros hablan slavidraneishá, no búlgaro — digo yo, negando con la cabeza—. ¿Cómo es que nadie sabe eso?
No tardamos mucho en encontrar a Rhydderch. Está patrullando en el lado izquierdo del parque, junto al lago. En el cielo veo a Muirgen volando. Cuando nos acercamos a su hermano, traza círculos sobre nuestras cabezas. Rhydderch balancea su enorme cabeza, acercándola, y nos muestra los dientes.
—¿Otra vez tú? —pregunta con su voz grave—. Pensaba que mi hermana ya se había encargado de asustarte lo suficiente como para que no volvieras.
Esta vez decido ir al grano.
—Hola, Rhydderch. Hemos venido a advertiros.
El dragón resopla por las fosas nasales emitiendo un chorro de humo.
—¿Advertirnos?
El reflejo de la cola azul de Muirgen brilla sobre el agua del lago. Está escuchando.
—La primera ministra Wyvernmire planea aliarse con los dragones de Bulgaria —le digo—. Llegarán aquí dentro de dos días, con el fin de aplastar a la Coalición y obligar a vuestra reina a que se someta a ellos.
Rhydderch suelta una sonora carcajada.
—Los búlgaros son precisamente el motivo por el que existe el Acuerdo de Paz —responde —. ¿Por qué iba a traicionarlo Wyvernmire, especialmente después de haberlo defendido, aunque esa dragona asesina quemara Downing Street?
Me encojo de hombros.
—La primera ministra se está impacientando. Aún no ha ganado la guerra, a pesar de contar con la reina y con todos sus dragones. Quiere recurrir a otros medios.
Muirgen emite un chillido que resuena sobre nuestras cabezas.
—La reina de los dragones y la primera ministra se unieron en la lucha contra los rebeldes cuando podrían haberse enfrentado entre sí —alega Rhydderch—. Yo no creo que pudiera llegar...
—Los dragones búlgaros están en deuda con Britania, ¿recuerdas?
Marquis me agarra de la muñeca y me aprieta a modo de advertencia. Ya sé por qué. Acabo de interrumpir a un dragón. Rhydderch suelta un gruñido. ¿Le sorprende que sepa el papel que jugó Britania en la Masacre de Bulgaria?
—Sí, los dragones de Bulgaria están en deuda con Britania. En deuda con el gobierno de los humanos y con la reina Ignacia.
—Solo que la reina Ignacia no puede hacer las promesas que hace Wyvernmire. Si es capaz de prometer a vuestra reina, vieja y senil, la carne de niños humanos a cambio de la paz, ¿qué crees que sería capaz de darles a los dragones búlgaros a cambio de su fuerza de ataque?
Rhydderch suelta un rugido y el suelo tiembla bajo nuestros pies. Marquis retrocede, trastabillando, al ver cómo se le encienden los ojos al dragón.
—¿Estás enfadado porque he insultado a vuestra reina? ¿O porque conozco las cláusulas secretas que introdujo en el Acuerdo de Paz? Por lo visto, la reina Ignacia no es tan honorable como se dice por ahí.
—Cállate, Viv —me advierte Marquis a mis espaldas, pero yo no le hago caso.